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Fiesta de todos los Santos

La Tonsura - El curioso origen de la fiesta de Todos los Santos - Santos Filólogo y Patrobas, Obispos y Mártires

La Tonsura - El curioso origen de la fiesta de Todos los Santos - Santos Filólogo y Patrobas, Obispos y Mártires

El pensamiento de honrar a todos los santos en una fiesta única proviene de Oriente y se remonta al siglo IV, si bien entonces se celebraba la memoria de todos los santos mártires el primer domingo después de Pentecostés, como se hace todavía entre los griegos. En Siria tenía lugar esta conmemoración el viernes después de Pascua, de lo que ha quedado un recuerdo en el misal romano, pues ese día se señala como iglesia estacional la de Santa María ad Martyres.

En Roma, el papa Bonifacio IV transformó en iglesia el Panteón que le había dado el emperador Focas y que había construido Agripa 27 años antes de Jesucristo en honor de Augusto y de todos los dioses. El papa trasladó a él muchas reliquias de mártires (se dice que 28 carros) y lo consagró a la Madre de Dios y a todos los santos mártires el 13 de mayo del año 610.

En recuerdo de este acontecimiento, se celebró la fiesta de todos los mártires el 13 de mayo, durante el tiempo pascual, después de la Resurrección del Salvador. Gregorio IV la trasladó al 1 de noviembre por la dificultad de atender a los muchos peregrinos que acudían a Roma en primavera.

De este modo, la fiesta, extendida después a todos los santos, llegó a ocupar, al final del año litúrgico, un sitio muy a propósito, como para simbolizar la consumación gloriosa del reino de Cristo y su segunda venida.

Desde el Escritorio del Párroco

Tuve la dicha de asistir a la ceremonia de tonsura en el seminario de Nuestra Señora de Guadalupe el sábado pasado. Es muy motivante poder vivir estas ceremonias porque nos dan mucho para reflexionar sobre la vocación y el sacerdocio. ¡Qué bueno sería si todos tuvieran la oportunidad de asistir a estas ceremonias con frecuencia! A lo mejor muchos se motivarían a responder al llamado de Dios. Quiero compartir aquí algunos aspectos de la ceremonia y ofrecer unos comentarios. Que pidamos siempre por más vocaciones sacerdotales y por todos los jóvenes en su proceso de formación, para que puedan perseverar y lograr ser sacerdotes santos, si es la voluntad de Dios. Que todos los jóvenes abran sus corazones y busquen ser más generosos con Dios para que se den cuenta, como dice en la ceremonia de ordenación de subdiáconos, de que «servirle es reinar».

Les comparto la introducción a la ceremonia que aparece en el programa del seminario.

Sotana y sobrepelliz

«La sotana negra simboliza que el clérigo que la lleva debe, en todo momento, estar muerto al pecado, al mundo y a sí mismo, haciendo penitencia por sus propios pecados y por los del mundo. Simboliza, en definitiva, que el cuerpo del clérigo debe estar siempre mortificado, de tal manera que en él se haga evidente para los fieles la vida de Cristo».

La sobrepelliz representa al «hombre nuevo, nuestro Señor Jesucristo... el clérigo debe ser como Cristo, revestido de su perfección, humildad, caridad, modestia, pureza y sus demás virtudes». —San Juan Eudes

La sotana llega hasta los pies para simbolizar que todo el hombre ha sido consagrado a Dios. Protege su modestia al ocultar la forma del cuerpo y fomenta la humildad por su color liso y su falta de variabilidad. Al imponer la obligación de llevar el hábito, la Santa Madre Iglesia ha liberado ahora al clérigo de la «vergüenza del atuendo laico» (al que el obispo advierte al clérigo que nunca vuelva a recurrir) y de todas las frivolidades que este conlleva.

Tonsura

(del latín tondére: «cortar el pelo»)

La ceremonia de la Primera Tonsura eleva a un hombre al estado clerical menor.

Aunque no forma parte del sacramento del Orden, la Tonsura es una consagración sacramental instituida por la Iglesia que prepara al destinatario para la eventual recepción del Orden. Por su proximidad al Orden, la Tonsura se denomina a veces, de manera imprecisa, «ordenación».

Mediante la Primera Tonsura, un hombre bautizado y confirmado es apartado del laicado como ofrenda a Dios: una persona sagrada ahora dedicada por completo a Su culto y al servicio de Su Iglesia. Incluso si el hombre llegara a solicitar una dispensa para ser liberado de sus deberes clericales y volver al estado laico, la consagración de la Tonsura perdura durante el resto de su vida y no puede repetirse.

La consagración total al culto sagrado de Dios, la muerte al mundo y el celibato son atributos de los santos del cielo y señalan al clérigo como testigo vivo del Reino venidero. Solo de entre los hombres así consagrados ha seleccionado tradicionalmente la Iglesia a aquellos a quienes llamaría al augusto sacramento de las Órdenes Sagradas.

El obispo impone la tonsura cortando cinco mechones de pelo de la cabeza del hombre en forma de cruz. Mientras lo hace, recitan juntos la oración de los levitas de la antigua dispensación: «El Señor es mi heredad y mi copa; tú me devolverás mi heredad» (Sal 15, 5). Con estas palabras, el hombre renuncia al mundo por amor a Dios y es constituido por su Iglesia en levita de la Nueva Alianza.

¡Qué consideración tan grande! Aun cuando al seminarista le faltan muchos años para ser ordenado, Dios ya está preparándolo, apartándolo del mundo para hacer de él un ser completamente dedicado al culto de Dios. Falta mucho por aprender. Todavía se tiene que avanzar más en santidad. Él y la Iglesia aún tienen que seguir discerniendo si es apto. Sin embargo, Dios lo dedica a lo más importante, que es el culto divino. Y como no hay nada más importante que el culto divino, el seminarista tiene que esforzarse para hacerse digno desde ya de esa dedicación. Si hay un declive en el número de vocaciones sacerdotales, tal vez tiene que ver con la pérdida de esta perspectiva. La vocación no es una cuestión de talentos o de preferencias o de una carrera, sino que es una dedicación a lo más importante que existe, principalmente en la forma de ofrenda. Mucho antes de que suba al altar para ofrecer la divina víctima, es ofrecido como holocausto a Dios.

La ceremonia de tonsura empieza con la oración con la que el obispo bendice la sotana por primera vez, convirtiendo al seminarista en un sacramental vivo (porque desde entonces cada sotana que consigue es automáticamente bendecida a través de esta consagración que hoy recibe el candidato). Lo que se ofrece a Dios no puede ser ordinario. Tiene que ser apartado. Por eso, desde la antigüedad, como dice esta oración, los santos padres han querido que los ministros de Dios se distinguieran a través de una vestimenta de humildad. Así se convierten en signos vivos de toda alma cristiana: de estar totalmente despojados de sí mismos para ser revestidos de nuevo de Cristo.

Oremos.

Señor Jesucristo, que te has dignado revestirte de la vestidura de nuestra mortalidad, te suplicamos por tu generosidad que te dignes bendecir † esta vestimenta que los santos padres decidieron llevar como signo de humildad e inocencia, despojándose de la vergüenza del atuendo secular, para que estos siervos Tuyos que se revestirán de ella sean dignos de revestirse de Ti y sean reconocidos como consagrados a Ti, que vives y reinas, Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

Tuve la dicha de asistir a la ceremonia de tonsura en el seminario de Nuestra Señora de Guadalupe el sábado pasado. Es muy motivante poder vivir estas ceremonias porque nos dan mucho para reflexionar sobre la vocación y el sacerdocio. ¡Qué bueno sería si todos tuvieran la oportunidad de asistir a estas ceremonias con frecuencia! A lo mejor muchos se motivarían a responder al llamado de Dios. Quiero compartir aquí algunos aspectos de la ceremonia y ofrecer unos comentarios. Que pidamos siempre por más vocaciones sacerdotales y por todos los jóvenes en su proceso de formación, para que puedan perseverar y lograr ser sacerdotes santos, si es la voluntad de Dios. Que todos los jóvenes abran sus corazones y busquen ser más generosos con Dios para que se den cuenta, como dice en la ceremonia de ordenación de subdiáconos, de que «servirle es reinar».

Les comparto la introducción a la ceremonia que aparece en el programa del seminario.

Sotana y sobrepelliz

«La sotana negra simboliza que el clérigo que la lleva debe, en todo momento, estar muerto al pecado, al mundo y a sí mismo, haciendo penitencia por sus propios pecados y por los del mundo. Simboliza, en definitiva, que el cuerpo del clérigo debe estar siempre mortificado, de tal manera que en él se haga evidente para los fieles la vida de Cristo».

La sobrepelliz representa al «hombre nuevo, nuestro Señor Jesucristo... el clérigo debe ser como Cristo, revestido de su perfección, humildad, caridad, modestia, pureza y sus demás virtudes». —San Juan Eudes

La sotana llega hasta los pies para simbolizar que todo el hombre ha sido consagrado a Dios. Protege su modestia al ocultar la forma del cuerpo y fomenta la humildad por su color liso y su falta de variabilidad. Al imponer la obligación de llevar el hábito, la Santa Madre Iglesia ha liberado ahora al clérigo de la «vergüenza del atuendo laico» (al que el obispo advierte al clérigo que nunca vuelva a recurrir) y de todas las frivolidades que este conlleva.

Tonsura

(del latín tondére: «cortar el pelo»)

La ceremonia de la Primera Tonsura eleva a un hombre al estado clerical menor.

Aunque no forma parte del sacramento del Orden, la Tonsura es una consagración sacramental instituida por la Iglesia que prepara al destinatario para la eventual recepción del Orden. Por su proximidad al Orden, la Tonsura se denomina a veces, de manera imprecisa, «ordenación».

Mediante la Primera Tonsura, un hombre bautizado y confirmado es apartado del laicado como ofrenda a Dios: una persona sagrada ahora dedicada por completo a Su culto y al servicio de Su Iglesia. Incluso si el hombre llegara a solicitar una dispensa para ser liberado de sus deberes clericales y volver al estado laico, la consagración de la Tonsura perdura durante el resto de su vida y no puede repetirse.

La consagración total al culto sagrado de Dios, la muerte al mundo y el celibato son atributos de los santos del cielo y señalan al clérigo como testigo vivo del Reino venidero. Solo de entre los hombres así consagrados ha seleccionado tradicionalmente la Iglesia a aquellos a quienes llamaría al augusto sacramento de las Órdenes Sagradas.

El obispo impone la tonsura cortando cinco mechones de pelo de la cabeza del hombre en forma de cruz. Mientras lo hace, recitan juntos la oración de los levitas de la antigua dispensación: «El Señor es mi heredad y mi copa; tú me devolverás mi heredad» (Sal 15, 5). Con estas palabras, el hombre renuncia al mundo por amor a Dios y es constituido por su Iglesia en levita de la Nueva Alianza.

¡Qué consideración tan grande! Aun cuando al seminarista le faltan muchos años para ser ordenado, Dios ya está preparándolo, apartándolo del mundo para hacer de él un ser completamente dedicado al culto de Dios. Falta mucho por aprender. Todavía se tiene que avanzar más en santidad. Él y la Iglesia aún tienen que seguir discerniendo si es apto. Sin embargo, Dios lo dedica a lo más importante, que es el culto divino. Y como no hay nada más importante que el culto divino, el seminarista tiene que esforzarse para hacerse digno desde ya de esa dedicación. Si hay un declive en el número de vocaciones sacerdotales, tal vez tiene que ver con la pérdida de esta perspectiva. La vocación no es una cuestión de talentos o de preferencias o de una carrera, sino que es una dedicación a lo más importante que existe, principalmente en la forma de ofrenda. Mucho antes de que suba al altar para ofrecer la divina víctima, es ofrecido como holocausto a Dios.

La ceremonia de tonsura empieza con la oración con la que el obispo bendice la sotana por primera vez, convirtiendo al seminarista en un sacramental vivo (porque desde entonces cada sotana que consigue es automáticamente bendecida a través de esta consagración que hoy recibe el candidato). Lo que se ofrece a Dios no puede ser ordinario. Tiene que ser apartado. Por eso, desde la antigüedad, como dice esta oración, los santos padres han querido que los ministros de Dios se distinguieran a través de una vestimenta de humildad. Así se convierten en signos vivos de toda alma cristiana: de estar totalmente despojados de sí mismos para ser revestidos de nuevo de Cristo.

Oremos.

Señor Jesucristo, que te has dignado revestirte de la vestidura de nuestra mortalidad, te suplicamos por tu generosidad que te dignes bendecir † esta vestimenta que los santos padres decidieron llevar como signo de humildad e inocencia, despojándose de la vergüenza del atuendo secular, para que estos siervos Tuyos que se revestirán de ella sean dignos de revestirse de Ti y sean reconocidos como consagrados a Ti, que vives y reinas, Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

A que no sabías que…

Aquí conoceremos más sobre temas litúrgicos.

El curioso origen de la fiesta de Todos los Santos

¿Te has preguntado alguna vez por qué la Iglesia celebra a todos los santos el 1 de noviembre? Detrás de esta solemnidad hay una historia fascinante que une la antigua Roma, los primeros mártires cristianos y una profunda invitación a vivir nuestra fe.

Del Panteón romano a una iglesia cristiana

Una de las explicaciones históricas de esta celebración nos lleva hasta el Panteón de Roma, un templo construido originalmente para honrar a los dioses de la antigua religión romana. Su nombre procede del griego pan («todos») y theos («dios»).

En el año 609, el emperador bizantino Focas entregó este edificio al papa Bonifacio IV, quien lo consagró al culto cristiano bajo la advocación de Santa María de los Mártires, el 13 de mayo. Además, trasladó allí numerosas reliquias de los primeros mártires de la Iglesia.

Así, un lugar dedicado antiguamente a las divinidades paganas se convirtió en un espacio para recordar a quienes habían entregado su vida por Cristo. No se trataba de sustituir unos dioses por otros, sino de transformar aquel lugar a la luz de la fe cristiana.

¿Por qué veneramos a los santos?

A veces se compara la veneración de los santos con el culto que los antiguos romanos rendían a sus dioses. Sin embargo, para la fe católica existe una diferencia fundamental: los santos no son dioses ni reciben la adoración que corresponde únicamente a Dios. Los cristianos los veneramos porque reconocemos en ellos la obra de la gracia divina y los consideramos ejemplos de fidelidad a Cristo.

Además, la devoción a los mártires y la petición de su intercesión se remontan a los primeros siglos del cristianismo. La tradición de la Iglesia entiende que quienes ya viven junto a Dios siguen unidos espiritualmente a sus hermanos en la tierra y pueden interceder por ellos.

Honrar a los santos, por tanto, es también honrar a Dios, fuente de toda santidad.

¿Por qué se celebra el 1 de noviembre?

Originalmente, la conmemoración vinculada al Panteón se celebraba el 13 de mayo. Sin embargo, el papa Gregorio IV trasladó la celebración al 1 de noviembre, fecha que favorecía las grandes reuniones y la disponibilidad de alimentos tras la cosecha.

Con el tiempo, esta fecha se extendió por la Iglesia y quedó establecida como la solemnidad de Todos los Santos. Desde entonces, cada 1 de noviembre recordamos no solo a los santos reconocidos oficialmente por la Iglesia, sino también a esa multitud innumerable de hombres y mujeres que alcanzaron la santidad y que quizá nunca aparezcan en los altares.

Una fiesta que también habla de nosotros

Pero esta solemnidad no es únicamente un recuerdo del pasado. Celebrar a Todos los Santos tiene un significado muy concreto para nuestra vida.

Nos ayuda a reconocer la grandeza de Dios, que transforma la vida de quienes se abren a su amor.

También fortalece nuestra esperanza: si tantas personas, con sus debilidades y dificultades, llegaron a la santidad, nosotros también estamos llamados a recorrer ese camino.

Los santos son, además, ejemplos que podemos imitar. Sus vidas nos recuerdan que la santidad no consiste en una existencia perfecta o libre de problemas, sino en aprender a amar, perdonar, servir y permanecer fieles a Cristo en las circunstancias cotidianas.

Por último, esta celebración nos recuerda que no caminamos solos. La Iglesia cree en la comunión de los santos: una unión espiritual que abraza a quienes peregrinan en la tierra y a quienes ya gozan de la presencia de Dios.

Una invitación a la santidad

La fiesta de Todos los Santos nos invita a levantar la mirada y recordar que estamos llamados a algo más grande que nuestras preocupaciones diarias: vivir plenamente unidos a Dios.

Este 1 de noviembre, al recordar a los apóstoles, mártires, confesores, vírgenes y a tantos santos anónimos, nos recuerda que la santidad es una vocación para todos. Y quizá el mejor modo de celebrar a los santos sea, justamente, ¡desear también ser uno!

¿Te has preguntado alguna vez por qué la Iglesia celebra a todos los santos el 1 de noviembre? Detrás de esta solemnidad hay una historia fascinante que une la antigua Roma, los primeros mártires cristianos y una profunda invitación a vivir nuestra fe.

Del Panteón romano a una iglesia cristiana

Una de las explicaciones históricas de esta celebración nos lleva hasta el Panteón de Roma, un templo construido originalmente para honrar a los dioses de la antigua religión romana. Su nombre procede del griego pan («todos») y theos («dios»).

En el año 609, el emperador bizantino Focas entregó este edificio al papa Bonifacio IV, quien lo consagró al culto cristiano bajo la advocación de Santa María de los Mártires, el 13 de mayo. Además, trasladó allí numerosas reliquias de los primeros mártires de la Iglesia.

Así, un lugar dedicado antiguamente a las divinidades paganas se convirtió en un espacio para recordar a quienes habían entregado su vida por Cristo. No se trataba de sustituir unos dioses por otros, sino de transformar aquel lugar a la luz de la fe cristiana.

¿Por qué veneramos a los santos?

A veces se compara la veneración de los santos con el culto que los antiguos romanos rendían a sus dioses. Sin embargo, para la fe católica existe una diferencia fundamental: los santos no son dioses ni reciben la adoración que corresponde únicamente a Dios. Los cristianos los veneramos porque reconocemos en ellos la obra de la gracia divina y los consideramos ejemplos de fidelidad a Cristo.

Además, la devoción a los mártires y la petición de su intercesión se remontan a los primeros siglos del cristianismo. La tradición de la Iglesia entiende que quienes ya viven junto a Dios siguen unidos espiritualmente a sus hermanos en la tierra y pueden interceder por ellos.

Honrar a los santos, por tanto, es también honrar a Dios, fuente de toda santidad.

¿Por qué se celebra el 1 de noviembre?

Originalmente, la conmemoración vinculada al Panteón se celebraba el 13 de mayo. Sin embargo, el papa Gregorio IV trasladó la celebración al 1 de noviembre, fecha que favorecía las grandes reuniones y la disponibilidad de alimentos tras la cosecha.

Con el tiempo, esta fecha se extendió por la Iglesia y quedó establecida como la solemnidad de Todos los Santos. Desde entonces, cada 1 de noviembre recordamos no solo a los santos reconocidos oficialmente por la Iglesia, sino también a esa multitud innumerable de hombres y mujeres que alcanzaron la santidad y que quizá nunca aparezcan en los altares.

Una fiesta que también habla de nosotros

Pero esta solemnidad no es únicamente un recuerdo del pasado. Celebrar a Todos los Santos tiene un significado muy concreto para nuestra vida.

Nos ayuda a reconocer la grandeza de Dios, que transforma la vida de quienes se abren a su amor.

También fortalece nuestra esperanza: si tantas personas, con sus debilidades y dificultades, llegaron a la santidad, nosotros también estamos llamados a recorrer ese camino.

Los santos son, además, ejemplos que podemos imitar. Sus vidas nos recuerdan que la santidad no consiste en una existencia perfecta o libre de problemas, sino en aprender a amar, perdonar, servir y permanecer fieles a Cristo en las circunstancias cotidianas.

Por último, esta celebración nos recuerda que no caminamos solos. La Iglesia cree en la comunión de los santos: una unión espiritual que abraza a quienes peregrinan en la tierra y a quienes ya gozan de la presencia de Dios.

Una invitación a la santidad

La fiesta de Todos los Santos nos invita a levantar la mirada y recordar que estamos llamados a algo más grande que nuestras preocupaciones diarias: vivir plenamente unidos a Dios.

Este 1 de noviembre, al recordar a los apóstoles, mártires, confesores, vírgenes y a tantos santos anónimos, nos recuerda que la santidad es una vocación para todos. Y quizá el mejor modo de celebrar a los santos sea, justamente, ¡desear también ser uno!

Recomendaciones de lectura mensual

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Formación Espiritual

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El secreto admirable del Santísimo Rosario, de san Luis María Grignion de Montfort

El mes del Rosario es una ocasión para preguntarnos cómo rezamos esta oración: ¿meditamos sus misterios?, ¿perseveramos a pesar de las distracciones?, ¿la compartimos en familia? San Luis María Grignion de Montfort nos ayuda a conocer y amar una devoción que ocupó un lugar central en su vida y en su predicación. Explica la riqueza del Padrenuestro y del Avemaría, la importancia de contemplar la vida y la Pasión de Nuestro Señor, y las disposiciones necesarias para rezar con fruto. Sus páginas reúnen enseñanza, exhortaciones y consejos prácticos que pueden leerse poco a poco durante el mes. Un libro especialmente recomendable para renovar el fervor, combatir la rutina y perseverar en el Rosario como camino de conversión y crecimiento en la vida cristiana.

Está disponible en español en distintas ediciones impresas y también gratuitamente en el sitio de los Misioneros Montfortianos, en PDF: https://www.montfort.org/content/uploads/pdf/PDF_ES_29_1.pdf?

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Formación Intelectual

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Las grandes herejías, de Hilaire Belloc

¿Importa realmente lo que una sociedad cree acerca de Dios y del hombre? Belloc muestra que las disputas religiosas tienen consecuencias que desbordan los libros de teología y llegan a transformar pueblos enteros. Desde una perspectiva católica, examina el arrianismo, el islam, el movimiento albigense, la Reforma protestante y el ataque moderno contra la fe, atendiendo a sus repercusiones en la civilización. Su capítulo sobre el islam ofrece un marco para comprender el prolongado conflicto histórico dentro del cual tuvo lugar Lepanto. Es un ensayo vigoroso que exige cierta atención, pero ayuda a reconocer la relación entre doctrina, cultura e historia. Una lectura para formar el juicio y comprender mejor por qué la integridad de la fe importa también para la vida de la sociedad.

Hay ediciones impresas en español; figura en el catálogo de Editorial Que no te la cuenten: https://editorial.quenotelacuenten.org/productos/las-grandes-herejias/ y en Libros Guadalupe: https://librosguadalupe.com/products/las-grandes-herejias?

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Literatura

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Lepanto y otros poemas, de G. K. Chesterton

Octubre nos invita a recordar la victoria de Lepanto, y la literatura nos ofrece una manera privilegiada de acercarnos a aquella jornada. En su célebre poema, Chesterton evoca la figura de don Juan de Austria y el enfrentamiento de las escuadras con imágenes de gran fuerza y un ritmo que invita a leer en voz alta. Sus versos transmiten el valor de quienes combatieron y la gravedad de lo que estaba en juego para la cristiandad. El volumen permite descubrir, además, otras composiciones de un escritor más conocido por sus relatos y ensayos. Una buena ocasión para cultivar el gusto por la poesía y contemplar cómo la fe, la imaginación y la memoria histórica pueden enriquecer una obra literaria.

Se encuentra en español en Editorial Renacimiento, con edición de 2021: https://www.editorialrenacimiento.com/poesia-universal-serie-mediana/2625-lepanto-y-otros-poemas.html

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Se encuentra en español en Editorial Renacimiento, con edición de 2021: https://www.editorialrenacimiento.com/poesia-universal-serie-mediana/2625-lepanto-y-otros-poemas.html

Santos que seguro no conocías

Santos Filólogo y Patrobas, Obispos y Mártires - 5 de noviembre

San Filólogo fue consagrado obispo por el Santo Apóstol Andrés. Sirvió por muchos años como jerarca de Sinope, una gran ciudad portuaria ubicada cerca del Mar Negro (en la actual Turquía). San Filólogo es saludado por San Pablo en su Epístola a los Romanos (16,14-15):

"Saludad a Asíncrito y Flegonta, a Hermes, a Patrobas, a Hermas y a los hermanos que están con ellos. Saludad a Filólogo y a Julia, a Nereo y a su hermana, lo mismo que a Olimpas y a todos los santos que están con ellos."

Como obispo capaz de atreverse a cualquier cosa por Jesucristo, San Filólogo fue utilísimo en la extremadamente importante tarea de llevar el Evangelio hacia el Asia Menor.

Tal como algunos otros miembros de Los Setenta, pasó la mayor parte de su vida trabajando sin miedo alguno entre las tribus violentas de esa región pagana - y de esa manera ayudó a sentar las bases de la Iglesia primitiva en esa parte del mundo conocido de aquel entonces.

San Patrobas fue obispo de Nápoles y Puteoli, en la región Mediterránea conocida en la actualidad como Italia.

Sus años de fiel servicio ayudaron a establecer a la Santa Iglesia en esta región, y sus esfuerzos se vieron reconocidos por San Pablo en las Sagradas Escrituras, quien lo saluda en la Epístola a los Romanos (16,14).

En aquellos días remotos, Nápoles fue la gran ciudad capital entre las pequeñas instituciones de cambio y de sistemas de transporte regionales, que en algún momento se incorporaría a Sicilia y posteriormente se transformaría en la moderna nación de Italia.

Debilitados por las guerras constantes y los conflictos tribales acontecidos durante el siglo primero, estas embriónicas ciudades-estado eran lugares muy peligrosos para aquellos que abrazaban el Evangelio de Jesucristo. Sin embargo, Patrobas no dudó en llevar la Buena Nueva del Cristianismo a estos reinos, llegando a ser fuente de inspiración para muchos de los primeros evangelizadores.

Fuente: https://laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com/2017/11/los-santo-apostoles-patrobas-hermas.html

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