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XVI Domingo después de Pentecostés

La Cruz - Las oraciones el pie del altar: parte I - Nuevas recomendaciones de lectura - Santa María de Cervellón, virgen

La Cruz - Las oraciones el pie del altar: parte I - Nuevas recomendaciones de lectura - Santa María de Cervellón, virgen

La Santa Madre Iglesia revela hoy el fin supremo que pretende en sus hijos desde el día de Pentecostés. Las bodas de que se trata en nuestro Evangelio, son las del cielo, que tienen por preludio aquí abajo la unión divina consumada en el banquete eucarístico. La llamada divina se dirige a todos; y esta invitación no se parece a las de la tierra, donde el Esposo y la Esposa convidan a sus parientes como simples testigos de una unión que es además para los invitados extraña. El Esposo aquí es Cristo, y la Iglesia la Esposa ; como miembros de la Iglesia, estas bodas son por tanto también nuestras. La guarda de la humildad, más que otra cosa cualquiera, debe llamar la atención de quien aspira a conseguir un puesto eminente en el banquete de Dios. La ambición de la gloria futura es lo natural en los santos; pero saben que, para adquirirla, tienen que bajar tanto en su nada durante la vida presente, cuanto más altos quieran estar en la vida futura. Mientras llega el gran día en que cada cual recibirá según sus obras, nos debemos dar prisa a humillarnos ante todos; el puesto que en el reino de los cielos nos está reservado no depende, en efecto, de nuestra apreciación ni de la de otros, sino tan sólo de la voluntad del Señor, que exalta a los humildes. Cuanto más grande seas, más te debes humillar en todas las cosas, y de ese modo hallarás gracia ante Dios, dice el Eclesiástico; pues Dios sólo es grande.

EL AÑO LITÚRGICO – Dom Prospero Gueranger, DECIMOSEXTO DOMINGO DESPUES DE PENTECOSTES

Desde el Escritorio del Párroco

El 14 de septiembre celebramos la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Esta celebración está vinculada con la dedicación de la Basílica del Santo Sepulcro —o Basílica de la Resurrección— en Jerusalén, realizada en el año 335. Al día siguiente de la dedicación, la reliquia de la Santa Cruz fue elevada y expuesta públicamente a la veneración de los fieles. En el calendario tradicional tenemos también la fiesta del Hallazgo de la Santa Cruz, celebrada el 3 de mayo. Ambas fiestas están, por tanto, estrechamente vinculadas.

Para el cristiano, la cruz es el símbolo de la victoria de Cristo. Representa, al mismo tiempo, su disposición a sufrir en imitación de su Señor y su determinación de buscar la recompensa no en este mundo, sino en la vida eterna.

Hoy en día, muchos llevan una cruz al cuello o la tienen colgada en la pared, pero no comprenden que la cruz significa el rechazo de las máximas del mundo. Levantar la Cruz de Cristo significa poder decir con san Pablo:

Gálatas 2,19-20

«Con Cristo estoy crucificado; y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí».

¡Qué importante es comprender esta realidad en nuestros tiempos, cuando el mundo nos vende una filosofía de vida fundada en el más puro hedonismo! Su consigna es sencilla: «Haz siempre lo que te dé gusto». Al mismo tiempo, muchos cristianos se han vuelto cómodos y acomodaticios, buscando una religión que se adapte a todas las modas de este siglo. Para ellos, cuanto más mundana sea la religión, mejor. Sin embargo, el significado de la Cruz consiste precisamente en morir al mundo para poder vivir verdaderamente para Dios y alcanzar el cielo.

En la epístola de hoy, san Pablo nos explica también cómo es posible vivir de esta manera. Estamos dispuestos a sufrir todo lo necesario para mantenernos unidos a Jesucristo, rechazando toda tentación y asechanza del demonio, porque los bienes eternos superan infinitamente todo cuanto este mundo puede ofrecernos.

Efesios 3,13-21

«Por lo cual os pido que no desmayéis a causa de mis tribulaciones por vosotros, pues ellas son vuestra gloria. Por eso yo doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma su nombre toda familia en los cielos y sobre la tierra, para que, según la riqueza de su gloria, os conceda ser poderosamente fortalecidos en el hombre interior por su Espíritu; que habite Cristo por la fe en vuestros corazones y, arraigados y fundados en la caridad, podáis comprender, en unión con todos los santos, cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad, y conocer la caridad de Cristo, que supera toda ciencia, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios.

Y a Aquel que es poderoso para hacer infinitamente más de cuanto podemos pedir o pensar, según el poder que actúa en nosotros, a Él sea la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones y por todos los siglos de los siglos. Amén».

El mismo san Pablo explica en otro lugar por qué no debemos temer siquiera las cruces más dolorosas:

Romanos 8,18

«Porque tengo por cierto que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que se ha de manifestar en nosotros».

Con razón celebramos también, el 15 de septiembre, la fiesta de los Siete Dolores de la Santísima Virgen María. Normalmente, el dolor no es motivo de celebración. Sin embargo, todo cambia radicalmente cuando comprendemos que, unidos a Cristo, los sufrimientos se convierten en gloria.

Así como no hay criatura más amada por Dios que la Santísima Virgen, tampoco hay nadie que haya participado tan íntimamente en los dolores de Jesús. Por eso, después de Nuestro Señor, nadie ha participado tan perfectamente en su victoria y en su gloria como su Santísima Madre.

Escuchemos ahora a san John Henry Newman, quien, comentando las palabras de san Pablo —«Lejos esté de mí gloriarme sino en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo» (Gál 6,14)—, nos presenta la Cruz como la verdadera medida con la que debemos juzgar todas las cosas.

La Cruz de Cristo, medida del mundo

San John Henry Newman, Sermones parroquiales y sencillos, vol. VI, sermón VII; predicado el 9 de abril de 1841.

El mundo parece hecho para el disfrute de un ser como el hombre, y el hombre ha sido colocado en él. Tiene capacidad para gozar, y el mundo le proporciona los medios. ¡Qué natural parece esto, qué filosofía tan sencilla y agradable, y, sin embargo, qué distinta de la filosofía de la Cruz! Podría decirse que la doctrina de la Cruz trastorna dos partes de un sistema que parecen hechas la una para la otra: separa el fruto de quien ha de comerlo, el goce de quien ha de disfrutarlo. ¿Cómo resuelve esto el problema? ¿No parece, más bien, crear uno nuevo?

Respondo, en primer lugar, que, cualquiera que sea la fuerza de esta objeción, ciertamente no es sino una repetición de lo que Eva sintió y Satanás le sugirió en el Edén; pues ¿acaso no vio la mujer que el árbol prohibido era «bueno para comer» y «apetecible»? Pues bien, ¿es de extrañar que también nosotros, descendientes de la primera pareja, nos encontremos todavía en un mundo donde existe un fruto prohibido; que nuestra prueba consista en tenerlo a nuestro alcance, y nuestra felicidad, en abstenernos de él? A primera vista, el mundo parece hecho para el placer, y la visión de la Cruz de Cristo es una visión solemne y dolorosa que viene a contradecir esta apariencia. Sea así; pero ¿por qué no habría de ser nuestro deber abstenernos del goce, si ya lo era incluso en el Edén?

Pero hay más: decir que esta vida está hecha para el placer y la felicidad no es sino contemplar las cosas superficialmente. A quienes miran más allá de la superficie, la vida les cuenta una historia muy distinta. La doctrina de la Cruz no hace sino enseñar —aunque con una fuerza infinitamente mayor— la misma lección que este mundo enseña a quienes viven mucho tiempo en él, adquieren gran experiencia de él y llegan a conocerlo. El mundo es dulce a los labios, pero amargo al paladar. Agrada al principio, pero no al final. Por fuera parece alegre, pero dentro de él se esconden el mal y la miseria. Cuando un hombre ha pasado en él cierto número de años, exclama con el Predicador: «Vanidad de vanidades, todo es vanidad». Más aún: si no tiene la religión por guía, se verá obligado a ir todavía más lejos y decir: «Todo es vanidad y aflicción de espíritu»; todo es desengaño, todo es tristeza, todo es dolor. Los severos castigos de Dios por el pecado están ocultos en él y obligan al hombre a lamentarse, quiera o no.

Por eso, la doctrina de la Cruz de Cristo no hace sino anticiparnos lo que nuestra propia experiencia del mundo terminará por enseñarnos. Es verdad que nos manda llorar nuestros pecados en medio de todo cuanto sonríe y resplandece a nuestro alrededor; pero, si no le prestamos atención, acabaremos obligados a llorarlos al padecer su terrible castigo. Si, al contemplar a Aquel sobre quien fueron cargados nuestros pecados, no queremos reconocer que este mundo ha sido hecho miserable por el pecado, experimentaremos su miseria cuando esos mismos pecados recaigan sobre nosotros.

Puede admitirse, por tanto, que la doctrina de la Cruz no se encuentra en la superficie del mundo. La superficie de las cosas es únicamente luminosa, mientras que la Cruz es dolorosa. Es una doctrina escondida; permanece bajo un velo; a primera vista nos sobresalta y nos sentimos tentados a rechazarla. Como san Pedro, exclamamos: «¡Lejos de ti, Señor! De ningún modo te sucederá eso» (Mt 16,22). Y, sin embargo, es una doctrina verdadera, porque la verdad no se encuentra en la superficie de las cosas, sino en sus profundidades.

Y así como la doctrina de la Cruz, aunque sea la verdadera interpretación de este mundo, no se manifiesta abiertamente en su superficie, sino que permanece escondida, así también, cuando es recibida en un corazón fiel, permanece allí como un principio vivo, pero profundo y oculto a las miradas. Los hombres religiosos, según las palabras de la Escritura, «viven en la fe del Hijo de Dios, que los amó y se entregó a sí mismo por ellos» (Gál 2,20); pero no van proclamando esto a todos los hombres, sino que dejan que los demás lo descubran como puedan.

El mandato de Nuestro Señor a sus discípulos fue que, cuando ayunaran, «perfumaran su cabeza y lavaran su rostro» (Mt 6,17). Por tanto, están obligados a no hacer ostentación, sino a contentarse siempre con parecer exteriormente distintos de lo que en realidad son en su interior. Han de mostrar un semblante alegre y dominar y ordenar sus sentimientos, para que estos, al no derramarse en la superficie, se retiren a lo profundo del corazón y vivan allí.

De este modo, «Jesucristo, y este crucificado», es, como nos dice el Apóstol, «una sabiduría escondida»: escondida en el mundo, que a primera vista parece enseñar una doctrina muy distinta; y escondida en el alma fiel, la cual, para quienes la contemplan desde lejos o solo de paso, parece llevar una vida ordinaria, cuando en realidad mantiene secretamente una comunión con Aquel que «se manifestó en la carne», fue «crucificado en razón de su flaqueza», «justificado en el Espíritu, contemplado por los ángeles y recibido en la gloria».

Siendo esto así, la grande y tremenda doctrina de la Cruz de Cristo, que ahora conmemoramos, puede llamarse acertadamente, hablando en sentido figurado, el corazón de la religión. El corazón puede considerarse como la sede de la vida: es el principio del movimiento, del calor y de la actividad; desde él la sangre va y viene hasta las partes más extremas del cuerpo. Él sostiene al hombre en todas sus potencias y facultades; permite al cerebro pensar, y cuando el corazón es herido, el hombre muere.

Del mismo modo, la sagrada doctrina del Sacrificio expiatorio de Cristo es el principio vital por el cual vive el cristiano y sin el cual no existe el cristianismo. Sin ella, ninguna otra doctrina se profesa con provecho. Creer en la divinidad de Cristo, en su humanidad, en la Santísima Trinidad, en el juicio venidero o en la resurrección de los muertos no constituye una fe verdadera ni propiamente cristiana, si no recibimos también la doctrina del sacrificio de Cristo.

Por otra parte, recibir esta doctrina presupone la aceptación de otras sublimes verdades del Evangelio: implica creer en la verdadera divinidad de Cristo, en su verdadera encarnación y en el estado pecaminoso del hombre por naturaleza; y prepara el camino para creer en el sagrado banquete eucarístico, en el cual Aquel que fue crucificado una vez se entrega continuamente a nuestras almas y a nuestros cuerpos, verdadera y realmente, en su Cuerpo y en su Sangre.

Pero, además, el corazón está oculto a la vista; está cuidadosa y firmemente protegido. No es como el ojo, colocado en la frente, que todo lo domina y es visto por todos. Del mismo modo, la sagrada doctrina del Sacrificio expiatorio no es algo de lo que se deba hablar sin más, sino algo de lo que se debe vivir; no ha de exponerse irreverentemente, sino adorarse en secreto; no ha de emplearse como un simple instrumento necesario para convertir a los impíos o para satisfacer a los razonadores de este mundo, sino que debe ser revelada a los dóciles y obedientes; a los niños pequeños, a quienes el mundo todavía no ha corrompido; a los afligidos, que necesitan consuelo; a los sinceros y fervorosos, que necesitan una regla de vida; a los inocentes, que necesitan ser advertidos; y a quienes están firmes en la fe y se han hecho dignos de recibir este conocimiento.

Haré una observación más y concluiré. No debe suponerse que, porque la doctrina de la Cruz nos entristece, el Evangelio sea por ello una religión triste. El salmista dice: «Los que siembran entre lágrimas cosecharán entre cantares»; y Nuestro Señor dice: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados». Que nadie se marche con la impresión de que el Evangelio nos obliga a contemplar el mundo y la vida de una manera sombría. Es cierto que nos impide mirarlos superficialmente y encontrar una alegría vana y pasajera en lo que vemos; pero solo nos prohíbe el disfrute inmediato para concedernos después un gozo verdadero y pleno.

Únicamente nos prohíbe comenzar por el placer. Solamente nos dice: si comienzas por el placer, terminarás en el dolor. Nos manda comenzar por la Cruz de Cristo, y en esa Cruz encontraremos al principio tristeza; pero, al cabo de un tiempo, de esa tristeza brotarán la paz y el consuelo. Esa Cruz nos conducirá al llanto, al arrepentimiento, a la humillación, a la oración y al ayuno; lloraremos nuestros pecados y nos doleremos con los sufrimientos de Cristo. Pero toda esta tristeza no hará sino desembocar —más aún, será sobrellevada— en una felicidad muchísimo mayor que el placer que ofrece el mundo.

Es verdad que las mentes mundanas y despreocupadas no creen esto. Se burlan de semejante idea porque nunca han probado esa felicidad y la consideran una simple manera de hablar, una fórmula que las personas religiosas estiman decorosa y apropiada, que tratan de creerse ellas mismas y de hacer creer a los demás, pero que nadie experimenta realmente. Esto es lo que piensan.

Sin embargo, Nuestro Salvador dijo a sus discípulos: «También vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría»; y también: «La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo» (Jn 16,22; 14,27).

Y san Pablo dice: «El hombre natural no recibe las cosas del Espíritu de Dios, pues para él son necedad; y no puede conocerlas, porque solo se disciernen espiritualmente». Y también: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni llegó al corazón del hombre lo que Dios ha preparado para quienes lo aman» (1 Cor 2,9.14). Así, pues, la Cruz de Cristo, al hablarnos tanto de nuestra redención como de sus sufrimientos, ciertamente nos hiere, pero nos hiere de tal manera que también nos sana.

Del mismo modo, todo cuanto es luminoso y hermoso, incluso en la superficie de este mundo, aunque carezca de consistencia y no deba disfrutarse como un fin en sí mismo, es, sin embargo, figura y promesa de aquella verdadera alegría que brota de la Expiación. Es una promesa anticipada de lo que ha de venir; es una sombra que suscita esperanza porque después vendrá la realidad, pero que no debe tomarse precipitadamente en lugar de esa realidad. Este es el modo habitual con que Dios procede con nosotros: en su misericordia, envía la sombra antes que la realidad, para que podamos consolarnos con lo que ha de venir antes de que llegue.

Así, Nuestro Señor, antes de su Pasión, entró triunfalmente en Jerusalén mientras las multitudes gritaban «¡Hosanna!» y cubrían el camino con ramas de palma y con sus mantos. Aquello no fue más que una ceremonia vana y vacía, y Nuestro Señor no se complació en ella. Era una sombra que no permaneció, sino que pasó fugazmente. No podía ser más que una sombra, porque todavía no había padecido la Pasión mediante la cual habría de conquistar su verdadero triunfo. No podía entrar en su gloria antes de haber sufrido. No podía complacerse en aquella apariencia de gloria, sabiendo que no era verdadera.

Sin embargo, aquel primer triunfo figurado era el anuncio y el presagio de la verdadera victoria que había de venir, cuando hubiese vencido el rigor de la muerte. Y nosotros conmemoramos este triunfo figurativo el último domingo de Cuaresma, para alentarnos en medio del dolor de la semana siguiente y recordarnos la verdadera alegría que llega con el día de Pascua.

Así sucede también con este mundo, con todos sus placeres y también con todos sus desengaños. No confiemos en él; no le entreguemos nuestro corazón; no comencemos por él. Comencemos por la fe; comencemos por Cristo; comencemos por su Cruz y por la humillación a la que conduce. Dejémonos atraer primero por Aquel que ha sido levantado en alto, para que Él, juntamente consigo mismo, nos conceda gratuitamente todas las cosas.

«Busquemos primero el Reino de Dios y su justicia», y entonces todas las cosas de este mundo «se nos darán por añadidura». Solo pueden disfrutar verdaderamente de este mundo quienes comienzan por el mundo invisible. Solo lo disfrutan quienes primero se han abstenido de él. Solo pueden celebrar verdaderamente un banquete quienes primero han ayunado; solo pueden usar del mundo quienes han aprendido a no abusar de él; solo lo reciben como herencia quienes lo consideran una sombra del mundo venidero y, por amor a ese mundo futuro, renuncian al presente.

El 14 de septiembre celebramos la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Esta celebración está vinculada con la dedicación de la Basílica del Santo Sepulcro —o Basílica de la Resurrección— en Jerusalén, realizada en el año 335. Al día siguiente de la dedicación, la reliquia de la Santa Cruz fue elevada y expuesta públicamente a la veneración de los fieles. En el calendario tradicional tenemos también la fiesta del Hallazgo de la Santa Cruz, celebrada el 3 de mayo. Ambas fiestas están, por tanto, estrechamente vinculadas.

Para el cristiano, la cruz es el símbolo de la victoria de Cristo. Representa, al mismo tiempo, su disposición a sufrir en imitación de su Señor y su determinación de buscar la recompensa no en este mundo, sino en la vida eterna.

Hoy en día, muchos llevan una cruz al cuello o la tienen colgada en la pared, pero no comprenden que la cruz significa el rechazo de las máximas del mundo. Levantar la Cruz de Cristo significa poder decir con san Pablo:

Gálatas 2,19-20

«Con Cristo estoy crucificado; y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí».

¡Qué importante es comprender esta realidad en nuestros tiempos, cuando el mundo nos vende una filosofía de vida fundada en el más puro hedonismo! Su consigna es sencilla: «Haz siempre lo que te dé gusto». Al mismo tiempo, muchos cristianos se han vuelto cómodos y acomodaticios, buscando una religión que se adapte a todas las modas de este siglo. Para ellos, cuanto más mundana sea la religión, mejor. Sin embargo, el significado de la Cruz consiste precisamente en morir al mundo para poder vivir verdaderamente para Dios y alcanzar el cielo.

En la epístola de hoy, san Pablo nos explica también cómo es posible vivir de esta manera. Estamos dispuestos a sufrir todo lo necesario para mantenernos unidos a Jesucristo, rechazando toda tentación y asechanza del demonio, porque los bienes eternos superan infinitamente todo cuanto este mundo puede ofrecernos.

Efesios 3,13-21

«Por lo cual os pido que no desmayéis a causa de mis tribulaciones por vosotros, pues ellas son vuestra gloria. Por eso yo doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma su nombre toda familia en los cielos y sobre la tierra, para que, según la riqueza de su gloria, os conceda ser poderosamente fortalecidos en el hombre interior por su Espíritu; que habite Cristo por la fe en vuestros corazones y, arraigados y fundados en la caridad, podáis comprender, en unión con todos los santos, cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad, y conocer la caridad de Cristo, que supera toda ciencia, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios.

Y a Aquel que es poderoso para hacer infinitamente más de cuanto podemos pedir o pensar, según el poder que actúa en nosotros, a Él sea la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones y por todos los siglos de los siglos. Amén».

El mismo san Pablo explica en otro lugar por qué no debemos temer siquiera las cruces más dolorosas:

Romanos 8,18

«Porque tengo por cierto que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que se ha de manifestar en nosotros».

Con razón celebramos también, el 15 de septiembre, la fiesta de los Siete Dolores de la Santísima Virgen María. Normalmente, el dolor no es motivo de celebración. Sin embargo, todo cambia radicalmente cuando comprendemos que, unidos a Cristo, los sufrimientos se convierten en gloria.

Así como no hay criatura más amada por Dios que la Santísima Virgen, tampoco hay nadie que haya participado tan íntimamente en los dolores de Jesús. Por eso, después de Nuestro Señor, nadie ha participado tan perfectamente en su victoria y en su gloria como su Santísima Madre.

Escuchemos ahora a san John Henry Newman, quien, comentando las palabras de san Pablo —«Lejos esté de mí gloriarme sino en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo» (Gál 6,14)—, nos presenta la Cruz como la verdadera medida con la que debemos juzgar todas las cosas.

La Cruz de Cristo, medida del mundo

San John Henry Newman, Sermones parroquiales y sencillos, vol. VI, sermón VII; predicado el 9 de abril de 1841.

El mundo parece hecho para el disfrute de un ser como el hombre, y el hombre ha sido colocado en él. Tiene capacidad para gozar, y el mundo le proporciona los medios. ¡Qué natural parece esto, qué filosofía tan sencilla y agradable, y, sin embargo, qué distinta de la filosofía de la Cruz! Podría decirse que la doctrina de la Cruz trastorna dos partes de un sistema que parecen hechas la una para la otra: separa el fruto de quien ha de comerlo, el goce de quien ha de disfrutarlo. ¿Cómo resuelve esto el problema? ¿No parece, más bien, crear uno nuevo?

Respondo, en primer lugar, que, cualquiera que sea la fuerza de esta objeción, ciertamente no es sino una repetición de lo que Eva sintió y Satanás le sugirió en el Edén; pues ¿acaso no vio la mujer que el árbol prohibido era «bueno para comer» y «apetecible»? Pues bien, ¿es de extrañar que también nosotros, descendientes de la primera pareja, nos encontremos todavía en un mundo donde existe un fruto prohibido; que nuestra prueba consista en tenerlo a nuestro alcance, y nuestra felicidad, en abstenernos de él? A primera vista, el mundo parece hecho para el placer, y la visión de la Cruz de Cristo es una visión solemne y dolorosa que viene a contradecir esta apariencia. Sea así; pero ¿por qué no habría de ser nuestro deber abstenernos del goce, si ya lo era incluso en el Edén?

Pero hay más: decir que esta vida está hecha para el placer y la felicidad no es sino contemplar las cosas superficialmente. A quienes miran más allá de la superficie, la vida les cuenta una historia muy distinta. La doctrina de la Cruz no hace sino enseñar —aunque con una fuerza infinitamente mayor— la misma lección que este mundo enseña a quienes viven mucho tiempo en él, adquieren gran experiencia de él y llegan a conocerlo. El mundo es dulce a los labios, pero amargo al paladar. Agrada al principio, pero no al final. Por fuera parece alegre, pero dentro de él se esconden el mal y la miseria. Cuando un hombre ha pasado en él cierto número de años, exclama con el Predicador: «Vanidad de vanidades, todo es vanidad». Más aún: si no tiene la religión por guía, se verá obligado a ir todavía más lejos y decir: «Todo es vanidad y aflicción de espíritu»; todo es desengaño, todo es tristeza, todo es dolor. Los severos castigos de Dios por el pecado están ocultos en él y obligan al hombre a lamentarse, quiera o no.

Por eso, la doctrina de la Cruz de Cristo no hace sino anticiparnos lo que nuestra propia experiencia del mundo terminará por enseñarnos. Es verdad que nos manda llorar nuestros pecados en medio de todo cuanto sonríe y resplandece a nuestro alrededor; pero, si no le prestamos atención, acabaremos obligados a llorarlos al padecer su terrible castigo. Si, al contemplar a Aquel sobre quien fueron cargados nuestros pecados, no queremos reconocer que este mundo ha sido hecho miserable por el pecado, experimentaremos su miseria cuando esos mismos pecados recaigan sobre nosotros.

Puede admitirse, por tanto, que la doctrina de la Cruz no se encuentra en la superficie del mundo. La superficie de las cosas es únicamente luminosa, mientras que la Cruz es dolorosa. Es una doctrina escondida; permanece bajo un velo; a primera vista nos sobresalta y nos sentimos tentados a rechazarla. Como san Pedro, exclamamos: «¡Lejos de ti, Señor! De ningún modo te sucederá eso» (Mt 16,22). Y, sin embargo, es una doctrina verdadera, porque la verdad no se encuentra en la superficie de las cosas, sino en sus profundidades.

Y así como la doctrina de la Cruz, aunque sea la verdadera interpretación de este mundo, no se manifiesta abiertamente en su superficie, sino que permanece escondida, así también, cuando es recibida en un corazón fiel, permanece allí como un principio vivo, pero profundo y oculto a las miradas. Los hombres religiosos, según las palabras de la Escritura, «viven en la fe del Hijo de Dios, que los amó y se entregó a sí mismo por ellos» (Gál 2,20); pero no van proclamando esto a todos los hombres, sino que dejan que los demás lo descubran como puedan.

El mandato de Nuestro Señor a sus discípulos fue que, cuando ayunaran, «perfumaran su cabeza y lavaran su rostro» (Mt 6,17). Por tanto, están obligados a no hacer ostentación, sino a contentarse siempre con parecer exteriormente distintos de lo que en realidad son en su interior. Han de mostrar un semblante alegre y dominar y ordenar sus sentimientos, para que estos, al no derramarse en la superficie, se retiren a lo profundo del corazón y vivan allí.

De este modo, «Jesucristo, y este crucificado», es, como nos dice el Apóstol, «una sabiduría escondida»: escondida en el mundo, que a primera vista parece enseñar una doctrina muy distinta; y escondida en el alma fiel, la cual, para quienes la contemplan desde lejos o solo de paso, parece llevar una vida ordinaria, cuando en realidad mantiene secretamente una comunión con Aquel que «se manifestó en la carne», fue «crucificado en razón de su flaqueza», «justificado en el Espíritu, contemplado por los ángeles y recibido en la gloria».

Siendo esto así, la grande y tremenda doctrina de la Cruz de Cristo, que ahora conmemoramos, puede llamarse acertadamente, hablando en sentido figurado, el corazón de la religión. El corazón puede considerarse como la sede de la vida: es el principio del movimiento, del calor y de la actividad; desde él la sangre va y viene hasta las partes más extremas del cuerpo. Él sostiene al hombre en todas sus potencias y facultades; permite al cerebro pensar, y cuando el corazón es herido, el hombre muere.

Del mismo modo, la sagrada doctrina del Sacrificio expiatorio de Cristo es el principio vital por el cual vive el cristiano y sin el cual no existe el cristianismo. Sin ella, ninguna otra doctrina se profesa con provecho. Creer en la divinidad de Cristo, en su humanidad, en la Santísima Trinidad, en el juicio venidero o en la resurrección de los muertos no constituye una fe verdadera ni propiamente cristiana, si no recibimos también la doctrina del sacrificio de Cristo.

Por otra parte, recibir esta doctrina presupone la aceptación de otras sublimes verdades del Evangelio: implica creer en la verdadera divinidad de Cristo, en su verdadera encarnación y en el estado pecaminoso del hombre por naturaleza; y prepara el camino para creer en el sagrado banquete eucarístico, en el cual Aquel que fue crucificado una vez se entrega continuamente a nuestras almas y a nuestros cuerpos, verdadera y realmente, en su Cuerpo y en su Sangre.

Pero, además, el corazón está oculto a la vista; está cuidadosa y firmemente protegido. No es como el ojo, colocado en la frente, que todo lo domina y es visto por todos. Del mismo modo, la sagrada doctrina del Sacrificio expiatorio no es algo de lo que se deba hablar sin más, sino algo de lo que se debe vivir; no ha de exponerse irreverentemente, sino adorarse en secreto; no ha de emplearse como un simple instrumento necesario para convertir a los impíos o para satisfacer a los razonadores de este mundo, sino que debe ser revelada a los dóciles y obedientes; a los niños pequeños, a quienes el mundo todavía no ha corrompido; a los afligidos, que necesitan consuelo; a los sinceros y fervorosos, que necesitan una regla de vida; a los inocentes, que necesitan ser advertidos; y a quienes están firmes en la fe y se han hecho dignos de recibir este conocimiento.

Haré una observación más y concluiré. No debe suponerse que, porque la doctrina de la Cruz nos entristece, el Evangelio sea por ello una religión triste. El salmista dice: «Los que siembran entre lágrimas cosecharán entre cantares»; y Nuestro Señor dice: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados». Que nadie se marche con la impresión de que el Evangelio nos obliga a contemplar el mundo y la vida de una manera sombría. Es cierto que nos impide mirarlos superficialmente y encontrar una alegría vana y pasajera en lo que vemos; pero solo nos prohíbe el disfrute inmediato para concedernos después un gozo verdadero y pleno.

Únicamente nos prohíbe comenzar por el placer. Solamente nos dice: si comienzas por el placer, terminarás en el dolor. Nos manda comenzar por la Cruz de Cristo, y en esa Cruz encontraremos al principio tristeza; pero, al cabo de un tiempo, de esa tristeza brotarán la paz y el consuelo. Esa Cruz nos conducirá al llanto, al arrepentimiento, a la humillación, a la oración y al ayuno; lloraremos nuestros pecados y nos doleremos con los sufrimientos de Cristo. Pero toda esta tristeza no hará sino desembocar —más aún, será sobrellevada— en una felicidad muchísimo mayor que el placer que ofrece el mundo.

Es verdad que las mentes mundanas y despreocupadas no creen esto. Se burlan de semejante idea porque nunca han probado esa felicidad y la consideran una simple manera de hablar, una fórmula que las personas religiosas estiman decorosa y apropiada, que tratan de creerse ellas mismas y de hacer creer a los demás, pero que nadie experimenta realmente. Esto es lo que piensan.

Sin embargo, Nuestro Salvador dijo a sus discípulos: «También vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría»; y también: «La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo» (Jn 16,22; 14,27).

Y san Pablo dice: «El hombre natural no recibe las cosas del Espíritu de Dios, pues para él son necedad; y no puede conocerlas, porque solo se disciernen espiritualmente». Y también: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni llegó al corazón del hombre lo que Dios ha preparado para quienes lo aman» (1 Cor 2,9.14). Así, pues, la Cruz de Cristo, al hablarnos tanto de nuestra redención como de sus sufrimientos, ciertamente nos hiere, pero nos hiere de tal manera que también nos sana.

Del mismo modo, todo cuanto es luminoso y hermoso, incluso en la superficie de este mundo, aunque carezca de consistencia y no deba disfrutarse como un fin en sí mismo, es, sin embargo, figura y promesa de aquella verdadera alegría que brota de la Expiación. Es una promesa anticipada de lo que ha de venir; es una sombra que suscita esperanza porque después vendrá la realidad, pero que no debe tomarse precipitadamente en lugar de esa realidad. Este es el modo habitual con que Dios procede con nosotros: en su misericordia, envía la sombra antes que la realidad, para que podamos consolarnos con lo que ha de venir antes de que llegue.

Así, Nuestro Señor, antes de su Pasión, entró triunfalmente en Jerusalén mientras las multitudes gritaban «¡Hosanna!» y cubrían el camino con ramas de palma y con sus mantos. Aquello no fue más que una ceremonia vana y vacía, y Nuestro Señor no se complació en ella. Era una sombra que no permaneció, sino que pasó fugazmente. No podía ser más que una sombra, porque todavía no había padecido la Pasión mediante la cual habría de conquistar su verdadero triunfo. No podía entrar en su gloria antes de haber sufrido. No podía complacerse en aquella apariencia de gloria, sabiendo que no era verdadera.

Sin embargo, aquel primer triunfo figurado era el anuncio y el presagio de la verdadera victoria que había de venir, cuando hubiese vencido el rigor de la muerte. Y nosotros conmemoramos este triunfo figurativo el último domingo de Cuaresma, para alentarnos en medio del dolor de la semana siguiente y recordarnos la verdadera alegría que llega con el día de Pascua.

Así sucede también con este mundo, con todos sus placeres y también con todos sus desengaños. No confiemos en él; no le entreguemos nuestro corazón; no comencemos por él. Comencemos por la fe; comencemos por Cristo; comencemos por su Cruz y por la humillación a la que conduce. Dejémonos atraer primero por Aquel que ha sido levantado en alto, para que Él, juntamente consigo mismo, nos conceda gratuitamente todas las cosas.

«Busquemos primero el Reino de Dios y su justicia», y entonces todas las cosas de este mundo «se nos darán por añadidura». Solo pueden disfrutar verdaderamente de este mundo quienes comienzan por el mundo invisible. Solo lo disfrutan quienes primero se han abstenido de él. Solo pueden celebrar verdaderamente un banquete quienes primero han ayunado; solo pueden usar del mundo quienes han aprendido a no abusar de él; solo lo reciben como herencia quienes lo consideran una sombra del mundo venidero y, por amor a ese mundo futuro, renuncian al presente.

A que no sabías que…

Aquí conoceremos más sobre temas litúrgicos.

Durante la Misa, el sacerdote estará en el altar. Pero antes de acercarse a él, hace una última preparación. Las llamadas “oraciones al pie del altar” tienen dos sentidos principales: penitencia y alegría.

Penitencia, porque en la oración reconocemos nuestra pequeñez y nos humillamos ante la grandeza de Dios, reconociendo nuestra insuficiencia e indignidad. Y alegría, porque, a pesar de todo, Dios nos invita acercarnos a Él.

Signo de la Cruz

El Signo de la Cruz es el signo de bendición por excelencia y marca la entrada a la Misa. Desde el principio nos recuerda que lo que se va a celebrar es el sacrificio de Cristo en la Cruz, ofrecido para dar gloria a la Santísima Trinidad y para que nosotros podamos unirnos a Él y entrar en comunión con Dios.

Recordemos que cada cristiano, por su Bautismo “en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”, ha sido hecho capaz de participar en el culto cristiano.

Salmo 42 – Judica me

Después se reza el Salmo 42, cuyo tema principal aparece en este versículo, que se repite al principio y al final:

“Introibo ad altare Dei, ad Deum qui laetificat juventutem meam.”

“Me acercaré al altar de Dios, al Dios que alegra mi juventud.”

Esto expresa exactamente lo que está a punto de suceder: el sacerdote va a subir al altar y puede presentarse ante Dios porque, por Cristo, tenemos acceso al Padre.

Lo que el salmista deseaba se hizo posible plenamente con la Nueva Alianza: por Cristo podemos acercarnos a Dios y entrar en su presencia. El altar de la Nueva Alianza es, aquí en la tierra, un lugar privilegiado para ese encuentro con Dios.

Por eso también se le pide a Dios que quite todo aquello que impide ese encuentro y que nos dé su luz y su fuerza para llegar a su “monte santo”, donde se va a renovar el sacrificio del Calvario.

Así, aunque el salmo comienza expresando las dificultades y los obstáculos que nos alejan de Dios, poco a poco va creciendo en él la confianza y la alegría de poder acercarse al Señor.

Durante la Misa, el sacerdote estará en el altar. Pero antes de acercarse a él, hace una última preparación. Las llamadas “oraciones al pie del altar” tienen dos sentidos principales: penitencia y alegría.

Penitencia, porque en la oración reconocemos nuestra pequeñez y nos humillamos ante la grandeza de Dios, reconociendo nuestra insuficiencia e indignidad. Y alegría, porque, a pesar de todo, Dios nos invita acercarnos a Él.

Signo de la Cruz

El Signo de la Cruz es el signo de bendición por excelencia y marca la entrada a la Misa. Desde el principio nos recuerda que lo que se va a celebrar es el sacrificio de Cristo en la Cruz, ofrecido para dar gloria a la Santísima Trinidad y para que nosotros podamos unirnos a Él y entrar en comunión con Dios.

Recordemos que cada cristiano, por su Bautismo “en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”, ha sido hecho capaz de participar en el culto cristiano.

Salmo 42 – Judica me

Después se reza el Salmo 42, cuyo tema principal aparece en este versículo, que se repite al principio y al final:

“Introibo ad altare Dei, ad Deum qui laetificat juventutem meam.”

“Me acercaré al altar de Dios, al Dios que alegra mi juventud.”

Esto expresa exactamente lo que está a punto de suceder: el sacerdote va a subir al altar y puede presentarse ante Dios porque, por Cristo, tenemos acceso al Padre.

Lo que el salmista deseaba se hizo posible plenamente con la Nueva Alianza: por Cristo podemos acercarnos a Dios y entrar en su presencia. El altar de la Nueva Alianza es, aquí en la tierra, un lugar privilegiado para ese encuentro con Dios.

Por eso también se le pide a Dios que quite todo aquello que impide ese encuentro y que nos dé su luz y su fuerza para llegar a su “monte santo”, donde se va a renovar el sacrificio del Calvario.

Así, aunque el salmo comienza expresando las dificultades y los obstáculos que nos alejan de Dios, poco a poco va creciendo en él la confianza y la alegría de poder acercarse al Señor.

Recomendaciones de lectura mensual

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Formación Espiritual

Formación Espiritual

El Espíritu y la Esposa - Dom Anscar Vonier, O.S.B.

En esta breve obra de eclesiología, Dom Anscar Vonier presenta a la Iglesia como la Esposa de Cristo, vivificada continuamente por el Espíritu Santo. Pentecostés no aparece simplemente como un acontecimiento del pasado, sino como una realidad que permanece en la vida de la Iglesia. Con su estilo profundo y contemplativo, Vonier ayuda a comprender la unidad sobrenatural de la Iglesia, su santidad y la acción del Espíritu en sus sacramentos y en sus miembros. Un libro especialmente valioso para quien desea conocer mejor el misterio de la Iglesia desde una perspectiva verdaderamente teológica.

El Espíritu y la Esposa - Dom Anscar Vonier, O.S.B.

En esta breve obra de eclesiología, Dom Anscar Vonier presenta a la Iglesia como la Esposa de Cristo, vivificada continuamente por el Espíritu Santo. Pentecostés no aparece simplemente como un acontecimiento del pasado, sino como una realidad que permanece en la vida de la Iglesia. Con su estilo profundo y contemplativo, Vonier ayuda a comprender la unidad sobrenatural de la Iglesia, su santidad y la acción del Espíritu en sus sacramentos y en sus miembros. Un libro especialmente valioso para quien desea conocer mejor el misterio de la Iglesia desde una perspectiva verdaderamente teológica.

Formación Intelectual

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Gabriel García Moreno - R.P. Augustín Berthe

Gabriel García Moreno, del R. P. Agustín Berthe, C.Ss.R., es una apasionante biografía del gran presidente católico del Ecuador, quien procuró reconstruir su patria sobre los fundamentos de la fe, la justicia y el orden cristiano. Con abundantes datos históricos y un estilo vigoroso, el autor relata su lucha contra la corrupción y la revolución anticristiana, sus importantes reformas en la educación y las obras públicas, la consagración del Ecuador al Sagrado Corazón de Jesús y, finalmente, su asesinato en 1875 a manos de sus enemigos políticos. Aunque escrita desde una perspectiva expresamente católica y admirativa, la obra no presenta a García Moreno como un hombre sin defectos, sino como un gobernante de carácter extraordinario que comprendió que la fe no puede quedar relegada a la vida privada. Es una lectura edificante que invita a reflexionar sobre el deber de los católicos en la sociedad y sobre el precio que exige la defensa pública del reinado de Cristo.

Gabriel García Moreno - R.P. Augustín Berthe

Gabriel García Moreno, del R. P. Agustín Berthe, C.Ss.R., es una apasionante biografía del gran presidente católico del Ecuador, quien procuró reconstruir su patria sobre los fundamentos de la fe, la justicia y el orden cristiano. Con abundantes datos históricos y un estilo vigoroso, el autor relata su lucha contra la corrupción y la revolución anticristiana, sus importantes reformas en la educación y las obras públicas, la consagración del Ecuador al Sagrado Corazón de Jesús y, finalmente, su asesinato en 1875 a manos de sus enemigos políticos. Aunque escrita desde una perspectiva expresamente católica y admirativa, la obra no presenta a García Moreno como un hombre sin defectos, sino como un gobernante de carácter extraordinario que comprendió que la fe no puede quedar relegada a la vida privada. Es una lectura edificante que invita a reflexionar sobre el deber de los católicos en la sociedad y sobre el precio que exige la defensa pública del reinado de Cristo.

Literatura

Literatura

Quo vadis? - Henryk Sienkiewicz

Es una célebre novela histórica ambientada en Roma durante la persecución de los cristianos bajo el emperador Nerón. A través de la conversión del orgulloso patricio Marco Vinicio y de su amor por la cristiana Ligia, la obra presenta el enfrentamiento entre la corrupción del mundo pagano y la fuerza humilde y sobrenatural de la fe naciente. San Pedro y San Pablo aparecen guiando y sosteniendo a los primeros cristianos en medio de crueles persecuciones, mientras el martirio se convierte en semilla de una civilización nueva. Con personajes inolvidables y episodios de gran dramatismo, Quo vadis? muestra cómo la caridad, la pureza y el sacrificio cristianos terminaron venciendo a un imperio que parecía invencible. Es una lectura cautivadora y profundamente edificante sobre el poder transformador de la gracia y el triunfo de la Cruz.

Quo vadis? - Henryk Sienkiewicz

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Santos que seguro no conocías

Santa María de Cervellón, virgen - 19 de septiembre

Santa María de Cervellón, también conocida como María del Socorro, fue una figura pionera en la Orden de la Merced. Consagrada a la redención de cautivos y al cuidado de los necesitados, lideró un grupo de mujeres que se dedicaron al servicio en el hospital de los cautivos.

María de Cervellón nace en Barcelona, el día 1 de diciembre de 1230. En ese momento, los frailes de la Merced llevaban algunos años redimiendo cautivos del poder de sarracenos y en la ciudad portuaria y comercial se hablaba de la gran obra de caridad que eso supone, y las necesidades crecientes que día a día se manifiestan, no solamente para acudir a rescatar, sino para atenderlos una vez redimidos en el hospital de santa Eulalia.

Como a toda joven de su edad, su familia trata de casarla en alianzas familiares y estratégicas; pero María ya ha decidido que su vida pertenece a otro; se desposa con Cristo para estar al servicio de los otros cristos, cautivos, llagados, enfermos y necesitados.

Fr. Bernardo de Corbera acompaña los primeros pasos de María, que se consagra a Dios en la Merced el 25 de mayo de 1265 junto con otras jóvenes barcelonesas.

El sobrenombre de “Socorro”, con el que se le conoce, se debe a que fue vista acudir en socorro de las naves de la redención, en medio de las olas de un mar embravecido. Toda su vida está llena de riesgos para acercar la caridad redentora a los pobres cautivos.

Murió el 19 de septiembre de 1290, y sus restos se conservan en la Basílica de la Merced de Barcelona.

El 13 de febrero de 1692 el papa Inocencio XII dio sentencia favorable y confirmatoria del culto inmemorial; y fue introducida en el Martirologio Romano el día 8 de noviembre de 1729. Hoy las religiosas de la Orden la proclaman como la mujer fuerte que sigue a Jesucristo encarnándose en las realidades del cautiverio para ser redentoras con Cristo a través de la oración, y de diversos apostolados según las propias constituciones.

Fuente: https://www.mercedarios.cl/detalle.php?id=MjU1Ng==

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