Volver a todos los Boletines

Dom Guéranger: XII Domingo después de Pentecostés
La Colecta de este domingo expresa con gran sencillez una verdad fundamental de la vida cristiana: todo bien sobrenatural procede de Dios. Incluso el hecho de que podamos servirle dignamente es ya fruto de su gracia. Por eso la Iglesia no presume de sus propias fuerzas, sino que pide al Señor que nos conceda amar lo que Él manda y alcanzar lo que promete. Para Dom Guéranger, esta oración nos coloca en la actitud propia del cristiano: reconocer nuestra debilidad, confiar en la ayuda divina y avanzar con perseverancia hacia los bienes eternos.
La Epístola, tomada de la segunda carta de San Pablo a los Corintios, desarrolla la grandeza de la Nueva Alianza: «nuestra suficiencia viene de Dios». La antigua Ley tuvo verdadera gloria, simbolizada en el resplandor del rostro de Moisés, pero era preparación para una gloria mucho mayor. En Cristo, la ley divina ya no permanece solamente escrita exteriormente, sino que el Espíritu Santo actúa en el interior del alma. La gracia transforma al cristiano y va formando en él la imagen de Cristo. Guéranger insiste, por tanto, en que la verdadera grandeza cristiana no está en nuestras propias capacidades, sino en lo que Dios realiza en nosotros. Cuanto más reconoce el hombre que todo lo ha recibido, más puede abrirse a la acción santificadora de la gracia.
El Evangelio del Buen Samaritano muestra cuál debe ser el fruto visible de esta vida interior: la caridad. A la pregunta «¿quién es mi prójimo?», Nuestro Señor responde con un ejemplo que rompe todas las limitaciones del amor humano. El sacerdote y el levita ven al hombre herido y pasan de largo; el samaritano, en cambio, se compadece, se acerca, cura sus heridas y se hace cargo de él. Precisamente aquel que era considerado extranjero se convierte en el verdadero prójimo.
Dom Guéranger subraya así que la ley de la caridad cristiana no admite las estrecheces del egoísmo, de la conveniencia o de las divisiones humanas. Hemos recibido en Cristo una gracia incomparablemente superior a la Antigua Ley; por eso nuestra vida debe manifestar también una caridad más perfecta. La transformación interior obrada por el Espíritu Santo se reconoce en sus frutos: quien vive verdaderamente de Cristo aprende a ver en todo hombre necesitado a un prójimo al que debe amar y servir.
Desde el Escritorio del Párroco
A que no sabías que…
Aquí conoceremos más sobre temas litúrgicos.

Santos que seguro no conocías
San Bernardo Tolomeo, Abad – 21 de agosto
Nació en Siena el 10 de mayo de 1272. En el bautismo recibió el nombre de Giovanni. Fue educado en el colegio de Santo Domingo de Camporeggio, en Siena, por los frailes predicadores (dominicos). Estudió derecho en su ciudad de origen, donde también formó parte de la Cofradía de los Disciplinados de Santa María de la Noche, que asistían a los enfermos en el hospital del lugar. Una ceguera progresiva, casi total, le obligó a renunciar a una carrera pública.
En una época de luchas entre facciones ciudadanas, para realizar su ideal cristiano y ascético, en el año 1313, casi a los cuarenta años, se retiró, junto con otros dos nobles de Siena, a la soledad, en Accona, a cerca de 30 km de la ciudad. Allí, llevó una vida eremítica en grutas. Tomó el nombre de Bernardo, por veneración al santo abad cisterciense. La vida penitente de estos laicos eremitas se caracterizaba por la oración, la lectio divina, el trabajo manual y el silencio. Poco a poco se les fueron uniendo otros compañeros de Siena, Florencia y las regiones vecinas.
Para consolidar la posición jurídica del nuevo grupo, Bernardo acudió al obispo de Arezzo, en cuya jurisdicción se encontraba Accona, y el 26 de marzo de 1319 obtuvo un decreto de erección para el futuro monasterio de Santa María de Monte Oliveto, que debía ponerse "sub regula sancti Benedicti", con algunos privilegios y exenciones. El obispo, a través de un legado, recibió su profesión monástica. Al elegir la Regla de san Benito, Bernardo tuvo que mitigar el rigor eremítico primitivo adoptando el cenobitismo benedictino. Por el deseo de honrar a la Virgen, los fundadores vistieron un hábito blanco.
Así, el 1 de abril de 1319 nació el monasterio de santa María de Monte Oliveto Maggiore, con la bendición y colocación de la primera piedra de la iglesia. Desde entonces, el desierto de Accona cambió su nombre por el de "Monte Oliveto" en recuerdo del Monte de los Olivos, a donde el Señor Jesús solía retirarse con sus discípulos y donde oró antes de su pasión.
El 1 de septiembre de 1319, en el momento de la elección de abad —cargo que por decisión del capítulo general debía durar un año solamente—, Bernardo no quiso aceptar, aduciendo su creciente ceguera, y fue elegido Patrizio Patrizi. Sin embargo, después de un segundo abad, Simone di Tura, Bernardo no logró oponerse al deseo de sus monjes y el 1 de septiembre de 1322 fue elegido abad del monasterio que él mismo había fundado, cargo que ocupó hasta su muerte, pues era tal su prestigio y santidad que los monjes lo volvieron a elegir durante veintiséis años consecutivos.
Con el paso del tiempo el cenobio de Santa María de Monte Oliveto se fue convirtiendo en el centro de una congregación monástica. El número cada vez mayor de personas que acudían desde varias ciudades al nuevo monasterio permitió a Bernardo acoger las peticiones de obispos que querían que sus monjes se establecieran también en sus ciudades y aldeas. Por eso, pudo fundar otros diez monasterios, íntimamente unidos a la abadía principal, todos con el mismo nombre; la congregación era dirigida por un solo abad, mientras que los monasterios estaban sólo bajo la autoridad de un prior. El 21 de enero de 1344, desde Aviñón, el Papa Clemente vi aprobó la congregación, ya formada entonces por esos diez monasterios.
Bernardo dejó a sus monjes un ejemplo de vida santa, de práctica de las virtudes en grado heroico y de una vida entregada al servicio de los demás y a la contemplación. Durante la gran peste del año 1348, el santo abad abandonó la soledad de Monte Oliveto para acudir al monasterio de San Benito en Porta Tufi, en Siena. Allí, a los 76 años, asistiendo a sus conciudadanos y a sus monjes afectados por la infección fuertemente contagiosa, murió víctima él mismo de la peste, junto con 82 monjes, en una fecha que la tradición fijó el 20 de agosto de 1348.
Fuente: https://www.vatican.va/news_services/liturgy/saints/2009/ns_lit_doc_20090426_tolomei_sp.html

También podría interesarte

15to Domingo después de Pentecostés
Misión en Ecuador - La expresión: Kyrie Eléison - San Adriano, Mártir

14to Domingo después de Pentecostés
Misión en Ecuador - ¡Jesús resucitado sigue siendo víctima! - San Petronio, Obispo y Confesor

13vo Domingo después de Pentecostés
Misión en Ecuador - ¿Qué es el "Último Evangelio" al final de la misa? - San Ceferino, Papa

XII Domingo después de Pentecostés
El Inmaculado Corazón de María - San Bernardo Tolomeo

XI Domingo después de Pentecostés
Importancia de la buena lectura - Sobre la Fiesta de la Asunción de la Virgen - Nuevas recomendaciones de lectura - San Gaugerico

X Domingo después de Pentecostés
Las cadenas de San Pedro y la humildad cristiana - El significado más profundo de la Transfiguración - Cuando uno muere, ¿debemos enterrar a los difuntos y no cremar? ¿Por qué? - Santa Nona
Contacto del Apostolado de Guadalajara
Enrique Díaz de León Sur 933, Col. Moderna
Donativos
No podríamos realizar nuestra misión sin su ayuda.
Fieles a la Tradición de la Iglesia. "Ad Maiorem Dei Gloriam"
Copyright © 2026 FSSP en México A. C.





