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El año litúrgico camina rápido hacia su fin; ella lanza una mirada retrospectiva para dar gracias en nuestro nombre por tantos beneficios recibidos. ¡Qué ricos somos nosotros, los hijos de Dios! ¿Nos ha faltado siquiera una sola gracia? Hoy Cristo nos «confirmará también hasta el fin» (en la misa). La Iglesia supone que «esperamos la revelación (la vuelta) de nuestro Señor Jesucristo» y que nuestro mayor afán consiste «en aparecer sin mancha y sin reproche el día de su venida». De esta forma nos hace dirigir una doble mirada: la primera retrospectiva: acción de gracias y examen de conciencia; la segunda hacia el porvenir: la vuelta del Señor.
El pensamiento de la «venida» de Cristo evoca una vez más ante nuestro espíritu la peregrinación a la celestial «casa de Dios», donde reinarán «la paz y el bienestar» (Gradual). Ahora el Aleluya nos presenta la visión del juicio final, en que aparecerá Cristo «en su majestad», rodeado de reyes y gentiles.
En el Evangelio vemos al paralítico delante de Cristo, quien prueba con el milagro «el poder de perdonar los pecados sobre la tierra». Este paralítico es figura nuestra. También en nosotros se ha obrado una curación parecida. Como él, estuvimos en otro tiempo paralíticos en el alma, pero el Señor nos curó.
Desde el Escritorio del Párroco

A que no sabías que…
Aquí conoceremos más sobre temas litúrgicos.

Santos que seguro no conocías
Santa Lioba, Virgen - 28 de septiembre
En el año de 722, San Bonifacio fue consagrado obispo por el Papa San Gregorio II y al momento se le envió a predicar el Evangelio en Sajonia, Turingia y el Hesse. Cuando las noticias de sus trabajos y sus éxitos entre los germanos llegaron a oídos de las monjas de aquel monasterio, su joven pariente, Lioba, se atrevió a escribirle, pidiendo sus oraciones por su padre, que acababa de morir, y por su madre, quien padecía una tristeza enorme. Lioba le pedía a Bonifacio ser como su hermano, y que jamás se olvidara de tenerla en sus oraciones. Concluyó su carta con el siguiente verso:
"Arbiter omnipotens, solus qui cuncta creavit
in regno Patris semper qui lumine fulget
qua iugiter flagrana, sic regnat gloria Christi,
illaesum servet semper te iure perenni.”
(El Supremo Hacedor omnipotente quiera,
desde el esplendor de su reino eterno
do mora Cristo, gloria del divino Verbo,
conservaros en salud imperecedera.)
No dejó Bonifacio de sentirse conmovido por una misiva tan tierna y mantuvo una larga correspondencia con las monjas de Wimborne, hasta el año de 748, cuando escribió a la abadesa para rogarle que le enviase a Lioba, junto con otras compañeras, para establecer algunos monasterios y centros de religión para mujeres en la naciente Iglesia de Alemania. En seguida respondió la abadesa a la solicitud y envió a las tierras de herejes unas treinta monjas, entre las que figuraban Santa Lioba, Santa Tecla y Santa Walburga. Todas se reunieron con San Bonifacio en Mainz y éste puso a Lioba al frente de la comunidad y la instaló en un monasterio.
Su belleza era notable: tenía el rostro "como el de un ángel", siempre plácido y sonriente, aunque rara vez se la oía reír. Nadie la vio jamás de mal humor, ni la oyó decir una palabra dura; su paciencia y su inteligencia eran tan amplias como su bondad. Se dice que la copa en que bebía era la más pequeña de todas y ese dato nos da la pauta para afirmar que se entregaba a ayunos y austeridades, en una comunidad sujeta a las reglas de San Benito, donde no se comía más que dos veces diarias.
Todas las monjas practicaban los trabajos manuales, ya fuera en la cocina, el comedor, el huerto o los quehaceres domésticos y, al mismo tiempo, recibían lo que ahora se llamaría una "educación superior"; todas aprendían latín, y el salón destinado a la escritura estaba siempre ocupado. Lioba no toleraba las penitencias excesivas, como privarse del sueño, e insistía en que todas descansasen al medio día, como lo mandaba la regla.
Existe todavía una carta de San Bonifacio dirigida a "las muy reverendas y muy amadas hermanas Lioba, Tecla, Cienhilda y las que moran con ellas", para pedirles que continúen la práctica de orar constantemente. La fama de Santa Lioba se había extendido por todas partes; los vecinos acudían a ella cuando les amenazaba el peligro de incendio, la tempestad o la enfermedad, y los hombres responsables en los asuntos de la Iglesia y del Estado le pedían consejo.
Después del martirio de San Bonifacio, Lioba visitaba con mucha frecuencia su tumba en la abadía de Fulda y, por dispensa especial, se le permitió algunas veces entrar en la abadía para asistir a ceremonias y conferencias en honor de su santo pariente. Cuando Lioba era ya muy anciana, después de haber gobernado a Bischofsheim durante veintiocho años, hizo visitas de inspección a todos los conventos que estaban a su cuidado, renunció a su cargo de abadesa y fue a residir al monasterio de Schónersheim a seis kilómetros de Mainz.
Así fue, porque Santa Lioba murió pocos días después de haber regresado de la corte y fue sepultada en la iglesia de la abadía de Fulda, no en la misma tumba de San Bonifacio, porque los monjes temían perturbar sus reliquias, pero junto a ella, en el lado norte del altar mayor. A Santa Lioba se la menciona en el Martirologio Romano y su fiesta se celebra en varias partes de Alemania.

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