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Fiesta de Cristo Rey
Cristo Rey y la epopeya Cristera - Cristo Rey del Universo - San Celb, Rey
Cristo Rey y la epopeya Cristera - Cristo Rey del Universo - San Celb, Rey
Al principio del año litúrgico encontramos ya una fiesta del reinado de Cristo: la Epifanía. Jesús acababa de nacer y se manifestaba a los reyes de Oriente y al pueblo de Israel como «el Señor que tiene en su mano el reino, el poder y el imperio». Acogimos a este «Salvador, que venía a reinar sobre nosotros», y, con los Magos, le ofrecimos nuestros presentes, nuestra fe y nuestro amor.
¿Y por qué quiere la Iglesia que, al final del año, celebremos una nueva fiesta del reinado de Cristo, de su reinado social y universal?
El papa Pío XI quiso recordar solemnemente al mundo, mediante la encíclica Quas primas, del 11 de diciembre de 1925, el completo y absoluto poder de Cristo, Hijo de Dios, «Rey inmortal de los siglos», sobre todos los hombres y sobre todos los pueblos de todos los tiempos. Además, para que esta doctrina tan necesaria no se olvidase demasiado pronto, instituyó, en honor de su reinado universal, una fiesta litúrgica que fuese, a la vez, memorial solemne y reparación por la apostasía de las naciones y de los individuos, que se afanan por manifestarse, en la doctrina y en los hechos, en nombre del laicismo contemporáneo. Finalmente, el Sumo Pontífice prescribió para esta misma solemnidad la renovación de la consagración del género humano al Sagrado Corazón.
Desde el Escritorio del Párroco

La fiesta de Cristo Rey fue establecida para recordarnos la realidad de que Cristo tiene que regir en todo y sobre todo. Hace ya mucho tiempo que la sociedad empezó a insistir en que la autoridad proviene del gobierno, del pueblo o de alguna otra fuente. Con el afán de contrarrestar el poder y la influencia de la Iglesia sobre la sociedad, diferentes teorías de filosofía política empezaron a presentar ideas novedosas según las cuales el poder civil era autónomo y se justificaba por sí mismo, sin referencia a Dios ni a la finalidad de la creación.
Podemos empezar a identificar estas tendencias ideológicas en la Revolución protestante. Lutero inició su rebelión con pretextos teológicos, pero, en gran parte, su éxito se atribuye al aprovechamiento político de varios príncipes que quisieron independizarse tanto de la Iglesia como del Imperio y vieron esta declaración de independencia como el pretexto perfecto. Desde entonces, el mundo ha visto el crecimiento del secularismo, que quiere relegar la práctica de la fe al ámbito meramente privado. El resultado práctico es que, para mucha gente, los derechos de Dios y de la Iglesia y la importancia de lo espiritual parecen cada vez menos importantes que las exigencias de este mundo y del Estado.
El papa Pío XI publicó su encíclica Quas Primas con la intención de recordar al mundo cristiano que la única manera de conseguir la paz, la felicidad y la cordura en el mundo es devolver a Cristo a su trono. Hace hincapié en la realidad de que la manera principal de lograr el triunfo de su realeza en el mundo es entronizarlo primero en nuestros corazones y en nuestros hogares. Cristo triunfará en la sociedad en la medida en que triunfe en el alma de cada persona. Su reino no es principalmente de este mundo, como declara en el Evangelio, pero los efectos de su reino espiritual redundan indudablemente en este mundo temporal, porque este mundo solo tiene valor en cuanto sirva al reino eterno de Cristo. Esto no es para decir que insistir en el reinado social de Cristo no sea importante o que no requiera esfuerzo y atención. Al contario, el papa anfatiza en su encíclica que es una obligación tanto de individuos como de gobiernos y la sociedad entero de hacer todo lo posible para insistir que Cristo sea reconocido. Cristo es Rey de manera absoluta sobre todos, aun sobre los que rehúsan reconocerlo.
Esta realidad tiene una importancia especial en este año del centenario de la Cristiada. Sabemos que el grito «¡Viva Cristo Rey!» fue el lema de los cristeros. Pero debe ser mucho más que simplemente una porra. Les animo a leer Quas Primas (texto completo).
Cuando permitimos que Cristo desaparezca del foro externo, las consecuencias pueden ser brutales. Si ahora la persecución no es tan evidente, la lucha es tal vez mas feroz a través de una cultura que no solamente ha olvidado de Cristo sino que muchas veces lucha en contra de Él en cuanto sus valores y prioridades. Sigue llamándonos a ser sus defensores heroicos comprometiéndonos totalmente a su servicio.
Cristo Rey y la epopeya Cristera
Homenaje a cien años de la encíclica «Quas Primas»
Christian Viña – 24/11/24
Celebraremos, en 2025, los cien años de la encíclica Quas Primas, sobre Cristo Rey, del Papa Pío XI, de felicísima memoria. Fue publicada el 11 de diciembre de 1925, en la finalización del Año Jubilar, y a 1600 años del Concilio de Nicea, que presidió el obispo hispano Osio, de Córdoba; y que proclamó, como dogma de Fe, la consustancialidad del Hijo con el Padre, e incluyó en el final del Credo las palabras cuyo Reino no tendrá fin. Quas Primas es considerada como la carta magna de la Realeza Social de Cristo. Y no solo instituyó la fiesta de Cristo Rey, el último Domingo de octubre --según el Vetus Ordo-, sino también, al hacer un profundo desarrollo teológico sobre la absoluta Majestad de Nuestro Señor, con trazos bien firmes, inspiró además el heroísmo y la santidad de los mártires de México; llamados «Cristeros», porque dieron testimonio de su Fe, y ofrendaron su vida al grito de ¡Viva Cristo Rey! Edificados sobre la Roca que es Cristo no temieron a nada, ni a nadie. Mejor dicho: temieron y se escaparon de la tibieza, de las componendas con lo peor del mundo, y de la herejía, y de la apostasía estruendosas.
No fueron «fanáticos» --como con desprecio, desde la masonería, y las demás sectas se los califica desde hace un siglo-; fueron valientes soldados del Señor, dispuestos por Él mismo a entregar su vida, en fidelidad al Padre, por el Espíritu Santo. Jamás será mucho el homenaje que les tributemos, entonces; especialmente nosotros, los iberoamericanos. Peregrinar por México; en particular por las zonas cristeras, es siempre un bálsamo para el alma. Allí se palpita, en todo momento, con renovados bríos la epopeya martirial. Esa sangre cristera bombea, desde la entraña de la tierra, la fuerza que hoy nos nutre, y nos sostiene. Y más se agiganta cuando más contrasta con los mercenarios de la muerte, y la corrupción.
Repasemos, entonces, los principales puntos de la encíclica. Ya en su introducción advierte que nunca resplandecería una esperanza cierta de paz verdadera entre los pueblos mientras los individuos y las naciones negasen y rechazasen el imperio de nuestro Salvador. E, inmediatamente, subraya que estamos persuadidos de que no hay medio más eficaz para restablecer y vigorizar la paz que procurar la restauración del reinado de Jesucristo (n. 1). Nótese que se habla de restauración; en el sentido de recuperar o recobrar.
En el punto tres, el documento rinde homenaje a la sangre y los sudores de esforzadísimos e invictos misioneros en dilatar cada vez más el Reino de Cristo, en todos los continentes. Y se refiere, también, a las vastas regiones que todavía quedan por someter a la suave y salvadora soberanía del Señor. Es de destacar que se define a la realeza de Cristo como suave y salvadora; bien contraria al sometimiento salvaje que buscan imponer tantos pichones de tiranuelos, aquí y allá, en distintos puntos del orbe.
Se aclara, igualmente, que además del sentido metafórico es evidente que, también en sentido propio y estricto, le pertenece a Jesucristo como hombre el título y la potestad de Rey; pues sólo en cuanto hombre se dice de Él que recibió del Padre la potestad, el honor y el reino; porque como Verbo de Dios, cuya sustancia es idéntica a la del Padre, no puede menos de tener común con Él lo que es propio de la divinidad y, por tanto, poseer también como el Padre el mismo imperio supremo y absolutismo sobre todas las criaturas (n. 6). Se destaca, asimismo, que es el mismo Cristo el que da testimonio de su realeza, pues ora en su último discurso al pueblo, al hablar del premio y de las penas reservadas perpetuamente a los justos y a los réprobos; ora al responder al gobernador romano que públicamente le preguntaba si era Rey; ora, finalmente, después de su resurrección, al encomendar a los apóstoles el encargo de enseñar y bautizar a todas las gentes, siempre y en toda ocasión oportuna se atribuyó el título de Rey y públicamente confirmó que es Rey, y solemnemente declaró que le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra(n. 9).
En el punto 16 descubrimos uno de los más grandes desafíos del documento: No se nieguen, pues, los gobernantes de las naciones a dar por sí mismos y por el pueblo públicas muestras de veneración y de obediencia al imperio de Cristo si quieren conservar incólume su autoridad y hacer la felicidad y la fortuna de su patria. Y añade: Desterrados Dios y Jesucristo de las leyes y de la gobernación de los pueblos, y derivada la autoridad, no de Dios, sino de los hombres, ha sucedido que... hasta los mismos fundamentos de autoridad han quedado arrancados, una vez suprimida la causa principal de que unos tengan el derecho de mandar y otros la obligación de obedecer. De lo cual no ha podido menos de seguirse una violenta conmoción de toda la humana sociedad privada de todo apoyo y fundamento sólido.
A continuación, exclama el recordado Pontífice: ¡Oh, qué felicidad podríamos gozar si los individuos, las familias y las sociedades se dejaran gobernar por Cristo! Entonces verdaderamente … se podrán curar tantas heridas, todo derecho recobrará su vigor antiguo, volverán los bienes de la paz, caerán de las manos las espadas y las armas, cuando todos acepten de buena voluntad el imperio de Cristo, cuando le obedezcan, cuando toda lengua proclame que Nuestro Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre (n. 20).
La «peste del laicismo»
No duda Pío XI en calificar como peste de nuestros tiempos al llamado laicismo con sus errores y abominables intentos (n. 20). Y aclara que tal impiedad no maduró en un solo día, sino que se incubaba desde mucho antes en las entrañas de la sociedad. Se comenzó por negar el imperio de Cristo sobre todas las gentes; se negó a la Iglesia el derecho, fundado en el derecho del mismo Cristo, de enseñar al género humano, esto es, de dar leyes y de dirigir los pueblos para conducirlos a la eterna felicidad. Después, poco a poco, la religión cristiana fue igualada con las demás religiones falsas y rebajada indecorosamente al nivel de éstas. Se la sometió luego al poder civil y a la arbitraria permisión de los gobernantes y magistrados. Y se avanzó más: hubo algunos de éstos que imaginaron sustituir la religión de Cristo con cierta religión natural, con ciertos sentimientos puramente humanos. No faltaron Estados que creyeron poder pasarse sin Dios, y pusieron su religión en la impiedad y en el desprecio de Dios (n. 23). Por eso, advierte también sobre la apatía y timidez de los buenos, que se abstienen de luchar o resisten débilmente; con lo cual es fuerza que los adversarios de la Iglesia cobren mayor temeridad y audacia. Pero si los fieles todos comprenden que deben militar con infatigable esfuerzo bajo la bandera de Cristo Rey, entonces, inflamándose en el fuego del apostolado, se dedicarán a llevar a Dios de nuevo los rebeldes e ignorantes, y trabajarán animosos por mantener incólumes los derechos del Señor (n. 25). Y frente a los que, ayer y hoy, no resisten a los embates laicistas, enfatiza: Recordarán necesariamente los hombres que la Iglesia, como sociedad perfecta instituida por Cristo, exige --por derecho propio e imposible de renunciar-- plena libertad e independencia del poder civil; y que, en el cumplimiento del oficio encomendado a ella por Dios, de enseñar, regir y conducir a la eterna felicidad a cuantos pertenecen al Reino de Cristo, no puede depender del arbitrio de nadie (n. 32).
Cristo vengará todas las injurias
Finalmente, en referencia a los magistrados y gobernantes, afirma que a éstos les traerá a la memoria el pensamiento del juicio final, cuando Cristo, no tanto por haber sido arrojado de la gobernación del Estado cuanto también aun por sólo haber sido ignorado o menospreciado, vengará terriblemente todas estas injurias; pues su regia dignidad exige que la sociedad entera se ajuste a los mandamientos divinos y a los principios cristianos, ora al establecer las leyes, ora al administrar justicia, ora finalmente al formar las almas de los jóvenes en la sana doctrina y en la rectitud de costumbres (n. 33). Este punto parece escrito proféticamente para las masónicas autoridades mexicanas de entonces; que estaban dando sus primeros pasos para masacrar a los Cristeros.
Comienzo de la «Revolución Mexicana»
Mientras en la Ciudad Eterna se concluía con renovada esperanza el Año Jubilar, nuestro amado México llevaba ya una larga década de accionar revolucionario. Señala el querido y admirado padre Alfredo Sáenz, en su libro «La Gesta de los Cristeros»[1] que «desde 1914, la Revolución había sido llevada adelante por gente del norte: Carranza, Obregón y ahora Calles, ajenos al México tradicional, católico e hispánico… Lo que se postulaba como ‘nortismo’ era, en realidad pochismo. Palabra que se usa en California para designar al descastado que reniega de lo mexicano… y procura ajustar todos sus actos al mimetismo de los amos actuales de la región».
El presidente Plutarco Elías Calles, masón grado 33 y feroz perseguidor de la Iglesia, en cuanta ocasión pudo expresó todo su odio. Por caso, en Guadalajara, llegó a afirmar: «Con toda perfidia dicen los reaccionarios y afirman los clericales que el niño le pertenece al hogar y el joven le pertenece a la familia. Ella es una doctrina egoísta, porque el niño y el joven pertenecen a la comunidad, pertenecen a la colectividad, y es la Revolución la que tiene el deber imprescindible de atacar ese sector y apoderarse de las conciencias, de destruir todos los prejuicios y de formar una nueva alma nacional»[2]. Como puede verse, cualquier parecido con los actuales personeros de la nefasta Agenda 2030, no es absoluta coincidencia.
La Epopeya Cristera se desarrolló entre 1926 y 1929, a raíz de la resistencia de los católicos a la llamada «Ley Calles» --fundamentada en la laicista Constitución de 1917-, que literalmente prohibía el culto público de nuestra Santa Religión. Se llegó al despropósito de obligar a que los ministros del culto estuviesen casados. No podían existir las comunidades religiosas; las celebraciones solo podían realizarse en los templos, y se prohibió el uso de hábitos y sotanas, fuera de las iglesias. Asimismo, no podían ejercer sacerdotes extranjeros. La situación hizo que el Papa Pío XI, en noviembre de 1926, en su encíclica Iniquis afflictisque (A las inicuas y tristes circunstancias) advirtiera sobre «… la arbitrariedad y crueldad de los enemigos. Hombres y mujeres que defendían la causa de la religión y de la Iglesia ya sea de viva voz, ya con escritos o pequeños comentarios, han sido llamados a juicio y encarcelados; asimismo han sido encarcelados íntegros capítulos de canónigos con ancianos o enfermos; los sacerdotes y otros del pueblo han sido muertos sin misericordia alguna en los caminos, en las plazas, frente a los templos».
La asfixia que se imponía a la Iglesia era insostenible. Fue así como, en enero de 1927, se dio forma a la resistencia armada; que complementaba otras medidas anteriores, como el boicot económico, y buscar reducir al máximo los recursos fiscales. Campesinos, básicamente, fueron los principales defensores de la Fe, al grito de «¡Viva Cristo Rey!» y «Viva Santa María de Guadalupe». Se irían uniendo, luego, creyentes de distintas ciudades, de todas las condiciones y capas sociales; básicamente de Guanajuato, Jalisco, Aguascalientes, Michoacán y Zacatecas, entre otros puntos del centro del país. Especial mención merece la entrega de las mujeres católicas, con sus célebres Brigadas Femeninas «Santa Juana de Arco». Obviamente, los desplazamientos y la estrategia de los Cristeros obedecieron a las características geográficas de las distintas zonas. Se calcula que llegaron a reunir cerca de 50.000 combatientes; que libraron heroicas batallas. En 1929, por los llamados «acuerdos» entre la cúpula de la Iglesia mexicana, y el gobierno, se callaron las armas; con la promesa --finalmente incumplida por el nuevo presidente, también masón, Emilio Portes Gil-, de una generosa amnistía general para los levantados en armas, y ciertas concesiones para el culto. Recién en 1993, luego de más de seis décadas, el gobierno de México concedió a la Iglesia un precario reconocimiento legal como asociación religiosa, y restableció relaciones diplomáticas con la Santa Sede.
Se cuentan entre los centenares de Mártires Cristeros los sacerdotes: Santo Toribio Romo González, considerado patrono de los inmigrantes; San Rodrigo Aguilar Alemán; San Cristóbal Magallanes; y el Beato Miguel Agustín Pro, sacerdote jesuita. Y, entre los seglares, San José (Joselito) Sánchez del Río; matado, en Sahuayo, pocos días antes de que cumpliese quince años. Entre los laicos también descuella el Beato Anacleto González Flores, abogado de profesión, fundador de la Unión Popular, y sepultado en el Santuario de Guadalupe, en Guadalajara. Además de los citados, el martirologio mexicano incluye a otros numerosos hermanos; muchos de los cuales están en proceso de canonización. Se calcula que murieron más de 30.000 Cristeros. Las cifras son, ciertamente, provisionales; pues, pese al tiempo transcurrido, y la buscada conspiración del silencio gubernamental, todo el tiempo se actualizan dichos números, con historias que siguen saliendo a la luz, tras ser superadas distintas trabas, que lo impedían.
San Juan Pablo II, en 1992, al beatificar a 22 de ellos, sacerdotes diocesanos, destacó que «la solemnidad de Cristo Rey, instituida por el papa Pío XI precisamente cuando más arreciaba la persecución religiosa de México, penetró muy hondo en aquellas comunidades eclesiales y dio una fuerza particular a estos mártires, de manera que al morir muchos gritaban: ¡Viva Cristo Rey!»
Deben resaltarse, también, las conmovedoras palabras que el general Jesús Degollado Guízar dirigió a los Cristeros; a propósito del «licenciamiento» surgido por los «acuerdos» referidos: «La Guardia Nacional desaparece, no vencida por nuestros enemigos, sino, en realidad, abandonada por aquellos que debían recibir, los primeros, el fruto valioso de sus sacrificios y abnegación. ¡AVE, CRISTO! Los que por Ti vamos a la humillación, al destierro, tal vez a la muerte gloriosa, víctimas de nuestros enemigos, con el más fervoroso de nuestros amores, te saludamos y, una vez más, te aclamamos REY DE NUESTRA PATRIA. ¡VIVA CRISTO REY! ¡VIVA SANTA MARIA DE GUADALUPE! Dios, Patria y Libertad». Mueven, también, a conmoción las palabras del Papa Pío XI, en la encíclica Acerba animi, de 1932; quien, entre otros conceptos, elogiaba «la firme y generosa resistencia de los oprimidos». Y se lamentaba por el hecho de que, «con desprecio de las indubitables promesas hechas, muchos clérigos y seglares que habían defendido valientemente la fe de sus mayores fueron entregados a la envidia y odio disimulado de sus enemigos». En efecto, pese a la prometida «amnistía», el gobierno detuvo y asesinó a más de 1.500 Cristeros.
Estos y otros temas vinculados, pueden profundizarse en el citado libro del padre Sáenz; y, también, en: «La Cristíada», de Jean Meyer; «La Epopeya Cristera», de Enrique Díaz Araujo; y «El niño testigo de Cristo Rey. José Sánchez del Río, mártir Cristero», del padre Luis Laureán Cervantes, LC. Gracias a Dios, en particular desde los años ’90 del siglo pasado en que, en el exterior, y también en México, se comenzó a hablar públicamente, y sin temores, del asunto, todo el tiempo se multiplican las investigaciones sobre esta epopeya religiosa. Para motivar el interés, de modo especial, entre los niños y jóvenes, puede proyectarse la película «Cristíada»; que si bien tiene --por sus propios límites- algunos baches y ambigüedades históricos, sirve y mucho para despertar la sed de profundización.
Las enormes similitudes entre la Epopeya Cristera, y la Cruzada de Reconquista de España, dejan entreverse, también, en las palabras del Papa Pío XII, de felicísima memoria, en su radiomensaje «A los fieles de España», del 16 de abril de 1939. Allí se destaca: «Exhortamos a los Gobernantes y a los Pastores de la Católica España, que iluminen la mente de los engañados, mostrándoles con amor las raíces del materialismo y del laicismo de donde han procedido sus errores y desdichas y de donde podrían retoñar nuevamente».
La fiesta de Cristo Rey fue establecida para recordarnos la realidad de que Cristo tiene que regir en todo y sobre todo. Hace ya mucho tiempo que la sociedad empezó a insistir en que la autoridad proviene del gobierno, del pueblo o de alguna otra fuente. Con el afán de contrarrestar el poder y la influencia de la Iglesia sobre la sociedad, diferentes teorías de filosofía política empezaron a presentar ideas novedosas según las cuales el poder civil era autónomo y se justificaba por sí mismo, sin referencia a Dios ni a la finalidad de la creación.
Podemos empezar a identificar estas tendencias ideológicas en la Revolución protestante. Lutero inició su rebelión con pretextos teológicos, pero, en gran parte, su éxito se atribuye al aprovechamiento político de varios príncipes que quisieron independizarse tanto de la Iglesia como del Imperio y vieron esta declaración de independencia como el pretexto perfecto. Desde entonces, el mundo ha visto el crecimiento del secularismo, que quiere relegar la práctica de la fe al ámbito meramente privado. El resultado práctico es que, para mucha gente, los derechos de Dios y de la Iglesia y la importancia de lo espiritual parecen cada vez menos importantes que las exigencias de este mundo y del Estado.
El papa Pío XI publicó su encíclica Quas Primas con la intención de recordar al mundo cristiano que la única manera de conseguir la paz, la felicidad y la cordura en el mundo es devolver a Cristo a su trono. Hace hincapié en la realidad de que la manera principal de lograr el triunfo de su realeza en el mundo es entronizarlo primero en nuestros corazones y en nuestros hogares. Cristo triunfará en la sociedad en la medida en que triunfe en el alma de cada persona. Su reino no es principalmente de este mundo, como declara en el Evangelio, pero los efectos de su reino espiritual redundan indudablemente en este mundo temporal, porque este mundo solo tiene valor en cuanto sirva al reino eterno de Cristo. Esto no es para decir que insistir en el reinado social de Cristo no sea importante o que no requiera esfuerzo y atención. Al contario, el papa anfatiza en su encíclica que es una obligación tanto de individuos como de gobiernos y la sociedad entero de hacer todo lo posible para insistir que Cristo sea reconocido. Cristo es Rey de manera absoluta sobre todos, aun sobre los que rehúsan reconocerlo.
Esta realidad tiene una importancia especial en este año del centenario de la Cristiada. Sabemos que el grito «¡Viva Cristo Rey!» fue el lema de los cristeros. Pero debe ser mucho más que simplemente una porra. Les animo a leer Quas Primas (texto completo).
Cuando permitimos que Cristo desaparezca del foro externo, las consecuencias pueden ser brutales. Si ahora la persecución no es tan evidente, la lucha es tal vez mas feroz a través de una cultura que no solamente ha olvidado de Cristo sino que muchas veces lucha en contra de Él en cuanto sus valores y prioridades. Sigue llamándonos a ser sus defensores heroicos comprometiéndonos totalmente a su servicio.
Cristo Rey y la epopeya Cristera
Homenaje a cien años de la encíclica «Quas Primas»
Christian Viña – 24/11/24
Celebraremos, en 2025, los cien años de la encíclica Quas Primas, sobre Cristo Rey, del Papa Pío XI, de felicísima memoria. Fue publicada el 11 de diciembre de 1925, en la finalización del Año Jubilar, y a 1600 años del Concilio de Nicea, que presidió el obispo hispano Osio, de Córdoba; y que proclamó, como dogma de Fe, la consustancialidad del Hijo con el Padre, e incluyó en el final del Credo las palabras cuyo Reino no tendrá fin. Quas Primas es considerada como la carta magna de la Realeza Social de Cristo. Y no solo instituyó la fiesta de Cristo Rey, el último Domingo de octubre --según el Vetus Ordo-, sino también, al hacer un profundo desarrollo teológico sobre la absoluta Majestad de Nuestro Señor, con trazos bien firmes, inspiró además el heroísmo y la santidad de los mártires de México; llamados «Cristeros», porque dieron testimonio de su Fe, y ofrendaron su vida al grito de ¡Viva Cristo Rey! Edificados sobre la Roca que es Cristo no temieron a nada, ni a nadie. Mejor dicho: temieron y se escaparon de la tibieza, de las componendas con lo peor del mundo, y de la herejía, y de la apostasía estruendosas.
No fueron «fanáticos» --como con desprecio, desde la masonería, y las demás sectas se los califica desde hace un siglo-; fueron valientes soldados del Señor, dispuestos por Él mismo a entregar su vida, en fidelidad al Padre, por el Espíritu Santo. Jamás será mucho el homenaje que les tributemos, entonces; especialmente nosotros, los iberoamericanos. Peregrinar por México; en particular por las zonas cristeras, es siempre un bálsamo para el alma. Allí se palpita, en todo momento, con renovados bríos la epopeya martirial. Esa sangre cristera bombea, desde la entraña de la tierra, la fuerza que hoy nos nutre, y nos sostiene. Y más se agiganta cuando más contrasta con los mercenarios de la muerte, y la corrupción.
Repasemos, entonces, los principales puntos de la encíclica. Ya en su introducción advierte que nunca resplandecería una esperanza cierta de paz verdadera entre los pueblos mientras los individuos y las naciones negasen y rechazasen el imperio de nuestro Salvador. E, inmediatamente, subraya que estamos persuadidos de que no hay medio más eficaz para restablecer y vigorizar la paz que procurar la restauración del reinado de Jesucristo (n. 1). Nótese que se habla de restauración; en el sentido de recuperar o recobrar.
En el punto tres, el documento rinde homenaje a la sangre y los sudores de esforzadísimos e invictos misioneros en dilatar cada vez más el Reino de Cristo, en todos los continentes. Y se refiere, también, a las vastas regiones que todavía quedan por someter a la suave y salvadora soberanía del Señor. Es de destacar que se define a la realeza de Cristo como suave y salvadora; bien contraria al sometimiento salvaje que buscan imponer tantos pichones de tiranuelos, aquí y allá, en distintos puntos del orbe.
Se aclara, igualmente, que además del sentido metafórico es evidente que, también en sentido propio y estricto, le pertenece a Jesucristo como hombre el título y la potestad de Rey; pues sólo en cuanto hombre se dice de Él que recibió del Padre la potestad, el honor y el reino; porque como Verbo de Dios, cuya sustancia es idéntica a la del Padre, no puede menos de tener común con Él lo que es propio de la divinidad y, por tanto, poseer también como el Padre el mismo imperio supremo y absolutismo sobre todas las criaturas (n. 6). Se destaca, asimismo, que es el mismo Cristo el que da testimonio de su realeza, pues ora en su último discurso al pueblo, al hablar del premio y de las penas reservadas perpetuamente a los justos y a los réprobos; ora al responder al gobernador romano que públicamente le preguntaba si era Rey; ora, finalmente, después de su resurrección, al encomendar a los apóstoles el encargo de enseñar y bautizar a todas las gentes, siempre y en toda ocasión oportuna se atribuyó el título de Rey y públicamente confirmó que es Rey, y solemnemente declaró que le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra(n. 9).
En el punto 16 descubrimos uno de los más grandes desafíos del documento: No se nieguen, pues, los gobernantes de las naciones a dar por sí mismos y por el pueblo públicas muestras de veneración y de obediencia al imperio de Cristo si quieren conservar incólume su autoridad y hacer la felicidad y la fortuna de su patria. Y añade: Desterrados Dios y Jesucristo de las leyes y de la gobernación de los pueblos, y derivada la autoridad, no de Dios, sino de los hombres, ha sucedido que... hasta los mismos fundamentos de autoridad han quedado arrancados, una vez suprimida la causa principal de que unos tengan el derecho de mandar y otros la obligación de obedecer. De lo cual no ha podido menos de seguirse una violenta conmoción de toda la humana sociedad privada de todo apoyo y fundamento sólido.
A continuación, exclama el recordado Pontífice: ¡Oh, qué felicidad podríamos gozar si los individuos, las familias y las sociedades se dejaran gobernar por Cristo! Entonces verdaderamente … se podrán curar tantas heridas, todo derecho recobrará su vigor antiguo, volverán los bienes de la paz, caerán de las manos las espadas y las armas, cuando todos acepten de buena voluntad el imperio de Cristo, cuando le obedezcan, cuando toda lengua proclame que Nuestro Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre (n. 20).
La «peste del laicismo»
No duda Pío XI en calificar como peste de nuestros tiempos al llamado laicismo con sus errores y abominables intentos (n. 20). Y aclara que tal impiedad no maduró en un solo día, sino que se incubaba desde mucho antes en las entrañas de la sociedad. Se comenzó por negar el imperio de Cristo sobre todas las gentes; se negó a la Iglesia el derecho, fundado en el derecho del mismo Cristo, de enseñar al género humano, esto es, de dar leyes y de dirigir los pueblos para conducirlos a la eterna felicidad. Después, poco a poco, la religión cristiana fue igualada con las demás religiones falsas y rebajada indecorosamente al nivel de éstas. Se la sometió luego al poder civil y a la arbitraria permisión de los gobernantes y magistrados. Y se avanzó más: hubo algunos de éstos que imaginaron sustituir la religión de Cristo con cierta religión natural, con ciertos sentimientos puramente humanos. No faltaron Estados que creyeron poder pasarse sin Dios, y pusieron su religión en la impiedad y en el desprecio de Dios (n. 23). Por eso, advierte también sobre la apatía y timidez de los buenos, que se abstienen de luchar o resisten débilmente; con lo cual es fuerza que los adversarios de la Iglesia cobren mayor temeridad y audacia. Pero si los fieles todos comprenden que deben militar con infatigable esfuerzo bajo la bandera de Cristo Rey, entonces, inflamándose en el fuego del apostolado, se dedicarán a llevar a Dios de nuevo los rebeldes e ignorantes, y trabajarán animosos por mantener incólumes los derechos del Señor (n. 25). Y frente a los que, ayer y hoy, no resisten a los embates laicistas, enfatiza: Recordarán necesariamente los hombres que la Iglesia, como sociedad perfecta instituida por Cristo, exige --por derecho propio e imposible de renunciar-- plena libertad e independencia del poder civil; y que, en el cumplimiento del oficio encomendado a ella por Dios, de enseñar, regir y conducir a la eterna felicidad a cuantos pertenecen al Reino de Cristo, no puede depender del arbitrio de nadie (n. 32).
Cristo vengará todas las injurias
Finalmente, en referencia a los magistrados y gobernantes, afirma que a éstos les traerá a la memoria el pensamiento del juicio final, cuando Cristo, no tanto por haber sido arrojado de la gobernación del Estado cuanto también aun por sólo haber sido ignorado o menospreciado, vengará terriblemente todas estas injurias; pues su regia dignidad exige que la sociedad entera se ajuste a los mandamientos divinos y a los principios cristianos, ora al establecer las leyes, ora al administrar justicia, ora finalmente al formar las almas de los jóvenes en la sana doctrina y en la rectitud de costumbres (n. 33). Este punto parece escrito proféticamente para las masónicas autoridades mexicanas de entonces; que estaban dando sus primeros pasos para masacrar a los Cristeros.
Comienzo de la «Revolución Mexicana»
Mientras en la Ciudad Eterna se concluía con renovada esperanza el Año Jubilar, nuestro amado México llevaba ya una larga década de accionar revolucionario. Señala el querido y admirado padre Alfredo Sáenz, en su libro «La Gesta de los Cristeros»[1] que «desde 1914, la Revolución había sido llevada adelante por gente del norte: Carranza, Obregón y ahora Calles, ajenos al México tradicional, católico e hispánico… Lo que se postulaba como ‘nortismo’ era, en realidad pochismo. Palabra que se usa en California para designar al descastado que reniega de lo mexicano… y procura ajustar todos sus actos al mimetismo de los amos actuales de la región».
El presidente Plutarco Elías Calles, masón grado 33 y feroz perseguidor de la Iglesia, en cuanta ocasión pudo expresó todo su odio. Por caso, en Guadalajara, llegó a afirmar: «Con toda perfidia dicen los reaccionarios y afirman los clericales que el niño le pertenece al hogar y el joven le pertenece a la familia. Ella es una doctrina egoísta, porque el niño y el joven pertenecen a la comunidad, pertenecen a la colectividad, y es la Revolución la que tiene el deber imprescindible de atacar ese sector y apoderarse de las conciencias, de destruir todos los prejuicios y de formar una nueva alma nacional»[2]. Como puede verse, cualquier parecido con los actuales personeros de la nefasta Agenda 2030, no es absoluta coincidencia.
La Epopeya Cristera se desarrolló entre 1926 y 1929, a raíz de la resistencia de los católicos a la llamada «Ley Calles» --fundamentada en la laicista Constitución de 1917-, que literalmente prohibía el culto público de nuestra Santa Religión. Se llegó al despropósito de obligar a que los ministros del culto estuviesen casados. No podían existir las comunidades religiosas; las celebraciones solo podían realizarse en los templos, y se prohibió el uso de hábitos y sotanas, fuera de las iglesias. Asimismo, no podían ejercer sacerdotes extranjeros. La situación hizo que el Papa Pío XI, en noviembre de 1926, en su encíclica Iniquis afflictisque (A las inicuas y tristes circunstancias) advirtiera sobre «… la arbitrariedad y crueldad de los enemigos. Hombres y mujeres que defendían la causa de la religión y de la Iglesia ya sea de viva voz, ya con escritos o pequeños comentarios, han sido llamados a juicio y encarcelados; asimismo han sido encarcelados íntegros capítulos de canónigos con ancianos o enfermos; los sacerdotes y otros del pueblo han sido muertos sin misericordia alguna en los caminos, en las plazas, frente a los templos».
La asfixia que se imponía a la Iglesia era insostenible. Fue así como, en enero de 1927, se dio forma a la resistencia armada; que complementaba otras medidas anteriores, como el boicot económico, y buscar reducir al máximo los recursos fiscales. Campesinos, básicamente, fueron los principales defensores de la Fe, al grito de «¡Viva Cristo Rey!» y «Viva Santa María de Guadalupe». Se irían uniendo, luego, creyentes de distintas ciudades, de todas las condiciones y capas sociales; básicamente de Guanajuato, Jalisco, Aguascalientes, Michoacán y Zacatecas, entre otros puntos del centro del país. Especial mención merece la entrega de las mujeres católicas, con sus célebres Brigadas Femeninas «Santa Juana de Arco». Obviamente, los desplazamientos y la estrategia de los Cristeros obedecieron a las características geográficas de las distintas zonas. Se calcula que llegaron a reunir cerca de 50.000 combatientes; que libraron heroicas batallas. En 1929, por los llamados «acuerdos» entre la cúpula de la Iglesia mexicana, y el gobierno, se callaron las armas; con la promesa --finalmente incumplida por el nuevo presidente, también masón, Emilio Portes Gil-, de una generosa amnistía general para los levantados en armas, y ciertas concesiones para el culto. Recién en 1993, luego de más de seis décadas, el gobierno de México concedió a la Iglesia un precario reconocimiento legal como asociación religiosa, y restableció relaciones diplomáticas con la Santa Sede.
Se cuentan entre los centenares de Mártires Cristeros los sacerdotes: Santo Toribio Romo González, considerado patrono de los inmigrantes; San Rodrigo Aguilar Alemán; San Cristóbal Magallanes; y el Beato Miguel Agustín Pro, sacerdote jesuita. Y, entre los seglares, San José (Joselito) Sánchez del Río; matado, en Sahuayo, pocos días antes de que cumpliese quince años. Entre los laicos también descuella el Beato Anacleto González Flores, abogado de profesión, fundador de la Unión Popular, y sepultado en el Santuario de Guadalupe, en Guadalajara. Además de los citados, el martirologio mexicano incluye a otros numerosos hermanos; muchos de los cuales están en proceso de canonización. Se calcula que murieron más de 30.000 Cristeros. Las cifras son, ciertamente, provisionales; pues, pese al tiempo transcurrido, y la buscada conspiración del silencio gubernamental, todo el tiempo se actualizan dichos números, con historias que siguen saliendo a la luz, tras ser superadas distintas trabas, que lo impedían.
San Juan Pablo II, en 1992, al beatificar a 22 de ellos, sacerdotes diocesanos, destacó que «la solemnidad de Cristo Rey, instituida por el papa Pío XI precisamente cuando más arreciaba la persecución religiosa de México, penetró muy hondo en aquellas comunidades eclesiales y dio una fuerza particular a estos mártires, de manera que al morir muchos gritaban: ¡Viva Cristo Rey!»
Deben resaltarse, también, las conmovedoras palabras que el general Jesús Degollado Guízar dirigió a los Cristeros; a propósito del «licenciamiento» surgido por los «acuerdos» referidos: «La Guardia Nacional desaparece, no vencida por nuestros enemigos, sino, en realidad, abandonada por aquellos que debían recibir, los primeros, el fruto valioso de sus sacrificios y abnegación. ¡AVE, CRISTO! Los que por Ti vamos a la humillación, al destierro, tal vez a la muerte gloriosa, víctimas de nuestros enemigos, con el más fervoroso de nuestros amores, te saludamos y, una vez más, te aclamamos REY DE NUESTRA PATRIA. ¡VIVA CRISTO REY! ¡VIVA SANTA MARIA DE GUADALUPE! Dios, Patria y Libertad». Mueven, también, a conmoción las palabras del Papa Pío XI, en la encíclica Acerba animi, de 1932; quien, entre otros conceptos, elogiaba «la firme y generosa resistencia de los oprimidos». Y se lamentaba por el hecho de que, «con desprecio de las indubitables promesas hechas, muchos clérigos y seglares que habían defendido valientemente la fe de sus mayores fueron entregados a la envidia y odio disimulado de sus enemigos». En efecto, pese a la prometida «amnistía», el gobierno detuvo y asesinó a más de 1.500 Cristeros.
Estos y otros temas vinculados, pueden profundizarse en el citado libro del padre Sáenz; y, también, en: «La Cristíada», de Jean Meyer; «La Epopeya Cristera», de Enrique Díaz Araujo; y «El niño testigo de Cristo Rey. José Sánchez del Río, mártir Cristero», del padre Luis Laureán Cervantes, LC. Gracias a Dios, en particular desde los años ’90 del siglo pasado en que, en el exterior, y también en México, se comenzó a hablar públicamente, y sin temores, del asunto, todo el tiempo se multiplican las investigaciones sobre esta epopeya religiosa. Para motivar el interés, de modo especial, entre los niños y jóvenes, puede proyectarse la película «Cristíada»; que si bien tiene --por sus propios límites- algunos baches y ambigüedades históricos, sirve y mucho para despertar la sed de profundización.
Las enormes similitudes entre la Epopeya Cristera, y la Cruzada de Reconquista de España, dejan entreverse, también, en las palabras del Papa Pío XII, de felicísima memoria, en su radiomensaje «A los fieles de España», del 16 de abril de 1939. Allí se destaca: «Exhortamos a los Gobernantes y a los Pastores de la Católica España, que iluminen la mente de los engañados, mostrándoles con amor las raíces del materialismo y del laicismo de donde han procedido sus errores y desdichas y de donde podrían retoñar nuevamente».
A que no sabías que…
Aquí conoceremos más sobre temas litúrgicos.

Cristo, Rey del Universo
Cristo, Rey del Universo: la solemnidad que nos prepara para el encuentro definitivo con Dios
¿Qué significa celebrar, al final del año litúrgico, la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo? Esta pregunta nos invita a profundizar en el sentido de una de las celebraciones más significativas de la liturgia católica, que no solo proclama la soberanía de Cristo sobre toda la creación, sino que también nos recuerda el destino último de nuestra existencia: comparecer ante Él.
Una real encíclica
El papa Pío XI instituyó esta solemnidad para toda la Iglesia mediante la encíclica Quas Primas, publicada el 11 de diciembre de 1925. En ella, el Pontífice enseñó que el Reino de Cristo es principalmente espiritual y se refiere, de manera especial, a las realidades espirituales. Sin embargo, esto no significa que su autoridad deba quedar restringida al ámbito privado de la conciencia. Como advierte el propio documento, sería un grave error negar a Cristo, en cuanto hombre, el poder sobre todas las cosas humanas y temporales. Su señorío abarca, por tanto, no solo el corazón de cada persona, sino también la vida familiar, social y política.
El contexto anticlerical
La institución de esta fiesta tuvo lugar en un contexto histórico especialmente significativo. El mundo acababa de salir de la Primera Guerra Mundial y asistía al crecimiento de ideologías y regímenes que, de diversas maneras, se oponían a la Iglesia y a su misión espiritual. El nacionalismo radical, el fascismo italiano, el socialismo soviético y el régimen anticlerical de México, bajo Plutarco Elías Calles, son algunos ejemplos del ambiente político de aquella época. En este último caso, la persecución religiosa desembocó en la Guerra Cristera.
En este escenario, la solemnidad de Cristo Rey constituía una afirmación clara: ninguna autoridad humana puede reclamar para sí un poder absoluto ni exigir que Dios sea excluido de la vida pública. El laicismo, cuando pretende relegar la fe a la intimidad y reducirla a una cuestión estrictamente privada, olvida que la soberanía de Cristo no se limita a los espacios interiores del alma. Reconocer su reinado significa aceptar que también la sociedad necesita orientarse hacia la verdad, la justicia y el bien.
La liturgia, el trono de Cristo
No obstante, el significado de esta solemnidad no se agota en sus implicaciones históricas y políticas. El mismo Pío XI subrayó la importancia de las fiestas litúrgicas para la formación de los fieles. Los documentos del Magisterio pueden transmitir enseñanzas profundas, pero las celebraciones litúrgicas poseen una capacidad particular para instruir y conmover a todo el pueblo cristiano. Por medio de los ritos, los cantos, los símbolos y la belleza del culto, la verdad de la fe llega no solo a la inteligencia, sino también al corazón y a la totalidad de la persona.
Esto resulta especialmente importante porque el ser humano está compuesto de cuerpo y alma. Dios no nos conduce únicamente mediante conceptos abstractos, sino también a través de signos sensibles que nos permiten acercarnos a las realidades invisibles. La liturgia, con su riqueza espiritual y estética, nos ayuda a interiorizar las verdades de la fe y a convertirlas en alimento para nuestra vida cristiana.
Rex tremendae maiestatis
Por eso, al celebrar a Cristo Rey al término del año litúrgico, conviene detenernos en la fuerza de uno de los himnos tradicionales de la Iglesia: el Dies irae. Sus palabras latinas, Rex tremendae maiestatis, qui salvandos salvas gratis, salva me, fons pietatis, pueden traducirse así: «Rey de tremenda majestad, que salvas gratuitamente a los que han de ser salvados, sálvame, fuente de piedad».
Cristo es el Rey de majestad infinita, ante quien toda criatura deberá presentarse; pero es también la fuente de misericordia que ofrece gratuitamente la salvación. Su grandeza nos hace reconocer nuestra pequeñez, mientras que su bondad nos permite esperar, a pesar de nuestra miseria y de nuestros pecados.
Las composiciones musicales de Mozart, Verdi, Berlioz o Dvorak del Dies irae pueden ayudarnos a intuir la solemnidad de ese encuentro definitivo. Sin embargo, ninguna música ni expresión artística puede abarcar plenamente lo que significará comparecer ante Dios. Será un encuentro que inspira temor, pero que también puede ser profundamente consolador para quien confía en la misericordia del Señor.
Así pues, celebrar a Cristo, Rey del Universo, al final del año litúrgico significa mucho más que recordar una verdad doctrinal o afirmar la soberanía de Jesucristo sobre el mundo. La Iglesia nos invita a levantar la mirada hacia nuestro destino eterno. Ante el Rey de tremenda majestad, no podemos apoyarnos únicamente en nuestros méritos, sino que debemos acudir a Él con humildad, arrepentimiento y confianza. Que la belleza de la liturgia y la fuerza de sus himnos nos ayuden a comprender esta verdad y a preparar el corazón para aquel día en que Cristo manifestará plenamente su Reino: el día en que su justicia y su misericordia se encontrarán con nuestra miseria, y en que nuestra esperanza estará puesta, sobre todo, en Él.
Cristo, Rey del Universo: la solemnidad que nos prepara para el encuentro definitivo con Dios
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No obstante, el significado de esta solemnidad no se agota en sus implicaciones históricas y políticas. El mismo Pío XI subrayó la importancia de las fiestas litúrgicas para la formación de los fieles. Los documentos del Magisterio pueden transmitir enseñanzas profundas, pero las celebraciones litúrgicas poseen una capacidad particular para instruir y conmover a todo el pueblo cristiano. Por medio de los ritos, los cantos, los símbolos y la belleza del culto, la verdad de la fe llega no solo a la inteligencia, sino también al corazón y a la totalidad de la persona.
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Está disponible en español en distintas ediciones impresas y también gratuitamente en el sitio de los Misioneros Montfortianos, en PDF: https://www.montfort.org/content/uploads/pdf/PDF_ES_29_1.pdf?
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Hay ediciones impresas en español; figura en el catálogo de Editorial Que no te la cuenten: https://editorial.quenotelacuenten.org/productos/las-grandes-herejias/ y en Libros Guadalupe: https://librosguadalupe.com/products/las-grandes-herejias?
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Lepanto y otros poemas, de G. K. Chesterton
Octubre nos invita a recordar la victoria de Lepanto, y la literatura nos ofrece una manera privilegiada de acercarnos a aquella jornada. En su célebre poema, Chesterton evoca la figura de don Juan de Austria y el enfrentamiento de las escuadras con imágenes de gran fuerza y un ritmo que invita a leer en voz alta. Sus versos transmiten el valor de quienes combatieron y la gravedad de lo que estaba en juego para la cristiandad. El volumen permite descubrir, además, otras composiciones de un escritor más conocido por sus relatos y ensayos. Una buena ocasión para cultivar el gusto por la poesía y contemplar cómo la fe, la imaginación y la memoria histórica pueden enriquecer una obra literaria.
Se encuentra en español en Editorial Renacimiento, con edición de 2021: https://www.editorialrenacimiento.com/poesia-universal-serie-mediana/2625-lepanto-y-otros-poemas.html
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Santos que seguro no conocías
San Caleb, Rey y Monje - 27 de octubre
San Caleb (llamado así en Etiopía, también llamado Elesbaán), fue rey de Askum en el siglo VI. Para reivindicar la muerte de los mártires de Nagrán, se enfrentó victoriosamente en batalla a los enemigos de Cristo y, según se dice, en tiempo del emperador Justino envió a Jerusalén su corona real, viviendo luego como monje en respuesta a un voto que había hecho, hasta que partió al encuentro del Señor.
En casi dos milenios de cristianismo son muchos los casos de soberanos e incluso familias reales enteras que han ascendido a las más altas cotas de santidad; pero entre ellos, los menos conocidos son, indudablemente, los muchos monarcas etíopes, venerados como santos locales por la Iglesia copta. Uno de ellos es, precisamente, san Elesbaán, que vivió en el siglo VI, y es conmemorado también por el Martirologio Romano, que inscribe su fiesta el 27 de octubre (Martirologio tradicional).
Sus hechos están estrechamente unidos a la muerte de los mártires de Nagrán, ciudad de la Península Arábiga, en el territorio del actual Yemén. Tal zona había sido conquistada por los etíopes a inicios del siglo VI, que se habían ocupado también de la difusión del cristianismo; pero un día el judío Du Nuwas inició una revuelta que llevó a la muerte del príncipe Aretas, de su mujer, de sus cuatro hijos, y de un centenar de cristianos.
El Patriarca de Alejandría, Egipto, escribió a los obispos orientales recomendándoles venerar a las víctimas de la matanza como mártires -que incluso los católicos festejamos-, y, con ayuda del en ese momento emperador Justino, empujó al rey Elesbaan a vengar el asesinato. Esto no resultó del todo mal: reconquistó el Yemén, ajustició a Dun'an y tomó posesión de las principales plazas fuertes. Alban Butler sostenía que «luego de haber dado su escarmiento al tirano gracias a la bendición divina, gestionó su victoria con admirable clemencia y moderación», aunque puesto a la luz de los hechos esa reconstrucción no parece conforme a la realidad: sea en batalla, sea en los sucesivos encuentros con los hebreos, Elsebaán demostró siempre gran ferocidad y crueldad.
La tradición cuenta, sin embargo, que al fin de su vida el monarca quiso abdicar en favor de su hijo, donó su corona a la iglesia del Santo Sepulcro, en Jerusalén, y transcurrió sus últimos días llevando una vida de eremita ejemplar en la Ciudad Santa. Allí murió hacia el año 555 [o 535, según indican otras fuentes].
Fuente: https://vidas-santas.blogspot.com/2013/05/san-caleb-o-elesbaan-monje.html

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