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XVII Domingo después de Pentecostés

La Caridad - Las oraciones el pie del altar: parte I - San Eustaquio, Mártir

La Caridad - Las oraciones el pie del altar: parte I - San Eustaquio, Mártir

Del santo Evangelio según San Mateo (Mt„ XXII, 34-46): En aquel tiempo se acercaron a Jesús los fariseos: y le preguntó uno de ellos, doctor de la Ley, tentándole: Maestro, ¿cuál es el mayor mandamiento de la Ley? Díjole Jesús: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. Y el segundo, semejante a éste, es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo….

El Apóstol que había dicho: el fin de la ley es la caridad, dijo también: El fin de la ley es Cristo; ahora vemos la armonía de estas dos proposiciones, como comprendemos también la relación que hay entre estas palabras del Evangelio de hoy: En estos dos mandamientos están encerrados toda la ley y los profetas, con estas otras del Señor: Escudriñad las Escrituras, pues ellas dan testimonio de mi. La plenitud de la ley que ordena las costumbres está en la caridad, cuyo fin es Cristo; asimismo el objeto de las Escrituras reveladas no es otro sino el Hombre-Dios que resume para los suyos en su adorable unidad la moral y el dogma. El es su fe y su amor, “el fln de todas nuestras resoluciones, dice San Agustín; todos nuestros esfuerzos sólo tienden a perfeccionarnos en El y en esto consiste nuestra perfección, en llegarnos a El. Cuando hayas llegado a El, no busques ya más: El es tu fin.


EL AÑO LITÚRGICO – Dom Prospero Gueranger,

DECIMOSEPTIMO DOMINGO DESPUES DE PENTECOSTES

Desde el Escritorio del Párroco

«Amemos a Dios, hermanos míos, pero que sea a costa de nuestros brazos y con el sudor de nuestro rostro».

— San Vicente de Paúl, Conferencia del 27 de septiembre de 1655.

«El amor de Dios nunca está ocioso: si existe, realiza grandes obras; si rehúsa obrar, no es amor».

— San Gregorio Magno, Homilías sobre los Evangelios, XXX, 2.

Las lecturas de la Misa de hoy nos ofrecen una lección tan elemental que corremos el peligro de dejarla de lado por dedicar mayor atención a asuntos aparentemente más complejos. Nuestro Señor enseña no solamente que todos los que se consideran seguidores de Dios deben amar al prójimo, sino que este mandamiento es semejante al mismo amor de Dios.

Santo Tomás precisa esta enseñanza diciendo que amamos a Dios y al prójimo con una misma virtud y un mismo hábito de caridad. La caridad es una: amamos a Dios por Él mismo y amamos al prójimo por amor de Dios. Por tanto, si verdaderamente amamos a Dios, amaremos también al prójimo y procuraremos amarlo de una manera sobrenatural.

La enseñanza es tan sencilla que podemos olvidar su importancia, pensando que nuestro tiempo se emplea mejor en estudiar las formas de oración, la teología, la historia de la Iglesia o las controversias actuales. Pero san Juan dice en su epístola que quien afirma amar a Dios mientras aborrece a su hermano es un mentiroso. Los dos amores son inseparables.

Esto no significa, por supuesto, que debamos sentir ternura cada vez que pensamos en cierta fulanita particularmente enfadosa. La caridad no es ante todo un sentimiento. Significa que debemos procurar amar a esa persona como Dios la ama y desear para ella el mismo bien sobrenatural que Dios desea para nosotros.

De hecho, muchas de las lecturas de este tiempo del año insisten en esta verdad. Si queremos vivir como cristianos, tenemos que amar al prójimo. Jesucristo dice: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si os tenéis amor los unos a los otros».

Si para Nuestro Señor esta realidad es tan fundamental, ¿qué debemos pensar de quienes se dicen seguidores de Cristo, pero viven en continuos conflictos familiares? ¿Qué debemos pensar cuando, dentro de una parroquia, hay personas que no solamente carecen de caridad, sino que ni siquiera se toleran? ¿Dónde queda el precepto de Cristo cuando existen murmuraciones, exclusiones y resentimientos?

En realidad, cuanto más cercano es nuestro prójimo —porque pertenece a nuestra familia o a nuestra parroquia—, tanto más intensa y evidente debería ser nuestra caridad. ¿Cómo es posible que nos eximamos con tanta facilidad de un precepto tan fundamental?

Gracias a Dios, san Pablo nos da en su epístola algunos consejos sobre cómo practicar esta caridad. Nos exhorta a comportarnos de una manera digna de nuestra vocación como hijos de Dios, soportándonos unos a otros con caridad y procurando conservar la unidad del espíritu mediante el vínculo de la paz, porque el Cuerpo de Cristo es uno.

Para lograrlo, dice el Apóstol, necesitamos ciertas virtudes indispensables. La primera es la humildad. La paz solamente puede conservarse cuando cada uno deja de considerarse superior a los demás y busca el bien del prójimo antes que el propio.

Después menciona la mansedumbre, que es la virtud que modera nuestras reacciones de ira. ¡Cuántos conflictos evitaríamos si dejáramos que se calmara un poco nuestra cólera antes de responder! La persona mansa no permite que su alma se intranquilice por cualquier contrariedad. Recuerda que las dificultades pueden servir para hacerla más humilde y que, si sufre injustamente, Dios sabrá recompensarla.

Perdemos mucho porque somos prisioneros de nuestro orgullo, el cual produce una ira desproporcionada ante cualquier ofensa. El Señor, a quien afirmamos seguir, era exactamente lo contrario. Aunque tenía todo el poder para responder a cualquier afrenta, recibió muchos insultos sin devolverlos. Con mucha razón nos dijo: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón».

Es interesante que, al señalarnos estas virtudes, el Señor nos muestre también el premio que producen: «Y hallaréis descanso para vuestras almas». La ira y el orgullo no solamente ocasionan conflictos con los demás, sino que también se encuentran entre las causas principales de la inquietud de nuestro corazón. Vivimos ansiosos porque pensamos que debemos estar siempre peleando, justificándonos y defendiéndonos. El Señor, en cambio, nos promete que encontraremos la paz mediante la humildad, la mansedumbre y el abandono confiado en Dios.

Finalmente, san Pablo nos dice que, para soportarnos unos a otros, necesitamos practicar la longanimidad. Esta virtud nos permite continuar obrando el bien sin desanimarnos, aunque sus frutos tarden mucho tiempo en aparecer. La paciencia soporta los males presentes; la longanimidad nos ayuda a esperar, durante mucho tiempo y sin desfallecer, el bien que parece lejano.

El mártir puede sufrir intensamente durante un tiempo relativamente breve; otros santos, en cambio, acumulan grandes méritos perseverando durante años en medio de contrariedades constantes. El Señor dice que debemos tomar nuestra cruz cada día para ser sus discípulos. Probablemente, una de las formas más frecuentes de llevarla sea soportar las dificultades que encontramos al practicar la caridad con el prójimo.

¡Ah, si pudiéramos recordar esta verdad cuando nos cuesta evitar una reacción de rencor porque alguien ha hecho algo que nos molesta! Hay un gran mérito en soportar las contrariedades prolongadas con calma, paciencia y caridad. El Señor nos advierte que quien persevere hasta el fin se salvará.

Desgraciadamente, nos hemos acostumbrado a buscar siempre lo más cómodo. Por eso, cuando el amor al prójimo deja de ser agradable o exige algún sacrificio, lo abandonamos sin pensarlo más. Pero el amor de Cristo es muy diferente: «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin».

La caridad fraterna no consiste solamente en evitar los pleitos, soportar los defectos ajenos y abstenernos de murmurar. Todo eso es necesario, pero no basta. La verdadera caridad es activa: nos impulsa a salir de nuestra comodidad para servir, colaborar y trabajar por el bien de los demás. Como decía san Vicente de Paúl, debemos amar a Dios «a costa de nuestros brazos y con el sudor de nuestro rostro».

Por eso, una manera muy concreta de practicar la caridad consiste en participar en algún apostolado y contribuir al bien común de la parroquia. Una parroquia no puede sostenerse solamente mediante el esfuerzo de los sacerdotes o de unas pocas personas generosas que siempre terminan haciendo todo. Cada uno debería preguntarse sinceramente: ¿qué hago yo por el bien de esta comunidad?, ¿qué sacrificio ofrezco para que otros puedan acercarse a Dios?, ¿en qué apostolado podría colaborar?

La próxima kermés nos ofrece una ocasión muy concreta. No se trata solamente de asistir y pasar un buen rato, sino de colaborar: ayudar en la preparación, ofrecer tiempo, aportar algo, atender un puesto, invitar a otras personas o encargarse de alguno de los muchos trabajos necesarios. Quizá nuestra ayuda parezca pequeña, pero, cuando se ofrece con caridad, se convierte en una verdadera obra hecha por amor de Dios y en beneficio de toda la comunidad.

Y la kermés es solamente una oportunidad entre muchas. La parroquia necesita personas dispuestas a colaborar en sus apostolados, ayudar en las actividades, recibir a quienes llegan por primera vez, visitar a los enfermos, enseñar al que no sabe y prestar tantos otros servicios, muchas veces ocultos, que hacen posible la vida de una comunidad cristiana. Esta enseñanza aplica tanto a los adultos como a los niños y jóvenes. Los papas deben de dejar muy claro que niños que siempre pelean entre sí no están siguiendo Cristo. Jóvenes que practican el bullying y excluyen que no acogen a los demás dan un anti-testimonio de Cristo y la tradición.

Esta caridad debe comenzar, naturalmente, en nuestras propias casas. De poco serviría trabajar mucho en la parroquia si tratamos con impaciencia a nuestra familia. Debemos practicarla también en el trabajo, en la escuela y en todos nuestros ambientes, ayudando al que lo necesita, soportando con paciencia, perdonando las ofensas y procurando el bien de quienes Dios ha puesto a nuestro lado. Pero vale muy poco si no exiteinde más allá.

No esperemos a sentir ganas de servir ni a encontrar una ocasión extraordinaria. La caridad se demuestra en las obras concretas y en los sacrificios cotidianos. Si cada uno procura hacer generosamente la parte que le corresponde, nuestras familias serán más unidas, nuestra parroquia será una verdadera comunidad cristiana y el mundo podrá reconocer que somos discípulos de Cristo porque nos amamos unos a otros.

«La caridad perfecta consiste en soportar los defectos de los demás, en no extrañarse de sus debilidades y en edificarse de los menores actos de virtud que les veamos practicar».

— Santa Teresa del Niño Jesús, Manuscrito C, 12rº.

«¿Quieres honrar el cuerpo de Cristo? No permitas que sea despreciado en sus miembros, es decir, en los pobres que no tienen con qué cubrirse».

— San Juan Crisóstomo, Homilías sobre san Mateo, 50, 3.

«Amemos a Dios, hermanos míos, pero que sea a costa de nuestros brazos y con el sudor de nuestro rostro».

— San Vicente de Paúl, Conferencia del 27 de septiembre de 1655.

«El amor de Dios nunca está ocioso: si existe, realiza grandes obras; si rehúsa obrar, no es amor».

— San Gregorio Magno, Homilías sobre los Evangelios, XXX, 2.

Las lecturas de la Misa de hoy nos ofrecen una lección tan elemental que corremos el peligro de dejarla de lado por dedicar mayor atención a asuntos aparentemente más complejos. Nuestro Señor enseña no solamente que todos los que se consideran seguidores de Dios deben amar al prójimo, sino que este mandamiento es semejante al mismo amor de Dios.

Santo Tomás precisa esta enseñanza diciendo que amamos a Dios y al prójimo con una misma virtud y un mismo hábito de caridad. La caridad es una: amamos a Dios por Él mismo y amamos al prójimo por amor de Dios. Por tanto, si verdaderamente amamos a Dios, amaremos también al prójimo y procuraremos amarlo de una manera sobrenatural.

La enseñanza es tan sencilla que podemos olvidar su importancia, pensando que nuestro tiempo se emplea mejor en estudiar las formas de oración, la teología, la historia de la Iglesia o las controversias actuales. Pero san Juan dice en su epístola que quien afirma amar a Dios mientras aborrece a su hermano es un mentiroso. Los dos amores son inseparables.

Esto no significa, por supuesto, que debamos sentir ternura cada vez que pensamos en cierta fulanita particularmente enfadosa. La caridad no es ante todo un sentimiento. Significa que debemos procurar amar a esa persona como Dios la ama y desear para ella el mismo bien sobrenatural que Dios desea para nosotros.

De hecho, muchas de las lecturas de este tiempo del año insisten en esta verdad. Si queremos vivir como cristianos, tenemos que amar al prójimo. Jesucristo dice: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si os tenéis amor los unos a los otros».

Si para Nuestro Señor esta realidad es tan fundamental, ¿qué debemos pensar de quienes se dicen seguidores de Cristo, pero viven en continuos conflictos familiares? ¿Qué debemos pensar cuando, dentro de una parroquia, hay personas que no solamente carecen de caridad, sino que ni siquiera se toleran? ¿Dónde queda el precepto de Cristo cuando existen murmuraciones, exclusiones y resentimientos?

En realidad, cuanto más cercano es nuestro prójimo —porque pertenece a nuestra familia o a nuestra parroquia—, tanto más intensa y evidente debería ser nuestra caridad. ¿Cómo es posible que nos eximamos con tanta facilidad de un precepto tan fundamental?

Gracias a Dios, san Pablo nos da en su epístola algunos consejos sobre cómo practicar esta caridad. Nos exhorta a comportarnos de una manera digna de nuestra vocación como hijos de Dios, soportándonos unos a otros con caridad y procurando conservar la unidad del espíritu mediante el vínculo de la paz, porque el Cuerpo de Cristo es uno.

Para lograrlo, dice el Apóstol, necesitamos ciertas virtudes indispensables. La primera es la humildad. La paz solamente puede conservarse cuando cada uno deja de considerarse superior a los demás y busca el bien del prójimo antes que el propio.

Después menciona la mansedumbre, que es la virtud que modera nuestras reacciones de ira. ¡Cuántos conflictos evitaríamos si dejáramos que se calmara un poco nuestra cólera antes de responder! La persona mansa no permite que su alma se intranquilice por cualquier contrariedad. Recuerda que las dificultades pueden servir para hacerla más humilde y que, si sufre injustamente, Dios sabrá recompensarla.

Perdemos mucho porque somos prisioneros de nuestro orgullo, el cual produce una ira desproporcionada ante cualquier ofensa. El Señor, a quien afirmamos seguir, era exactamente lo contrario. Aunque tenía todo el poder para responder a cualquier afrenta, recibió muchos insultos sin devolverlos. Con mucha razón nos dijo: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón».

Es interesante que, al señalarnos estas virtudes, el Señor nos muestre también el premio que producen: «Y hallaréis descanso para vuestras almas». La ira y el orgullo no solamente ocasionan conflictos con los demás, sino que también se encuentran entre las causas principales de la inquietud de nuestro corazón. Vivimos ansiosos porque pensamos que debemos estar siempre peleando, justificándonos y defendiéndonos. El Señor, en cambio, nos promete que encontraremos la paz mediante la humildad, la mansedumbre y el abandono confiado en Dios.

Finalmente, san Pablo nos dice que, para soportarnos unos a otros, necesitamos practicar la longanimidad. Esta virtud nos permite continuar obrando el bien sin desanimarnos, aunque sus frutos tarden mucho tiempo en aparecer. La paciencia soporta los males presentes; la longanimidad nos ayuda a esperar, durante mucho tiempo y sin desfallecer, el bien que parece lejano.

El mártir puede sufrir intensamente durante un tiempo relativamente breve; otros santos, en cambio, acumulan grandes méritos perseverando durante años en medio de contrariedades constantes. El Señor dice que debemos tomar nuestra cruz cada día para ser sus discípulos. Probablemente, una de las formas más frecuentes de llevarla sea soportar las dificultades que encontramos al practicar la caridad con el prójimo.

¡Ah, si pudiéramos recordar esta verdad cuando nos cuesta evitar una reacción de rencor porque alguien ha hecho algo que nos molesta! Hay un gran mérito en soportar las contrariedades prolongadas con calma, paciencia y caridad. El Señor nos advierte que quien persevere hasta el fin se salvará.

Desgraciadamente, nos hemos acostumbrado a buscar siempre lo más cómodo. Por eso, cuando el amor al prójimo deja de ser agradable o exige algún sacrificio, lo abandonamos sin pensarlo más. Pero el amor de Cristo es muy diferente: «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin».

La caridad fraterna no consiste solamente en evitar los pleitos, soportar los defectos ajenos y abstenernos de murmurar. Todo eso es necesario, pero no basta. La verdadera caridad es activa: nos impulsa a salir de nuestra comodidad para servir, colaborar y trabajar por el bien de los demás. Como decía san Vicente de Paúl, debemos amar a Dios «a costa de nuestros brazos y con el sudor de nuestro rostro».

Por eso, una manera muy concreta de practicar la caridad consiste en participar en algún apostolado y contribuir al bien común de la parroquia. Una parroquia no puede sostenerse solamente mediante el esfuerzo de los sacerdotes o de unas pocas personas generosas que siempre terminan haciendo todo. Cada uno debería preguntarse sinceramente: ¿qué hago yo por el bien de esta comunidad?, ¿qué sacrificio ofrezco para que otros puedan acercarse a Dios?, ¿en qué apostolado podría colaborar?

La próxima kermés nos ofrece una ocasión muy concreta. No se trata solamente de asistir y pasar un buen rato, sino de colaborar: ayudar en la preparación, ofrecer tiempo, aportar algo, atender un puesto, invitar a otras personas o encargarse de alguno de los muchos trabajos necesarios. Quizá nuestra ayuda parezca pequeña, pero, cuando se ofrece con caridad, se convierte en una verdadera obra hecha por amor de Dios y en beneficio de toda la comunidad.

Y la kermés es solamente una oportunidad entre muchas. La parroquia necesita personas dispuestas a colaborar en sus apostolados, ayudar en las actividades, recibir a quienes llegan por primera vez, visitar a los enfermos, enseñar al que no sabe y prestar tantos otros servicios, muchas veces ocultos, que hacen posible la vida de una comunidad cristiana. Esta enseñanza aplica tanto a los adultos como a los niños y jóvenes. Los papas deben de dejar muy claro que niños que siempre pelean entre sí no están siguiendo Cristo. Jóvenes que practican el bullying y excluyen que no acogen a los demás dan un anti-testimonio de Cristo y la tradición.

Esta caridad debe comenzar, naturalmente, en nuestras propias casas. De poco serviría trabajar mucho en la parroquia si tratamos con impaciencia a nuestra familia. Debemos practicarla también en el trabajo, en la escuela y en todos nuestros ambientes, ayudando al que lo necesita, soportando con paciencia, perdonando las ofensas y procurando el bien de quienes Dios ha puesto a nuestro lado. Pero vale muy poco si no exiteinde más allá.

No esperemos a sentir ganas de servir ni a encontrar una ocasión extraordinaria. La caridad se demuestra en las obras concretas y en los sacrificios cotidianos. Si cada uno procura hacer generosamente la parte que le corresponde, nuestras familias serán más unidas, nuestra parroquia será una verdadera comunidad cristiana y el mundo podrá reconocer que somos discípulos de Cristo porque nos amamos unos a otros.

«La caridad perfecta consiste en soportar los defectos de los demás, en no extrañarse de sus debilidades y en edificarse de los menores actos de virtud que les veamos practicar».

— Santa Teresa del Niño Jesús, Manuscrito C, 12rº.

«¿Quieres honrar el cuerpo de Cristo? No permitas que sea despreciado en sus miembros, es decir, en los pobres que no tienen con qué cubrirse».

— San Juan Crisóstomo, Homilías sobre san Mateo, 50, 3.

A que no sabías que…

Aquí conoceremos más sobre temas litúrgicos.

Confiteor comienza con:

“Adjutorium in nomine Domini.”

“Nuestro auxilio está en el nombre del Señor.”

Con estas palabras reconocemos que, en lo que se refiere a nuestra salvación, no podemos hacer nada sin la ayuda de Dios. Esta ayuda nos fue obtenida por la Cruz de Cristo.

Primero, el sacerdote confiesa sus propios pecados. Lo hace de manera especial porque está a punto de celebrar la Santa Misa. Su postura expresa humildad: permanece todavía al pie del altar, se inclina profundamente y se golpea el pecho.

Este gesto de golpearse el pecho es una antigua manera de expresar arrepentimiento por los pecados. También lo hacía el publicano del Evangelio cuando pedía a Dios misericordia. El gesto expresa el deseo de cambiar el corazón: reconocer que nuestro corazón ha ofendido a Dios y pedirle que nos dé un corazón nuevo que le agrade.

Después, el sacerdote reconoce sus pecados primero ante Dios y luego ante los santos y sus hermanos cristianos. También les pide que intercedan por él.

El Confiteor no es simplemente una repetición. Primero reconocemos nuestros pecados y después pedimos la misericordia de Dios.

Los fieles responden al sacerdote con el Misereatur, pidiendo a Dios que tenga misericordia de él. Esto también manifiesta el misterio de la comunión de los santos: quienes viven en la amistad con Dios pueden pedir por los demás.

Después los fieles rezan su propio Confiteor, y el sacerdote responde con el Misereatur y el Indulgentiam, pidiendo para él y para los fieles la indulgencia, la absolución y el perdón de los pecados.

Aquí se manifiesta también el papel del sacerdote como mediador entre Dios y las almas.

Los fieles pueden llamarse sacerdotes en cierto sentido porque, por el Bautismo, pueden unirse al sacrificio de Cristo y ofrecerse junto con Él. Esto se conoce como sacerdocio bautismal. Pero el sacerdote recibe una consagración particular para renovar sacramentalmente el sacrificio de Cristo. Este es el sacerdocio ministerial.

Confiteor comienza con:

“Adjutorium in nomine Domini.”

“Nuestro auxilio está en el nombre del Señor.”

Con estas palabras reconocemos que, en lo que se refiere a nuestra salvación, no podemos hacer nada sin la ayuda de Dios. Esta ayuda nos fue obtenida por la Cruz de Cristo.

Primero, el sacerdote confiesa sus propios pecados. Lo hace de manera especial porque está a punto de celebrar la Santa Misa. Su postura expresa humildad: permanece todavía al pie del altar, se inclina profundamente y se golpea el pecho.

Este gesto de golpearse el pecho es una antigua manera de expresar arrepentimiento por los pecados. También lo hacía el publicano del Evangelio cuando pedía a Dios misericordia. El gesto expresa el deseo de cambiar el corazón: reconocer que nuestro corazón ha ofendido a Dios y pedirle que nos dé un corazón nuevo que le agrade.

Después, el sacerdote reconoce sus pecados primero ante Dios y luego ante los santos y sus hermanos cristianos. También les pide que intercedan por él.

El Confiteor no es simplemente una repetición. Primero reconocemos nuestros pecados y después pedimos la misericordia de Dios.

Los fieles responden al sacerdote con el Misereatur, pidiendo a Dios que tenga misericordia de él. Esto también manifiesta el misterio de la comunión de los santos: quienes viven en la amistad con Dios pueden pedir por los demás.

Después los fieles rezan su propio Confiteor, y el sacerdote responde con el Misereatur y el Indulgentiam, pidiendo para él y para los fieles la indulgencia, la absolución y el perdón de los pecados.

Aquí se manifiesta también el papel del sacerdote como mediador entre Dios y las almas.

Los fieles pueden llamarse sacerdotes en cierto sentido porque, por el Bautismo, pueden unirse al sacrificio de Cristo y ofrecerse junto con Él. Esto se conoce como sacerdocio bautismal. Pero el sacerdote recibe una consagración particular para renovar sacramentalmente el sacrificio de Cristo. Este es el sacerdocio ministerial.

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Formación Espiritual

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El Espíritu y la Esposa - Dom Anscar Vonier, O.S.B.

En esta breve obra de eclesiología, Dom Anscar Vonier presenta a la Iglesia como la Esposa de Cristo, vivificada continuamente por el Espíritu Santo. Pentecostés no aparece simplemente como un acontecimiento del pasado, sino como una realidad que permanece en la vida de la Iglesia. Con su estilo profundo y contemplativo, Vonier ayuda a comprender la unidad sobrenatural de la Iglesia, su santidad y la acción del Espíritu en sus sacramentos y en sus miembros. Un libro especialmente valioso para quien desea conocer mejor el misterio de la Iglesia desde una perspectiva verdaderamente teológica.

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Formación Intelectual

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Gabriel García Moreno - R.P. Augustín Berthe

Gabriel García Moreno, del R. P. Agustín Berthe, C.Ss.R., es una apasionante biografía del gran presidente católico del Ecuador, quien procuró reconstruir su patria sobre los fundamentos de la fe, la justicia y el orden cristiano. Con abundantes datos históricos y un estilo vigoroso, el autor relata su lucha contra la corrupción y la revolución anticristiana, sus importantes reformas en la educación y las obras públicas, la consagración del Ecuador al Sagrado Corazón de Jesús y, finalmente, su asesinato en 1875 a manos de sus enemigos políticos. Aunque escrita desde una perspectiva expresamente católica y admirativa, la obra no presenta a García Moreno como un hombre sin defectos, sino como un gobernante de carácter extraordinario que comprendió que la fe no puede quedar relegada a la vida privada. Es una lectura edificante que invita a reflexionar sobre el deber de los católicos en la sociedad y sobre el precio que exige la defensa pública del reinado de Cristo.

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Literatura

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Quo vadis? - Henryk Sienkiewicz

Es una célebre novela histórica ambientada en Roma durante la persecución de los cristianos bajo el emperador Nerón. A través de la conversión del orgulloso patricio Marco Vinicio y de su amor por la cristiana Ligia, la obra presenta el enfrentamiento entre la corrupción del mundo pagano y la fuerza humilde y sobrenatural de la fe naciente. San Pedro y San Pablo aparecen guiando y sosteniendo a los primeros cristianos en medio de crueles persecuciones, mientras el martirio se convierte en semilla de una civilización nueva. Con personajes inolvidables y episodios de gran dramatismo, Quo vadis? muestra cómo la caridad, la pureza y el sacrificio cristianos terminaron venciendo a un imperio que parecía invencible. Es una lectura cautivadora y profundamente edificante sobre el poder transformador de la gracia y el triunfo de la Cruz.

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Santos que seguro no conocías

San Eustaquio, Mártir – 20 de septiembre

San Eustaquio figura entre los mártires más famosos de la Iglesia, venerado desde hace siglos, tanto en oriente como occidente. Se le cuenta entre los Catorce Santos Auxiliadores, es patrono de cazadores y, por lo menos desde el siglo octavo, dio su nombre a la iglesia titular de un diácono-cardenal de Roma.

Era un general romano en los ejércitos del emperador Trajano, se llamaba Plácido y era muy aficionado a la cacería. Sin duda alguna, al estudiar su personalidad, uno cae en la cuenta de que era el general más joven y apreciado en todo el imperio romano.

Precisamente se hallaba cierta vez en persecución de alguna valiosa pieza en la soledad de los montes, cuando vio venir hacia él un gran ciervo en cuyos cuernos aparecía la figura de Jesucristo en la cruz y una voz que surgía de la aparición, le llamaba por su nombre. Se afirma que aquel prodigio ocurrió en la región italiana de Guadagnolo, entre Tivoli y Palestrina. La extraordinaria visión tuvo el efecto de convertir instantáneamente a Plácido al cristianismo. El general y toda su familia recibieron el bautismo y él tomó el nombre de Eustaquio, su esposa se llamó Teofista y sus hijos, Agape y Teofisto.

Poco después de su conversión, Eustaquio perdió todos sus bienes y, tras una serie de infortunios, se vio obligado a separarse de su familia. Tuvieron que salir de Roma, los esposos se ven separados en dramáticas circunstancias: subieron a un barco para huír del continente, y el capitán arrebató a su esposa, echando por la borda a Eustaquio y sus hijos. Llegando estos a la orilla, Eustaquio da por muertos a sus hijos que le fueron arrebatados por animales salvajes.

Tras aceptar la voluntad de Dios, vive dedicado a humildes quehaceres en un pequeño pueblo durante 15 años, hasta que tiempo después el emperador Trajano le reclama para ponerle al frente de su ejército con lo cual consigue una gran victoria, acompañado por el reencuentro con toda su familia, que estaba a salvo. Reconoce a sus hijos entre los legionarios, y a su mujer entre las que acompañaban a la tropa.

Roma le recibe en apoteosis, pero, muere Trajano, y Adriano le sucede, y cuando se entera que es cristiano y al negarse a ofrecer sacrificios a los dioses durante la ceremonia que se celebró en Roma por su victoria al frente de las armas imperiales. Como consecuencia de aquella negativa, Eustaquio, su mujer y sus hijos, fueron encadenados sobre un enorme toro de bronce bajo el cual se encendió una hoguera a fin de que todos los miembros de la familia perecieran asados.

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