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13vo Domingo después de Pentecostés

Misión en Ecuador - ¿Qué es el "Último Evangelio" al final de la misa? - San Ceferino, Papa

Misión en Ecuador - ¿Qué es el "Último Evangelio" al final de la misa? - San Ceferino, Papa

El próximo sábado celebraremos la fiesta de la Decapitación de San Juan Bautista.

San Juan Bautista es el ángel que prepara la llegada del Mesías, como nos lo explica el libro de Malaquías: «He aquí, yo envío mi mensajero, el cual preparará el camino delante de mí» (Malaquías 3, 1). El mensaje que este ángel de luz venía a traer era el del arrepentimiento. Así lo proclamaba con gritos que llenaban el desierto cercano al río Jordán: «Convertíos, porque ya está cerca el reino de los cielos. ¡Preparad el camino del Señor; enderezad sus sendas!».

San Juan Crisóstomo, hablando sobre el Bautista, nos dice:

«Era admirable ver tanta paciencia en un ser humano; y esto es lo que más atraía a los judíos, que veían en él al gran Elías. Hubo también de contribuir a su admiración el que apareciera un profeta después de tanto tiempo. El modo singular de predicar contribuía a ello. No oían de Juan nada de lo que acostumbraban oír a otros profetas, como eran las batallas y las victorias de acá abajo, sobre Babilonia y Persia, sino que hablaba de los cielos, de cuanto conduce a ellos y de los castigos del infierno». (Homiliae in Matthaeum, hom. 10).

La predicación del Bautista trascendía lo momentáneo y tocaba la fibra más permanente del corazón del hombre: su lucha constante y su vocación a lo divino.

Por eso, su anuncio de penitencia y de conversión es un llamado que sigue siendo actual y necesario, pues nos recuerda que debemos preparar el camino, ya sea para la llegada de Nuestro Señor en nuestro encuentro personal con el Divino Juez a la hora de nuestra muerte, o en su última y segunda venida como Juez Universal.

Hablando sobre la necesidad que tienen los hombres de la predicación, San Pablo nos dice:

«¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados?».

Dios sigue enviando ángeles a predicar su mensaje de conversión. Para continuar esta tarea, Cristo ha instituido su Iglesia, una sociedad espiritual y visible, que todavía hoy envía a sus ministros a predicar el mismo mensaje de conversión (Romanos 10, 13-15).

Como nos comenta San Gregorio Magno:

«Todo aquel que predica la recta fe y las buenas obras, prepara, a los corazones de los que lo oyen, el camino para ir al Señor. Ordena las sendas que conducen al Señor, cuando, por medio de la palabra y de la buena predicación, forma los deseos perfectos en el alma». (Homiliae in Evangelia, 20).

Desde el Escritorio del Párroco

Mando mis saludos y mi bendición desde Guale, Ecuador, donde estamos trabajando en nuestra nueva misión. El tiempo que tengo es limitado porque hay muchísimas cosas que hacer. Es la primera vez que me toca participar en el inicio de un nuevo apostolado, y la cantidad de detalles que tenemos que considerar es inmensa.

Hay algunas cosas que se parecen mucho a México y otras que son totalmente distintas. No solamente tenemos que preocuparnos por la misión espiritual, que presenta muchos retos, sino también por mil cosas prácticas: desde arreglar la tubería hasta averiguar qué hace uno en un pueblo tan pequeño si se presenta una emergencia médica. Tuvimos que ir a buscar un vehículo y descubrir todo el proceso para registrarlo y asegurarlo. Todavía no hemos encontrado dónde comprar velas apropiadas para la Misa, pues, al parecer, muchas iglesias aquí usan luces eléctricas en vez de velas.

A pesar de todos estos desafíos y de las incomodidades causadas por el calor y la falta de muchas cosas materiales, es un enorme gusto poder participar en esta labor. Además, esta experiencia me está haciendo reflexionar sobre muchas cosas.

El primer domingo que estuvimos aquí leímos en el Evangelio las palabras de Nuestro Señor: «Muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron» (Lc 10, 24). Prediqué a la gente que se encuentra ahora un poco desubicada por la cuestión de la Misa tradicional, tratando de explicarles que hay muchos lugares en el mundo donde los fieles darían muchísimo por poder contar con un apostolado tradicional. Y ahora, en este pequeño pueblo de Guale, en Ecuador, en una comunidad donde actualmente muy poca gente practica la fe, tendrán la bendición de contar con un apostolado tradicional y con la Misa y los sacramentos de manera regular.

Qué bueno es reflexionar sobre esto. En las comunidades tradicionales que llevan ya varios años establecidas, fácilmente podemos comenzar a dar por supuestas muchas cosas y dejar de apreciarlas debidamente. Podemos pensar, por supuesto, en la Misa tradicional, pero esto se aplica también a la Iglesia y a la fe en general. Hay lugares en el mundo donde casi no hay atención sacerdotal. Nosotros a veces nos quejamos porque un horario de Misa no nos conviene, aunque tenemos muchas opciones, mientras que en otras partes del mundo el sacerdote llega quizá una vez al mes y permanece solamente unas horas.

Qué buena es, entonces, la experiencia de la misión para volver a apreciar cosas que nos parecen ordinarias. Pero todos deberíamos buscar la manera de vivir constantemente con espíritu misionero.

Claro que hoy se habla mucho de «misión», a veces con palabras bastante vacías. En ciertos ambientes, la misión parece significar burocracia, reuniones y documentos. Pero la verdadera misión exige sacrificio, celo y amor por las almas. A veces pienso en el contraste que vemos con algunas sectas. No entiendo cómo es posible, por ejemplo, que los Testigos de Jehová, con una doctrina tan equivocada y manipuladora, logren convencer a personas para viajar durante una hora o más por caminos de terracería con tal de escuchar una predicación o hacer proselitismo, mientras nosotros, que hemos recibido la riqueza de la fe católica, a veces tenemos tanta dificultad para dedicar una hora a embellecer nuestro templo o para encontrar personas dispuestas a donar dos horas al mes para evangelizar en la calle.

Nuestro Señor hizo aquella terrible pregunta: «Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿pensáis que hallará fe sobre la tierra?» (Lc 18, 8).

Cuando consideramos lo doloroso que es no tener acceso regular a los sacramentos, y cuántos lugares en el mundo sufren esta carencia, debemos preguntarnos también: ¿cómo es posible que nosotros tengamos varias oportunidades al día para asistir a Misa y no vayamos? ¿Cómo es posible que tengamos tantos libros, clases, sacerdotes, sacramentos y recursos para crecer en la fe y, sin embargo, no seamos más santos?

Sin duda, Dios nos pedirá cuentas de las gracias que hemos recibido. Para nosotros el camino de la salvación ha sido facilitado por todos los medios que tenemos a nuestro alcance, mientras que hay otros que luchan por conservar la fe con poquísimos recursos y que, habiendo aprendido apenas lo más básico, están mucho más encendidos en el amor de Dios que nosotros.

Pidan por nuestro nuevo apostolado aquí en Ecuador. Pero pidan también por todos nuestros apostolados alrededor del mundo y, de manera especial, por el nuestro en Guadalajara. Que nunca se apague nuestro espíritu misionero. Que volvamos constantemente a encendernos en el amor de Dios y en el celo apostólico, y que podamos exclamar con San Pablo:

«¡Ay de mí si no evangelizare!» (1 Cor 9, 16).

Mando mis saludos y mi bendición desde Guale, Ecuador, donde estamos trabajando en nuestra nueva misión. El tiempo que tengo es limitado porque hay muchísimas cosas que hacer. Es la primera vez que me toca participar en el inicio de un nuevo apostolado, y la cantidad de detalles que tenemos que considerar es inmensa.

Hay algunas cosas que se parecen mucho a México y otras que son totalmente distintas. No solamente tenemos que preocuparnos por la misión espiritual, que presenta muchos retos, sino también por mil cosas prácticas: desde arreglar la tubería hasta averiguar qué hace uno en un pueblo tan pequeño si se presenta una emergencia médica. Tuvimos que ir a buscar un vehículo y descubrir todo el proceso para registrarlo y asegurarlo. Todavía no hemos encontrado dónde comprar velas apropiadas para la Misa, pues, al parecer, muchas iglesias aquí usan luces eléctricas en vez de velas.

A pesar de todos estos desafíos y de las incomodidades causadas por el calor y la falta de muchas cosas materiales, es un enorme gusto poder participar en esta labor. Además, esta experiencia me está haciendo reflexionar sobre muchas cosas.

El primer domingo que estuvimos aquí leímos en el Evangelio las palabras de Nuestro Señor: «Muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron» (Lc 10, 24). Prediqué a la gente que se encuentra ahora un poco desubicada por la cuestión de la Misa tradicional, tratando de explicarles que hay muchos lugares en el mundo donde los fieles darían muchísimo por poder contar con un apostolado tradicional. Y ahora, en este pequeño pueblo de Guale, en Ecuador, en una comunidad donde actualmente muy poca gente practica la fe, tendrán la bendición de contar con un apostolado tradicional y con la Misa y los sacramentos de manera regular.

Qué bueno es reflexionar sobre esto. En las comunidades tradicionales que llevan ya varios años establecidas, fácilmente podemos comenzar a dar por supuestas muchas cosas y dejar de apreciarlas debidamente. Podemos pensar, por supuesto, en la Misa tradicional, pero esto se aplica también a la Iglesia y a la fe en general. Hay lugares en el mundo donde casi no hay atención sacerdotal. Nosotros a veces nos quejamos porque un horario de Misa no nos conviene, aunque tenemos muchas opciones, mientras que en otras partes del mundo el sacerdote llega quizá una vez al mes y permanece solamente unas horas.

Qué buena es, entonces, la experiencia de la misión para volver a apreciar cosas que nos parecen ordinarias. Pero todos deberíamos buscar la manera de vivir constantemente con espíritu misionero.

Claro que hoy se habla mucho de «misión», a veces con palabras bastante vacías. En ciertos ambientes, la misión parece significar burocracia, reuniones y documentos. Pero la verdadera misión exige sacrificio, celo y amor por las almas. A veces pienso en el contraste que vemos con algunas sectas. No entiendo cómo es posible, por ejemplo, que los Testigos de Jehová, con una doctrina tan equivocada y manipuladora, logren convencer a personas para viajar durante una hora o más por caminos de terracería con tal de escuchar una predicación o hacer proselitismo, mientras nosotros, que hemos recibido la riqueza de la fe católica, a veces tenemos tanta dificultad para dedicar una hora a embellecer nuestro templo o para encontrar personas dispuestas a donar dos horas al mes para evangelizar en la calle.

Nuestro Señor hizo aquella terrible pregunta: «Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿pensáis que hallará fe sobre la tierra?» (Lc 18, 8).

Cuando consideramos lo doloroso que es no tener acceso regular a los sacramentos, y cuántos lugares en el mundo sufren esta carencia, debemos preguntarnos también: ¿cómo es posible que nosotros tengamos varias oportunidades al día para asistir a Misa y no vayamos? ¿Cómo es posible que tengamos tantos libros, clases, sacerdotes, sacramentos y recursos para crecer en la fe y, sin embargo, no seamos más santos?

Sin duda, Dios nos pedirá cuentas de las gracias que hemos recibido. Para nosotros el camino de la salvación ha sido facilitado por todos los medios que tenemos a nuestro alcance, mientras que hay otros que luchan por conservar la fe con poquísimos recursos y que, habiendo aprendido apenas lo más básico, están mucho más encendidos en el amor de Dios que nosotros.

Pidan por nuestro nuevo apostolado aquí en Ecuador. Pero pidan también por todos nuestros apostolados alrededor del mundo y, de manera especial, por el nuestro en Guadalajara. Que nunca se apague nuestro espíritu misionero. Que volvamos constantemente a encendernos en el amor de Dios y en el celo apostólico, y que podamos exclamar con San Pablo:

«¡Ay de mí si no evangelizare!» (1 Cor 9, 16).

A que no sabías que…

Aquí conoceremos más sobre temas litúrgicos.

Uno de los elementos más curiosos al final de la antigua forma del rito romano es que, tras el despido y la bendición final, el sacerdote comienza otra lectura del evangelio. Este casi siempre es el comienzo del evangelio de San Juan. ¿Qué hace allí? Aún más curioso, en una misa solemne, no solo no se canta, sino que se dice casi silenciosamente.

Para entender estos curiosos detalles, necesitamos profundizar un poco en la historia del Rito Romano. Antes de la Edad Media, no existía el "último evangelio", y el despido era realmente el despido. ¿Y qué pasó? Sabemos que dar gracias después de la Misa es importante, y los sacerdotes de la Edad Media también lo sabían. Se estableció la costumbre de recitar el Evangelio de San Juan después de la misa privadamente, incluso cuando uno salía del altar. (Eso explica porque se dice en voz baja en misa solemne; se conserva esa muestra de su origen como acción de gracias privada.) Este evangelio no se recitaba como el "evangelio del día", sino como una reflexión sobre las tremendas realidades en las que uno había entrado y como alabanza a la grandeza y misericordia benevolente de Dios al venir a nosotros en el altar, renovando Su sacrificio. En fin, fue una oración de alabanza y acción de gracias.

Esta práctica medieval creció y se hizo tan común que finalmente se incluyó oficialmente en el Rito Romano, y simplemente se recitaba en el altar donde normalmente se leía el Evangelio de la Misa, pero antes de salir del altar.

Esta adopción del "Último Evangelio" como parte de la Misa es una lección en sí misa. ¿Basta con esperar a que termine la misa y marcharse lo antes posible? ¿No deberíamos más bien detenernos, reflexionar y dar gracias y adoración a la Luz que ha brillado en las tinieblas, que fue hecho carne y nos mostró su gloria? Salimos de las calles y del ruido para entrar en un templo para la misa, y Jesucristo se hace presente, la Luz en esta oscuridad mundana. Ojalá, no seremos numerados entre quienes "no lo comprendieron", sino entre quienes le reciban con alegría y, a través de Él y su sacrificio, se conviertan en hijos de Dios.

El comienzo + del santo Evangelio según San Juan. Gloria a Ti, Señor.

En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio en Dios. Por Él fueron hechas todas las cosas: y sin Él no se ha hecho cosa alguna de cuantas han sido hechas. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres: Y esta luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no la han recibido.

Hubo un hombre enviado de Dios, que se llamaba Juan. Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz, a fin de que por medio de él todos creyesen: No era él la luz, sino enviado para dar testimonio de aquel que era la luz. Era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fué por él hecho, y con todo el mundo no le conoció. Vino a su propia casa, y los suyos no le recibieron. Pero a todos los que le recibieron, que son los que creen en su nombre, dióles poder de llegar a ser hijos de Dios: Los cuales no nacen de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de querer de hombre, sino que nacen de Dios. Y el Verbo se hizo carne, y habitó en medio de nosotros: y nosotros hemos visto su gloria, gloria cual el Unigénito debía recibir del Padre, lleno de gracia y de verdad. ℟. Demos gracias a Dios.

Uno de los elementos más curiosos al final de la antigua forma del rito romano es que, tras el despido y la bendición final, el sacerdote comienza otra lectura del evangelio. Este casi siempre es el comienzo del evangelio de San Juan. ¿Qué hace allí? Aún más curioso, en una misa solemne, no solo no se canta, sino que se dice casi silenciosamente.

Para entender estos curiosos detalles, necesitamos profundizar un poco en la historia del Rito Romano. Antes de la Edad Media, no existía el "último evangelio", y el despido era realmente el despido. ¿Y qué pasó? Sabemos que dar gracias después de la Misa es importante, y los sacerdotes de la Edad Media también lo sabían. Se estableció la costumbre de recitar el Evangelio de San Juan después de la misa privadamente, incluso cuando uno salía del altar. (Eso explica porque se dice en voz baja en misa solemne; se conserva esa muestra de su origen como acción de gracias privada.) Este evangelio no se recitaba como el "evangelio del día", sino como una reflexión sobre las tremendas realidades en las que uno había entrado y como alabanza a la grandeza y misericordia benevolente de Dios al venir a nosotros en el altar, renovando Su sacrificio. En fin, fue una oración de alabanza y acción de gracias.

Esta práctica medieval creció y se hizo tan común que finalmente se incluyó oficialmente en el Rito Romano, y simplemente se recitaba en el altar donde normalmente se leía el Evangelio de la Misa, pero antes de salir del altar.

Esta adopción del "Último Evangelio" como parte de la Misa es una lección en sí misa. ¿Basta con esperar a que termine la misa y marcharse lo antes posible? ¿No deberíamos más bien detenernos, reflexionar y dar gracias y adoración a la Luz que ha brillado en las tinieblas, que fue hecho carne y nos mostró su gloria? Salimos de las calles y del ruido para entrar en un templo para la misa, y Jesucristo se hace presente, la Luz en esta oscuridad mundana. Ojalá, no seremos numerados entre quienes "no lo comprendieron", sino entre quienes le reciban con alegría y, a través de Él y su sacrificio, se conviertan en hijos de Dios.

El comienzo + del santo Evangelio según San Juan. Gloria a Ti, Señor.

En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio en Dios. Por Él fueron hechas todas las cosas: y sin Él no se ha hecho cosa alguna de cuantas han sido hechas. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres: Y esta luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no la han recibido.

Hubo un hombre enviado de Dios, que se llamaba Juan. Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz, a fin de que por medio de él todos creyesen: No era él la luz, sino enviado para dar testimonio de aquel que era la luz. Era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fué por él hecho, y con todo el mundo no le conoció. Vino a su propia casa, y los suyos no le recibieron. Pero a todos los que le recibieron, que son los que creen en su nombre, dióles poder de llegar a ser hijos de Dios: Los cuales no nacen de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de querer de hombre, sino que nacen de Dios. Y el Verbo se hizo carne, y habitó en medio de nosotros: y nosotros hemos visto su gloria, gloria cual el Unigénito debía recibir del Padre, lleno de gracia y de verdad. ℟. Demos gracias a Dios.

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Dios te salve, Reina y Madre — Scott Hahn 

Scott Hahn presenta en este libro una explicación clara y accesible del lugar de la Virgen María en la Sagrada Escritura. A través de figuras como la Nueva Eva, la Reina Madre y la Mujer del Apocalipsis, muestra cómo la doctrina mariana está profundamente arraigada en la Biblia. Es una excelente introducción para comprender mejor la misión de María en la historia de la salvación y para responder a muchas objeciones comunes contra la devoción católica a la Virgen. 

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La vida intelectual — A.-D. Sertillanges, O.P. 

Un clásico sobre la vocación al estudio y la búsqueda de la verdad. Sertillanges muestra que la vida intelectual exige disciplina, silencio, buenos hábitos, lectura seria y una profunda unidad entre estudio y vida espiritual. Más que un manual para académicos, es una invitación a ordenar la inteligencia hacia lo verdaderamente importante y a comprender el estudio como una tarea noble que también puede dar gloria a Dios. 

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La utilidad de leer. Ensayos escogidos — G. K. Chesterton 

Esta breve antología reúne algunos de los ensayos más agudos y entretenidos de Chesterton sobre la lectura, la literatura, la educación y la cultura. Con su característico ingenio, paradojas y sentido común, Chesterton defiende el valor de los buenos libros y muestra cómo la lectura puede ensanchar la inteligencia y ayudarnos a mirar la realidad con mayor profundidad. Una excelente introducción para quienes todavía no conocen a este gran autor católico. 

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Santos que seguro no conocías

San Ceferino, Papa – 26 de agosto

En el año 199, cuando murió el papa San Víctor I, el clero romano oró pidiendo consejo a Dios para nombrar al nuevo Pontífice. La señal esperada se produjo bajo la forma de una paloma que se posó unos instantes sobre la cabeza de este santo e inmediatamente desapareció. Se vio en ella una imagen del Espíritu Santo, y Ceferino subió a la sede de San Pedro de inmediato.

Al iniciar su pontificado nombró a Calixto, quien luego sería su sucesor, como archidiácono de Roma, cargo equivalente al actual de secretario de Estado, y que supuso convertirlo en su principal consejero, lo que dada la escasa formación teológica de Ceferino lo hizo depender totalmente de aquel.

Por otra parte, Ceferino estableció que los jóvenes cumplidos los 14 años hiciesen la comunión por Pascua, y que los cálices no fueran de madera introduciendo además el uso de la patena. Asimismo, excomulgó a Tertuliano.

Fue por aquellas mismas fechas cuando el emperador Severo, que hasta entonces se había mostrado, si no favorable, sí al menos neutral con los cristianos, publicó su primer edicto de persecución contra éstos. Ceferino supo afrontar la noticia con gran presencia de ánimo.

A pesar de su alta dignidad, pasaba gran parte de su tiempo visitando los refugios de cristianos, animándolos con sus palabras y proporcionándoles recursos para sobrevivir. En ocasiones iba a verlos a la cárcel, y no pocas veces estuvo presente durante las torturas, intentando dar apoyo y esperanza con su presencia.

Al cabo de nueve años, las persecuciones cesaron con la muerte de Severo. Pero los problemas a los que debía enfrentarse nuestro Santo no habían terminado. Los herejes aprovecharon aquel momento de relativa tranquilidad para difundir sus doctrinas erróneas por doquier.

Durante su pontificado, iniciado bajo el gobierno del emperador Septimio Severo, se reanudaron las persecuciones contra los cristianos, persecuciones que se suavizaron a la muerte de este y durante el mandato de su sucesor Caracalla pero que se reactivaron al ascender, en 217, al trono del imperio Macrino y que hace afirmar a ciertas fuentes que Ceferino murió en ese mismos año tras sufrir martirio, aunque, al no existir pruebas documentales de tal afirmación, lo más probable es que falleciera de muerte natural.

Fuente: https://es.catholic.net/op/articulos/35751/cat/214/ceferino-santo.html

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