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XVIII Domingo después de Pentecostés

Los sacramentales: tesoros de la Iglesia, no objetos mágicos - Las oraciones el pie del altar: parte III - Santa Lioba, Virgen

Los sacramentales: tesoros de la Iglesia, no objetos mágicos - Las oraciones el pie del altar: parte III - Santa Lioba, Virgen

El año litúrgico camina rápido hacia su fin; ella lanza una mirada retrospectiva para dar gracias en nuestro nombre por tantos beneficios recibidos. ¡Qué ricos somos nosotros, los hijos de Dios! ¿Nos ha faltado siquiera una sola gracia? Hoy Cristo nos «confirmará también hasta el fin» (en la misa). La Iglesia supone que «esperamos la revelación (la vuelta) de nuestro Señor Jesucristo» y que nuestro mayor afán consiste «en aparecer sin mancha y sin reproche el día de su venida». De esta forma nos hace dirigir una doble mirada: la primera retrospectiva: acción de gracias y examen de conciencia; la segunda hacia el porvenir: la vuelta del Señor.

El pensamiento de la «venida» de Cristo evoca una vez más ante nuestro espíritu la peregrinación a la celestial «casa de Dios», donde reinarán «la paz y el bienestar» (Gradual). Ahora el Aleluya nos presenta la visión del juicio final, en que aparecerá Cristo «en su majestad», rodeado de reyes y gentiles.

En el Evangelio vemos al paralítico delante de Cristo, quien prueba con el milagro «el poder de perdonar los pecados sobre la tierra». Este paralítico es figura nuestra. También en nosotros se ha obrado una curación parecida. Como él, estuvimos en otro tiempo paralíticos en el alma, pero el Señor nos curó.

Desde el Escritorio del Párroco

Los sacramentales: tesoros de la Iglesia, no objetos mágicos

La Iglesia posee una enorme riqueza de sacramentales que pueden ayudarnos en muchas circunstancias de la vida cristiana. El Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1667, los define así:

«Los sacramentales son signos sagrados con los que, imitando de alguna manera a los sacramentos, se expresan efectos, sobre todo espirituales, obtenidos por la intercesión de la Iglesia. Por ellos, los hombres se disponen a recibir el efecto principal de los sacramentos y se santifican las diversas circunstancias de la vida».

Entre los sacramentales encontramos el agua bendita, los escapularios y medallas debidamente bendecidos, los crucifijos, las imágenes sagradas y muchas otras cosas. También son sacramentales ciertas acciones, como la señal de la cruz y diversas bendiciones y ceremonias instituidas por la Iglesia.

Podemos comprender mejor su uso correcto estudiando las oraciones con las que la Iglesia los bendice. Estas oraciones nos enseñan para qué se bendice cada cosa y qué gracias pide la Iglesia para quienes la emplean con fe.

Al mismo tiempo, también es posible abusar de los sacramentales. Esto sucede cuando se utilizan de una manera supersticiosa, cuando se les atribuye una eficacia casi mágica o cuando se exagera su importancia hasta el punto de descuidar lo esencial: los sacramentos, la oración, el cumplimiento de la ley de Dios y la vida en estado de gracia.

Una imagen bendita de san Judas Tadeo no servirá de nada a quien se dedica al crimen organizado y asesina a otras personas. Si alguien nunca se confiesa ni quiere abandonar el pecado, puede tener diez mil velas benditas, de todos los santos, colores y fragancias, y no le van a valer ni un cacahuate.

Los sacramentales no sustituyen la conversión.

No podemos inventar sacramentales

Tampoco debemos inventar nuestros propios sacramentales ni atribuir poderes especiales a objetos o prácticas que la Iglesia nunca ha aprobado. En internet circulan muchos videos que presentan como “católicas” determinadas devociones, objetos y ceremonias que no tienen fundamento en el Ritual ni en la tradición legítima de la Iglesia.

Por eso, cuando se presentan objetos para recibir una bendición, a veces es necesario separarlos. Puede existir una bendición general aplicable a un objeto honesto, pero eso no significa que exista una bendición particular que confirme todas las afirmaciones hechas sobre él. No existe, por ejemplo, una bendición especial de los cerillos ni una fórmula aprobada que conceda al llamado “escapulario morado” todos los poderes extraordinarios que se le atribuyen en algunos medios.

Estas prácticas pueden conducir fácilmente a la superstición y al esoterismo.

El sitio FishEaters ofrece una explicación extensa sobre los sacramentales y su lugar en la vida católica. Puede consultarse en:

El padre Arthur Tonne, en sus Charlas sobre los sacramentales, publicadas en 1950, cuenta una historia que ayuda a entender su función.

Dos mujeres se perdieron durante una excursión por una región desértica. Pasaron dos días enteros caminando sin encontrar un camino ni una vivienda. Agotadas por el hambre y la sed, ya no podían continuar. Una de ellas sacó una pequeña polvera para arreglarse el maquillaje. El sol se reflejó en el espejo y entonces se le ocurrió una idea: quizá alguien pudiera ver aquella luz.

Las mujeres comenzaron a hacer destellos con el espejo en todas direcciones. Los equipos de rescate vieron las señales, localizaron su origen y acudieron a salvarlas.

El espejo no les salvó la vida por su propio poder. Fue un instrumento por medio del cual pudieron recibir auxilio.

Algo semejante sucede con los sacramentales. No contienen un poder mágico ni nos salvan por sí mismos. Son instrumentos instituidos por la Iglesia para disponernos a recibir la gracia y para obtener, mediante la oración de la misma Iglesia, diversos bienes espirituales y temporales.

Por eso nunca deben sustituir a los sacramentos. Sería absurdo que una persona entrara en una iglesia, se dirigiera inmediatamente a encender una vela y no prestara ninguna atención a Nuestro Señor verdaderamente presente en el Santísimo Sacramento. La vela es un sacramental; la Eucaristía es el mismo Cristo.

La riqueza del Ritual Romano

Debemos tratar los sacramentales con reverencia. Dios nos ofrece estos medios para fines concretos. En vez de inventar prácticas extrañas, deberíamos conocer y utilizar mejor los remedios legítimos que la Iglesia pone en nuestras manos.

Resulta muy instructivo estudiar el antiguo Rituale Romanum y observar la variedad y precisión de sus bendiciones. Hay en ellas una verdadera riqueza teológica: continuamente hacen referencia a la creación, a la historia de la salvación, a los milagros de la Sagrada Escritura y a la Redención obrada por Jesucristo.

Por ejemplo, en el exorcismo de la sal destinada a la preparación del agua bendita, el sacerdote dice:

Te exorcizo, criatura de la sal, por Dios ✠ vivo, por Dios ✠ verdadero, por Dios ✠ santo, por Dios, que mandó al profeta Eliseo que te echara en el agua para sanar su esterilidad: para que te conviertas en sal exorcizada para la salvación de los creyentes; y seas para todos los que te reciban salud del alma y del cuerpo; y para que huya y se aleje del lugar donde fueres esparcida toda aparición, maldad o astucia del engaño diabólico, y todo espíritu inmundo, conjurado por Aquel que ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos, y al mundo por el fuego.

La oración recuerda el milagro del profeta Eliseo, quien arrojó sal en una fuente cuyas aguas eran malas y las volvió saludables.

La sal exorcizada se utiliza principalmente para preparar el agua bendita. La oración contempla también que pueda ser recibida, tocar otros objetos o ser esparcida. No obstante, esto no justifica atribuirle usos extravagantes ni pedir que se bendigan cantidades desproporcionadas. Tampoco debe confundirse esta sal con la que recibía una bendición propia para ser colocada en la boca del niño durante el Bautismo tradicional.

El Ritual contiene igualmente una bendición del aceite común como sacramental:

Señor Dios omnipotente, ante quien permanece tembloroso el ejército de los ángeles y cuyo ministerio espiritual reconocemos: dígnate mirar propicio, ben✠decir y santi✠ficar esta criatura del aceite, que hiciste brotar del fruto de los olivos y con el cual mandaste que fueran ungidos los enfermos, para que, recobrada la salud, dieran gracias a ti, Dios vivo y verdadero.

Concédenos, te rogamos, que quienes usaren este aceite, que ben✠decimos en tu nombre, sean librados de todo padecimiento, de toda enfermedad y de todas las asechanzas del enemigo; y que toda adversidad sea apartada de la criatura humana que tú redimiste con la preciosa sangre de tu Hijo, para que nunca sea herida por la mordedura de la antigua serpiente.

Este aceite bendito es un sacramental y no debe confundirse con el santo óleo empleado en el sacramento de la Extremaunción.

Bendiciones para las circunstancias más variadas

El Ritual contiene incluso bendiciones para instrumentos científicos y medios de transporte. Hay, por ejemplo, una bendición del sismógrafo:

Dios omnipotente y eterno, que miras la tierra y la haces temblar: derrama tu ben✠dición sobre este sismógrafo; y concede que en él sean debidamente registrados los signos de la tierra que tiembla, y que sean correctamente interpretados para utilidad de tu pueblo y para promover la mayor gloria de tu nombre.

Después se invoca a Nuestra Señora de los Dolores y a san Emigdio, tradicional protector contra los terremotos:

Virgen María Dolorosísima, muéstrate propicia con nosotros e intercede por nosotros.

San Emigdio, ruega por nosotros y, en nombre de Jesucristo Nazareno, defiéndenos a nosotros y a este sismógrafo del ímpetu de los terremotos.

También existe una bendición propia para una aeronave. Una de sus oraciones dice:

Oh Dios, que hiciste todas las cosas para ti mismo y destinaste todos los elementos de este mundo para utilidad del género humano: ben✠dice, te rogamos, esta aeronave destinada a los viajes por el aire; para que, alejado de ella todo daño y peligro, sirva para propagar más ampliamente la alabanza y gloria de tu nombre y para facilitar con mayor prontitud los asuntos humanos; y fomente en las almas de todos los fieles que la utilicen los deseos de las cosas celestiales.

Otra oración pone a los viajeros bajo la protección de la Santísima Virgen:

Oh Dios, que consagraste misericordiosamente la casa de la bienaventurada Virgen María por el misterio del Verbo encarnado y la colocaste maravillosamente en el seno de tu Iglesia: derrama, te rogamos, tu ben✠dición sobre esta aeronave destinada a los viajes por el aire; para que todos aquellos que se confíen a ella bajo la protección de la misma bienaventurada Virgen lleguen felizmente al lugar al cual se dirigen y regresen incólumes a sus hogares.

Estas fórmulas muestran que la Iglesia no desprecia las realidades materiales ni los avances científicos. Todo puede ordenarse a la gloria de Dios y al verdadero bien del hombre.

No toda agua bendecida tiene el mismo uso

También conviene distinguir entre las diferentes bendiciones del agua. El agua bendita ordinaria, utilizada en el Asperges y colocada en las entradas de los templos, está destinada principalmente a la aspersión y a signarnos con ella.

Existen, sin embargo, bendiciones particulares de agua cuyas oraciones indican expresamente que puede beberse. Un ejemplo es la bendición del agua en honor de la Santísima Virgen y de san Torello, confesor, destinada a los enfermos:

Oh Dios, que por tu celestial misericordia apartas de los hombres las cosas nocivas y les concedes las saludables, y que, al ser agitada el agua de la piscina probática por medio de tu ángel, otorgaste la salud librando de la enfermedad: derrama sobre esta agua el rocío de tu ben✠dición; para que los enfermos que la tomen alcancen la salud por los méritos y las oraciones de la bienaventurada Virgen María y de san Torello, confesor; y para que igualmente las mujeres encintas sean preservadas de los males que las amenazan y lleven felizmente a sus hijos hasta la gracia del sacrosanto Bautismo.

Esta fórmula fue concedida mediante un breve apostólico de 1628 y, en las ediciones tradicionales del Ritual, aparece entre las bendiciones propias cuyo uso estaba vinculado a determinadas facultades o indultos. Sirve, sin embargo, para mostrar la precisión con la que la Iglesia establece el objeto y la finalidad de cada bendición.

Con reverencia y sentido común

Aprovechemos estas hermosas bendiciones para el bien de nuestras almas, pero mantengamos siempre la perspectiva correcta. La gracia de Dios es la que nos hace santos. Una persona puede salvarse sin poseer grandes cantidades de sal, aceite, velas o medallas bendecidas; no puede salvarse si rechaza obstinadamente la gracia, los sacramentos y los mandamientos.

También por eso tenemos un horario determinado para las bendiciones. Cada objeto puede requerir una fórmula propia, y no siempre es posible examinarlo y bendecirlo correctamente a la salida de la Misa.

En adelante distribuiremos la sal exorcizada en cantidades pequeñas y preparadas por nosotros. No hace falta llevar kilos de sal al templo. Para el uso ordinario de los fieles, lo más conveniente es disponer de agua bendita, que siempre se encuentra disponible en nuestra iglesia.

Santa Teresa de Jesús habla del gran poder del agua bendita para ahuyentar a los malos espíritus. Utilicémosla, pues, con frecuencia, pero con fe, reverencia y confianza en la oración de la Iglesia; nunca como si se tratara de un amuleto.

Los sacramentales son un verdadero tesoro. Precisamente por eso debemos conocerlos, respetarlos y utilizarlos conforme a la intención de la Iglesia.

Los sacramentales: tesoros de la Iglesia, no objetos mágicos

La Iglesia posee una enorme riqueza de sacramentales que pueden ayudarnos en muchas circunstancias de la vida cristiana. El Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1667, los define así:

«Los sacramentales son signos sagrados con los que, imitando de alguna manera a los sacramentos, se expresan efectos, sobre todo espirituales, obtenidos por la intercesión de la Iglesia. Por ellos, los hombres se disponen a recibir el efecto principal de los sacramentos y se santifican las diversas circunstancias de la vida».

Entre los sacramentales encontramos el agua bendita, los escapularios y medallas debidamente bendecidos, los crucifijos, las imágenes sagradas y muchas otras cosas. También son sacramentales ciertas acciones, como la señal de la cruz y diversas bendiciones y ceremonias instituidas por la Iglesia.

Podemos comprender mejor su uso correcto estudiando las oraciones con las que la Iglesia los bendice. Estas oraciones nos enseñan para qué se bendice cada cosa y qué gracias pide la Iglesia para quienes la emplean con fe.

Al mismo tiempo, también es posible abusar de los sacramentales. Esto sucede cuando se utilizan de una manera supersticiosa, cuando se les atribuye una eficacia casi mágica o cuando se exagera su importancia hasta el punto de descuidar lo esencial: los sacramentos, la oración, el cumplimiento de la ley de Dios y la vida en estado de gracia.

Una imagen bendita de san Judas Tadeo no servirá de nada a quien se dedica al crimen organizado y asesina a otras personas. Si alguien nunca se confiesa ni quiere abandonar el pecado, puede tener diez mil velas benditas, de todos los santos, colores y fragancias, y no le van a valer ni un cacahuate.

Los sacramentales no sustituyen la conversión.

No podemos inventar sacramentales

Tampoco debemos inventar nuestros propios sacramentales ni atribuir poderes especiales a objetos o prácticas que la Iglesia nunca ha aprobado. En internet circulan muchos videos que presentan como “católicas” determinadas devociones, objetos y ceremonias que no tienen fundamento en el Ritual ni en la tradición legítima de la Iglesia.

Por eso, cuando se presentan objetos para recibir una bendición, a veces es necesario separarlos. Puede existir una bendición general aplicable a un objeto honesto, pero eso no significa que exista una bendición particular que confirme todas las afirmaciones hechas sobre él. No existe, por ejemplo, una bendición especial de los cerillos ni una fórmula aprobada que conceda al llamado “escapulario morado” todos los poderes extraordinarios que se le atribuyen en algunos medios.

Estas prácticas pueden conducir fácilmente a la superstición y al esoterismo.

El sitio FishEaters ofrece una explicación extensa sobre los sacramentales y su lugar en la vida católica. Puede consultarse en:

El padre Arthur Tonne, en sus Charlas sobre los sacramentales, publicadas en 1950, cuenta una historia que ayuda a entender su función.

Dos mujeres se perdieron durante una excursión por una región desértica. Pasaron dos días enteros caminando sin encontrar un camino ni una vivienda. Agotadas por el hambre y la sed, ya no podían continuar. Una de ellas sacó una pequeña polvera para arreglarse el maquillaje. El sol se reflejó en el espejo y entonces se le ocurrió una idea: quizá alguien pudiera ver aquella luz.

Las mujeres comenzaron a hacer destellos con el espejo en todas direcciones. Los equipos de rescate vieron las señales, localizaron su origen y acudieron a salvarlas.

El espejo no les salvó la vida por su propio poder. Fue un instrumento por medio del cual pudieron recibir auxilio.

Algo semejante sucede con los sacramentales. No contienen un poder mágico ni nos salvan por sí mismos. Son instrumentos instituidos por la Iglesia para disponernos a recibir la gracia y para obtener, mediante la oración de la misma Iglesia, diversos bienes espirituales y temporales.

Por eso nunca deben sustituir a los sacramentos. Sería absurdo que una persona entrara en una iglesia, se dirigiera inmediatamente a encender una vela y no prestara ninguna atención a Nuestro Señor verdaderamente presente en el Santísimo Sacramento. La vela es un sacramental; la Eucaristía es el mismo Cristo.

La riqueza del Ritual Romano

Debemos tratar los sacramentales con reverencia. Dios nos ofrece estos medios para fines concretos. En vez de inventar prácticas extrañas, deberíamos conocer y utilizar mejor los remedios legítimos que la Iglesia pone en nuestras manos.

Resulta muy instructivo estudiar el antiguo Rituale Romanum y observar la variedad y precisión de sus bendiciones. Hay en ellas una verdadera riqueza teológica: continuamente hacen referencia a la creación, a la historia de la salvación, a los milagros de la Sagrada Escritura y a la Redención obrada por Jesucristo.

Por ejemplo, en el exorcismo de la sal destinada a la preparación del agua bendita, el sacerdote dice:

Te exorcizo, criatura de la sal, por Dios ✠ vivo, por Dios ✠ verdadero, por Dios ✠ santo, por Dios, que mandó al profeta Eliseo que te echara en el agua para sanar su esterilidad: para que te conviertas en sal exorcizada para la salvación de los creyentes; y seas para todos los que te reciban salud del alma y del cuerpo; y para que huya y se aleje del lugar donde fueres esparcida toda aparición, maldad o astucia del engaño diabólico, y todo espíritu inmundo, conjurado por Aquel que ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos, y al mundo por el fuego.

La oración recuerda el milagro del profeta Eliseo, quien arrojó sal en una fuente cuyas aguas eran malas y las volvió saludables.

La sal exorcizada se utiliza principalmente para preparar el agua bendita. La oración contempla también que pueda ser recibida, tocar otros objetos o ser esparcida. No obstante, esto no justifica atribuirle usos extravagantes ni pedir que se bendigan cantidades desproporcionadas. Tampoco debe confundirse esta sal con la que recibía una bendición propia para ser colocada en la boca del niño durante el Bautismo tradicional.

El Ritual contiene igualmente una bendición del aceite común como sacramental:

Señor Dios omnipotente, ante quien permanece tembloroso el ejército de los ángeles y cuyo ministerio espiritual reconocemos: dígnate mirar propicio, ben✠decir y santi✠ficar esta criatura del aceite, que hiciste brotar del fruto de los olivos y con el cual mandaste que fueran ungidos los enfermos, para que, recobrada la salud, dieran gracias a ti, Dios vivo y verdadero.

Concédenos, te rogamos, que quienes usaren este aceite, que ben✠decimos en tu nombre, sean librados de todo padecimiento, de toda enfermedad y de todas las asechanzas del enemigo; y que toda adversidad sea apartada de la criatura humana que tú redimiste con la preciosa sangre de tu Hijo, para que nunca sea herida por la mordedura de la antigua serpiente.

Este aceite bendito es un sacramental y no debe confundirse con el santo óleo empleado en el sacramento de la Extremaunción.

Bendiciones para las circunstancias más variadas

El Ritual contiene incluso bendiciones para instrumentos científicos y medios de transporte. Hay, por ejemplo, una bendición del sismógrafo:

Dios omnipotente y eterno, que miras la tierra y la haces temblar: derrama tu ben✠dición sobre este sismógrafo; y concede que en él sean debidamente registrados los signos de la tierra que tiembla, y que sean correctamente interpretados para utilidad de tu pueblo y para promover la mayor gloria de tu nombre.

Después se invoca a Nuestra Señora de los Dolores y a san Emigdio, tradicional protector contra los terremotos:

Virgen María Dolorosísima, muéstrate propicia con nosotros e intercede por nosotros.

San Emigdio, ruega por nosotros y, en nombre de Jesucristo Nazareno, defiéndenos a nosotros y a este sismógrafo del ímpetu de los terremotos.

También existe una bendición propia para una aeronave. Una de sus oraciones dice:

Oh Dios, que hiciste todas las cosas para ti mismo y destinaste todos los elementos de este mundo para utilidad del género humano: ben✠dice, te rogamos, esta aeronave destinada a los viajes por el aire; para que, alejado de ella todo daño y peligro, sirva para propagar más ampliamente la alabanza y gloria de tu nombre y para facilitar con mayor prontitud los asuntos humanos; y fomente en las almas de todos los fieles que la utilicen los deseos de las cosas celestiales.

Otra oración pone a los viajeros bajo la protección de la Santísima Virgen:

Oh Dios, que consagraste misericordiosamente la casa de la bienaventurada Virgen María por el misterio del Verbo encarnado y la colocaste maravillosamente en el seno de tu Iglesia: derrama, te rogamos, tu ben✠dición sobre esta aeronave destinada a los viajes por el aire; para que todos aquellos que se confíen a ella bajo la protección de la misma bienaventurada Virgen lleguen felizmente al lugar al cual se dirigen y regresen incólumes a sus hogares.

Estas fórmulas muestran que la Iglesia no desprecia las realidades materiales ni los avances científicos. Todo puede ordenarse a la gloria de Dios y al verdadero bien del hombre.

No toda agua bendecida tiene el mismo uso

También conviene distinguir entre las diferentes bendiciones del agua. El agua bendita ordinaria, utilizada en el Asperges y colocada en las entradas de los templos, está destinada principalmente a la aspersión y a signarnos con ella.

Existen, sin embargo, bendiciones particulares de agua cuyas oraciones indican expresamente que puede beberse. Un ejemplo es la bendición del agua en honor de la Santísima Virgen y de san Torello, confesor, destinada a los enfermos:

Oh Dios, que por tu celestial misericordia apartas de los hombres las cosas nocivas y les concedes las saludables, y que, al ser agitada el agua de la piscina probática por medio de tu ángel, otorgaste la salud librando de la enfermedad: derrama sobre esta agua el rocío de tu ben✠dición; para que los enfermos que la tomen alcancen la salud por los méritos y las oraciones de la bienaventurada Virgen María y de san Torello, confesor; y para que igualmente las mujeres encintas sean preservadas de los males que las amenazan y lleven felizmente a sus hijos hasta la gracia del sacrosanto Bautismo.

Esta fórmula fue concedida mediante un breve apostólico de 1628 y, en las ediciones tradicionales del Ritual, aparece entre las bendiciones propias cuyo uso estaba vinculado a determinadas facultades o indultos. Sirve, sin embargo, para mostrar la precisión con la que la Iglesia establece el objeto y la finalidad de cada bendición.

Con reverencia y sentido común

Aprovechemos estas hermosas bendiciones para el bien de nuestras almas, pero mantengamos siempre la perspectiva correcta. La gracia de Dios es la que nos hace santos. Una persona puede salvarse sin poseer grandes cantidades de sal, aceite, velas o medallas bendecidas; no puede salvarse si rechaza obstinadamente la gracia, los sacramentos y los mandamientos.

También por eso tenemos un horario determinado para las bendiciones. Cada objeto puede requerir una fórmula propia, y no siempre es posible examinarlo y bendecirlo correctamente a la salida de la Misa.

En adelante distribuiremos la sal exorcizada en cantidades pequeñas y preparadas por nosotros. No hace falta llevar kilos de sal al templo. Para el uso ordinario de los fieles, lo más conveniente es disponer de agua bendita, que siempre se encuentra disponible en nuestra iglesia.

Santa Teresa de Jesús habla del gran poder del agua bendita para ahuyentar a los malos espíritus. Utilicémosla, pues, con frecuencia, pero con fe, reverencia y confianza en la oración de la Iglesia; nunca como si se tratara de un amuleto.

Los sacramentales son un verdadero tesoro. Precisamente por eso debemos conocerlos, respetarlos y utilizarlos conforme a la intención de la Iglesia.

A que no sabías que…

Aquí conoceremos más sobre temas litúrgicos.

Versículos y Aufer a nobis

Los versículos que siguen el Confiteor continúan la misma idea del Salmo 42: el deseo de recibir de Dios una vida nueva, su alegría y su favor.

Finalmente, el sacerdote sube al altar mientras reza la oración Aufer a nobis:

“Aparta de nosotros nuestros pecados, Señor, para que podamos entrar con un alma pura en el Santo de los Santos. Por Cristo nuestro Señor. Amén.”

Esta oración es una de las partes más antiguas de las oraciones al pie del altar y resume muy bien su sentido.

Por un lado, mira hacia atrás, hacia los pecados que queremos dejar atrás; y por otro, mira hacia adelante, hacia el santuario al que estamos a punto de entrar.

Es decir, antes de acercarnos a Dios, reconocemos nuestro pecado y le pedimos que nos purifique para poder entrar en su presencia.

Oramus te y el beso del altar

Ya en el altar, el sacerdote se inclina y reza el Oramus te:

“Te pedimos, Señor, por los méritos de tus santos, cuyas reliquias están aquí, y de todos los santos, que te dignes perdonar todos mis pecados. Amén.”

Mientras hace esta oración, besa el altar.

Este beso es una manera de saludar y honrar el lugar donde se va a celebrar el misterio sagrado. Es un gesto antiguo: desde tiempos antiguos se acostumbraba besar los lugares considerados sagrados. Los cristianos conservaron este gesto, pero dándole un sentido nuevo.

El beso del altar puede entenderse de varias maneras.

Primero, el altar representa a Cristo, que es la piedra angular y la roca espiritual. Por eso, besar el altar es también un gesto de honor hacia Cristo.

Además, como en el altar están las reliquias de los santos, el beso también expresa la unión con ellos y con toda la Iglesia triunfante, es decir, con los santos que ya están con Dios.

Por eso también puede entenderse como un gesto en el que Cristo, representado por el sacerdote, saluda a su Iglesia.

Durante la Misa, el sacerdote besa varias veces el altar: al llegar a él, al comenzar el Canon, durante el Canon y antes de dejarlo. También lo besa cada vez que tiene que voltearse para dirigirse al pueblo o a un asistente.

Estos diferentes besos pueden expresar la comunión con los santos cuyas reliquias están en el altar, el deseo de estar unidos a ellos durante el Santo Sacrificio, y el reconocimiento de que de Cristo viene nuestra salvación y nuestra paz.

Pero, por encima de todas estas explicaciones, hay algo fundamental: el beso del altar es, ante todo, un homenaje al carácter sagrado del altar.

Versículos y Aufer a nobis

Los versículos que siguen el Confiteor continúan la misma idea del Salmo 42: el deseo de recibir de Dios una vida nueva, su alegría y su favor.

Finalmente, el sacerdote sube al altar mientras reza la oración Aufer a nobis:

“Aparta de nosotros nuestros pecados, Señor, para que podamos entrar con un alma pura en el Santo de los Santos. Por Cristo nuestro Señor. Amén.”

Esta oración es una de las partes más antiguas de las oraciones al pie del altar y resume muy bien su sentido.

Por un lado, mira hacia atrás, hacia los pecados que queremos dejar atrás; y por otro, mira hacia adelante, hacia el santuario al que estamos a punto de entrar.

Es decir, antes de acercarnos a Dios, reconocemos nuestro pecado y le pedimos que nos purifique para poder entrar en su presencia.

Oramus te y el beso del altar

Ya en el altar, el sacerdote se inclina y reza el Oramus te:

“Te pedimos, Señor, por los méritos de tus santos, cuyas reliquias están aquí, y de todos los santos, que te dignes perdonar todos mis pecados. Amén.”

Mientras hace esta oración, besa el altar.

Este beso es una manera de saludar y honrar el lugar donde se va a celebrar el misterio sagrado. Es un gesto antiguo: desde tiempos antiguos se acostumbraba besar los lugares considerados sagrados. Los cristianos conservaron este gesto, pero dándole un sentido nuevo.

El beso del altar puede entenderse de varias maneras.

Primero, el altar representa a Cristo, que es la piedra angular y la roca espiritual. Por eso, besar el altar es también un gesto de honor hacia Cristo.

Además, como en el altar están las reliquias de los santos, el beso también expresa la unión con ellos y con toda la Iglesia triunfante, es decir, con los santos que ya están con Dios.

Por eso también puede entenderse como un gesto en el que Cristo, representado por el sacerdote, saluda a su Iglesia.

Durante la Misa, el sacerdote besa varias veces el altar: al llegar a él, al comenzar el Canon, durante el Canon y antes de dejarlo. También lo besa cada vez que tiene que voltearse para dirigirse al pueblo o a un asistente.

Estos diferentes besos pueden expresar la comunión con los santos cuyas reliquias están en el altar, el deseo de estar unidos a ellos durante el Santo Sacrificio, y el reconocimiento de que de Cristo viene nuestra salvación y nuestra paz.

Pero, por encima de todas estas explicaciones, hay algo fundamental: el beso del altar es, ante todo, un homenaje al carácter sagrado del altar.

Recomendaciones de lectura mensual

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Formación Espiritual

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El Espíritu y la Esposa - Dom Anscar Vonier, O.S.B.

En esta breve obra de eclesiología, Dom Anscar Vonier presenta a la Iglesia como la Esposa de Cristo, vivificada continuamente por el Espíritu Santo. Pentecostés no aparece simplemente como un acontecimiento del pasado, sino como una realidad que permanece en la vida de la Iglesia. Con su estilo profundo y contemplativo, Vonier ayuda a comprender la unidad sobrenatural de la Iglesia, su santidad y la acción del Espíritu en sus sacramentos y en sus miembros. Un libro especialmente valioso para quien desea conocer mejor el misterio de la Iglesia desde una perspectiva verdaderamente teológica.

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Formación Intelectual

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Gabriel García Moreno - R.P. Augustín Berthe

Gabriel García Moreno, del R. P. Agustín Berthe, C.Ss.R., es una apasionante biografía del gran presidente católico del Ecuador, quien procuró reconstruir su patria sobre los fundamentos de la fe, la justicia y el orden cristiano. Con abundantes datos históricos y un estilo vigoroso, el autor relata su lucha contra la corrupción y la revolución anticristiana, sus importantes reformas en la educación y las obras públicas, la consagración del Ecuador al Sagrado Corazón de Jesús y, finalmente, su asesinato en 1875 a manos de sus enemigos políticos. Aunque escrita desde una perspectiva expresamente católica y admirativa, la obra no presenta a García Moreno como un hombre sin defectos, sino como un gobernante de carácter extraordinario que comprendió que la fe no puede quedar relegada a la vida privada. Es una lectura edificante que invita a reflexionar sobre el deber de los católicos en la sociedad y sobre el precio que exige la defensa pública del reinado de Cristo.

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Literatura

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Quo vadis? - Henryk Sienkiewicz

Es una célebre novela histórica ambientada en Roma durante la persecución de los cristianos bajo el emperador Nerón. A través de la conversión del orgulloso patricio Marco Vinicio y de su amor por la cristiana Ligia, la obra presenta el enfrentamiento entre la corrupción del mundo pagano y la fuerza humilde y sobrenatural de la fe naciente. San Pedro y San Pablo aparecen guiando y sosteniendo a los primeros cristianos en medio de crueles persecuciones, mientras el martirio se convierte en semilla de una civilización nueva. Con personajes inolvidables y episodios de gran dramatismo, Quo vadis? muestra cómo la caridad, la pureza y el sacrificio cristianos terminaron venciendo a un imperio que parecía invencible. Es una lectura cautivadora y profundamente edificante sobre el poder transformador de la gracia y el triunfo de la Cruz.

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Santos que seguro no conocías

Santa Lioba, Virgen - 28 de septiembre

En el año de 722, San Bonifacio fue consagrado obispo por el Papa San Gregorio II y al momento se le envió a predicar el Evangelio en Sajonia, Turingia y el Hesse. Cuando las noticias de sus trabajos y sus éxitos entre los germanos llegaron a oídos de las monjas de aquel monasterio, su joven pariente, Lioba, se atrevió a escribirle, pidiendo sus oraciones por su padre, que acababa de morir, y por su madre, quien padecía una tristeza enorme. Lioba le pedía a Bonifacio ser como su hermano, y que jamás se olvidara de tenerla en sus oraciones. Concluyó su carta con el siguiente verso:

"Arbiter omnipotens, solus qui cuncta creavit

in regno Patris semper qui lumine fulget

qua iugiter flagrana, sic regnat gloria Christi,

illaesum servet semper te iure perenni.”

(El Supremo Hacedor omnipotente quiera,

desde el esplendor de su reino eterno

do mora Cristo, gloria del divino Verbo,

conservaros en salud imperecedera.)

No dejó Bonifacio de sentirse conmovido por una misiva tan tierna y mantuvo una larga correspondencia con las monjas de Wimborne, hasta el año de 748, cuando escribió a la abadesa para rogarle que le enviase a Lioba, junto con otras compañeras, para establecer algunos monasterios y centros de religión para mujeres en la naciente Iglesia de Alemania. En seguida respondió la abadesa a la solicitud y envió a las tierras de herejes unas treinta monjas, entre las que figuraban Santa Lioba, Santa Tecla y Santa Walburga. Todas se reunieron con San Bonifacio en Mainz y éste puso a Lioba al frente de la comunidad y la instaló en un monasterio.

Su belleza era notable: tenía el rostro "como el de un ángel", siempre plácido y sonriente, aunque rara vez se la oía reír. Nadie la vio jamás de mal humor, ni la oyó decir una palabra dura; su paciencia y su inteligencia eran tan amplias como su bondad. Se dice que la copa en que bebía era la más pequeña de todas y ese dato nos da la pauta para afirmar que se entregaba a ayunos y austeridades, en una comunidad sujeta a las reglas de San Benito, donde no se comía más que dos veces diarias.

Todas las monjas practicaban los trabajos manuales, ya fuera en la cocina, el comedor, el huerto o los quehaceres domésticos y, al mismo tiempo, recibían lo que ahora se llamaría una "educación superior"; todas aprendían latín, y el salón destinado a la escritura estaba siempre ocupado. Lioba no toleraba las penitencias excesivas, como privarse del sueño, e insistía en que todas descansasen al medio día, como lo mandaba la regla.

Existe todavía una carta de San Bonifacio dirigida a "las muy reverendas y muy amadas hermanas Lioba, Tecla, Cienhilda y las que moran con ellas", para pedirles que continúen la práctica de orar constantemente. La fama de Santa Lioba se había extendido por todas partes; los vecinos acudían a ella cuando les amenazaba el peligro de incendio, la tempestad o la enfermedad, y los hombres responsables en los asuntos de la Iglesia y del Estado le pedían consejo.

Después del martirio de San Bonifacio, Lioba visitaba con mucha frecuencia su tumba en la abadía de Fulda y, por dispensa especial, se le permitió algunas veces entrar en la abadía para asistir a ceremonias y conferencias en honor de su santo pariente. Cuando Lioba era ya muy anciana, después de haber gobernado a Bischofsheim durante veintiocho años, hizo visitas de inspección a todos los conventos que estaban a su cuidado, renunció a su cargo de abadesa y fue a residir al monasterio de Schónersheim a seis kilómetros de Mainz.

Así fue, porque Santa Lioba murió pocos días después de haber regresado de la corte y fue sepultada en la iglesia de la abadía de Fulda, no en la misma tumba de San Bonifacio, porque los monjes temían perturbar sus reliquias, pero junto a ella, en el lado norte del altar mayor. A Santa Lioba se la menciona en el Martirologio Romano y su fiesta se celebra en varias partes de Alemania.

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