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Desde hace algunos domingos nos recuerdan los Evangelios las promesas de Jesús a sus Apóstoles en la última cena. No nos dejará huérfanos, sino que nos enviará el Espíritu Santo como otro Él, para que haga sus veces junto a nosotros hasta que vuelva.
La Iglesia sabe bien lo que significa para ella y para la vida de sus hijos la presencia del Espíritu Santo. Mientras espera la vuelta gloriosa del Señor, implora sin cesar la asistencia del Paráclito, su Defensor, su Consolador y su sostén. Sabe muy bien la Iglesia que en el Espíritu Santo se encuentra la fuerza que es necesaria para dar testimonio de Cristo.
Desde el Escritorio del Párroco
A que no sabías que…
Aquí conoceremos más sobre temas litúrgicos.


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Santos que seguro no conocías
San Hospicio de Niza, Confesor
21 de mayo - Martirologio Romano
San Hospicio (también conocido como San Sospis o San Hospitius) fue un venerable monje nacido en Egipto a principios del siglo VI. Se cree que fue parte de las comunidades monásticas del desierto, imbuidas por el espíritu de los grandes Padres del yermo. En su anhelo de santidad y conversión más profunda, emigró a la Galia, estableciéndose como ermitaño (eremita) en las ruinas de una antigua torre cerca de Villefranche-sur-Mer, en la península de Cap Ferrat, al este de Niza. La palabra “eremita” proviene del griego “eremos”, que significa desierto o lugar aislado.
Su retiro fue tan radical y austero como el de los antiguos anacoretas. Se ciñó con una cadena de hierro en penitencia por los pecados que confesaba haber cometido y se alimentaba solamente de pan, dátiles y raíces. Durante la Cuaresma, intensificaba sus mortificaciones y vivía exclusivamente de tubérculos. Toda su existencia fue un acto continuo de reparación, sacrificio y adoración.
En el año 575, predijo la violenta invasión de los lombardos en la región, y aconsejó a los monjes de un monasterio cercano que huyeran de inmediato. “Yo no me iré”, les dijo. “Los insultarán, pero no los matarán. Yo debo quedarme.”
El ataque sucedió como lo había anunciado. Los bárbaros llegaron hasta su torre. Al encontrarlo encadenado, creyeron que era un criminal. Al interrogarlo, Hospicio respondió humildemente: “Soy un gran pecador, indigno de vivir”. Uno de los soldados levantó la espada para matarlo, pero su brazo quedó rígido e inmóvil. Solo cuando Hospicio hizo la señal de la cruz sobre él, recuperó el movimiento. El soldado quedó tan impresionado que se convirtió, renunció a su vida anterior y pasó sus días como discípulo del Señor.
San Hospicio también predijo el momento de su tránsito. Poco antes de morir, pidió que se avisara a su amigo Austadius, obispo de Cimiez, para que pudiera asistirlo y hacerse cargo de su entierro. Se quitó la cadena de penitencia, se arrodilló durante largo tiempo en oración, y luego se tendió sobre la tierra. Así, entregó su alma a Dios en paz, en el año 581.

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