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X Domingo después de Pentecostés
Las cadenas de San Pedro y la humildad cristiana - El significado más profundo de la Transfiguración - Cuando uno muere, ¿debemos enterrar a los difuntos y no cremar? ¿Por qué? - Santa Nona
Las cadenas de San Pedro y la humildad cristiana - El significado más profundo de la Transfiguración - Cuando uno muere, ¿debemos enterrar a los difuntos y no cremar? ¿Por qué? - Santa Nona
Los dones que hemos recibido del Señor proceden del Espíritu Santo. Por tanto, debemos ponerlos al servicio de la Iglesia y de nuestros hermanos con espíritu de humildad.
La parábola del fariseo y el publicano hace resaltar de manera emocionante que de nada podemos enorgullecernos. Hay dos clases de hombres: los santos, que se estiman culpables de todas las faltas, y los pecadores, que de nada se juzgan reos. Los primeros son humildes: Dios los elevará al glorificarlos; los segundos son orgullosos, y los confundirá al castigarlos.
Más profundamente define al hombre san Ireneo, diciendo que es «el receptáculo de los dones divinos». Dios no se contenta con llamarnos a la práctica de los mandamientos. Da además su Espíritu para que transforme las almas según el modelo que es Cristo.
Desde el Escritorio del Párroco
Las cadenas de San Pedro y la humildad cristiana
Este domingo celebraremos en algunas Misas la solemnidad externa de San Pedro en Cadenas. Durante varios años hemos celebrado en esta misma fecha también la kermés parroquial. Este año hemos decidido trasladar la kermés a la fiesta de Nuestra Señora del Pilar, en octubre, sobre todo para no preocuparnos tanto por la posibilidad de lluvia. No obstante, debemos festejar dignamente esta fiesta tan importante para nuestra comunidad.
La Fraternidad Sacerdotal San Pedro la celebra como una fiesta propia, no solamente por nuestra devoción al Príncipe de los Apóstoles, sino también porque el cautiverio de San Pedro y su liberación milagrosa expresan de manera especialmente apropiada algo de nuestra propia historia.
Para todo cristiano, honrar las cadenas y los instrumentos de los sufrimientos de San Pedro nos recuerda hasta qué punto el apóstol y vicario de Cristo debía configurarse con su divino Maestro. Todo lo que sufrimos al servicio del Señor, si lo vivimos confiando en su auxilio, puede servir para aumentar en nosotros la gracia y acercarnos a la vida de la gloria.
Hace poco comprendí mejor el valor de esta devoción al escuchar un video en el cual alguien, intentando justificar una postura de rebeldía contra Roma, afirmaba que nuestra comunidad y la Misa tradicional en Guadalajara habían sido suprimidas. Esta persona había encontrado una noticia de hace varios años, pero no investigó más. No llegó al final de la historia.
Hubiera querido responderle que sí, es verdad que en distintos momentos se ha temido que quisieran suprimirnos. Es un temor que ha existido en más de una ocasión. Sin embargo, la realidad es que seguimos aquí. Hemos tenido inconvenientes y dificultades, pero nuestra perseverancia es también un signo de la providencia de Dios. El Señor nos ha sostenido, nos ha protegido y nos ha permitido salir adelante.
Por eso nunca debemos desanimarnos ante los sufrimientos. Al contrario, debemos, como San Pedro, alegrarnos de poder padecer algo por la causa de Nuestro Señor y de su Iglesia, con la confianza firme de que Dios no abandona a quienes confían en Él. A pesar de nuestras muchas fallas, Dios mira el amor sincero con el cual volvemos a Él y quiere llevar a término en nosotros sus promesas.
El X Domingo después de Pentecostés, que también nos corresponde esta semana, nos presenta una lección íntimamente relacionada. San Lucas nos dice que el Señor propuso la parábola del fariseo y el publicano «a algunos que confiaban mucho en sí mismos y despreciaban a los demás».
Jesucristo no solamente toleró las debilidades de San Pedro y de los demás apóstoles, sino que permitió providencialmente que experimentaran su propia fragilidad para ayudarlos a mantenerse humildes. Al mismo Pedro, a quien confió tanta responsabilidad, le recordó que aquella confesión de fe por la cual fue proclamado bienaventurado y establecido como roca de la Iglesia no procedía de la carne ni de la sangre, sino del Padre celestial.
La grandeza de Pedro no nacía de sus propios méritos, sino de un don gratuito de Dios. Los dones divinos solamente pueden fructificar plenamente en quienes aprenden a confiar humildemente en Él. No podemos apoyarnos por completo en Dios mientras continuemos poniendo nuestra seguridad en nuestras propias fuerzas y capacidades.
Por eso Dios permite que experimentemos nuestra debilidad. No porque la perfección no importe o no deba ser nuestra meta, sino para que comprendamos que no podemos alcanzarla por nuestras solas fuerzas. Cuando reconocemos que por nosotros mismos nada podemos, dejamos espacio para que Dios lo sea todo en nosotros.
En cierto sentido, pocas virtudes son tan necesarias para alcanzar la santidad como la humildad, porque sin ella impedimos que Dios actúe en nuestra alma.
La soberbia es una tentación para todos. Se encuentra en la raíz de todo pecado y fue la causa de la caída de nuestros primeros padres y de los ángeles rebeldes. Necesitamos pedir diariamente la gracia de ser más humildes. Sin embargo, si hacemos esta oración con sinceridad, debemos aceptar una condición difícil: estar dispuestos a recibir las humillaciones que Dios permita. Nadie aprende verdaderamente la humildad sin pasar por alguna humillación.
En los ambientes tradicionales enfrentamos esta tentación de una manera particular. Si hemos conocido la riqueza de la tradición católica y hemos encontrado un refugio en medio de la confusión que existe en otras partes, debemos recordar que esto es una gracia de Dios y no un mérito nuestro. Nadie está aquí porque lo merezca ni porque tenga derecho a ello.
Pensemos no solamente en las muchísimas almas que no han conocido la tradición católica, sino también en aquellas que ni siquiera conocen a Cristo. Debemos recordar igualmente que hay muchas personas que han recibido menos oportunidades y menos luces que nosotros y que, sin embargo, han correspondido a la gracia con mayor generosidad y han alcanzado una santidad más alta. Esto debería ser para nosotros causa de una sana vergüenza y un poderoso motivo para combatir nuestra soberbia.
La clave para mantenernos humildes es aprender a vivir siempre agradecidos. San Pablo pregunta: «¿Qué tienes que no hayas recibido?» No podemos jactarnos de aquello que hemos recibido sin merecerlo.
El enemigo quiere que, a pesar del inmenso don de la tradición católica, nos perdamos. Sabe que una de las mejores maneras de conseguirlo es convertir este don en motivo de orgullo y desprecio hacia los demás. Además, si verdaderamente deseamos que la tradición florezca en toda la Iglesia, nada contribuirá tanto como una actitud de humildad, gratitud y caridad; y nada alejará tanto a las personas como la soberbia, la amargura y el desprecio.
Por eso les propongo que, a imitación de nuestro santo patrono San Pedro, recibamos las humillaciones que el Señor permita no solamente con resignación, sino incluso con agradecimiento, sabiendo que, si las acogemos bien, pueden servir para nuestra santificación y para la mayor gloria de Dios.
Las cadenas de San Pedro y la humildad cristiana
Este domingo celebraremos en algunas Misas la solemnidad externa de San Pedro en Cadenas. Durante varios años hemos celebrado en esta misma fecha también la kermés parroquial. Este año hemos decidido trasladar la kermés a la fiesta de Nuestra Señora del Pilar, en octubre, sobre todo para no preocuparnos tanto por la posibilidad de lluvia. No obstante, debemos festejar dignamente esta fiesta tan importante para nuestra comunidad.
La Fraternidad Sacerdotal San Pedro la celebra como una fiesta propia, no solamente por nuestra devoción al Príncipe de los Apóstoles, sino también porque el cautiverio de San Pedro y su liberación milagrosa expresan de manera especialmente apropiada algo de nuestra propia historia.
Para todo cristiano, honrar las cadenas y los instrumentos de los sufrimientos de San Pedro nos recuerda hasta qué punto el apóstol y vicario de Cristo debía configurarse con su divino Maestro. Todo lo que sufrimos al servicio del Señor, si lo vivimos confiando en su auxilio, puede servir para aumentar en nosotros la gracia y acercarnos a la vida de la gloria.
Hace poco comprendí mejor el valor de esta devoción al escuchar un video en el cual alguien, intentando justificar una postura de rebeldía contra Roma, afirmaba que nuestra comunidad y la Misa tradicional en Guadalajara habían sido suprimidas. Esta persona había encontrado una noticia de hace varios años, pero no investigó más. No llegó al final de la historia.
Hubiera querido responderle que sí, es verdad que en distintos momentos se ha temido que quisieran suprimirnos. Es un temor que ha existido en más de una ocasión. Sin embargo, la realidad es que seguimos aquí. Hemos tenido inconvenientes y dificultades, pero nuestra perseverancia es también un signo de la providencia de Dios. El Señor nos ha sostenido, nos ha protegido y nos ha permitido salir adelante.
Por eso nunca debemos desanimarnos ante los sufrimientos. Al contrario, debemos, como San Pedro, alegrarnos de poder padecer algo por la causa de Nuestro Señor y de su Iglesia, con la confianza firme de que Dios no abandona a quienes confían en Él. A pesar de nuestras muchas fallas, Dios mira el amor sincero con el cual volvemos a Él y quiere llevar a término en nosotros sus promesas.
El X Domingo después de Pentecostés, que también nos corresponde esta semana, nos presenta una lección íntimamente relacionada. San Lucas nos dice que el Señor propuso la parábola del fariseo y el publicano «a algunos que confiaban mucho en sí mismos y despreciaban a los demás».
Jesucristo no solamente toleró las debilidades de San Pedro y de los demás apóstoles, sino que permitió providencialmente que experimentaran su propia fragilidad para ayudarlos a mantenerse humildes. Al mismo Pedro, a quien confió tanta responsabilidad, le recordó que aquella confesión de fe por la cual fue proclamado bienaventurado y establecido como roca de la Iglesia no procedía de la carne ni de la sangre, sino del Padre celestial.
La grandeza de Pedro no nacía de sus propios méritos, sino de un don gratuito de Dios. Los dones divinos solamente pueden fructificar plenamente en quienes aprenden a confiar humildemente en Él. No podemos apoyarnos por completo en Dios mientras continuemos poniendo nuestra seguridad en nuestras propias fuerzas y capacidades.
Por eso Dios permite que experimentemos nuestra debilidad. No porque la perfección no importe o no deba ser nuestra meta, sino para que comprendamos que no podemos alcanzarla por nuestras solas fuerzas. Cuando reconocemos que por nosotros mismos nada podemos, dejamos espacio para que Dios lo sea todo en nosotros.
En cierto sentido, pocas virtudes son tan necesarias para alcanzar la santidad como la humildad, porque sin ella impedimos que Dios actúe en nuestra alma.
La soberbia es una tentación para todos. Se encuentra en la raíz de todo pecado y fue la causa de la caída de nuestros primeros padres y de los ángeles rebeldes. Necesitamos pedir diariamente la gracia de ser más humildes. Sin embargo, si hacemos esta oración con sinceridad, debemos aceptar una condición difícil: estar dispuestos a recibir las humillaciones que Dios permita. Nadie aprende verdaderamente la humildad sin pasar por alguna humillación.
En los ambientes tradicionales enfrentamos esta tentación de una manera particular. Si hemos conocido la riqueza de la tradición católica y hemos encontrado un refugio en medio de la confusión que existe en otras partes, debemos recordar que esto es una gracia de Dios y no un mérito nuestro. Nadie está aquí porque lo merezca ni porque tenga derecho a ello.
Pensemos no solamente en las muchísimas almas que no han conocido la tradición católica, sino también en aquellas que ni siquiera conocen a Cristo. Debemos recordar igualmente que hay muchas personas que han recibido menos oportunidades y menos luces que nosotros y que, sin embargo, han correspondido a la gracia con mayor generosidad y han alcanzado una santidad más alta. Esto debería ser para nosotros causa de una sana vergüenza y un poderoso motivo para combatir nuestra soberbia.
La clave para mantenernos humildes es aprender a vivir siempre agradecidos. San Pablo pregunta: «¿Qué tienes que no hayas recibido?» No podemos jactarnos de aquello que hemos recibido sin merecerlo.
El enemigo quiere que, a pesar del inmenso don de la tradición católica, nos perdamos. Sabe que una de las mejores maneras de conseguirlo es convertir este don en motivo de orgullo y desprecio hacia los demás. Además, si verdaderamente deseamos que la tradición florezca en toda la Iglesia, nada contribuirá tanto como una actitud de humildad, gratitud y caridad; y nada alejará tanto a las personas como la soberbia, la amargura y el desprecio.
Por eso les propongo que, a imitación de nuestro santo patrono San Pedro, recibamos las humillaciones que el Señor permita no solamente con resignación, sino incluso con agradecimiento, sabiendo que, si las acogemos bien, pueden servir para nuestra santificación y para la mayor gloria de Dios.
A que no sabías que…
Aquí conoceremos más sobre temas litúrgicos.

Por Clement Harrold
7 de agosto de 2025
Sin duda, muchos de nosotros estamos familiarizados con la Transfiguración gracias al rosario de los jueves. Sin embargo, para algunos, este cuarto misterio luminoso puede resultar bastante desconcertante. ¿Por qué es tan importante la Transfiguración? ¿Qué hacen allí Moisés y Elías? ¿Y por qué propone Pedro levantar unas tiendas? Reflexionar sobre estas preguntas nos ayudará a profundizar en nuestra apreciación del verdadero poder y belleza de este acontecimiento decisivo en la vida de Cristo.
Destinados a la gloria
Comencemos con un breve resumen. La escena de la Transfiguración comienza cuando Jesús conduce a sus discípulos más cercanos a lo alto del monte Tabor (cf. Mt 17,1-9; Mc 9,2-13; Lc 9,28-36). Allí Jesús se manifiesta revestido de una luz deslumbrante, y aparecen junto a Él Moisés y Elías, representantes de la Ley y de los Profetas que Él ha venido a llevar a su cumplimiento. Ante este espectáculo extraordinario, Pedro parece decir impulsivamente lo primero que le viene a la mente: propone levantar tres tiendas. Instantes después, Pedro es interrumpido por una voz que habla desde la nube y, cuando los discípulos vuelven en sí, se encuentran de nuevo a solas con Jesús.
La primera clave para comprender lo que sucede en este episodio es que la Transfiguración nos ofrece un anticipo del gozo que nos espera. En la Suma Teológica, santo Tomás de Aquino lo expresa de esta manera: «Cristo quiso transfigurarse para mostrar a los hombres su gloria y despertar en ellos el deseo de alcanzarla» (ST III, q. 45, a. 3, co.). Santo Tomás explica también que la Transfiguración, al igual que el Bautismo de Cristo, es un acontecimiento trinitario: el Hijo encarnado aparece revestido de gloria; el Espíritu Santo se manifiesta en forma de una nube luminosa; y el Padre se deja oír mediante la voz (cf. ST III, q. 45, a. 4, ad 2).
Basándose en este pasaje de santo Tomás, el Catecismo de la Iglesia Católica describe la Transfiguración, en términos sorprendentes, como el sacramento de nuestra resurrección. Es decir, la Transfiguración constituye un signo exterior de la transformación a la que están destinados nuestros cuerpos mortales: «La Transfiguración nos concede una visión anticipada de la gloriosa venida de Cristo, “el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo” [Flp 3,21]» (CEC 556).
Esto nos muestra que la Transfiguración es fundamentalmente un misterio de esperanza y de alegría. En efecto, nos da la certeza de que, aunque llevamos «este tesoro en vasos de barro» (2 Cor 4,7), incluso estos vasos de barro —es decir, nuestros cuerpos frágiles, que pueden ocasionarnos tantas dificultades y sufrimientos— serán un día transfigurados como el cuerpo de Cristo.
Mucho más que una excursión para acampar
Hasta aquí todo parece claro, pero debemos recordar que la Transfiguración contiene también otra enseñanza, mucho más seria. El Catecismo nos recuerda que este misterio «nos recuerda también que “es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios” [Hch 14,22]» (CEC 556). Aunque la Transfiguración dirige nuestra mirada hacia la gloria que nos espera, también nos llama a abrazar el camino de sufrimiento que todavía se extiende entre nosotros y el cielo.
En el primer volumen de su trilogía Jesús de Nazaret, el papa Benedicto XVI reflexionó sobre este tema prestando especial atención a la figura de Pedro. Al hacerlo, propuso que la Transfiguración tuvo lugar aproximadamente durante la celebración de la fiesta judía de las Tiendas o de los Tabernáculos.
Conocida también por su nombre hebreo, Sukkot, esta fiesta otoñal de una semana de duración exigía habitar en tiendas para conmemorar las chozas provisionales en las que vivieron los israelitas durante los cuarenta años del éxodo por el desierto (cf. Lev 23,39-43; Ex 34,22). De manera significativa, las celebraciones también dirigían la mirada hacia una futura plenitud, cuando vendría el Mesías y todas las naciones se reunirían para celebrar la fiesta (cf. Zac 14,16-19; Os 12,9).
Según la interpretación de Benedicto XVI, la propuesta un tanto torpe de Pedro de levantar unas tiendas debe entenderse, por tanto, en el contexto de la fiesta de las Tiendas y de todo aquello que esta anunciaba: el comienzo de una nueva era mesiánica, marcada por la restauración del reino de Israel y por el culto que los justos rendirían a Dios desde sus tiendas. Esta interpretación permite comprender mejor el deseo de Pedro: él quiere que la Transfiguración marque el comienzo inmediato del reinado triunfante de Cristo sobre la tierra.
Sin embargo, Pedro todavía tiene mucho que aprender sobre la verdadera naturaleza de la misión pascual del Hijo. En el centro de esta misión se encuentra el «éxodo» —identificado en el Evangelio de san Lucas como el tema de la conversación de Nuestro Señor con Moisés y Elías (cf. Lc 9,30-31)— que Jesús debe llevar a cabo en Jerusalén.
Este nuevo y mayor éxodo no será una liberación de Egipto, sino del pecado; no será un viaje hacia la tierra material de Canaán, sino hacia la patria eterna del cielo. Esta vez, además, el camino no estará marcado por la sangre de unos corderos untada sobre los dinteles de las puertas, sino por la sangre del Cordero eterno, derramada para el perdón de los pecados.
El camino de la Cruz
Nada de esto resulta fácil de comprender para Pedro. Apenas unos días antes, había protestado enérgicamente contra el primer anuncio de Jesús acerca de su próxima muerte (cf. Mt 16,21-23). Ahora, en las alturas del Tabor, vuelven a quedar al descubierto las inquietudes de su corazón. Pedro no logra entender por qué las cosas deben suceder de esta manera. ¿Por qué no puede Jesús inaugurar ahora mismo su Reino, sin tener que afrontar aquella terrible Pasión que lo espera? ¿Por qué los consuelos de la cima de la montaña no pueden permanecer para siempre, sin desvanecerse jamás? ¿Por qué tienen que bajar de nuevo del monte?
Especialmente cuando sufrimos, podemos sentirnos muy semejantes a Pedro: deseamos desesperadamente el cielo, pero cuestionamos los medios escogidos por Dios para conducirnos hasta él. En estas épocas de prueba, la Transfiguración nos desafía al recordarnos que Jesús podría haber puesto fin a nuestros sufrimientos en un instante —y pronto, muy pronto, lo hará—, pero, en lugar de eliminarlos, los redimió. Al asumir plenamente nuestra condición humana, hizo sagrado y fecundo nuestro dolor, transformando el castigo del pecado de Adán en un instrumento del amor divino.
En su sabiduría infinita, Jesús escogió —y continúa escogiendo— el camino de la Cruz como el modo más conveniente y hermoso de redimir al mundo. Y no solo eso: nos invita a todos a participar de esta Cruz, pero a hacerlo con una esperanza segura en el océano inagotable de alegría que nos espera: «La leve tribulación de un momento nos prepara, sobre toda medida, un peso eterno de gloria» (2 Cor 4,17).
En el monte Tabor, el Dios-hombre nos concede una visión de esta gloria incomparable, a fin de sostenernos durante nuestra peregrinación:
Para que alguien pueda avanzar rectamente por un camino, es necesario que tenga algún conocimiento de la meta; así, el arquero no disparará rectamente la flecha si antes no ve el blanco. Por eso Tomás dijo: «Señor, no sabemos adónde vas; ¿cómo podemos saber el camino?» (Jn 14,5). Esto es especialmente necesario cuando el camino es difícil y áspero, fatigoso el andar, pero deleitable el final. […] Por tanto, fue conveniente que mostrara a sus discípulos la gloria de su claridad —en la cual fue transfigurado—, porque a ella configurará a aquellos que le pertenecen.
(ST III, q. 45, a. 1, co.)
Al penetrar más profundamente en el misterio de la Transfiguración, recordamos nuestro destino celestial e imploramos a nuestro misericordioso Salvador —el Resucitado que todavía conserva las heridas de su amor— que nos conceda la gracia de llegar seguros a nuestra patria.
De https://stpaulcenter.com/posts/the-deeper-meaning-of-the-transfiguration
Por Clement Harrold
7 de agosto de 2025
Sin duda, muchos de nosotros estamos familiarizados con la Transfiguración gracias al rosario de los jueves. Sin embargo, para algunos, este cuarto misterio luminoso puede resultar bastante desconcertante. ¿Por qué es tan importante la Transfiguración? ¿Qué hacen allí Moisés y Elías? ¿Y por qué propone Pedro levantar unas tiendas? Reflexionar sobre estas preguntas nos ayudará a profundizar en nuestra apreciación del verdadero poder y belleza de este acontecimiento decisivo en la vida de Cristo.
Destinados a la gloria
Comencemos con un breve resumen. La escena de la Transfiguración comienza cuando Jesús conduce a sus discípulos más cercanos a lo alto del monte Tabor (cf. Mt 17,1-9; Mc 9,2-13; Lc 9,28-36). Allí Jesús se manifiesta revestido de una luz deslumbrante, y aparecen junto a Él Moisés y Elías, representantes de la Ley y de los Profetas que Él ha venido a llevar a su cumplimiento. Ante este espectáculo extraordinario, Pedro parece decir impulsivamente lo primero que le viene a la mente: propone levantar tres tiendas. Instantes después, Pedro es interrumpido por una voz que habla desde la nube y, cuando los discípulos vuelven en sí, se encuentran de nuevo a solas con Jesús.
La primera clave para comprender lo que sucede en este episodio es que la Transfiguración nos ofrece un anticipo del gozo que nos espera. En la Suma Teológica, santo Tomás de Aquino lo expresa de esta manera: «Cristo quiso transfigurarse para mostrar a los hombres su gloria y despertar en ellos el deseo de alcanzarla» (ST III, q. 45, a. 3, co.). Santo Tomás explica también que la Transfiguración, al igual que el Bautismo de Cristo, es un acontecimiento trinitario: el Hijo encarnado aparece revestido de gloria; el Espíritu Santo se manifiesta en forma de una nube luminosa; y el Padre se deja oír mediante la voz (cf. ST III, q. 45, a. 4, ad 2).
Basándose en este pasaje de santo Tomás, el Catecismo de la Iglesia Católica describe la Transfiguración, en términos sorprendentes, como el sacramento de nuestra resurrección. Es decir, la Transfiguración constituye un signo exterior de la transformación a la que están destinados nuestros cuerpos mortales: «La Transfiguración nos concede una visión anticipada de la gloriosa venida de Cristo, “el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo” [Flp 3,21]» (CEC 556).
Esto nos muestra que la Transfiguración es fundamentalmente un misterio de esperanza y de alegría. En efecto, nos da la certeza de que, aunque llevamos «este tesoro en vasos de barro» (2 Cor 4,7), incluso estos vasos de barro —es decir, nuestros cuerpos frágiles, que pueden ocasionarnos tantas dificultades y sufrimientos— serán un día transfigurados como el cuerpo de Cristo.
Mucho más que una excursión para acampar
Hasta aquí todo parece claro, pero debemos recordar que la Transfiguración contiene también otra enseñanza, mucho más seria. El Catecismo nos recuerda que este misterio «nos recuerda también que “es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios” [Hch 14,22]» (CEC 556). Aunque la Transfiguración dirige nuestra mirada hacia la gloria que nos espera, también nos llama a abrazar el camino de sufrimiento que todavía se extiende entre nosotros y el cielo.
En el primer volumen de su trilogía Jesús de Nazaret, el papa Benedicto XVI reflexionó sobre este tema prestando especial atención a la figura de Pedro. Al hacerlo, propuso que la Transfiguración tuvo lugar aproximadamente durante la celebración de la fiesta judía de las Tiendas o de los Tabernáculos.
Conocida también por su nombre hebreo, Sukkot, esta fiesta otoñal de una semana de duración exigía habitar en tiendas para conmemorar las chozas provisionales en las que vivieron los israelitas durante los cuarenta años del éxodo por el desierto (cf. Lev 23,39-43; Ex 34,22). De manera significativa, las celebraciones también dirigían la mirada hacia una futura plenitud, cuando vendría el Mesías y todas las naciones se reunirían para celebrar la fiesta (cf. Zac 14,16-19; Os 12,9).
Según la interpretación de Benedicto XVI, la propuesta un tanto torpe de Pedro de levantar unas tiendas debe entenderse, por tanto, en el contexto de la fiesta de las Tiendas y de todo aquello que esta anunciaba: el comienzo de una nueva era mesiánica, marcada por la restauración del reino de Israel y por el culto que los justos rendirían a Dios desde sus tiendas. Esta interpretación permite comprender mejor el deseo de Pedro: él quiere que la Transfiguración marque el comienzo inmediato del reinado triunfante de Cristo sobre la tierra.
Sin embargo, Pedro todavía tiene mucho que aprender sobre la verdadera naturaleza de la misión pascual del Hijo. En el centro de esta misión se encuentra el «éxodo» —identificado en el Evangelio de san Lucas como el tema de la conversación de Nuestro Señor con Moisés y Elías (cf. Lc 9,30-31)— que Jesús debe llevar a cabo en Jerusalén.
Este nuevo y mayor éxodo no será una liberación de Egipto, sino del pecado; no será un viaje hacia la tierra material de Canaán, sino hacia la patria eterna del cielo. Esta vez, además, el camino no estará marcado por la sangre de unos corderos untada sobre los dinteles de las puertas, sino por la sangre del Cordero eterno, derramada para el perdón de los pecados.
El camino de la Cruz
Nada de esto resulta fácil de comprender para Pedro. Apenas unos días antes, había protestado enérgicamente contra el primer anuncio de Jesús acerca de su próxima muerte (cf. Mt 16,21-23). Ahora, en las alturas del Tabor, vuelven a quedar al descubierto las inquietudes de su corazón. Pedro no logra entender por qué las cosas deben suceder de esta manera. ¿Por qué no puede Jesús inaugurar ahora mismo su Reino, sin tener que afrontar aquella terrible Pasión que lo espera? ¿Por qué los consuelos de la cima de la montaña no pueden permanecer para siempre, sin desvanecerse jamás? ¿Por qué tienen que bajar de nuevo del monte?
Especialmente cuando sufrimos, podemos sentirnos muy semejantes a Pedro: deseamos desesperadamente el cielo, pero cuestionamos los medios escogidos por Dios para conducirnos hasta él. En estas épocas de prueba, la Transfiguración nos desafía al recordarnos que Jesús podría haber puesto fin a nuestros sufrimientos en un instante —y pronto, muy pronto, lo hará—, pero, en lugar de eliminarlos, los redimió. Al asumir plenamente nuestra condición humana, hizo sagrado y fecundo nuestro dolor, transformando el castigo del pecado de Adán en un instrumento del amor divino.
En su sabiduría infinita, Jesús escogió —y continúa escogiendo— el camino de la Cruz como el modo más conveniente y hermoso de redimir al mundo. Y no solo eso: nos invita a todos a participar de esta Cruz, pero a hacerlo con una esperanza segura en el océano inagotable de alegría que nos espera: «La leve tribulación de un momento nos prepara, sobre toda medida, un peso eterno de gloria» (2 Cor 4,17).
En el monte Tabor, el Dios-hombre nos concede una visión de esta gloria incomparable, a fin de sostenernos durante nuestra peregrinación:
Para que alguien pueda avanzar rectamente por un camino, es necesario que tenga algún conocimiento de la meta; así, el arquero no disparará rectamente la flecha si antes no ve el blanco. Por eso Tomás dijo: «Señor, no sabemos adónde vas; ¿cómo podemos saber el camino?» (Jn 14,5). Esto es especialmente necesario cuando el camino es difícil y áspero, fatigoso el andar, pero deleitable el final. […] Por tanto, fue conveniente que mostrara a sus discípulos la gloria de su claridad —en la cual fue transfigurado—, porque a ella configurará a aquellos que le pertenecen.
(ST III, q. 45, a. 1, co.)
Al penetrar más profundamente en el misterio de la Transfiguración, recordamos nuestro destino celestial e imploramos a nuestro misericordioso Salvador —el Resucitado que todavía conserva las heridas de su amor— que nos conceda la gracia de llegar seguros a nuestra patria.
De https://stpaulcenter.com/posts/the-deeper-meaning-of-the-transfiguration
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Cuando uno muere, ¿debemos enterrar a los difuntos y no cremar? ¿Por qué?
Cuando uno muere, ¿debemos enterrar a los difuntos y no cremar? ¿Por qué?
Cuando uno muere, ¿debemos enterrar a los difuntos y no cremar? ¿Por qué?
La enseñanza de la iglesia es clara que, cuando se justifica la cremación, de todos modos estamos obligados a enterrar las cenizas. La sepultura de los cadáveres no es solamente respeto para la persona fallecida, sino también signo de nuestra esperanza en la resurrección de la carne. Nunca es permitido tirarlas en el mar o guardarlas en el amario o incluso otras cosas mas raras que han vuelto de moda.
La enseñanza de la iglesia es clara que, cuando se justifica la cremación, de todos modos estamos obligados a enterrar las cenizas. La sepultura de los cadáveres no es solamente respeto para la persona fallecida, sino también signo de nuestra esperanza en la resurrección de la carne. Nunca es permitido tirarlas en el mar o guardarlas en el amario o incluso otras cosas mas raras que han vuelto de moda.
Santos que seguro no conocías
Santa Nona de Nacianzo – 5 de agosto
Santa Nona fue esposa de san Gregorio el Viejo y madre de los santos Gregorio el Teólogo, Cesáreo y Gorgona.
Santa Nona se casó con Gregorio de Arianzo, el rico terrateniente de una finca en los distritos de Arianzo y Nacianceno. Era pagano, seguidor de la secta de los hipsistarianos, que veneraban a un dios supremo y observaban ciertos rituales judíos, mientras que al mismo tiempo adoraban al fuego.
Santa Nona oraba para que su esposo se volviera a la santa verdad. El hijo de Santa Nona, san Gregorio el Teólogo, escribió sobre ello: “Ella no podía soportar esto, estando unida a medias a Dios, porque aquel que era parte de ella permanecía separado de Dios. Ella anhelaba una unión espiritual además de la unión corporal. Día y noche se dirigía a Dios con ayunos y muchas lágrimas, rogándole que concediera la salvación a su esposo”.
A través de las oraciones de Santa Nona, su esposo Gregorio tuvo una visión en su sueño. “A mi padre le pareció”, escribe san Gregorio, “como si estuviera cantando el siguiente verso de David: “Me alegré cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor” (Sal 121,1). Nunca lo había hecho antes, aunque su esposa había ofrecido a menudo sus súplicas y oraciones por ello”. Poco después, recibió el bautismo.
Sus últimos años trajeron a Santa Nona numerosos dolores. En el año 368 falleció su hijo menor, Cesario, un joven de prometedor porvenir; y al año siguiente, falleció su hija. La valiente anciana soportó éstas pérdidas sometiéndose a la voluntad de Dios.
A principios del año 374, san Gregorio el Viejo (su esposo), con cien años de edad, reposó. Después de esto, Santa Nona casi nunca salió de la iglesia. Poco después de su fallecimiento, ella durmió en el Señor mientras oraba en el templo el 5 de agosto de 374.
Santa Nona fue una esposa y madre ejemplar, una mujer extraordinaria que dedicó su vida a Dios y a la Iglesia sin descuidar sus otras responsabilidades.
Fuente: https://www.monasteriodelasantamadrededios.com/post/santa-y-justa-nona-de-nacianzo-madre-de-san-gregorio-el-te%C3%B3logo

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