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15to Domingo después de Pentecostés

Misión en Ecuador - La expresión: Kyrie Eléison - San Adriano, Mártir

Misión en Ecuador - La expresión: Kyrie Eléison - San Adriano, Mártir

Este domingo oímos hablar de este maravilloso milagro de nuestro Señor.  Ve un cortejo fúnebre y se compadece de la madre viuda.

Jesucristo se compadece de esta pobre mujer.

Parece probable que Jesús, viendo su propia muerte en el futuro, ve en la pobre mujer de Naín el profundo dolor de su propia madre María.  María, también viuda, estaría allí mientras su único Hijo es arrebatado por una muerte horrible.

El hecho es que podemos ver una imagen de María en este evangelio.  Sabemos que la muerte corporal del hijo de esta mujer representa -para nuestra instrucción- la muerte espiritual por el pecado.

María, nuestra Madre, es el refugio de los pecadores.  Uno de sus títulos en las letanías. Ella es la madre que llora por el pecador, reza por el pecador y mueve al Hijo a la compasión.

Si está uno en un estado de pecado grave, no puede curarse a nosotros mismos.  Dependemos enteramente de la gracia que viene de Jesucristo, que Él elige dar a través de María.

¿Cuál es la implicación práctica de todo esto?

La verdadera devoción a María es nuestro camino hacia el Cielo, porque es nuestro camino hacia Cristo.  Necesitamos a Cristo, y nadie le mueve a una compasión extraordinaria como Su Madre.

Desde el Escritorio del Párroco

“No os engañéis: de Dios nadie se burla. Porque lo que el hombre sembrare, eso cosechará.”

Estoy por concluir mi tiempo en la misión de Ecuador. La experiencia de estas semanas me ha dado mucho sobre lo cual reflexionar. Tal vez lo que más resalta es la gratitud que debemos tener por haber sido instruidos en la fe y por tener un acceso tan fácil a los sacramentos.

San Pablo nos dice en la epístola de este domingo que cosecharemos lo que sembramos y que tenemos que decidir si queremos sembrar en la carne o en el espíritu. Esta es la prueba perpetua del hombre: decidir si quiere vivir según la carne, según su egoísmo y las máximas de este siglo, pensando solamente en esta vida, o si verdaderamente quiere orientar toda su existencia hacia la consecución de la vida eterna.

Da mucha tristeza ver cómo tantas personas viven sin un verdadero conocimiento de Dios y, al mismo tiempo, en una gran pobreza material. Es, en realidad, una doble pobreza: espiritual y material. Y muchas veces las personas aspiran a salir de una, pero ni siquiera son conscientes de la otra.

Durante estas semanas hemos conversado varias veces sobre cómo habrá sido la vida de los primeros misioneros que llegaron a estas tierras, muchas veces con casi nada, para predicar a pueblos que no tenían conocimiento del Dios verdadero. Debemos agradecer sus sacrificios, porque nosotros somos sus beneficiarios.

He tenido otras experiencias de misiones, pero esta vez ha sido distinta. No se trata simplemente de venir una semana, realizar algunas actividades y marcharnos. Ahora estamos pensando en un apostolado de muchos años, un trabajo que exigirá una gran perseverancia y muchos sacrificios. No basta entusiasmar a la gente durante unos días. Hay que formar, enseñar, administrar los sacramentos, corregir errores, establecer costumbres cristianas y perseverar cuando los frutos parecen escasos.

Tampoco podemos evitar considerar las secuelas que ha dejado el modernismo en la vida católica. No ha sido fácil hacer comprender a la gente el valor de la Santa Misa tradicional. Si muchos han pasado al protestantismo, sin duda se debe en parte a que durante mucho tiempo ha faltado una presencia constante de la Iglesia. Pero también sucede que muchos conceptos católicos han sido, por decirlo así, “protestantizados”.

Si se piensa que la Misa consiste principalmente en congregarse, cantar alabanzas y sentirse bien, difícilmente se podrá apreciar la Santa Misa tradicional. El domingo antes de la Misa expliqué una vez más que debemos recordar qué es realmente la Misa: el Sacrificio de Cristo. Cómo nos sentimos durante la Misa es algo secundario. No vamos principalmente para experimentar una emoción, sino para asistir sacramentalmente al Sacrificio del Calvario y unirnos a él.

Tenemos que recordar que estamos en presencia de algo divino. Debemos llevar también nuestros propios sacrificios al altar y unirlos espiritualmente al Sacrificio de Cristo, para que nuestras pequeñas cruces adquieran valor sobrenatural al ser ofrecidas con Él.

Poca gente asistió a Misa aquel domingo. Sin embargo, después se acercó una señora para agradecerme. Me dijo que ahora comprendía por qué celebrábamos de esa manera y que haberlo entendido había sido para ella una gracia de Dios.

Así será probablemente el progreso de esta misión: alma por alma, poco a poco.

Sería interesante poder hacer comprender a la gente de este pueblo la situación tan extraordinaria en la que se encuentra. Aquí tienen la Misa tradicional y pueden caminar cada día hasta el templo para asistir. Mientras tanto, hay católicos en México, en los Estados Unidos y en Europa que llevan años pidiéndole a Dios la posibilidad de tener regularmente la Misa tradicional y todavía no la han conseguido. Hay familias que conducen durante horas cada domingo simplemente para poder asistir a ella.

Y aquí, mientras las campanas de la iglesia suenan cada mañana, muchos ni siquiera se molestan en acudir.

Pero esta comparación también debe hacernos pensar a nosotros. Porque quizá, en algunos aspectos, no somos tan diferentes de la gente de Guale. Ellos incluso tienen una excusa mayor: apenas están comenzando a descubrir el valor del tesoro que tienen delante.

Estoy seguro de que en casi todos nuestros apostolados hay personas —probablemente muchas— que tampoco aprecian suficientemente los dones que han recibido. Personas que tienen la Misa tradicional a pocos minutos de su casa, pero van solamente para cumplir. Personas que tienen sacerdotes disponibles, pero apenas se confiesan. Personas que reciben oportunidades de formación, conferencias, catequesis y retiros, pero nunca encuentran tiempo para aprovecharlos. Personas que conocen la fe, pero nunca sienten la obligación de compartirla con los demás.

En cierto sentido, esta situación puede ser todavía más grave. En Guale muchos todavía no saben lo que tienen. Nosotros muchas veces sí lo sabemos y, sin embargo, no lo apreciamos.

Tal vez aquí podamos entender mejor la advertencia de San Pablo: “De Dios nadie se burla.” Haber recibido gracias no basta. Haber conocido la verdad no basta. Tener la Misa, los sacramentos y una buena formación no basta. Todo eso es semilla. Y llegará el momento de ver qué fruto hemos producido con ella.

“Lo que el hombre sembrare, eso cosechará.”

Para mí, esta experiencia misionera me ha convencido todavía más de la importancia de vivir totalmente entregados a Dios y de no intentar hacer nunca una tregua con el espíritu del mundo. Tenemos que sembrar en el espíritu: ocupándonos seriamente de nuestra propia formación y santificación; preocupándonos por la formación y santificación de nuestros hijos y familiares; aprovechando los sacramentos y todos los medios que Dios pone a nuestra disposición; y dedicándonos con verdadero celo a la evangelización de los demás.

Porque probablemente la situación que encontramos en Guale se parece mucho más de lo que pensamos a la situación espiritual en la que vive una gran parte del mundo.

Nosotros hemos recibido muchísimo.

Quizá el peligro está precisamente ahí: acostumbrarnos tanto al tesoro que ya no nos parece un tesoro.

Y cuando reconocemos cuánto hemos recibido, no podemos permanecer indiferentes. La gratitud cristiana no consiste solamente en decir gracias. Consiste en hacer fructificar lo que Dios nos ha dado.

Si hemos recibido la fe, debemos vivirla.

Si hemos recibido los sacramentos, debemos aprovecharlos.

Si hemos recibido la verdad, debemos transmitirla.

Si Dios ha sembrado tanto en nosotros, tiene derecho a esperar una cosecha abundante.

Porque, al final, “lo que el hombre sembrare, eso cosechará.”

“No os engañéis: de Dios nadie se burla. Porque lo que el hombre sembrare, eso cosechará.”

Estoy por concluir mi tiempo en la misión de Ecuador. La experiencia de estas semanas me ha dado mucho sobre lo cual reflexionar. Tal vez lo que más resalta es la gratitud que debemos tener por haber sido instruidos en la fe y por tener un acceso tan fácil a los sacramentos.

San Pablo nos dice en la epístola de este domingo que cosecharemos lo que sembramos y que tenemos que decidir si queremos sembrar en la carne o en el espíritu. Esta es la prueba perpetua del hombre: decidir si quiere vivir según la carne, según su egoísmo y las máximas de este siglo, pensando solamente en esta vida, o si verdaderamente quiere orientar toda su existencia hacia la consecución de la vida eterna.

Da mucha tristeza ver cómo tantas personas viven sin un verdadero conocimiento de Dios y, al mismo tiempo, en una gran pobreza material. Es, en realidad, una doble pobreza: espiritual y material. Y muchas veces las personas aspiran a salir de una, pero ni siquiera son conscientes de la otra.

Durante estas semanas hemos conversado varias veces sobre cómo habrá sido la vida de los primeros misioneros que llegaron a estas tierras, muchas veces con casi nada, para predicar a pueblos que no tenían conocimiento del Dios verdadero. Debemos agradecer sus sacrificios, porque nosotros somos sus beneficiarios.

He tenido otras experiencias de misiones, pero esta vez ha sido distinta. No se trata simplemente de venir una semana, realizar algunas actividades y marcharnos. Ahora estamos pensando en un apostolado de muchos años, un trabajo que exigirá una gran perseverancia y muchos sacrificios. No basta entusiasmar a la gente durante unos días. Hay que formar, enseñar, administrar los sacramentos, corregir errores, establecer costumbres cristianas y perseverar cuando los frutos parecen escasos.

Tampoco podemos evitar considerar las secuelas que ha dejado el modernismo en la vida católica. No ha sido fácil hacer comprender a la gente el valor de la Santa Misa tradicional. Si muchos han pasado al protestantismo, sin duda se debe en parte a que durante mucho tiempo ha faltado una presencia constante de la Iglesia. Pero también sucede que muchos conceptos católicos han sido, por decirlo así, “protestantizados”.

Si se piensa que la Misa consiste principalmente en congregarse, cantar alabanzas y sentirse bien, difícilmente se podrá apreciar la Santa Misa tradicional. El domingo antes de la Misa expliqué una vez más que debemos recordar qué es realmente la Misa: el Sacrificio de Cristo. Cómo nos sentimos durante la Misa es algo secundario. No vamos principalmente para experimentar una emoción, sino para asistir sacramentalmente al Sacrificio del Calvario y unirnos a él.

Tenemos que recordar que estamos en presencia de algo divino. Debemos llevar también nuestros propios sacrificios al altar y unirlos espiritualmente al Sacrificio de Cristo, para que nuestras pequeñas cruces adquieran valor sobrenatural al ser ofrecidas con Él.

Poca gente asistió a Misa aquel domingo. Sin embargo, después se acercó una señora para agradecerme. Me dijo que ahora comprendía por qué celebrábamos de esa manera y que haberlo entendido había sido para ella una gracia de Dios.

Así será probablemente el progreso de esta misión: alma por alma, poco a poco.

Sería interesante poder hacer comprender a la gente de este pueblo la situación tan extraordinaria en la que se encuentra. Aquí tienen la Misa tradicional y pueden caminar cada día hasta el templo para asistir. Mientras tanto, hay católicos en México, en los Estados Unidos y en Europa que llevan años pidiéndole a Dios la posibilidad de tener regularmente la Misa tradicional y todavía no la han conseguido. Hay familias que conducen durante horas cada domingo simplemente para poder asistir a ella.

Y aquí, mientras las campanas de la iglesia suenan cada mañana, muchos ni siquiera se molestan en acudir.

Pero esta comparación también debe hacernos pensar a nosotros. Porque quizá, en algunos aspectos, no somos tan diferentes de la gente de Guale. Ellos incluso tienen una excusa mayor: apenas están comenzando a descubrir el valor del tesoro que tienen delante.

Estoy seguro de que en casi todos nuestros apostolados hay personas —probablemente muchas— que tampoco aprecian suficientemente los dones que han recibido. Personas que tienen la Misa tradicional a pocos minutos de su casa, pero van solamente para cumplir. Personas que tienen sacerdotes disponibles, pero apenas se confiesan. Personas que reciben oportunidades de formación, conferencias, catequesis y retiros, pero nunca encuentran tiempo para aprovecharlos. Personas que conocen la fe, pero nunca sienten la obligación de compartirla con los demás.

En cierto sentido, esta situación puede ser todavía más grave. En Guale muchos todavía no saben lo que tienen. Nosotros muchas veces sí lo sabemos y, sin embargo, no lo apreciamos.

Tal vez aquí podamos entender mejor la advertencia de San Pablo: “De Dios nadie se burla.” Haber recibido gracias no basta. Haber conocido la verdad no basta. Tener la Misa, los sacramentos y una buena formación no basta. Todo eso es semilla. Y llegará el momento de ver qué fruto hemos producido con ella.

“Lo que el hombre sembrare, eso cosechará.”

Para mí, esta experiencia misionera me ha convencido todavía más de la importancia de vivir totalmente entregados a Dios y de no intentar hacer nunca una tregua con el espíritu del mundo. Tenemos que sembrar en el espíritu: ocupándonos seriamente de nuestra propia formación y santificación; preocupándonos por la formación y santificación de nuestros hijos y familiares; aprovechando los sacramentos y todos los medios que Dios pone a nuestra disposición; y dedicándonos con verdadero celo a la evangelización de los demás.

Porque probablemente la situación que encontramos en Guale se parece mucho más de lo que pensamos a la situación espiritual en la que vive una gran parte del mundo.

Nosotros hemos recibido muchísimo.

Quizá el peligro está precisamente ahí: acostumbrarnos tanto al tesoro que ya no nos parece un tesoro.

Y cuando reconocemos cuánto hemos recibido, no podemos permanecer indiferentes. La gratitud cristiana no consiste solamente en decir gracias. Consiste en hacer fructificar lo que Dios nos ha dado.

Si hemos recibido la fe, debemos vivirla.

Si hemos recibido los sacramentos, debemos aprovecharlos.

Si hemos recibido la verdad, debemos transmitirla.

Si Dios ha sembrado tanto en nosotros, tiene derecho a esperar una cosecha abundante.

Porque, al final, “lo que el hombre sembrare, eso cosechará.”

A que no sabías que…

Aquí conoceremos más sobre temas litúrgicos.

Las tres lenguas que aparecen en el título que Poncio Pilato mandó poner en la cruz de Nuestro Señor —«Jesús de Nazaret, Rey de los Judíos»— están presentes en la misa.

La liturgia según el rito tradicional romano se celebra en latín. Sin embargo, desde el inicio de la misa nos encontramos con un hermoso canto en griego: el Kyrie eleison.

Y no es la única lengua antigua que encontramos en la misa. También aparecen algunas palabras en hebreo, como Alleluia, Sabaoth, Hosanna y Amen.

  1. ¿Qué significa Kyrie eleison?

La expresión griega Κύριε ἐλέησον significa «Señor, ten piedad». Para entender por qué la Iglesia la conservó en griego dentro de una liturgia que se celebra principalmente en latín, conviene conocer de dónde viene esta súplica.

  1. Su origen más antiguo

La expresión Κύριε ἐλέησον (Kyrie eleison), dirigida a una divinidad, ya era conocida en el mundo antiguo, incluso antes del cristianismo. También era conocida la costumbre de repetir varias veces una misma súplica.

Pero para los cristianos, el origen más importante del Kyrie se encuentra en la Sagrada Escritura. En la traducción griega del Antiguo Testamento encontramos muchas veces la palabra ἐλέησον (eleison), que significa «ten piedad», dirigida a Dios. En los Evangelios encontramos la misma súplica dirigida directamente a Nuestro Señor Jesucristo.

En los Salmos, por ejemplo, es el grito espontáneo del pecador que pide la misericordia de Dios:

«Ten piedad de mí, Señor —ἐλέησόν με κύριε (eleison me kyrie)—, porque estoy débil; sáname, Señor, porque mis huesos tiemblan.» (Sal 6, 3)

Y en el famoso Salmo Miserere:

«Ten piedad de mí, oh Dios —ἐλέησόν με ὁ θεός (eleison me ho Theos)—, según tu gran misericordia; por tu gran bondad, borra mi pecado.» (Sal 50, 3)

En el Evangelio encontramos la misma súplica en labios de quienes acudían a Jesús buscando su misericordia:

«¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí —ἐλέησόν με (eleison me)!» (Mc 10, 47; el ciego Bartimeo)

Y la mujer cananea le dice:

«¡Ten piedad de mí, Señor —ἐλέησόν με κύριε (eleison me kyrie), Hijo de David!»
(Mt 15, 22)

Por eso, el Kyrie eleison expresa perfectamente la actitud del cristiano al comenzar la misa: reconocer que necesita de Dios y acudir a Él pidiendo su misericordia.

  1. ¿Cómo llegó el Kyrie a la misa?

Esta antigua súplica comenzó a formar parte de la liturgia primero en Oriente, especialmente en Jerusalén, dentro de las llamadas letanías. Las letanías son oraciones en las que se presentan distintas peticiones y el pueblo responde con una misma invocación. En este caso, la respuesta era el Kyrie eleison.

Hacia el siglo V, esta costumbre llegó también a Occidente. En Roma, el Kyrie estaba relacionado con las grandes procesiones litúrgicas que acompañaban la celebración de la misa solemne. El Papa y el pueblo se reunían primero en una iglesia, llamada iglesia de la colecta, y desde allí se dirigían en procesión hacia otra iglesia, llamada iglesia de la estación, donde se celebraba la misa. Durante la procesión se cantaban las letanías, y el pueblo respondía: Kyrie eleison.

Con el tiempo, estas procesiones dejaron de hacerse, pero se conservó su respuesta principal: el Kyrie eleison. Así, la antigua súplica de las letanías pasó a formar parte de la misa.

La Vigilia Pascual conserva todavía una huella de este antiguo origen. En ella no se canta el Introito, y el Kyrie que concluye las letanías es al mismo tiempo el Kyrie de la misa.

  1. ¿Por qué se repite nueve veces?

Desde al menos la época de san Gregorio Magno, en el siglo VI, el Kyrie tiene la estructura que conocemos en el rito tradicional romano: nueve invocaciones.

Kyrie eleison — tres veces: «Señor, ten piedad».

Christe eleison — tres veces: «Cristo, ten piedad».

Kyrie eleison — tres veces: «Señor, ten piedad».

Las nueve invocaciones pueden entenderse como una referencia a la Santísima Trinidad: tres veces al Padre, tres veces al Hijo y tres veces al Espíritu Santo.

También pueden relacionarse las nueve invocaciones con los nueve coros de los ángeles. De este modo, nuestra súplica en la tierra se une a la alabanza que los ángeles ofrecen continuamente a Dios en el cielo.

El Kyrie prepara así el Gloria que viene después: un himno de alabanza en el que la Iglesia se une de manera especial al canto de los ángeles.

  1. ¿Por qué el sacerdote se coloca frente al crucifijo?

En la misa rezada, el sacerdote se dirige al centro del altar para rezar el Kyrie.

Este cambio de lugar tiene un significado muy hermoso. Al colocarse frente al crucifijo, el sacerdote hace más visible el carácter de súplica del Kyrie: se encuentra ante Cristo crucificado y le dirige esta sencilla oración: Κύριε ἐλέησον (Señor, ten piedad).

Las tres lenguas que aparecen en el título que Poncio Pilato mandó poner en la cruz de Nuestro Señor —«Jesús de Nazaret, Rey de los Judíos»— están presentes en la misa.

La liturgia según el rito tradicional romano se celebra en latín. Sin embargo, desde el inicio de la misa nos encontramos con un hermoso canto en griego: el Kyrie eleison.

Y no es la única lengua antigua que encontramos en la misa. También aparecen algunas palabras en hebreo, como Alleluia, Sabaoth, Hosanna y Amen.

  1. ¿Qué significa Kyrie eleison?

La expresión griega Κύριε ἐλέησον significa «Señor, ten piedad». Para entender por qué la Iglesia la conservó en griego dentro de una liturgia que se celebra principalmente en latín, conviene conocer de dónde viene esta súplica.

  1. Su origen más antiguo

La expresión Κύριε ἐλέησον (Kyrie eleison), dirigida a una divinidad, ya era conocida en el mundo antiguo, incluso antes del cristianismo. También era conocida la costumbre de repetir varias veces una misma súplica.

Pero para los cristianos, el origen más importante del Kyrie se encuentra en la Sagrada Escritura. En la traducción griega del Antiguo Testamento encontramos muchas veces la palabra ἐλέησον (eleison), que significa «ten piedad», dirigida a Dios. En los Evangelios encontramos la misma súplica dirigida directamente a Nuestro Señor Jesucristo.

En los Salmos, por ejemplo, es el grito espontáneo del pecador que pide la misericordia de Dios:

«Ten piedad de mí, Señor —ἐλέησόν με κύριε (eleison me kyrie)—, porque estoy débil; sáname, Señor, porque mis huesos tiemblan.» (Sal 6, 3)

Y en el famoso Salmo Miserere:

«Ten piedad de mí, oh Dios —ἐλέησόν με ὁ θεός (eleison me ho Theos)—, según tu gran misericordia; por tu gran bondad, borra mi pecado.» (Sal 50, 3)

En el Evangelio encontramos la misma súplica en labios de quienes acudían a Jesús buscando su misericordia:

«¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí —ἐλέησόν με (eleison me)!» (Mc 10, 47; el ciego Bartimeo)

Y la mujer cananea le dice:

«¡Ten piedad de mí, Señor —ἐλέησόν με κύριε (eleison me kyrie), Hijo de David!»
(Mt 15, 22)

Por eso, el Kyrie eleison expresa perfectamente la actitud del cristiano al comenzar la misa: reconocer que necesita de Dios y acudir a Él pidiendo su misericordia.

  1. ¿Cómo llegó el Kyrie a la misa?

Esta antigua súplica comenzó a formar parte de la liturgia primero en Oriente, especialmente en Jerusalén, dentro de las llamadas letanías. Las letanías son oraciones en las que se presentan distintas peticiones y el pueblo responde con una misma invocación. En este caso, la respuesta era el Kyrie eleison.

Hacia el siglo V, esta costumbre llegó también a Occidente. En Roma, el Kyrie estaba relacionado con las grandes procesiones litúrgicas que acompañaban la celebración de la misa solemne. El Papa y el pueblo se reunían primero en una iglesia, llamada iglesia de la colecta, y desde allí se dirigían en procesión hacia otra iglesia, llamada iglesia de la estación, donde se celebraba la misa. Durante la procesión se cantaban las letanías, y el pueblo respondía: Kyrie eleison.

Con el tiempo, estas procesiones dejaron de hacerse, pero se conservó su respuesta principal: el Kyrie eleison. Así, la antigua súplica de las letanías pasó a formar parte de la misa.

La Vigilia Pascual conserva todavía una huella de este antiguo origen. En ella no se canta el Introito, y el Kyrie que concluye las letanías es al mismo tiempo el Kyrie de la misa.

  1. ¿Por qué se repite nueve veces?

Desde al menos la época de san Gregorio Magno, en el siglo VI, el Kyrie tiene la estructura que conocemos en el rito tradicional romano: nueve invocaciones.

Kyrie eleison — tres veces: «Señor, ten piedad».

Christe eleison — tres veces: «Cristo, ten piedad».

Kyrie eleison — tres veces: «Señor, ten piedad».

Las nueve invocaciones pueden entenderse como una referencia a la Santísima Trinidad: tres veces al Padre, tres veces al Hijo y tres veces al Espíritu Santo.

También pueden relacionarse las nueve invocaciones con los nueve coros de los ángeles. De este modo, nuestra súplica en la tierra se une a la alabanza que los ángeles ofrecen continuamente a Dios en el cielo.

El Kyrie prepara así el Gloria que viene después: un himno de alabanza en el que la Iglesia se une de manera especial al canto de los ángeles.

  1. ¿Por qué el sacerdote se coloca frente al crucifijo?

En la misa rezada, el sacerdote se dirige al centro del altar para rezar el Kyrie.

Este cambio de lugar tiene un significado muy hermoso. Al colocarse frente al crucifijo, el sacerdote hace más visible el carácter de súplica del Kyrie: se encuentra ante Cristo crucificado y le dirige esta sencilla oración: Κύριε ἐλέησον (Señor, ten piedad).

Santos que seguro no conocías

San Adriano de Nicomedia, Mártir - 8 de septiembre

San Adriano de Nicomedia, Mártir - 8 de septiembre

Se conmemora el 4 de marzo, fecha en que era su fiesta, pero actualmente es el 8 de septiembre, fecha en que sus reliquias fueron trasladadas a Roma.

Adriano nació en Bizancio a finales del siglo III, y era hijo del César Probo. A la muerte de este, los rebeldes encargados de su asesinato elevaron al trono a Caro, por lo que Adriano jamás fue considerado para el gobierno Romano.

Se desempeñaba como oficial en la corte imperial de Nicomedia, durante los reinados de Maximiano y Galerio, persiguiendo a los cristianos.

Se hallaba presente cuando veintitrés cristianos fueron azotados y maltratados y, a la vista de su constancia en el sufrimiento, se adelantó lleno de entereza y declaró a los verdugos: «Contadme entre las víctimas; yo también soy cristiano». Al instante se le aprehendió y, antes de que le metieran en prisión, envió aviso a su joven esposa Natalia, que también era cristiana y con la que sólo había estado casado trece meses. Natalia corrió a la prisión y, al encontrar a su marido, se arrodilló para besar las cadenas que le sujetaban los brazos y las piernas, al tiempo que decía: «¡Bendito seas, Adriano! Has encontrado las riquezas que no te fueron heredadas por tus padres terrenales y de las que tienen necesidad los hombres más acaudalados del mundo para el día en que ni el padre ni la madre, ni los hijos, ni los amigos, ni los bienes sirven para nada».

Cuando Adriano supo que se acercaba el momento de su martirio, sobornó a uno de los carceleros para que le dejase salir tan sólo para despedirse de su mujer. Natalia supo que su marido volvía a casa y creyó que había quedado en libertad por haber renegado de su fe y, llena de indignación, corrió a cerrarle la puerta en la cara. Adriano tuvo que explicarle lo que había sucedido y jurarle que los otros prisioneros se habían quedado voluntariamente como rehenes hasta su regreso, para que Natalia abriese la puerta. Pero a partir de aquel momento ya no quiso abandonarlo, regresó con él a la prisión y ahí se quedó.

Los mártires fueron condenados a morir con los miembros destrozados por el mazo. Cuando Adriano era arrastrado al tajo, la propia Natalia le acomodó los brazos y las piernas sobre el trozo de madera para que los huesos fueran triturados a golpes de mazo. A Adriano le cortaron las manos y los pies y murió pronto. Durante su tormento, Natalia permaneció arrodillada en muda oración; recogió una de las manos cortadas y la guardó entre sus ropas; más tarde, cuando el cadáver de su esposo y de otros mártires fueron arrojados a la hoguera, hubo necesidad de sujetarla porque se empeñaba en saltar a las llamas para morir también.

Una tormenta repentina apagó las llamas en la hoguera, antes de que los cuerpos quedasen completamente consumidos y, así, los cristianos pudieron recoger muchas reliquias que fueron llevadas, posteriormente, a Argirópolis, donde se les dio honrosa sepultura.

Algunos meses después, Natalia, acosada por un oficial imperial de Nicomedia que se había enamorado de ella, decidió partir y, sin llevarse nada más que la preciosa reliquia, la mano de Adriano, se embarcó para unirse a los otros cristianos en Argirópolis. Ahí murió poco tiempo después, y sus hermanos la sepultaron junto a los restos de los mártires.

San Adriano fue uno de los santos mártires más populares en la antigüedad, patrono de soldados y carniceros e invocado contra las plagas.

Este relato fue tomado de las “Actas de San Adriano”, que es el relato más antiguo y difundido de su martirio. Muchos relatos cuentan que fue decapitado (incluyendo la página de Wikipedia), pero esto se debe a una confusión con San Adriano de Cesarea, mártir, que fue quien murió de esta forma.

Fuente: https://alingilalyawmi.org/SP/display-saint/e3e07c50-fbe1-4a99-8b93-83a16eaeb412

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