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XIX Domingo después de Pentecostés

La palabra «kermés» - El milagro de Calanda - El altar es Cristo - San Luis Beltrán, Confesor - Nuevas recomendaciones de lectura

La palabra «kermés» - El milagro de Calanda - El altar es Cristo - San Luis Beltrán, Confesor - Nuevas recomendaciones de lectura

El sentido literal de la expresión “Reino de los cielos” se entiende en los Evangelios la mayor parte de las veces, no la sociedad de los bienaventurados, sino la sociedad externa y visible de los que en este mundo adoran a Dios por la verdadera fe en Jesucristo. El mismo sentido tienen de ordinario las expresiones Reino de Dios, Reino mío, o solamente Reino, de que usa con frecuencia Jesucristo. Es sencillamente la monarquía religiosa de los que, creyendo en Cristo, habían de formar en el Nuevo Testamento el pueblo de Dios. Así se explica cómo este Reino se compara a una red barredera, que coge peces buenos y malos; a un campo donde crece el trigo y la negrilla; a diez vírgenes, de las que cinco son necias y cinco prudentes; a un banquete en el que entra toda clase de comensales.

El vestido de boda. La parábola dice que el Rey advirtió que entre los comensales había uno que no llevaba el traje de etiqueta que a todos entregaban al entrar. «¿Cómo estás tú sin traje de boda?», le dijo. Y luego a los criados: «¡Fuera con él! Atadle de pies y manos y metedle en el calabozo de allá fuera. ¡Que llore y que rechine los dientes!» El significado de este detalle es sencillísimo. No basta pertenecer al Reino de Dios acá abajo, no basta pertenecer a la Iglesia, no basta ser cristiano por el bautismo para tener derecho al Reino de los cielos consumado, para entrar en la gloria, para salvarse. Es menester, además, tener y conservar limpia la vestidura de bodas, la gracia santificante: sola ella nos hace acreedores a sentarnos con Abrahán, Isaac y Jacob y con el mismo Jesucristo en el eterno banquete de los cielos.

Dom. Prosper Gueranguer, DOMINICA XIX DESPUÉS DE PENTECOSTÉS - Del banquete de bodas, Mt. 22, 1-14.

Desde el Escritorio del Párroco

¿Sabías que la palabra «kermés» tiene relación con la Santa Misa?

Cuando escuchamos kermés, pensamos en antojitos, juegos, rifas y convivencia. Sin embargo, su nombre conserva el recuerdo de una celebración religiosa. Tendremos nuestra kermés este próximo 11 de octubre para festejar la Virgen de Pilar.

La palabra procede del neerlandés kermis, formado por kerk, «iglesia», y mis, «misa». Originalmente se refería a la celebración del aniversario de la dedicación de una iglesia. Alrededor de aquella solemnidad se organizaban comidas, juegos y ferias: la alegría de la celebración religiosa se extendía a la vida del pueblo.

¿Y cómo llegó una palabra neerlandesa a México? Por medio del francés, que la adoptó como kermesse. Durante el siglo XIX, especialmente en el Porfiriato, este nombre se popularizó en México para las fiestas organizadas con fines benéficos. Con el tiempo quedó arraigado en nuestras parroquias, escuelas y asociaciones.

Ya llevamos varios años organizando la kermés parroquial. Ha sido una gran oportunidad para recaudar fondos y también una divertida ocasión de convivencia. Una comunidad forja lazos cuando sus miembros trabajan juntos por una causa importante. Hemos tenido y seguimos teniendo muchos retos y oposición, pero también hemos recibido abundantes bendiciones.

Si no has participado en la kermés, por favor considera, por lo menos, asistir. Nos gustaría que todos los que aman la Misa tradicional echaran la mano, aportando un poco de su tiempo para que realmente sea un evento de toda la comunidad. El domingo 11 tendrás que comer de todos modos: ¿por qué no pasar un rato con nosotros?

La kermés también nos da la oportunidad de invitar a más gente a conocer nuestra comunidad. Tendremos información sobre la Misa tradicional y los diferentes apostolados que organizamos. Anímate a traer a algún familiar, amigo o conocido.

El otro día, en el grupo de varones, hablamos sobre la importancia de la fraternidad para nuestra vida cristiana. Todos necesitamos buenas amistades y apoyo para enfrentar los retos que encontramos al vivir nuestra fe y mantenernos fieles a la tradición católica. La vida cristiana exige una lucha que no estamos llamados a afrontar solos. Necesitamos hermanos que nos animen, nos ayuden y también cuenten con nosotros.

Pero esa fraternidad requiere presencia, tiempo y disposición para servir. Participar en la kermés es una manera concreta de construirla. Trabajar juntos, preparar un puesto, acomodar mesas, recibir a las familias y quedarnos a recoger son oportunidades para conocernos y aprender a llevar juntos las cargas de nuestra comunidad.

Lamentablemente, sabemos que hay muchos que todavía no se animan a participar, ni en la kermés ni en otras actividades. Puede ser por pena, por no saber cómo ayudar, o también por pereza y por no reconocer que todos tenemos una verdadera obligación de contribuir. No podemos vivir en una familia recibiendo siempre y sin aportar nunca nada. Tampoco debemos conformarnos con aprovechar lo que ofrece la comunidad: tenemos que preguntarnos qué podemos hacer para sostenerla y ayudarla a crecer. Cada uno tendrá posibilidades distintas, pero todos debemos tener esa disposición.

Además, participar en la kermés es una oportunidad para mostrar nuestra devoción a Nuestra Señora del Pilar, por cuya intercesión Dios ha concedido gracias extraordinarias. Con motivo de su fiesta, les compartimos esta historia.

El milagro de Calanda: una gracia extraordinaria de Nuestra Señora del Pilar

Miguel Juan Pellicer era un joven campesino de Calanda, un pueblo de Aragón, España. En 1637, mientras trabajaba en Castellón, sufrió un grave accidente: cayó de un carro cargado de trigo y una rueda le aplastó la pierna derecha. Después de recibir atención en Valencia, quiso trasladarse a Zaragoza. Allí, en el Hospital de Nuestra Señora de Gracia, fue necesario amputarle la pierna por debajo de la rodilla.

Miguel quedó reducido a pedir limosna a la puerta del santuario del Pilar. Se había encomendado a la Virgen antes de la operación y continuó acudiendo a ella después. Acostumbraba untarse el muñón con aceite de las lámparas que ardían ante su imagen. Así transcurrieron más de dos años de invalidez y pobreza, durante los cuales mantuvo su devoción a Nuestra Señora.

En marzo de 1640 regresó a casa de sus padres. La noche del día 29, un soldado alojado en la vivienda ocupaba su cama, por lo que Miguel se acostó en un lecho improvisado en la habitación de sus padres.

Poco después, cuando sus padres entraron con una luz, vieron algo inesperado: debajo de la manta asomaban dos pies. Despertaron a su hijo y comprobaron que tenía nuevamente la pierna derecha. Reconocieron incluso las antiguas cicatrices. Miguel les contó que estaba soñando que se encontraba en la capilla del Pilar, untándose el muñón con el aceite de las lámparas, como tantas veces había hecho.

La noticia se extendió rápidamente entre los vecinos. Al día siguiente se celebró una Misa de acción de gracias. Poco después acudió un notario para dejar constancia de lo sucedido. Miguel también volvió a Zaragoza para agradecer a la Virgen el favor recibido.

La autoridad eclesiástica abrió una investigación formal. Entre los testigos figuraron personas que lo habían conocido antes y después del suceso, así como el cirujano que había realizado la amputación y el practicante que había enterrado la pierna. Según informa el Cabildo de Zaragoza, se conserva el texto del proceso con las declaraciones de veinticinco testigos.

Finalmente, el 27 de abril de 1641, el arzobispo de Zaragoza, don Pedro de Apaolaza, declaró milagrosa la restitución de la pierna. Desde entonces, este suceso se conoce como el milagro de Calanda.

¿Sabías que la palabra «kermés» tiene relación con la Santa Misa?

Cuando escuchamos kermés, pensamos en antojitos, juegos, rifas y convivencia. Sin embargo, su nombre conserva el recuerdo de una celebración religiosa. Tendremos nuestra kermés este próximo 11 de octubre para festejar la Virgen de Pilar.

La palabra procede del neerlandés kermis, formado por kerk, «iglesia», y mis, «misa». Originalmente se refería a la celebración del aniversario de la dedicación de una iglesia. Alrededor de aquella solemnidad se organizaban comidas, juegos y ferias: la alegría de la celebración religiosa se extendía a la vida del pueblo.

¿Y cómo llegó una palabra neerlandesa a México? Por medio del francés, que la adoptó como kermesse. Durante el siglo XIX, especialmente en el Porfiriato, este nombre se popularizó en México para las fiestas organizadas con fines benéficos. Con el tiempo quedó arraigado en nuestras parroquias, escuelas y asociaciones.

Ya llevamos varios años organizando la kermés parroquial. Ha sido una gran oportunidad para recaudar fondos y también una divertida ocasión de convivencia. Una comunidad forja lazos cuando sus miembros trabajan juntos por una causa importante. Hemos tenido y seguimos teniendo muchos retos y oposición, pero también hemos recibido abundantes bendiciones.

Si no has participado en la kermés, por favor considera, por lo menos, asistir. Nos gustaría que todos los que aman la Misa tradicional echaran la mano, aportando un poco de su tiempo para que realmente sea un evento de toda la comunidad. El domingo 11 tendrás que comer de todos modos: ¿por qué no pasar un rato con nosotros?

La kermés también nos da la oportunidad de invitar a más gente a conocer nuestra comunidad. Tendremos información sobre la Misa tradicional y los diferentes apostolados que organizamos. Anímate a traer a algún familiar, amigo o conocido.

El otro día, en el grupo de varones, hablamos sobre la importancia de la fraternidad para nuestra vida cristiana. Todos necesitamos buenas amistades y apoyo para enfrentar los retos que encontramos al vivir nuestra fe y mantenernos fieles a la tradición católica. La vida cristiana exige una lucha que no estamos llamados a afrontar solos. Necesitamos hermanos que nos animen, nos ayuden y también cuenten con nosotros.

Pero esa fraternidad requiere presencia, tiempo y disposición para servir. Participar en la kermés es una manera concreta de construirla. Trabajar juntos, preparar un puesto, acomodar mesas, recibir a las familias y quedarnos a recoger son oportunidades para conocernos y aprender a llevar juntos las cargas de nuestra comunidad.

Lamentablemente, sabemos que hay muchos que todavía no se animan a participar, ni en la kermés ni en otras actividades. Puede ser por pena, por no saber cómo ayudar, o también por pereza y por no reconocer que todos tenemos una verdadera obligación de contribuir. No podemos vivir en una familia recibiendo siempre y sin aportar nunca nada. Tampoco debemos conformarnos con aprovechar lo que ofrece la comunidad: tenemos que preguntarnos qué podemos hacer para sostenerla y ayudarla a crecer. Cada uno tendrá posibilidades distintas, pero todos debemos tener esa disposición.

Además, participar en la kermés es una oportunidad para mostrar nuestra devoción a Nuestra Señora del Pilar, por cuya intercesión Dios ha concedido gracias extraordinarias. Con motivo de su fiesta, les compartimos esta historia.

El milagro de Calanda: una gracia extraordinaria de Nuestra Señora del Pilar

Miguel Juan Pellicer era un joven campesino de Calanda, un pueblo de Aragón, España. En 1637, mientras trabajaba en Castellón, sufrió un grave accidente: cayó de un carro cargado de trigo y una rueda le aplastó la pierna derecha. Después de recibir atención en Valencia, quiso trasladarse a Zaragoza. Allí, en el Hospital de Nuestra Señora de Gracia, fue necesario amputarle la pierna por debajo de la rodilla.

Miguel quedó reducido a pedir limosna a la puerta del santuario del Pilar. Se había encomendado a la Virgen antes de la operación y continuó acudiendo a ella después. Acostumbraba untarse el muñón con aceite de las lámparas que ardían ante su imagen. Así transcurrieron más de dos años de invalidez y pobreza, durante los cuales mantuvo su devoción a Nuestra Señora.

En marzo de 1640 regresó a casa de sus padres. La noche del día 29, un soldado alojado en la vivienda ocupaba su cama, por lo que Miguel se acostó en un lecho improvisado en la habitación de sus padres.

Poco después, cuando sus padres entraron con una luz, vieron algo inesperado: debajo de la manta asomaban dos pies. Despertaron a su hijo y comprobaron que tenía nuevamente la pierna derecha. Reconocieron incluso las antiguas cicatrices. Miguel les contó que estaba soñando que se encontraba en la capilla del Pilar, untándose el muñón con el aceite de las lámparas, como tantas veces había hecho.

La noticia se extendió rápidamente entre los vecinos. Al día siguiente se celebró una Misa de acción de gracias. Poco después acudió un notario para dejar constancia de lo sucedido. Miguel también volvió a Zaragoza para agradecer a la Virgen el favor recibido.

La autoridad eclesiástica abrió una investigación formal. Entre los testigos figuraron personas que lo habían conocido antes y después del suceso, así como el cirujano que había realizado la amputación y el practicante que había enterrado la pierna. Según informa el Cabildo de Zaragoza, se conserva el texto del proceso con las declaraciones de veinticinco testigos.

Finalmente, el 27 de abril de 1641, el arzobispo de Zaragoza, don Pedro de Apaolaza, declaró milagrosa la restitución de la pierna. Desde entonces, este suceso se conoce como el milagro de Calanda.

A que no sabías que…

Aquí conoceremos más sobre temas litúrgicos.

«El altar es Cristo», afirmaba en el siglo IV san Cirilo de Alejandría.

La Iglesia no piensa de manera diferente cuando, en la monición de la ordenación al subdiaconado, hace decir al Pontífice: «Porque el altar de la Santa Iglesia es Cristo mismo.

Un solo altar: Cristo

Detrás de esta afirmación está el hecho de que, durante la Pasión, Cristo fue su propio altar, pues su preciosa sangre se derramó sobre su propio cuerpo. De aquí se deriva todo un conjunto de ritos litúrgicos que solo pueden comprenderse plenamente si tenemos presente que, detrás del altar, la Iglesia ve siempre a Cristo.

Por eso, en cada altar se graban cinco cruces: una en el centro y otras cuatro en los cuatro ángulos, que representan las cinco llagas de Cristo. El altar —o la piedra de altar que hace sus veces— es además siempre de «piedra» y no de madera, porque, como dice san Pablo, petra autem erat Christus (1 Co 10, 4): «La piedra era Cristo».

El altar en la liturgia: honrado como Cristo

¿No es también porque «el altar es Cristo» por lo que se lo inciensa solemnemente dos veces durante la misa? ¿O por qué se lo despoja el Jueves Santo, del mismo modo que Cristo, durante su Pasión, fue despojado de sus vestiduras sobre la cruz?

También en la liturgia tradicional encontramos este significado. Cuando el sacerdote bendice al diácono antes del Evangelio, para que pueda ir a proclamar la Buena Nueva de la salvación —o cuando bendice el incienso—, hace con la mano derecha la señal de la cruz sobre el diácono o sobre el incienso, mientras mantiene la mano izquierda apoyada sobre el altar. De este modo muestra que el poder de toda bendición procede de Cristo.

Antes de dar la paz en la misa solemne, y también antes de saludar al pueblo en nombre de Dios —antes de darse vuelta para pronunciar el «Dominus vobiscum» («El Señor esté con ustedes»)—, el sacerdote comienza siempre besando el altar. Así recibe «de Cristo» esa paz y ese saludo que después transmitirá a los fieles.

Todavía hoy, el diácono deposita el Evangeliario sobre el altar, tomando prestadas, según explican los comentaristas, las palabras de Cristo del mismo Cristo.

Fuera de la misa: venerado como Cristo

La afirmación «el altar es Cristo» explica también por qué antiguamente existía una verdadera veneración del altar.

Ya en tiempos de san Juan Crisóstomo, los fieles tocaban el altar para prestar juramento. Jurar de esta manera significaba tomar al propio Cristo como testigo, pues era a Él a quien se tocaba al poner la mano sobre el altar.

Del mismo modo, el caballero que quería manifestar su compromiso de defender a la Iglesia depositaba su espada sobre el altar. Lo mismo se hacía en la coronación de los reyes.

El altar gozaba también del derecho de asilo. Así, san Ambrosio se negó a aferrarse al altar para salvar su vida. Más adelante, cuando el atrio y toda la iglesia gozaron de los mismos derechos que antiguamente tenía el altar, el Código Teodosiano de 431 afirmó que estos lugares se habían convertido en «el altar de la salvación».

El profeso, en la Orden Benedictina, firma su profesión «sobre el altar», y esta permanece allí durante la misa. Todavía se decía que uno se casaba «ante el altar», para expresar que el matrimonio se contraía ante Dios.

Nuestra devoción: visitar los altares

¿Qué conclusión podemos sacar de todo esto? Profundizar nuestro respeto por el altar; incluso podríamos decir, nuestra «devoción» hacia el altar.

Antiguamente existía una práctica piadosa que consistía en visitar los altares. Se encontraba especialmente en los monasterios y se remonta, al menos, a san Benito de Aniano († 821).

Era un acto de piedad y de fe, no solamente por las reliquias que pudiera haber en el altar, sino por Cristo, a quien el altar representa.

Todavía hoy podemos ver en algunos monasterios piadosos cómo los monjes, por la noche, después del oficio de Completas, se dirigen ante el altar donde celebrarán la misa al día siguiente.

San Tomás Becket, arzobispo de Canterbury († 1170), tenía la costumbre de recorrer los altares de su basílica y arrodillarse delante de cada uno de ellos. Lo hizo la misma mañana de su muerte. Y fue precisamente durante esta ocupación cuando fue asesinado.

Un hermoso ejemplo de fe para meditar y, quizá, para imitar.

«El altar es Cristo», afirmaba en el siglo IV san Cirilo de Alejandría.

La Iglesia no piensa de manera diferente cuando, en la monición de la ordenación al subdiaconado, hace decir al Pontífice: «Porque el altar de la Santa Iglesia es Cristo mismo.

Un solo altar: Cristo

Detrás de esta afirmación está el hecho de que, durante la Pasión, Cristo fue su propio altar, pues su preciosa sangre se derramó sobre su propio cuerpo. De aquí se deriva todo un conjunto de ritos litúrgicos que solo pueden comprenderse plenamente si tenemos presente que, detrás del altar, la Iglesia ve siempre a Cristo.

Por eso, en cada altar se graban cinco cruces: una en el centro y otras cuatro en los cuatro ángulos, que representan las cinco llagas de Cristo. El altar —o la piedra de altar que hace sus veces— es además siempre de «piedra» y no de madera, porque, como dice san Pablo, petra autem erat Christus (1 Co 10, 4): «La piedra era Cristo».

El altar en la liturgia: honrado como Cristo

¿No es también porque «el altar es Cristo» por lo que se lo inciensa solemnemente dos veces durante la misa? ¿O por qué se lo despoja el Jueves Santo, del mismo modo que Cristo, durante su Pasión, fue despojado de sus vestiduras sobre la cruz?

También en la liturgia tradicional encontramos este significado. Cuando el sacerdote bendice al diácono antes del Evangelio, para que pueda ir a proclamar la Buena Nueva de la salvación —o cuando bendice el incienso—, hace con la mano derecha la señal de la cruz sobre el diácono o sobre el incienso, mientras mantiene la mano izquierda apoyada sobre el altar. De este modo muestra que el poder de toda bendición procede de Cristo.

Antes de dar la paz en la misa solemne, y también antes de saludar al pueblo en nombre de Dios —antes de darse vuelta para pronunciar el «Dominus vobiscum» («El Señor esté con ustedes»)—, el sacerdote comienza siempre besando el altar. Así recibe «de Cristo» esa paz y ese saludo que después transmitirá a los fieles.

Todavía hoy, el diácono deposita el Evangeliario sobre el altar, tomando prestadas, según explican los comentaristas, las palabras de Cristo del mismo Cristo.

Fuera de la misa: venerado como Cristo

La afirmación «el altar es Cristo» explica también por qué antiguamente existía una verdadera veneración del altar.

Ya en tiempos de san Juan Crisóstomo, los fieles tocaban el altar para prestar juramento. Jurar de esta manera significaba tomar al propio Cristo como testigo, pues era a Él a quien se tocaba al poner la mano sobre el altar.

Del mismo modo, el caballero que quería manifestar su compromiso de defender a la Iglesia depositaba su espada sobre el altar. Lo mismo se hacía en la coronación de los reyes.

El altar gozaba también del derecho de asilo. Así, san Ambrosio se negó a aferrarse al altar para salvar su vida. Más adelante, cuando el atrio y toda la iglesia gozaron de los mismos derechos que antiguamente tenía el altar, el Código Teodosiano de 431 afirmó que estos lugares se habían convertido en «el altar de la salvación».

El profeso, en la Orden Benedictina, firma su profesión «sobre el altar», y esta permanece allí durante la misa. Todavía se decía que uno se casaba «ante el altar», para expresar que el matrimonio se contraía ante Dios.

Nuestra devoción: visitar los altares

¿Qué conclusión podemos sacar de todo esto? Profundizar nuestro respeto por el altar; incluso podríamos decir, nuestra «devoción» hacia el altar.

Antiguamente existía una práctica piadosa que consistía en visitar los altares. Se encontraba especialmente en los monasterios y se remonta, al menos, a san Benito de Aniano († 821).

Era un acto de piedad y de fe, no solamente por las reliquias que pudiera haber en el altar, sino por Cristo, a quien el altar representa.

Todavía hoy podemos ver en algunos monasterios piadosos cómo los monjes, por la noche, después del oficio de Completas, se dirigen ante el altar donde celebrarán la misa al día siguiente.

San Tomás Becket, arzobispo de Canterbury († 1170), tenía la costumbre de recorrer los altares de su basílica y arrodillarse delante de cada uno de ellos. Lo hizo la misma mañana de su muerte. Y fue precisamente durante esta ocupación cuando fue asesinado.

Un hermoso ejemplo de fe para meditar y, quizá, para imitar.

Recomendaciones de lectura mensual

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Formación Espiritual

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El secreto admirable del Santísimo Rosario, de san Luis María Grignion de Montfort

El mes del Rosario es una ocasión para preguntarnos cómo rezamos esta oración: ¿meditamos sus misterios?, ¿perseveramos a pesar de las distracciones?, ¿la compartimos en familia? San Luis María Grignion de Montfort nos ayuda a conocer y amar una devoción que ocupó un lugar central en su vida y en su predicación. Explica la riqueza del Padrenuestro y del Avemaría, la importancia de contemplar la vida y la Pasión de Nuestro Señor, y las disposiciones necesarias para rezar con fruto. Sus páginas reúnen enseñanza, exhortaciones y consejos prácticos que pueden leerse poco a poco durante el mes. Un libro especialmente recomendable para renovar el fervor, combatir la rutina y perseverar en el Rosario como camino de conversión y crecimiento en la vida cristiana.

Está disponible en español en distintas ediciones impresas y también gratuitamente en el sitio de los Misioneros Montfortianos, en PDF: https://www.montfort.org/content/uploads/pdf/PDF_ES_29_1.pdf?

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Está disponible en español en distintas ediciones impresas y también gratuitamente en el sitio de los Misioneros Montfortianos, en PDF: https://www.montfort.org/content/uploads/pdf/PDF_ES_29_1.pdf?

Formación Intelectual

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Las grandes herejías, de Hilaire Belloc

¿Importa realmente lo que una sociedad cree acerca de Dios y del hombre? Belloc muestra que las disputas religiosas tienen consecuencias que desbordan los libros de teología y llegan a transformar pueblos enteros. Desde una perspectiva católica, examina el arrianismo, el islam, el movimiento albigense, la Reforma protestante y el ataque moderno contra la fe, atendiendo a sus repercusiones en la civilización. Su capítulo sobre el islam ofrece un marco para comprender el prolongado conflicto histórico dentro del cual tuvo lugar Lepanto. Es un ensayo vigoroso que exige cierta atención, pero ayuda a reconocer la relación entre doctrina, cultura e historia. Una lectura para formar el juicio y comprender mejor por qué la integridad de la fe importa también para la vida de la sociedad.

Hay ediciones impresas en español; figura en el catálogo de Editorial Que no te la cuenten: https://editorial.quenotelacuenten.org/productos/las-grandes-herejias/ y en Libros Guadalupe: https://librosguadalupe.com/products/las-grandes-herejias?

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Hay ediciones impresas en español; figura en el catálogo de Editorial Que no te la cuenten: https://editorial.quenotelacuenten.org/productos/las-grandes-herejias/ y en Libros Guadalupe: https://librosguadalupe.com/products/las-grandes-herejias?

Literatura

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Lepanto y otros poemas, de G. K. Chesterton

Octubre nos invita a recordar la victoria de Lepanto, y la literatura nos ofrece una manera privilegiada de acercarnos a aquella jornada. En su célebre poema, Chesterton evoca la figura de don Juan de Austria y el enfrentamiento de las escuadras con imágenes de gran fuerza y un ritmo que invita a leer en voz alta. Sus versos transmiten el valor de quienes combatieron y la gravedad de lo que estaba en juego para la cristiandad. El volumen permite descubrir, además, otras composiciones de un escritor más conocido por sus relatos y ensayos. Una buena ocasión para cultivar el gusto por la poesía y contemplar cómo la fe, la imaginación y la memoria histórica pueden enriquecer una obra literaria.

Se encuentra en español en Editorial Renacimiento, con edición de 2021: https://www.editorialrenacimiento.com/poesia-universal-serie-mediana/2625-lepanto-y-otros-poemas.html

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Se encuentra en español en Editorial Renacimiento, con edición de 2021: https://www.editorialrenacimiento.com/poesia-universal-serie-mediana/2625-lepanto-y-otros-poemas.html

Santos que seguro no conocías

San Luis Beltrán, Confesor – 9 de octubre

Luis Beltrán nació en Valencia (España) el 1° de enero de 1526, de familia rica y muy virtuosa. Su padre, Juan Luis, después de haber quedado viudo, quiso hacerse monje del monasterio de Porta-Coeli que queda cerca de Valencia. Pero cuando ya iba llegando al monasterio, se le aparecieron san Vicente Ferrer y san Bruno quienes le dijeron que la voluntad de Dios no lo quería en el convento sino en el mundo. Obedeció, regresó y al poco tiempo se casó con la virtuosa Juana Angela Eixarch, hija de Juan Eixarch, rico mercader.

Luis fue el primogénito de esta pareja. Desde muy niño dio claras muestras de su afición a la oración y a la penitencia. Se cuenta que a los siete años pasaba largas horas en oración durante la noche y luego se acostaba en el suelo; y para no ser descubierto, desarreglaba la cama.

Lector asiduo de las vidas de los santos, se entusiasmó tanto con el ejemplo de san Alejo y san Roque, quienes por amor a Dios dejaron casa y parientes para peregrinar mendigando su sustento, que resolvió seguir su ejemplo. Sacó dinero prestado, preparó algo de ropa y alimento, buscó un compañero que compartiera su camino y su vida, y partieron camino de Santiago.

A los veinte años ingresó a la Orden de Predicadores y después de su Ordenación sacerdotal se dedicó a la predicación. En 1562 fue enviado a América. En Colombia se dedicó a la catequización, a bautizar y a levantar iglesias. Su celo y su caridad le ganó el afecto de los indígenas, que acudían a él de todas partes y lo acompañaban constantemente. En 1570 regresó a España y continuó su labor apostólica, y en 1574 el Capítulo general de Aragón lo nombró predicador general.

Él mismo define su estilo: “Yo predico en estilo que todos lo entiendan. Y como Dios dijo a Isaías: Stilo hominis. Quiere decir en buen romance claro, que lo entienda todo el mundo. Esto es: estilo llano. Ningún cronista ha guardado tan bien las reglas de los historiadores como los sagrados evangelistas. ¡Qué cortos en contar las grandezas y hazañas de Cristo! ¡Qué sin elocuencia! ¡Qué sin afectos! ¡Qué sin retóricas! Para que resplandezca la verdad, sin color ni afeite, sin ayuda de elocuencia y saber humano”.

Desempeñó varios cargos en su Orden y murió el 9 de octubre de 1581, a los 55 años de edad, en el palacio del patriarca San Juan de Ribera, que era su amigo. Fue canonizado por Clemente X en 1671, y la Iglesia colombiana lo ha venerado siempre como uno de sus principales abogados y patronos.

San Luis tenía una gran devoción por las almas del Purgatorio. Después de su ordenación sacerdotal, su padre, que había muerto ocho años antes, se le apareció y le pidió su ayuda. Un día, después de muchas misas ofrecidas a Dios en su nombre, el Santo vio el alma de su padre muy resplandeciente y liberado de las penas del Purgatorio.

En una oportunidad, en una noche, después de la oración de maitines en el coro, San Luis vio a un hermano compañero de su orden que había fallecido, y estaba todo rodeado por llamas que lo hacía sufrir mucho, el difunto se le arrojó a sus pies para pedirle perdón por aquella expresión ofensiva dirigida al santo hace algunos años.

El fallecido le pidió a San Luis que celebrara una misa para él, mediante el cual iba a ser inmediatamente liberado de las penas del Purgatorio. El Santo celebró la misa en su nombre a la mañana siguiente y en la noche de ese, vio a la persona fallecida que estaba rodeada de gloria, entrando en el Paraíso.

Fuente: https://es.catholic.net/op/articulos/34705/luis-beltrn-santo.html#modal

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