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VI Domingo después de Pentecostés

Buscamos catequistas - La Preciosísima Sangre - Nuevas Recomendaciones de Lectura - Santa Verónica de Giuliani

Buscamos catequistas - La Preciosísima Sangre - Nuevas Recomendaciones de Lectura - Santa Verónica de Giuliani

Jesús, en la jornada de esta vida, nos da el sacramentado alimento como viático para el tránsito a la eternidad.

Si dimisero eos jejunos in domum suam, deficient in via. (Marc. VIII, 3.)

El milagro de la multiplicación de los panes y los peces es figura de la institución de los Santos Sacramentos, en opinión del Venerable San Beda y otros expositores. De un modo especial simboliza la Sagrada Eucaristía. El amor de Jesucristo a los hombres no le ha permitido dejarnos sin este alimento espiritual en esta peregrinación, ni al partir a la casa paterna.

Si San Juan nos describe la promesa de la Eucaristía, y los otros evangelistas su institución, San Pablo se refiere al uso que ya en su tiempo hacían los cristianos de la comunión. "Por ventura", pregunta a los Corintios, "¿el cáliz de bendición no es la participación de la sangre del Señor? ¿Y el pan que partimos no es la participación del cuerpo de Cristo?" (1 Cor 10, 16).

En otro lugar reprocha con encendidas palabras a los que se atreven a comulgar indignamente: "Examínese cada uno antes de comer este pan y de beber este cáliz, porque el que lo come y bebe indignamente se come y se bebe su propia condenación, por no respetar el cuerpo del Señor". "El que come este pan o bebe de este cáliz indignamente, peca contra el cuerpo y la sangre del Señor" (1 Cor 11, 27-29). Es imposible expresarse con mayor claridad.

Desde el Escritorio del Párroco

Hemos terminado nuestro ciclo de catequesis 2025-2026. También hemos estado anunciando las inscripciones para los niños en la catequesis del próximo año. Por supuesto, para poder llevar a cabo este apostolado tan importante, es necesario que también haya voluntarios dispuestos a hacer el sacrificio de ser catequistas. 


Es uno de los apostolados más importantes que uno puede ejercer, y merece una recompensa muy grande, porque si no educamos a los jóvenes en la fe, no podremos transmitirla a las próximas generaciones. Dice el Papa San Pío X: “Os rogamos y suplicamos que reflexionéis sobre la gran pérdida de almas debida solamente a la ignorancia de las cosas divinas.” 


Sé que muchos dudan en ofrecer su apoyo, pensando que son incapaces. Pero sepan que Dios se vale de nuestras buenas intenciones, y es muy probable que, si llevan algo de tiempo asistiendo a la comunidad, tengan mejor formación de la que se dan cuenta. Quiero ofrecerles unas reflexiones del Magisterio y de los santos sobre la importancia de este oficio. 


También es importante recordar que, en este asunto, como en todo, si la mayoría de las personas no se animan pensando que alguien más lo va a hacer, es muy probable que falten recursos humanos. Todo apostolado empieza con celo por la gloria de Dios y generosidad para ofrecer el sacrificio. Al final de cuentas, es Dios quien hará el trabajo principal. Él quiere, sobre todo, que tengamos disposición y generosidad. 


Una de las encíclicas más importantes sobre la educación religiosa es Acerbo Nimis, de San Pío X, publicada en 1905. 


Dice: “La causa principal de la indiferencia actual y de los graves males que de ella se siguen se halla, ante todo, en la ignorancia de las cosas divinas.” 


El Papa obliga al párroco a preocuparse especialmente por la enseñanza religiosa. También señala que lo más probable es que no sea algo que pueda hacer solo: 

“Los pastores, especialmente donde hay escasez de sacerdotes, tendrán auxiliares seglares en la enseñanza del Catecismo.” 


Durante el tiempo de Pío XI, la Sagrada Congregación del Concilio habló sobre la importancia del oficio del catequista, advirtiendo que, por falta de quienes instruyen en la fe, 

“se olvida y se descuida la ciencia de Dios.” 

Por eso, refiriéndose al oficio del catequista, dice: 

“Nada hay tan santo ni tan necesario.” 

El Papa Pío XII dijo, en un congreso catequético, que entre todos los problemas que afligen al mundo, 

“pocos son tan trascendentales como la ignorancia religiosa.” 

Y, hablando de las exigencias de nuestros tiempos, añadió: 

“Pocos son tan urgentes como la difusión del Catecismo.” 


También el Papa Juan Pablo II dedicó varias enseñanzas a la importancia de la catequesis, resaltando la verdad primordial de que, al final de cuentas, 

“el único que enseña es Cristo.” 

También dijo que ser catequista es 

“una forma eminente de apostolado seglar.” 

Y en su encíclica Redemptoris Missio, de 1990, hablando de la necesidad de tener una Iglesia misionera, dijo: 

“Todos los fieles laicos deben dedicar a la Iglesia parte de su tiempo.” 


Los santos también hablan de la importancia de la enseñanza religiosa. Dice San Juan Crisóstomo, sobre la importancia de empezar a catequizar desde muy temprana edad: 

“Si en un alma todavía tierna se imprimen las buenas enseñanzas, nadie podrá borrarlas.” 


Y dice San Juan Bautista de La Salle: 

“Es una gran gracia de Dios que se os haya confiado la instrucción de los niños, para anunciarles el Evangelio y educarlos en el espíritu de religión.” 


Finalmente, San Agustín, que escribió un tratado sobre la catequesis, dice que importa mucho que el catequista enseñe con alegría. Si transmitimos la fe desde un amor verdadero, los frutos serán más grandes. Por eso todos necesitamos comprometernos a una formación constante que nos impulse a querer compartir la fe con los demás. 

“Lo que exige la mayor consideración es cómo lograr que quien catequiza encuentre gusto en su trabajo; pues cuanto más lo consiga, tanto más agradable será. . . . Si en los bienes carnales Dios ama al que da con alegría, ¿cuánto más en los bienes espirituales? . . . ¿Con cuánta mayor alegría debemos recorrer una y otra vez los caminos de la doctrina salvadora, cuando conducimos por los caminos de la paz a un alma miserable y fatigada por los extravíos del mundo?” 

Hemos terminado nuestro ciclo de catequesis 2025-2026. También hemos estado anunciando las inscripciones para los niños en la catequesis del próximo año. Por supuesto, para poder llevar a cabo este apostolado tan importante, es necesario que también haya voluntarios dispuestos a hacer el sacrificio de ser catequistas. 


Es uno de los apostolados más importantes que uno puede ejercer, y merece una recompensa muy grande, porque si no educamos a los jóvenes en la fe, no podremos transmitirla a las próximas generaciones. Dice el Papa San Pío X: “Os rogamos y suplicamos que reflexionéis sobre la gran pérdida de almas debida solamente a la ignorancia de las cosas divinas.” 


Sé que muchos dudan en ofrecer su apoyo, pensando que son incapaces. Pero sepan que Dios se vale de nuestras buenas intenciones, y es muy probable que, si llevan algo de tiempo asistiendo a la comunidad, tengan mejor formación de la que se dan cuenta. Quiero ofrecerles unas reflexiones del Magisterio y de los santos sobre la importancia de este oficio. 


También es importante recordar que, en este asunto, como en todo, si la mayoría de las personas no se animan pensando que alguien más lo va a hacer, es muy probable que falten recursos humanos. Todo apostolado empieza con celo por la gloria de Dios y generosidad para ofrecer el sacrificio. Al final de cuentas, es Dios quien hará el trabajo principal. Él quiere, sobre todo, que tengamos disposición y generosidad. 


Una de las encíclicas más importantes sobre la educación religiosa es Acerbo Nimis, de San Pío X, publicada en 1905. 


Dice: “La causa principal de la indiferencia actual y de los graves males que de ella se siguen se halla, ante todo, en la ignorancia de las cosas divinas.” 


El Papa obliga al párroco a preocuparse especialmente por la enseñanza religiosa. También señala que lo más probable es que no sea algo que pueda hacer solo: 

“Los pastores, especialmente donde hay escasez de sacerdotes, tendrán auxiliares seglares en la enseñanza del Catecismo.” 


Durante el tiempo de Pío XI, la Sagrada Congregación del Concilio habló sobre la importancia del oficio del catequista, advirtiendo que, por falta de quienes instruyen en la fe, 

“se olvida y se descuida la ciencia de Dios.” 

Por eso, refiriéndose al oficio del catequista, dice: 

“Nada hay tan santo ni tan necesario.” 

El Papa Pío XII dijo, en un congreso catequético, que entre todos los problemas que afligen al mundo, 

“pocos son tan trascendentales como la ignorancia religiosa.” 

Y, hablando de las exigencias de nuestros tiempos, añadió: 

“Pocos son tan urgentes como la difusión del Catecismo.” 


También el Papa Juan Pablo II dedicó varias enseñanzas a la importancia de la catequesis, resaltando la verdad primordial de que, al final de cuentas, 

“el único que enseña es Cristo.” 

También dijo que ser catequista es 

“una forma eminente de apostolado seglar.” 

Y en su encíclica Redemptoris Missio, de 1990, hablando de la necesidad de tener una Iglesia misionera, dijo: 

“Todos los fieles laicos deben dedicar a la Iglesia parte de su tiempo.” 


Los santos también hablan de la importancia de la enseñanza religiosa. Dice San Juan Crisóstomo, sobre la importancia de empezar a catequizar desde muy temprana edad: 

“Si en un alma todavía tierna se imprimen las buenas enseñanzas, nadie podrá borrarlas.” 


Y dice San Juan Bautista de La Salle: 

“Es una gran gracia de Dios que se os haya confiado la instrucción de los niños, para anunciarles el Evangelio y educarlos en el espíritu de religión.” 


Finalmente, San Agustín, que escribió un tratado sobre la catequesis, dice que importa mucho que el catequista enseñe con alegría. Si transmitimos la fe desde un amor verdadero, los frutos serán más grandes. Por eso todos necesitamos comprometernos a una formación constante que nos impulse a querer compartir la fe con los demás. 

“Lo que exige la mayor consideración es cómo lograr que quien catequiza encuentre gusto en su trabajo; pues cuanto más lo consiga, tanto más agradable será. . . . Si en los bienes carnales Dios ama al que da con alegría, ¿cuánto más en los bienes espirituales? . . . ¿Con cuánta mayor alegría debemos recorrer una y otra vez los caminos de la doctrina salvadora, cuando conducimos por los caminos de la paz a un alma miserable y fatigada por los extravíos del mundo?” 

A que no sabías que…

Aquí conoceremos más sobre temas litúrgicos.

El 1 de julio es la fiesta de la Preciosísima Sangre, que da comienzo al mes de julio, dedicado a la Preciosísima Sangre.

La fiesta tiene su origen en la España del siglo XVI, se extendió a Italia y, en 1849, el papa Pío IX la extendió a toda la Iglesia, fijándola inicialmente para el primer domingo de julio. Más tarde, el papa San Pío X la trasladó al 1 de julio (el calendario del Novus Ordo no celebra esta fiesta en absoluto).

La Preciosísima Sangre fue prefigurada en el Antiguo Testamento mediante el sacrificio del cordero pascual. Mientras los israelitas estaban cautivos en Egipto, Dios ordenó a Moisés que sacrificara un cordero joven y macho y untara su sangre en los postes y travesaños de las puertas de sus casas. Éxodo 12, 13:

«Y la sangre os servirá de señal en las casas donde estéis; y al ver la sangre, pasaré de largo por encima de vosotros, y no habrá entre vosotros plaga que os destruya, cuando yo hiera la tierra de Egipto».

Dios pasó de largo y evitó castigar a aquellos cuyas casas estaban marcadas con la sangre. Y ahora, nosotros, que estamos cubiertos por la Preciosa Sangre derramada por el Señor Cristo, también estamos liberados del castigo de la muerte, el salario de nuestros pecados. La Sangre que Él derramó por nosotros es nuestra esperanza. Nuestra única esperanza. Considerad las palabras de san Pedro en 1 Pedro 1, 18-20:

Sabiendo que no fuisteis rescatados con cosas corruptibles, como oro o plata, de vuestra vana forma de vida heredada de la tradición de vuestros padres, sino con la preciosa sangre de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, predestinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los últimos tiempos por vosotros.

El padre Frederick Faber describe de forma hermosa y contundente la profunda reverencia que debemos sentir por la Sangre vivificante y Preciosísima de Cristo:

¿Qué nos llama la atención al pensar por primera vez en la Preciosísima Sangre? Es que debemos adorarla con la más alta adoración. No es una reliquia a la que debamos mirar con asombro y amor, y que debamos besar con reverencia, por haber sido en su día un templo del Espíritu Santo y un instrumento elegido por Dios para obrar milagros, o como carne y hueso impregnados de esa virtud celestial del Santísimo Sacramento que la resucitará en el último día en una gloriosa resurrección.

Es algo indescriptiblemente más que esto. Debemos adorarla con la más alta adoración. En algún cielo local u otro, en alguna parte del espacio, lejana o cercana, Dios, en este mismo instante, está revelando su majestuosa gloria ante los ángeles y los santos. Se encuentra en un salón celestial de inconcebible magnificencia. El Cuerpo y el Alma humanos de Jesús están allí, y son su luz y su gloria, el sol insuperable de esa Jerusalén celestial. María, su Madre, está entronizada allí como una hermosa luna en medio de la gloria del atardecer, embellecida —más que extinguida— por el resplandor que la rodea. Millones de ángeles majestuosos humillan su vasta grandeza ante el terror extático de esa Visión desnuda del Eterno. Escalofríos de temor embriagador recorren las multitudes de santos glorificados que abarrotan los espacios de ese maravilloso santuario. La propia María, en su trono, se ve sacudida por un éxtasis de temor ante la majestad de Dios, del mismo modo que una caña se agita con el viento. El Sagrado Corazón de Jesús late con un asombro extático y se glorifica en la misma bienaventuranza de su abjección, ante la inmensidad de esos Fuegos Divinos, que arden visiblemente en su abrumador esplendor. Si pudiéramos entrar allí tal y como somos ahora, sin duda moriríamos. Aún no estamos lo suficientemente fortalecidos para soportar la profundidad de esa humillación postrada, que allí se requiere y que es la alegría inseparable del cielo. Nuestras vidas quedarían destrozadas por las palpitaciones de reverencia que deberían latir como pulsos vehementes en nuestras almas. Pero conocemos los límites de nuestra naturaleza. Sabemos, al menos en teoría, la abjección que corresponde a la criatura en la presencia inmediata de su Creador.

Podemos concebir la más alta adoración de un alma inmortal y sin pecado como un culto que no podría rendir a ninguna criatura, por muy exaltada que fuera, por muy cercana a Dios que estuviera. Podemos imaginarnos a nosotros mismos, postrados sobre las nubes del cielo, cegados por el exceso de luz, cada facultad de la mente jubilosa y asombrada ante la inmensidad de las Perfecciones Divinas, cada afecto del corazón sumergido en algún abismo siempre nuevo de la insondable dulzura de Dios. Sabemos que nos postraríamos con sagrado temor y alegre asombro ante el trono de María, si lo viéramos resplandecer en su majestad. Sin embargo, sabemos también que esta profunda reverencia sería algo de un tipo muy diferente a nuestra abjección ante la tremenda majestad de Dios.

Pero, si viéramos una sola gota de la Preciosa Sangre, colgando como la más pequeña perla de rocío sobre una brizna de hierba en el Calvario, o como una mancha opaca y desfigurada en el polvo de la puerta de Jerusalén, tendríamos que adorarla con la misma adoración que los esplendores al descubierto del Eterno.

¡Ciertamente! Pero para algunos, la idea de venerar la Sangre de Cristo resulta bárbara. El P. M. F. Walz dice lo siguiente al respecto:

Quizá haya quienes se sientan más repelidos que atraídos por el mero nombre y la naturaleza de la devoción a la Preciosa Sangre. La idea de la sangre les sugiere fácilmente que se ha cometido algún acto de crueldad y que, en consecuencia, alguna vida se está extinguiendo. «La vida de la carne está en la sangre» (Lev. XVII, 11), y ver fluir la sangre nos llena instintivamente de horror. Cuando Jesús prometió darnos su carne para comer y su sangre para beber, sabemos que «Muchos, pues, de sus discípulos, al oír esto, dijeron: “Esta palabra es dura; ¿quién puede escucharla?”. Pero Jesús, sabiendo en su interior que sus discípulos murmuraban por esto, les dijo: “¿Os escandaliza esto? Es el espíritu el que da vida”» (Juan VI, 61-64). Es cierto que la devoción a la Preciosa Sangre nos recuerda que se infligió dolor y que se sacrificó una vida; pero no debemos olvidar tampoco que fue Sangre divina la que se derramó y que fue el Hombre-Dios quien sufrió y entregó su vida por nosotros. Confesemos también, con profunda contrición, que nosotros, los pecadores, hemos sido la causa del derramamiento de sangre y de la muerte. ¿No es esta la razón subyacente por la que esta devoción contiene este elemento de temor saludable? Fue para lavar nuestros pecados por lo que se derramó esta adorable Sangre, y en respuesta a las palabras del profeta: «¿Por qué, pues, es roja tu vestidura?» (Is. LXIII, 2), podemos responder con el amado Apóstol: «Porque Él nos amó y nos lavó de nuestros pecados con su propia sangre» (Apoc. I, 5) . San Bernardo llama a la Sangre de la Pasión «las rosas del amor divino».

La devoción a la Preciosa Sangre nos pone cara a cara con dos doctrinas fundamentales de nuestra santa religión: el hombre caído en toda su miseria, excluido del Paraíso y del Cielo, lamentándose y llorando en este valle de lágrimas; y Jesús, el Hijo del Dios vivo, que devuelve al hijo de la perdición a la dignidad de hijo de Dios y heredero del cielo. Un ángel con una espada llameante custodia la entrada del Paraíso perdido; pero Jesús, con el manto carmesí de su Sangre, ardiente de amor, nos vuelve a abrir la puerta del Cielo.

Una religión separada de estas verdades fundamentales es como una nuez sin núcleo. En nuestra época de lujo e indiferencia religiosa, los hombres no quieren que se les recuerde la regeneración moral, la necesidad de luchar contra la carne, el mundo y el diablo; no quieren oír hablar de su obligación de utilizar los medios de salvación y cooperar así con la gracia de Dios. Este mundo afeminado detesta una Iglesia en la que la Cruz ocupe un lugar destacado y en la que se adore al Crucificado y se le implore misericordia.

La piedad sólida, la devoción genuina y duradera, sin embargo, debe consistir en el amor a Dios, debe basarse en los dogmas de la Iglesia, debe estar arraigada en un espíritu de sacrificio y humillación, debe contener un gran amor a Jesucristo y a su Iglesia, debe dar fruto en la caridad práctica y debe estar dispuesta a soportar sufrimientos en sumisión a la Divina Providencia; de lo contrario, nuestras devociones se convertirán fácilmente en caprichos y se evaporarán en sentimentalismo. «Me han abandonado a mí, fuente de agua viva, y se han cavado cisternas, cisternas agrietadas que no retienen el agua» (Jer. II, 13). Mientras Moisés estaba en la montaña orando y recibiendo los Diez Mandamientos, los israelitas, de mente voluble, bailaban alrededor del becerro de oro que ellos mismos habían fabricado. Los caprichos de la mente humana nunca pueden sustituir a las verdades reveladas por Dios; tampoco las formas externas de piedad pueden sustituir a la religión auténtica y práctica.

Quien sea tan exigente en sus gustos religiosos como para sentir aversión al contemplar o adorar a Cristo en su Sangre, demuestra claramente que carece del verdadero amor a Jesús.

O deja que te lo explique san Pablo, tal y como lo hizo en 1 Corintios 1, 23-25:

«Nosotros predicamos a Cristo crucificado, que para los judíos es tropiezo y para los gentiles, locura; pero para los llamados, tanto judíos como griegos, Cristo es poder de Dios y sabiduría de Dios. Porque la locura de Dios es más sabia que los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que los hombres».

T

Costumbres

Hay quien se prepara para esta festividad rezando la novena a la Preciosa Sangre, que comienza el 22 de junio y termina el 30 de junio, víspera de la festividad. Para el día de la festividad en sí, la Letanía de la Preciosa Sangre sería ideal, al igual que el Rosario de la Preciosa Sangre.

También se recomiendan estas «Siete ofrendas, en reparación por todos los ultrajes recibidos por Nuestro Señor en la Preciosa Sangre», extraídas de la Raccolta:

I

¡Padre Eterno! Te ofrezco los méritos de la Preciosa Sangre de Jesús, tu Hijo bienamado, mi Salvador y mi Dios, por la propagación y exaltación de mi querida Madre, tu Santa Iglesia; por la seguridad y prosperidad de su cabeza visible, nuestro pastor supremo, el obispo de Roma; por los cardenales, obispos y pastores de almas, y por todos los ministros del santuario. Gloria al Padre. Bendito y alabado sea por los siglos de los siglos Jesús, que nos ha salvado con su Sangre.

II

¡Padre Eterno! Te ofrezco los méritos de la Preciosa Sangre de Jesús, tu Hijo bienamado, mi Salvador y mi Dios, por la paz y la concordia de los reyes y príncipes católicos, por la humillación de los enemigos de nuestra santa fe y por el bienestar de todo el pueblo cristiano. Gloria Patri. Bendito y alabado sea por los siglos de los siglos Jesús, que nos ha salvado con su Sangre.

III

¡Padre Eterno! Te ofrezco los méritos de la Preciosa Sangre de Jesús, Tu Hijo bienamado, mi Salvador y mi Dios, por el arrepentimiento de los incrédulos, la erradicación de la herejía y la conversión de los pecadores. Gloria Patri. Bendito y alabado sea por los siglos de los siglos Jesús, que nos ha salvado con su Sangre.

IV

¡Padre Eterno! Te ofrezco los méritos de la Preciosa Sangre de Jesús, Tu Hijo bienamado, mi Salvador y mi Dios, por todos mis familiares, amigos y enemigos; por los pobres, los enfermos y los afligidos, y por todos aquellos por quienes Tú, mi Dios, sabes que debo orar, o por quienes quieres que ore. Gloria Patri. Bendito y alabado sea por los siglos de los siglos Jesús, que nos ha salvado con su Sangre.

V

¡Padre Eterno! Te ofrezco los méritos de la Preciosa Sangre de Jesús, Tu Hijo bienamado, mi Salvador y mi Dios, por todos los que hoy pasan a la otra vida; para que los salves de los dolores del infierno y los admitas rápidamente en la posesión de Tu gloria. Gloria Patri. Bendito y alabado sea por los siglos de los siglos Jesús, que nos ha salvado con Su Sangre,

VI

¡Padre Eterno! Te ofrezco los méritos de la Preciosa Sangre de Jesús, tu Hijo bienamado, mi Salvador y mi Dios, por todos aquellos que aman este gran tesoro, por aquellos que se unen a mí para adorarlo y honrarlo, y por aquellos que se esfuerzan por difundir la devoción a ella. Gloria Patri. Bendito y alabado sea por los siglos de los siglos Jesús, que nos ha salvado con su Sangre.

VII

¡Padre Eterno! Te ofrezco los méritos de la Preciosa Sangre de Jesús, Tu Hijo bienamado, mi Salvador y mi Dios, por todas mis necesidades, espirituales y temporales; en sufragio por las almas santas del purgatorio, y principalmente por aquellos que fueron los más devotos amantes de esta Sangre, precio de nuestra redención, y de los dolores y sufrimientos de nuestra querida Madre, la Santísima María. Gloria Patri. Bendito y alabado sea por los siglos de los siglos Jesús, que nos ha salvado con su Sangre.

¡Gloria a la Sangre de Jesús, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos! Amén.

Un símbolo de este día es el pelícano, sobre el que el Bestiario de Aberdeen dice:

Es muy devota de sus crías. Cuando da a luz y las crías comienzan a crecer, estas golpean a sus padres en la cara. Pero sus padres, al devolverles los golpes, las matan. Sin embargo, al tercer día, la madre, con un golpe en el costado, se abre el costado y se tumba sobre sus crías, dejando que su sangre se derrame sobre los cuerpos de los muertos, resucitándolos así de entre los muertos.

En un sentido místico, el pelícano simboliza a Cristo; Egipto, el mundo. El pelícano vive en soledad, pues solo Cristo se dignó nacer de una virgen sin relación con un hombre. Es solitario, porque está libre de pecado, al igual que la vida de Cristo. Mata a sus crías con el pico, así como la predicación de la palabra de Dios convierte a los incrédulos. Llora sin cesar por sus crías, como Cristo lloró de compasión cuando resucitó a Lázaro. Así, al cabo de tres días, revive a sus crías con su sangre, como Cristo nos salva a nosotros, a quienes ha redimido con su propia sangre.

Encontrarás pelícanos en muchas obras de arte y literatura cristianas, incluido el himno de santo Tomás de Aquino, «Adoro Te Devote».

Cuéntame la tierna y verdadera historia del pelícano;

Báñame, Jesús, Señor, en la sangre que brotó de tu pecho,

Sangre de la que una sola gota tiene el poder de obtener

Para todo el mundo el perdón de sus pecados.

Otro símbolo de este día es el cáliz, o el «Santo Grial», si lo prefieres, cuyo destino nadie conoce, pero sobre el que han surgido muchas leyendas. La tradición nos cuenta que San José de Arimatea, el hombre rico que permitió que Cristo fuera depositado en una tumba de su propiedad, se trasladó a Inglaterra tras la resurrección y se convirtió en obispo de Glastonbury. La más antigua de las historias sobre el Santo Grial, una trilogía escrita a finales del siglo XII por Robert de Boron, narra cómo José se llevó consigo el Santo Grial. Estas historias evolucionaron más tarde hasta convertirse en «Le Morte D’Arthur», del siglo XV, y en otros relatos artúricos con los que la mayoría está, al menos, vagamente familiarizada. Para leer las historias originales de De Boron, busca un libro titulado «Merlín y el Grial: José de Arimatea, Merlín, Perceval: la trilogía de romances en prosa atribuidos a Robert de Boron» (ISBN-10: 0859917797). Está disponible para su lectura, pero no para su descarga, en Internet Archive.

Por último, un buen hábito que podrías considerar adoptar es invocar la Preciosa Sangre al bendecirte con agua bendita: «Por esta agua bendita y por tu Preciosa Sangre, Señor Jesús, lava todos mis pecados».

Para ampliar la lectura, consulta estos libros, en formato PDF, de la Biblioteca Católica de este sitio web:

La Preciosa Sangre: o el precio de nuestra salvación, del P. Frederick Faber

¿Por qué es roja tu vestidura? O las glorias de la Preciosa Sangre, del P. M. F. Walz

Lecturas

De la Raccolta

¡Gloria a Jesús!

Quien, en amargos dolores,

derramó por mí la sangre de la vida

de sus sagradas venas.

Gracia y vida eterna

en esa Sangre encuentro;

¡Bendita sea su compasión,

infinitamente bondadosa!

Bendita sea, por los siglos de los siglos,

la preciosa corriente,

que del tormento sin fin

redime al mundo.

Allí el espíritu desfalleciente

Bebe hasta saciarse de vida;

Allí, como en una fuente,

Se refresca a su antojo.

¡Oh, la Sangre de Cristo!

Apacigua la ira del Padre,

Abre la puerta del cielo,

Apaga el fuego eterno.

La sangre de Abel, en busca de venganza,

Clamó a los cielos,

Pero la Sangre de Jesús

Clama por nuestro perdón.

Cada vez que se derrama

sobre nuestros corazones culpables,

Satanás, confundido,

huye aterrorizado.

Cada vez que la tierra, exultante,

envía su alabanza a las alturas,

el infierno tiembla de terror,

y el cielo se llena de alegría.

Alzad, pues, vuestras voces;

aumentad el poderoso torrente;

cada vez más fuerte,

¡alabad la Preciosa Sangre!

El 1 de julio es la fiesta de la Preciosísima Sangre, que da comienzo al mes de julio, dedicado a la Preciosísima Sangre.

La fiesta tiene su origen en la España del siglo XVI, se extendió a Italia y, en 1849, el papa Pío IX la extendió a toda la Iglesia, fijándola inicialmente para el primer domingo de julio. Más tarde, el papa San Pío X la trasladó al 1 de julio (el calendario del Novus Ordo no celebra esta fiesta en absoluto).

La Preciosísima Sangre fue prefigurada en el Antiguo Testamento mediante el sacrificio del cordero pascual. Mientras los israelitas estaban cautivos en Egipto, Dios ordenó a Moisés que sacrificara un cordero joven y macho y untara su sangre en los postes y travesaños de las puertas de sus casas. Éxodo 12, 13:

«Y la sangre os servirá de señal en las casas donde estéis; y al ver la sangre, pasaré de largo por encima de vosotros, y no habrá entre vosotros plaga que os destruya, cuando yo hiera la tierra de Egipto».

Dios pasó de largo y evitó castigar a aquellos cuyas casas estaban marcadas con la sangre. Y ahora, nosotros, que estamos cubiertos por la Preciosa Sangre derramada por el Señor Cristo, también estamos liberados del castigo de la muerte, el salario de nuestros pecados. La Sangre que Él derramó por nosotros es nuestra esperanza. Nuestra única esperanza. Considerad las palabras de san Pedro en 1 Pedro 1, 18-20:

Sabiendo que no fuisteis rescatados con cosas corruptibles, como oro o plata, de vuestra vana forma de vida heredada de la tradición de vuestros padres, sino con la preciosa sangre de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, predestinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los últimos tiempos por vosotros.

El padre Frederick Faber describe de forma hermosa y contundente la profunda reverencia que debemos sentir por la Sangre vivificante y Preciosísima de Cristo:

¿Qué nos llama la atención al pensar por primera vez en la Preciosísima Sangre? Es que debemos adorarla con la más alta adoración. No es una reliquia a la que debamos mirar con asombro y amor, y que debamos besar con reverencia, por haber sido en su día un templo del Espíritu Santo y un instrumento elegido por Dios para obrar milagros, o como carne y hueso impregnados de esa virtud celestial del Santísimo Sacramento que la resucitará en el último día en una gloriosa resurrección.

Es algo indescriptiblemente más que esto. Debemos adorarla con la más alta adoración. En algún cielo local u otro, en alguna parte del espacio, lejana o cercana, Dios, en este mismo instante, está revelando su majestuosa gloria ante los ángeles y los santos. Se encuentra en un salón celestial de inconcebible magnificencia. El Cuerpo y el Alma humanos de Jesús están allí, y son su luz y su gloria, el sol insuperable de esa Jerusalén celestial. María, su Madre, está entronizada allí como una hermosa luna en medio de la gloria del atardecer, embellecida —más que extinguida— por el resplandor que la rodea. Millones de ángeles majestuosos humillan su vasta grandeza ante el terror extático de esa Visión desnuda del Eterno. Escalofríos de temor embriagador recorren las multitudes de santos glorificados que abarrotan los espacios de ese maravilloso santuario. La propia María, en su trono, se ve sacudida por un éxtasis de temor ante la majestad de Dios, del mismo modo que una caña se agita con el viento. El Sagrado Corazón de Jesús late con un asombro extático y se glorifica en la misma bienaventuranza de su abjección, ante la inmensidad de esos Fuegos Divinos, que arden visiblemente en su abrumador esplendor. Si pudiéramos entrar allí tal y como somos ahora, sin duda moriríamos. Aún no estamos lo suficientemente fortalecidos para soportar la profundidad de esa humillación postrada, que allí se requiere y que es la alegría inseparable del cielo. Nuestras vidas quedarían destrozadas por las palpitaciones de reverencia que deberían latir como pulsos vehementes en nuestras almas. Pero conocemos los límites de nuestra naturaleza. Sabemos, al menos en teoría, la abjección que corresponde a la criatura en la presencia inmediata de su Creador.

Podemos concebir la más alta adoración de un alma inmortal y sin pecado como un culto que no podría rendir a ninguna criatura, por muy exaltada que fuera, por muy cercana a Dios que estuviera. Podemos imaginarnos a nosotros mismos, postrados sobre las nubes del cielo, cegados por el exceso de luz, cada facultad de la mente jubilosa y asombrada ante la inmensidad de las Perfecciones Divinas, cada afecto del corazón sumergido en algún abismo siempre nuevo de la insondable dulzura de Dios. Sabemos que nos postraríamos con sagrado temor y alegre asombro ante el trono de María, si lo viéramos resplandecer en su majestad. Sin embargo, sabemos también que esta profunda reverencia sería algo de un tipo muy diferente a nuestra abjección ante la tremenda majestad de Dios.

Pero, si viéramos una sola gota de la Preciosa Sangre, colgando como la más pequeña perla de rocío sobre una brizna de hierba en el Calvario, o como una mancha opaca y desfigurada en el polvo de la puerta de Jerusalén, tendríamos que adorarla con la misma adoración que los esplendores al descubierto del Eterno.

¡Ciertamente! Pero para algunos, la idea de venerar la Sangre de Cristo resulta bárbara. El P. M. F. Walz dice lo siguiente al respecto:

Quizá haya quienes se sientan más repelidos que atraídos por el mero nombre y la naturaleza de la devoción a la Preciosa Sangre. La idea de la sangre les sugiere fácilmente que se ha cometido algún acto de crueldad y que, en consecuencia, alguna vida se está extinguiendo. «La vida de la carne está en la sangre» (Lev. XVII, 11), y ver fluir la sangre nos llena instintivamente de horror. Cuando Jesús prometió darnos su carne para comer y su sangre para beber, sabemos que «Muchos, pues, de sus discípulos, al oír esto, dijeron: “Esta palabra es dura; ¿quién puede escucharla?”. Pero Jesús, sabiendo en su interior que sus discípulos murmuraban por esto, les dijo: “¿Os escandaliza esto? Es el espíritu el que da vida”» (Juan VI, 61-64). Es cierto que la devoción a la Preciosa Sangre nos recuerda que se infligió dolor y que se sacrificó una vida; pero no debemos olvidar tampoco que fue Sangre divina la que se derramó y que fue el Hombre-Dios quien sufrió y entregó su vida por nosotros. Confesemos también, con profunda contrición, que nosotros, los pecadores, hemos sido la causa del derramamiento de sangre y de la muerte. ¿No es esta la razón subyacente por la que esta devoción contiene este elemento de temor saludable? Fue para lavar nuestros pecados por lo que se derramó esta adorable Sangre, y en respuesta a las palabras del profeta: «¿Por qué, pues, es roja tu vestidura?» (Is. LXIII, 2), podemos responder con el amado Apóstol: «Porque Él nos amó y nos lavó de nuestros pecados con su propia sangre» (Apoc. I, 5) . San Bernardo llama a la Sangre de la Pasión «las rosas del amor divino».

La devoción a la Preciosa Sangre nos pone cara a cara con dos doctrinas fundamentales de nuestra santa religión: el hombre caído en toda su miseria, excluido del Paraíso y del Cielo, lamentándose y llorando en este valle de lágrimas; y Jesús, el Hijo del Dios vivo, que devuelve al hijo de la perdición a la dignidad de hijo de Dios y heredero del cielo. Un ángel con una espada llameante custodia la entrada del Paraíso perdido; pero Jesús, con el manto carmesí de su Sangre, ardiente de amor, nos vuelve a abrir la puerta del Cielo.

Una religión separada de estas verdades fundamentales es como una nuez sin núcleo. En nuestra época de lujo e indiferencia religiosa, los hombres no quieren que se les recuerde la regeneración moral, la necesidad de luchar contra la carne, el mundo y el diablo; no quieren oír hablar de su obligación de utilizar los medios de salvación y cooperar así con la gracia de Dios. Este mundo afeminado detesta una Iglesia en la que la Cruz ocupe un lugar destacado y en la que se adore al Crucificado y se le implore misericordia.

La piedad sólida, la devoción genuina y duradera, sin embargo, debe consistir en el amor a Dios, debe basarse en los dogmas de la Iglesia, debe estar arraigada en un espíritu de sacrificio y humillación, debe contener un gran amor a Jesucristo y a su Iglesia, debe dar fruto en la caridad práctica y debe estar dispuesta a soportar sufrimientos en sumisión a la Divina Providencia; de lo contrario, nuestras devociones se convertirán fácilmente en caprichos y se evaporarán en sentimentalismo. «Me han abandonado a mí, fuente de agua viva, y se han cavado cisternas, cisternas agrietadas que no retienen el agua» (Jer. II, 13). Mientras Moisés estaba en la montaña orando y recibiendo los Diez Mandamientos, los israelitas, de mente voluble, bailaban alrededor del becerro de oro que ellos mismos habían fabricado. Los caprichos de la mente humana nunca pueden sustituir a las verdades reveladas por Dios; tampoco las formas externas de piedad pueden sustituir a la religión auténtica y práctica.

Quien sea tan exigente en sus gustos religiosos como para sentir aversión al contemplar o adorar a Cristo en su Sangre, demuestra claramente que carece del verdadero amor a Jesús.

O deja que te lo explique san Pablo, tal y como lo hizo en 1 Corintios 1, 23-25:

«Nosotros predicamos a Cristo crucificado, que para los judíos es tropiezo y para los gentiles, locura; pero para los llamados, tanto judíos como griegos, Cristo es poder de Dios y sabiduría de Dios. Porque la locura de Dios es más sabia que los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que los hombres».

T

Costumbres

Hay quien se prepara para esta festividad rezando la novena a la Preciosa Sangre, que comienza el 22 de junio y termina el 30 de junio, víspera de la festividad. Para el día de la festividad en sí, la Letanía de la Preciosa Sangre sería ideal, al igual que el Rosario de la Preciosa Sangre.

También se recomiendan estas «Siete ofrendas, en reparación por todos los ultrajes recibidos por Nuestro Señor en la Preciosa Sangre», extraídas de la Raccolta:

I

¡Padre Eterno! Te ofrezco los méritos de la Preciosa Sangre de Jesús, tu Hijo bienamado, mi Salvador y mi Dios, por la propagación y exaltación de mi querida Madre, tu Santa Iglesia; por la seguridad y prosperidad de su cabeza visible, nuestro pastor supremo, el obispo de Roma; por los cardenales, obispos y pastores de almas, y por todos los ministros del santuario. Gloria al Padre. Bendito y alabado sea por los siglos de los siglos Jesús, que nos ha salvado con su Sangre.

II

¡Padre Eterno! Te ofrezco los méritos de la Preciosa Sangre de Jesús, tu Hijo bienamado, mi Salvador y mi Dios, por la paz y la concordia de los reyes y príncipes católicos, por la humillación de los enemigos de nuestra santa fe y por el bienestar de todo el pueblo cristiano. Gloria Patri. Bendito y alabado sea por los siglos de los siglos Jesús, que nos ha salvado con su Sangre.

III

¡Padre Eterno! Te ofrezco los méritos de la Preciosa Sangre de Jesús, Tu Hijo bienamado, mi Salvador y mi Dios, por el arrepentimiento de los incrédulos, la erradicación de la herejía y la conversión de los pecadores. Gloria Patri. Bendito y alabado sea por los siglos de los siglos Jesús, que nos ha salvado con su Sangre.

IV

¡Padre Eterno! Te ofrezco los méritos de la Preciosa Sangre de Jesús, Tu Hijo bienamado, mi Salvador y mi Dios, por todos mis familiares, amigos y enemigos; por los pobres, los enfermos y los afligidos, y por todos aquellos por quienes Tú, mi Dios, sabes que debo orar, o por quienes quieres que ore. Gloria Patri. Bendito y alabado sea por los siglos de los siglos Jesús, que nos ha salvado con su Sangre.

V

¡Padre Eterno! Te ofrezco los méritos de la Preciosa Sangre de Jesús, Tu Hijo bienamado, mi Salvador y mi Dios, por todos los que hoy pasan a la otra vida; para que los salves de los dolores del infierno y los admitas rápidamente en la posesión de Tu gloria. Gloria Patri. Bendito y alabado sea por los siglos de los siglos Jesús, que nos ha salvado con Su Sangre,

VI

¡Padre Eterno! Te ofrezco los méritos de la Preciosa Sangre de Jesús, tu Hijo bienamado, mi Salvador y mi Dios, por todos aquellos que aman este gran tesoro, por aquellos que se unen a mí para adorarlo y honrarlo, y por aquellos que se esfuerzan por difundir la devoción a ella. Gloria Patri. Bendito y alabado sea por los siglos de los siglos Jesús, que nos ha salvado con su Sangre.

VII

¡Padre Eterno! Te ofrezco los méritos de la Preciosa Sangre de Jesús, Tu Hijo bienamado, mi Salvador y mi Dios, por todas mis necesidades, espirituales y temporales; en sufragio por las almas santas del purgatorio, y principalmente por aquellos que fueron los más devotos amantes de esta Sangre, precio de nuestra redención, y de los dolores y sufrimientos de nuestra querida Madre, la Santísima María. Gloria Patri. Bendito y alabado sea por los siglos de los siglos Jesús, que nos ha salvado con su Sangre.

¡Gloria a la Sangre de Jesús, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos! Amén.

Un símbolo de este día es el pelícano, sobre el que el Bestiario de Aberdeen dice:

Es muy devota de sus crías. Cuando da a luz y las crías comienzan a crecer, estas golpean a sus padres en la cara. Pero sus padres, al devolverles los golpes, las matan. Sin embargo, al tercer día, la madre, con un golpe en el costado, se abre el costado y se tumba sobre sus crías, dejando que su sangre se derrame sobre los cuerpos de los muertos, resucitándolos así de entre los muertos.

En un sentido místico, el pelícano simboliza a Cristo; Egipto, el mundo. El pelícano vive en soledad, pues solo Cristo se dignó nacer de una virgen sin relación con un hombre. Es solitario, porque está libre de pecado, al igual que la vida de Cristo. Mata a sus crías con el pico, así como la predicación de la palabra de Dios convierte a los incrédulos. Llora sin cesar por sus crías, como Cristo lloró de compasión cuando resucitó a Lázaro. Así, al cabo de tres días, revive a sus crías con su sangre, como Cristo nos salva a nosotros, a quienes ha redimido con su propia sangre.

Encontrarás pelícanos en muchas obras de arte y literatura cristianas, incluido el himno de santo Tomás de Aquino, «Adoro Te Devote».

Cuéntame la tierna y verdadera historia del pelícano;

Báñame, Jesús, Señor, en la sangre que brotó de tu pecho,

Sangre de la que una sola gota tiene el poder de obtener

Para todo el mundo el perdón de sus pecados.

Otro símbolo de este día es el cáliz, o el «Santo Grial», si lo prefieres, cuyo destino nadie conoce, pero sobre el que han surgido muchas leyendas. La tradición nos cuenta que San José de Arimatea, el hombre rico que permitió que Cristo fuera depositado en una tumba de su propiedad, se trasladó a Inglaterra tras la resurrección y se convirtió en obispo de Glastonbury. La más antigua de las historias sobre el Santo Grial, una trilogía escrita a finales del siglo XII por Robert de Boron, narra cómo José se llevó consigo el Santo Grial. Estas historias evolucionaron más tarde hasta convertirse en «Le Morte D’Arthur», del siglo XV, y en otros relatos artúricos con los que la mayoría está, al menos, vagamente familiarizada. Para leer las historias originales de De Boron, busca un libro titulado «Merlín y el Grial: José de Arimatea, Merlín, Perceval: la trilogía de romances en prosa atribuidos a Robert de Boron» (ISBN-10: 0859917797). Está disponible para su lectura, pero no para su descarga, en Internet Archive.

Por último, un buen hábito que podrías considerar adoptar es invocar la Preciosa Sangre al bendecirte con agua bendita: «Por esta agua bendita y por tu Preciosa Sangre, Señor Jesús, lava todos mis pecados».

Para ampliar la lectura, consulta estos libros, en formato PDF, de la Biblioteca Católica de este sitio web:

La Preciosa Sangre: o el precio de nuestra salvación, del P. Frederick Faber

¿Por qué es roja tu vestidura? O las glorias de la Preciosa Sangre, del P. M. F. Walz

Lecturas

De la Raccolta

¡Gloria a Jesús!

Quien, en amargos dolores,

derramó por mí la sangre de la vida

de sus sagradas venas.

Gracia y vida eterna

en esa Sangre encuentro;

¡Bendita sea su compasión,

infinitamente bondadosa!

Bendita sea, por los siglos de los siglos,

la preciosa corriente,

que del tormento sin fin

redime al mundo.

Allí el espíritu desfalleciente

Bebe hasta saciarse de vida;

Allí, como en una fuente,

Se refresca a su antojo.

¡Oh, la Sangre de Cristo!

Apacigua la ira del Padre,

Abre la puerta del cielo,

Apaga el fuego eterno.

La sangre de Abel, en busca de venganza,

Clamó a los cielos,

Pero la Sangre de Jesús

Clama por nuestro perdón.

Cada vez que se derrama

sobre nuestros corazones culpables,

Satanás, confundido,

huye aterrorizado.

Cada vez que la tierra, exultante,

envía su alabanza a las alturas,

el infierno tiembla de terror,

y el cielo se llena de alegría.

Alzad, pues, vuestras voces;

aumentad el poderoso torrente;

cada vez más fuerte,

¡alabad la Preciosa Sangre!

Recomendaciones de lectura mensual

Recomendaciones de lectura mensual

Formación Espiritual

Formación Espiritual

La preciosa sangre o El precio de nuestra salvación - Frederick William Faber

La Preciosa Sangre o El precio de nuestra salvación, del P. Federico Guillermo Faber, es una profunda meditación sobre el misterio de la Sangre de Cristo, derramada por nuestra redención. El autor muestra que la Sangre del Salvador no es solamente un recuerdo piadoso de la Pasión, sino el precio real de nuestra salvación: por ella somos perdonados, purificados y reconciliados con Dios.

Faber contempla la Preciosa Sangre en relación con el pecado, la Pasión, la Santa Misa, los sacramentos, la Iglesia, el purgatorio y la gloria del cielo. Todo bien sobrenatural que recibimos —la gracia, el perdón, la conversión, la perseverancia y la vida eterna— nos llega por los méritos de Cristo crucificado.

Es un libro especialmente útil para crecer en gratitud, espíritu de reparación, amor a la Santa Misa y celo por la salvación de las almas. Su mensaje principal es claro: nuestra salvación tuvo un precio infinito, y ese precio fue la Sangre adorable de Nuestro Señor Jesucristo.

La preciosa sangre o El precio de nuestra salvación - Frederick William Faber

La Preciosa Sangre o El precio de nuestra salvación, del P. Federico Guillermo Faber, es una profunda meditación sobre el misterio de la Sangre de Cristo, derramada por nuestra redención. El autor muestra que la Sangre del Salvador no es solamente un recuerdo piadoso de la Pasión, sino el precio real de nuestra salvación: por ella somos perdonados, purificados y reconciliados con Dios.

Faber contempla la Preciosa Sangre en relación con el pecado, la Pasión, la Santa Misa, los sacramentos, la Iglesia, el purgatorio y la gloria del cielo. Todo bien sobrenatural que recibimos —la gracia, el perdón, la conversión, la perseverancia y la vida eterna— nos llega por los méritos de Cristo crucificado.

Es un libro especialmente útil para crecer en gratitud, espíritu de reparación, amor a la Santa Misa y celo por la salvación de las almas. Su mensaje principal es claro: nuestra salvación tuvo un precio infinito, y ese precio fue la Sangre adorable de Nuestro Señor Jesucristo.

Formación Intelectual

Formación Intelectual

El pueblo de Dios, de Dom Anscar Vonier

Es una obra sobre el misterio de la Iglesia considerada como el pueblo que Dios ha formado para sí. El autor muestra que la Iglesia no es una simple asociación humana ni una organización religiosa más, sino la continuación y plenitud del pueblo elegido en el Antiguo Testamento. 

Vonier explica cómo Dios preparó a su pueblo a lo largo de la historia de Israel y cómo esa preparación alcanza su cumplimiento en Cristo y en la Iglesia. La Iglesia aparece así como un pueblo visible, unido por la fe, los sacramentos, la jerarquía y el culto divino. 

El libro ayuda a comprender mejor el amor que debemos tener a la Iglesia: no como una institución meramente externa, sino como la obra de Dios en la historia, el lugar donde Cristo reúne, santifica y conduce a las almas hacia la salvación. 

El pueblo de Dios, de Dom Anscar Vonier

Es una obra sobre el misterio de la Iglesia considerada como el pueblo que Dios ha formado para sí. El autor muestra que la Iglesia no es una simple asociación humana ni una organización religiosa más, sino la continuación y plenitud del pueblo elegido en el Antiguo Testamento. 

Vonier explica cómo Dios preparó a su pueblo a lo largo de la historia de Israel y cómo esa preparación alcanza su cumplimiento en Cristo y en la Iglesia. La Iglesia aparece así como un pueblo visible, unido por la fe, los sacramentos, la jerarquía y el culto divino. 

El libro ayuda a comprender mejor el amor que debemos tener a la Iglesia: no como una institución meramente externa, sino como la obra de Dios en la historia, el lugar donde Cristo reúne, santifica y conduce a las almas hacia la salvación. 

Literatura

Literatura

La Abolición del Hombre, C.S. Lewis 

La Abolición del Hombre, de C. S. Lewis, es una defensa lúcida de la ley natural y de la formación moral del hombre. Lewis advierte contra una educación que pretende ser “neutral”, pero que termina destruyendo en los jóvenes la capacidad de reconocer la verdad, el bien y la belleza. 

El autor sostiene que existen valores objetivos inscritos en la realidad y reconocidos por las grandes tradiciones humanas. Cuando se enseña que todos los juicios morales son meras emociones o preferencias personales, el hombre queda reducido a sus impulsos, manipulable por la técnica, la propaganda y el poder. 

La tesis central del libro es clara: si se elimina la formación de la conciencia y del corazón, no se produce un hombre más libre, sino un hombre más débil. Sin una verdadera educación moral, la civilización no progresa: se deshumaniza.

La Abolición del Hombre, C.S. Lewis 

La Abolición del Hombre, de C. S. Lewis, es una defensa lúcida de la ley natural y de la formación moral del hombre. Lewis advierte contra una educación que pretende ser “neutral”, pero que termina destruyendo en los jóvenes la capacidad de reconocer la verdad, el bien y la belleza. 

El autor sostiene que existen valores objetivos inscritos en la realidad y reconocidos por las grandes tradiciones humanas. Cuando se enseña que todos los juicios morales son meras emociones o preferencias personales, el hombre queda reducido a sus impulsos, manipulable por la técnica, la propaganda y el poder. 

La tesis central del libro es clara: si se elimina la formación de la conciencia y del corazón, no se produce un hombre más libre, sino un hombre más débil. Sin una verdadera educación moral, la civilización no progresa: se deshumaniza.

Santos que seguro no conocías

Santa Verónica de Giuliani, Virgen – 9 de julio

Nació el 27 de diciembre de 1660 en Mercatello, un pueblecito tranquilo que formaba parte entonces del Estado Pontificio. Su nombre original era Orsola.

La pequeña Orsola, desde los primeros meses de vida, se comporta de un modo singular.

Ante una imagen de la Virgen con Jesús en brazos, Jesús y Orsola entablan coloquios infantiles: ¡Yo soy tuya y tú eres todo para mí..." Y el divino infante responde: - ¡Yo soy para ti y tú toda para mí!

Cada vez que su madre o sus hermanas comulgaban, ella gustaba de ponerse junto a ellas, y dice que le "parecían entonces más bellas de rostro".

Escribió sobre su primera comunión: “Cuando fui a comulgar por primera vez, paréceme que en aquel momento quedé fuera de mí. Paréceme recordar que, al tomar la sagrada Hostia, sentí un calor tan grande que me encendió toda. Especialmente en el corazón sentía como quemárseme y no volvía en mí misma.”

Eventualmente ingresó a un convento de capuchinas, donde se llamará con otro nombre: ya no Orsola, sino Verónica: el de la mujer que, durante la Pasión, conforta y enjuga el rostro de Jesús.

La suya será una vocación para la cruz (hizo bastantes y duras penitencias), el camino por el cual había sido llamada desde la más tierna edad.

"Cuando tenía unos siete años - escribe Verónica - me parece que por dos veces vi al Señor todo llagado; me dijo que fuese devota de su Pasión y en seguida desapareció. Esto sucedió por la Semana Santa. Me quedó todo tan grabado que no me acuerdo haberlo olvidado nunca.

"La segunda vez que se me apareció el Señor llagado de la misma manera me dejó tan impresas en el corazón sus penas, que no pensaba yo en otra cosa" - escribió.

El 21 de noviembre de 1708 Verónica se ofrece con un solemne acto de donación a María y se declara su "sierva". Esto equivale a la total consagración mariana. A partir de aquel momento se desarrolla rápidamente un proceso de Profunda identificación entre María y su hija espiritual Verónica.

Al alba del 9 de julio de 1727, recibida la obediencia de su confesor para poder dejar este mundo, vuela al encuentro con Dios.

" ¡El Amor se ha dejado hallar! " Son sus últimas palabras dichas a sus hermanas. Así terminó su padecer por amor y comenzó su paraíso.

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