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V Domingo después de Epifania (trasladado)

El Oficio Divino - La Liturgia de las Horas: santificar el tiempo y vivir para la eternidad - San Serapio, Mártir

El Oficio Divino - La Liturgia de las Horas: santificar el tiempo y vivir para la eternidad - San Serapio, Mártir

En aquel tiempo dijo Jesús a las turbas esta parábola: El reino de los cielos es comparable a un hombre que sembró buena semilla en su campo…

El reino de los cielos de que habla aquí el Salvador es su Iglesia militante, la sociedad de los que creen en El. Con todo eso, el campo que con tanto esmero ha cultivado, está plagado de cizaña; las herejías se han infiltrado en él; multiplícanse los escándalos: ¿es esto motivo para dudar de la providencia de quien todo lo conoce, y sin cuyo consentimiento no sucede nada? Lejos de nosotros el creerlo, El mismo Maestro nos previene que debe ocurrir así. El hombre ha recibido libertad para el bien y para el mal; a él le corresponde, pues, usar de ella, y a Dios el dirigir todo a su mayor gloria. Por tanto, aunque crezca la herejía como planta maldita, sabemos que llegará el día en que sea arrancada; en más de una ocasión la veremos también secarse en su mismo tallo, sin esperar el día en que ha de ser arrancada y arrojada al fuego.

Desde el Escritorio del Párroco

Un aspecto importante de nuestra vida en la Fraternidad Sacerdotal San Pedro es que somos sacerdotes que vivimos en comunidad. Procuramos que nuestros sacerdotes no vivan solos, sino que compartan una casa y dediquen tiempo a comer, recrearse, trabajar y, sobre todo, rezar juntos. Cuando nos reunimos para rezar, normalmente lo hacemos con alguna parte del oficio divino.

Todos los sacerdotes tenemos la obligación de rezar el oficio divino, hoy conocido más comúnmente como la Liturgia de las Horas, aunque no todos lo rezan en comunidad. En los monasterios, su celebración solemne y cantada ocupa un lugar central en la vida de los monjes. San Benito expresa esta prioridad con una frase contundente: «Nada se anteponga a la obra de Dios» (Regla, 43, 3), refiriéndose precisamente al oficio divino.

Aunque podemos cumplir nuestra obligación rezándolo en privado, resulta particularmente apropiado celebrar en común esta oración de la Iglesia. Nuestro Señor nos ha prometido su presencia allí donde dos o tres se reúnen en su nombre (cf. Mt 18, 20). Al rezar juntos, también manifestamos visiblemente nuestra unión como miembros de su Cuerpo Místico.

San Pablo nos exhorta: «Orad sin cesar» (1 Tes 5, 17). Evidentemente, no podemos pasar todo el día recitando oraciones: tenemos que trabajar, comer y dormir. Pero sí podemos mantener el corazón vuelto hacia Dios y ofrecerle nuestras actividades para su gloria y la conversión de las almas. San Agustín explica cómo puede ser continua nuestra oración: «Tu deseo es tu oración, y si continuo es tu deseo, continua es tu oración» (Exposición del salmo 37, 14).

La Iglesia da también una expresión concreta y comunitaria a esta oración incesante mediante el oficio divino. A lo largo del día y de la noche, sus ministros y comunidades religiosas, repartidos por todo el mundo, elevan a Dios una alabanza que nunca se interrumpe. Cuando unos terminan su oración, otros la comienzan.

El oficio divino es la oración litúrgica de la Iglesia que santifica las distintas horas del día. Está compuesto principalmente de los salmos, junto con otros textos de la Sagrada Escritura, himnos, lecturas y oraciones. La tradición del breviario romano distribuye los 150 salmos en un ciclo semanal, aunque las fiestas y sus oficios propios modifican su recitación efectiva. En el breviario que usamos en la Fraternidad, conforme a las rúbricas de 1960, hay ocho horas canónicas: maitines, laudes, prima, tercia, sexta, nona, vísperas y completas. Las rezamos diariamente, aunque no todas en común.

Para nosotros, el oficio constituye una obligación seria y una parte esencial de nuestro ministerio: al rezarlo, alabamos a Dios e intercedemos por toda la Iglesia y por el mundo. Pero este tesoro está abierto también a los fieles laicos. No hace falta ser sacerdote o religioso para participar. El oficio parvo de la Santísima Virgen, más breve y de estructura más sencilla, ofrece asimismo una forma tradicional de oración especialmente accesible a los laicos. Nuestros directorios disponen que algunas partes del oficio se recen públicamente, precisamente para facilitar la participación de los fieles.

En Casa Cristo Rey rezamos nona de lunes a viernes después de la Misa de las 12:30 p. m., y vísperas los domingos, lunes y martes por la tarde. He notado que algunos fieles parecen pensar que se trata de una oración privada de los sacerdotes y que deben retirarse cuando comenzamos. Quisiera aclarar que todos están invitados a quedarse y rezar con nosotros.

Para seguir el oficio, pueden consultar el texto latino con traducción al español en DivinumOfficium.com. Vamos a agregar a nuestro sitio web un enlace directo al oficio del día para facilitar el acceso. También podrá servir a quienes deseen comenzar a rezar alguna de sus partes en casa, solos o en familia. No es necesario empezar con todo: una sola hora puede ser una buena manera de familiarizarse con esta oración.

La Santa Misa es el centro de nuestra vida litúrgica. El oficio divino prolonga su alabanza y acción de gracias a lo largo de la jornada, ayudándonos a volver una y otra vez el corazón hacia Dios. Los invitamos a conocer este tesoro de la Iglesia y a participar con nosotros.

Un aspecto importante de nuestra vida en la Fraternidad Sacerdotal San Pedro es que somos sacerdotes que vivimos en comunidad. Procuramos que nuestros sacerdotes no vivan solos, sino que compartan una casa y dediquen tiempo a comer, recrearse, trabajar y, sobre todo, rezar juntos. Cuando nos reunimos para rezar, normalmente lo hacemos con alguna parte del oficio divino.

Todos los sacerdotes tenemos la obligación de rezar el oficio divino, hoy conocido más comúnmente como la Liturgia de las Horas, aunque no todos lo rezan en comunidad. En los monasterios, su celebración solemne y cantada ocupa un lugar central en la vida de los monjes. San Benito expresa esta prioridad con una frase contundente: «Nada se anteponga a la obra de Dios» (Regla, 43, 3), refiriéndose precisamente al oficio divino.

Aunque podemos cumplir nuestra obligación rezándolo en privado, resulta particularmente apropiado celebrar en común esta oración de la Iglesia. Nuestro Señor nos ha prometido su presencia allí donde dos o tres se reúnen en su nombre (cf. Mt 18, 20). Al rezar juntos, también manifestamos visiblemente nuestra unión como miembros de su Cuerpo Místico.

San Pablo nos exhorta: «Orad sin cesar» (1 Tes 5, 17). Evidentemente, no podemos pasar todo el día recitando oraciones: tenemos que trabajar, comer y dormir. Pero sí podemos mantener el corazón vuelto hacia Dios y ofrecerle nuestras actividades para su gloria y la conversión de las almas. San Agustín explica cómo puede ser continua nuestra oración: «Tu deseo es tu oración, y si continuo es tu deseo, continua es tu oración» (Exposición del salmo 37, 14).

La Iglesia da también una expresión concreta y comunitaria a esta oración incesante mediante el oficio divino. A lo largo del día y de la noche, sus ministros y comunidades religiosas, repartidos por todo el mundo, elevan a Dios una alabanza que nunca se interrumpe. Cuando unos terminan su oración, otros la comienzan.

El oficio divino es la oración litúrgica de la Iglesia que santifica las distintas horas del día. Está compuesto principalmente de los salmos, junto con otros textos de la Sagrada Escritura, himnos, lecturas y oraciones. La tradición del breviario romano distribuye los 150 salmos en un ciclo semanal, aunque las fiestas y sus oficios propios modifican su recitación efectiva. En el breviario que usamos en la Fraternidad, conforme a las rúbricas de 1960, hay ocho horas canónicas: maitines, laudes, prima, tercia, sexta, nona, vísperas y completas. Las rezamos diariamente, aunque no todas en común.

Para nosotros, el oficio constituye una obligación seria y una parte esencial de nuestro ministerio: al rezarlo, alabamos a Dios e intercedemos por toda la Iglesia y por el mundo. Pero este tesoro está abierto también a los fieles laicos. No hace falta ser sacerdote o religioso para participar. El oficio parvo de la Santísima Virgen, más breve y de estructura más sencilla, ofrece asimismo una forma tradicional de oración especialmente accesible a los laicos. Nuestros directorios disponen que algunas partes del oficio se recen públicamente, precisamente para facilitar la participación de los fieles.

En Casa Cristo Rey rezamos nona de lunes a viernes después de la Misa de las 12:30 p. m., y vísperas los domingos, lunes y martes por la tarde. He notado que algunos fieles parecen pensar que se trata de una oración privada de los sacerdotes y que deben retirarse cuando comenzamos. Quisiera aclarar que todos están invitados a quedarse y rezar con nosotros.

Para seguir el oficio, pueden consultar el texto latino con traducción al español en DivinumOfficium.com. Vamos a agregar a nuestro sitio web un enlace directo al oficio del día para facilitar el acceso. También podrá servir a quienes deseen comenzar a rezar alguna de sus partes en casa, solos o en familia. No es necesario empezar con todo: una sola hora puede ser una buena manera de familiarizarse con esta oración.

La Santa Misa es el centro de nuestra vida litúrgica. El oficio divino prolonga su alabanza y acción de gracias a lo largo de la jornada, ayudándonos a volver una y otra vez el corazón hacia Dios. Los invitamos a conocer este tesoro de la Iglesia y a participar con nosotros.

A que no sabías que…

Aquí conoceremos más sobre temas litúrgicos.

La Liturgia de las Horas: santificar el tiempo y vivir para la eternidad

El Oficio divino, también llamada oración del Breviario, es una de las grandes riquezas espirituales de la Iglesia. Aunque suele asociarse con sacerdotes y religiosos, es una oración para todos los católicos, pues nos ayuda a unir nuestra vida a la oración de Jesucristo y a vivir continuamente en la presencia de Dios.

Una oración que nos une a Cristo

La Liturgia de las Horas nace del corazón orante de Jesús, que durante su vida terrena oraba en privado, en el Templo y en los momentos más importantes de su misión. Al rezarla, la Iglesia se une a Cristo, su Cabeza, y eleva al Padre una oración por la salvación de toda la humanidad.

Por eso, no se trata simplemente de recitar salmos, sino de participar en la oración del propio Cristo y de toda la Iglesia. A través de ella aprendemos a alabar, agradecer y suplicar a Dios, incluso cuando nos faltan las palabras.

Santificar el tiempo

Hay una razón fundamental para comenzar a rezar la Liturgia de las Horas: necesitamos empezar a hacer en el tiempo lo que esperamos hacer por toda la eternidad: amar y alabar a Dios.

Las distintas horas de oración nos ayudan a santificar cada momento del día. Las Laudes consagran la mañana al Señor; la Hora intermedia nos recuerda su presencia durante el trabajo; las Vísperas nos invitan a darle gracias al terminar la jornada, y las Completas ponen nuestro descanso bajo su protección.

Así, toda nuestra vida se convierte en una ofrenda a Dios. No se trata de abandonar nuestras ocupaciones, sino de aprender a vivirlas en su presencia, recordando que estamos llamados a la eternidad y no únicamente a las cosas pasajeras de este mundo.

Recuperar el tiempo y preparar el corazón

Con frecuencia decimos que no tenemos tiempo para rezar, pero dedicamos horas a las redes sociales, las series o las conversaciones que no nos aportan demasiado. La Liturgia de las Horas nos ayuda a revisar nuestras prioridades, vencer las distracciones y reservar momentos para lo verdaderamente importante.

Además, mantiene viva nuestra sed de Dios, como expresa el salmista: «Mi alma está sedienta de ti» (Sal 63, 2). La oración nos recuerda que solo Él puede satisfacer plenamente los anhelos más profundos de nuestro corazón.

También nos dispone para recibir mejor la Eucaristía. Cuando cultivamos nuestra relación con Cristo a lo largo del día, crece nuestro deseo de encontrarnos con Él en la santa Misa y de recibirlo con mayor fe y amor.

Comenzar hoy

No es necesario empezar rezando todas las horas de inmediato. Podemos comenzar con las Laudes por la mañana o las Completas antes de dormir, y avanzar poco a poco con perseverancia.

La Liturgia de las Horas no nos hace perder tiempo: nos enseña a vivirlo mejor. Nos recuerda que cada día es una oportunidad para acercarnos a Dios y prepararnos para la vida eterna.

Si estamos llamados a vivir para siempre en su presencia, ¿por qué no comenzar desde ahora? Santificar el tiempo es aprender a vivir cada día con el corazón unido a Cristo.

El Oficio divino, también llamada oración del Breviario, es una de las grandes riquezas espirituales de la Iglesia. Aunque suele asociarse con sacerdotes y religiosos, es una oración para todos los católicos, pues nos ayuda a unir nuestra vida a la oración de Jesucristo y a vivir continuamente en la presencia de Dios.

Una oración que nos une a Cristo

La Liturgia de las Horas nace del corazón orante de Jesús, que durante su vida terrena oraba en privado, en el Templo y en los momentos más importantes de su misión. Al rezarla, la Iglesia se une a Cristo, su Cabeza, y eleva al Padre una oración por la salvación de toda la humanidad.

Por eso, no se trata simplemente de recitar salmos, sino de participar en la oración del propio Cristo y de toda la Iglesia. A través de ella aprendemos a alabar, agradecer y suplicar a Dios, incluso cuando nos faltan las palabras.

Santificar el tiempo

Hay una razón fundamental para comenzar a rezar la Liturgia de las Horas: necesitamos empezar a hacer en el tiempo lo que esperamos hacer por toda la eternidad: amar y alabar a Dios.

Las distintas horas de oración nos ayudan a santificar cada momento del día. Las Laudes consagran la mañana al Señor; la Hora intermedia nos recuerda su presencia durante el trabajo; las Vísperas nos invitan a darle gracias al terminar la jornada, y las Completas ponen nuestro descanso bajo su protección.

Así, toda nuestra vida se convierte en una ofrenda a Dios. No se trata de abandonar nuestras ocupaciones, sino de aprender a vivirlas en su presencia, recordando que estamos llamados a la eternidad y no únicamente a las cosas pasajeras de este mundo.

Recuperar el tiempo y preparar el corazón

Con frecuencia decimos que no tenemos tiempo para rezar, pero dedicamos horas a las redes sociales, las series o las conversaciones que no nos aportan demasiado. La Liturgia de las Horas nos ayuda a revisar nuestras prioridades, vencer las distracciones y reservar momentos para lo verdaderamente importante.

Además, mantiene viva nuestra sed de Dios, como expresa el salmista: «Mi alma está sedienta de ti» (Sal 63, 2). La oración nos recuerda que solo Él puede satisfacer plenamente los anhelos más profundos de nuestro corazón.

También nos dispone para recibir mejor la Eucaristía. Cuando cultivamos nuestra relación con Cristo a lo largo del día, crece nuestro deseo de encontrarnos con Él en la santa Misa y de recibirlo con mayor fe y amor.

Comenzar hoy

No es necesario empezar rezando todas las horas de inmediato. Podemos comenzar con las Laudes por la mañana o las Completas antes de dormir, y avanzar poco a poco con perseverancia.

La Liturgia de las Horas no nos hace perder tiempo: nos enseña a vivirlo mejor. Nos recuerda que cada día es una oportunidad para acercarnos a Dios y prepararnos para la vida eterna.

Si estamos llamados a vivir para siempre en su presencia, ¿por qué no comenzar desde ahora? Santificar el tiempo es aprender a vivir cada día con el corazón unido a Cristo.

Recomendaciones de lectura mensual

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Formación Espiritual

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Preparación para la muerte, de san Alfonso María de Ligorio

Prepararse para una buena muerte es aprender a vivir en gracia de Dios. Con la claridad y el fervor que caracterizan sus escritos, san Alfonso nos invita a considerar la brevedad de la vida, el valor del tiempo, la gravedad del pecado y la importancia de nuestra salvación eterna. Cada consideración conduce a los afectos y las súplicas: pedir perdón, agradecer la misericordia recibida y rogar por el amor de Dios y la perseverancia final. El santo habla con franqueza de las consecuencias del pecado, al mismo tiempo que anima al alma a convertirse y confiar en el Redentor. Sus meditaciones son especialmente adecuadas para la oración personal durante noviembre. Un clásico que nos mueve a dejar de aplazar la conversión y aprovechar la gracia que Dios nos ofrece hoy.

Preparación para la muerte, de san Alfonso María de Ligorio

Prepararse para una buena muerte es aprender a vivir en gracia de Dios. Con la claridad y el fervor que caracterizan sus escritos, san Alfonso nos invita a considerar la brevedad de la vida, el valor del tiempo, la gravedad del pecado y la importancia de nuestra salvación eterna. Cada consideración conduce a los afectos y las súplicas: pedir perdón, agradecer la misericordia recibida y rogar por el amor de Dios y la perseverancia final. El santo habla con franqueza de las consecuencias del pecado, al mismo tiempo que anima al alma a convertirse y confiar en el Redentor. Sus meditaciones son especialmente adecuadas para la oración personal durante noviembre. Un clásico que nos mueve a dejar de aplazar la conversión y aprovechar la gracia que Dios nos ofrece hoy.

Formación Intelectual

Formación Intelectual

La vida eterna y la profundidad del alma, del P. Réginald Garrigou-Lagrange, O. P.

La muerte, el juicio, el infierno, el purgatorio y el cielo son realidades que deben iluminar nuestra manera de vivir. En esta obra, uno de los grandes teólogos dominicos del siglo XX expone la doctrina católica sobre nuestro destino eterno, apoyándose en la Sagrada Escritura y en la enseñanza de santo Tomás de Aquino. Comienza considerando la profundidad del alma humana y su capacidad de conocer y amar a Dios, para mostrar después lo que significa perderlo para siempre o alcanzar la visión beatífica. Sus páginas sobre el purgatorio y los sufragios por los difuntos resultan especialmente oportunas en noviembre. Es una lectura que requiere atención, pero ofrece fundamentos sólidos para comprender las postrimerías y ordenar la vida presente a la luz de la eternidad.

La vida eterna y la profundidad del alma, del P. Réginald Garrigou-Lagrange, O. P.

La muerte, el juicio, el infierno, el purgatorio y el cielo son realidades que deben iluminar nuestra manera de vivir. En esta obra, uno de los grandes teólogos dominicos del siglo XX expone la doctrina católica sobre nuestro destino eterno, apoyándose en la Sagrada Escritura y en la enseñanza de santo Tomás de Aquino. Comienza considerando la profundidad del alma humana y su capacidad de conocer y amar a Dios, para mostrar después lo que significa perderlo para siempre o alcanzar la visión beatífica. Sus páginas sobre el purgatorio y los sufragios por los difuntos resultan especialmente oportunas en noviembre. Es una lectura que requiere atención, pero ofrece fundamentos sólidos para comprender las postrimerías y ordenar la vida presente a la luz de la eternidad.

Literatura

Literatura

El sueño de un anciano, de san John Henry Newman

¿Qué sucede cuando un alma deja este mundo y comparece ante Dios? Newman da forma poética a esta pregunta en la historia de Geroncio, un hombre que se encuentra a las puertas de la muerte. Las oraciones de quienes lo acompañan, la presencia de su ángel custodio y el encuentro con la santidad divina conducen al lector hacia una profunda contemplación del juicio y de la purificación del alma. Con belleza y gravedad, el poema expresa tanto el temor ante nuestros pecados como la confianza en la misericordia de Dios. Especialmente apropiado para el mes de las ánimas, ayuda a comprender el purgatorio desde el deseo del alma de presentarse purificada ante Aquel a quien ama. Una obra breve, para leer despacio y meditar.

El sueño de un anciano, de san John Henry Newman

¿Qué sucede cuando un alma deja este mundo y comparece ante Dios? Newman da forma poética a esta pregunta en la historia de Geroncio, un hombre que se encuentra a las puertas de la muerte. Las oraciones de quienes lo acompañan, la presencia de su ángel custodio y el encuentro con la santidad divina conducen al lector hacia una profunda contemplación del juicio y de la purificación del alma. Con belleza y gravedad, el poema expresa tanto el temor ante nuestros pecados como la confianza en la misericordia de Dios. Especialmente apropiado para el mes de las ánimas, ayuda a comprender el purgatorio desde el deseo del alma de presentarse purificada ante Aquel a quien ama. Una obra breve, para leer despacio y meditar.

Santos que seguro no conocías

San Serapio, Mártir - 14 de noviembre

De origen irlandés, nació hacia el año 1179. Fue militar enrolado en el ejército de su rey Ricardo Corazón de León, y luego en la compañía de Leopoldo VI, el Glorioso, duque de Austria, se alineó en su escuadrón para ir a España, en apoyo del ejército cristiano de Alfonso VIII que luchaba contra los musulmanes. En la península, Serapio decidió quedarse al servicio del rey de Castilla, para proseguir luchando en defensa de la fe católica. Allí tuvo la ocasión de conocer a San Pedro Nolasco y a sus frailes que se dedicaban a la defensa de la misma fe, pero no guerreando contra moros, sino sacando de su poder a los cristianos cautivos, empeñando en la empresa sus propias vidas.

Pidió y recibió el hábito mercedario en 1222. Realizó varias redenciones. En la última, que llevó a cabo en Argel con su compañero redentor Berenguer de Bañeres, debió quedarse como rehén por algunos cautivos en peligro de renegar. El otro redentor viajó rápidamente a Barcelona para buscar el dinero. Pedro Nolasco, que estaba a la sazón en Montpellier, escribió una carta urgente a su lugarteniente Guillermo de Bas: que avisase a todos los conventos que recogiesen limosnas y las enviasen pronto a Argel. No llegó en el tiempo estipulado el dinero del rescate y los moros, defraudados, dieron atroz muerte a Serapio, clavándolo en una cruz en forma de aspa, como la de san Andrés, y desmembrándolo ferozmente. El bárbaro y cruel rey de Argel, Selín Benimarin, fue quien regaló a la Iglesia y a la Orden mercedaria este santo mártir, el 14 de noviembre de 1240.

Sobre el proceso de San Serapio tenemos los siguientes datos. El 20 de marzo de 1728 fue emanado el decreto confirmativo de la sentencia de culto inmemorial, siendo papa Benedicto XIII. A pesar de tratarse de un beato, su nombre fue introducido en el martirologio en 24 de agosto de 1743.

Fuente: https://www.mercedarios.cl/detalle.php?id=MjU1

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