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La misa de este domingo canta la misericordia divina para con los hombres, la cual encuentra su expresión más conmovedora con la solicitud de Jesús por los pecadores. Las más bellas parábolas de la oveja extraviada y de la dracma perdida, recogidas por san Lucas, no podían encontrar lugar más adecuado que inmediatamente después de la fiesta del Sagrado Corazón.
Mientras el demonio, nuestro terrible adversario, se esfuerza encarnizadamente en perdernos, Dios prosigue incansable la obra de salvación que ha comenzado en nosotros. San Pedro nos invita a permanecer vigilantes, firmes en la fe, y a descargar sobre el Señor los cuidados que pesen sobre nosotros: «El mismo tendrá cuidado de nosotros.»
Los cánticos hacen eco al Evangelio y a la Epístola; la invitación a la confianza es tanto más eficaz cuanto más cerca se halla Dios de los que viven en necesidad. Ésta es una constante afirmación de las Escrituras, grata al salmista y reforzada por Cristo; por lo mismo, se la encuentra en toda la enseñanza de la Iglesia sobre el amor del Salvador a los desgraciados, a los pobres, a los pecadores, a todos cuantos buscan en Dios el remedio a su miseria.
Desde el Escritorio del Párroco

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Santos que seguro no conocías
Santa Lutgarda, Vírgen - 16 de junio
Nace en 1182. A los doce años, fue encomendada a las monjas benedictinas cerca de Saint-Trond, no por piedad sino porque el dinero para su dote matrimonial había sido perdido por su padre. Era la costumbre de la época.
Lutgarda era bonita y le gustaba divertirse sanamente y vestir bien. No aparentaba vocación religiosa, por lo que en el convento vivía como una especie de pensionista, libre para entrar y salir.
Sin embargo, un día, mientras charlaba con unas amistades, tuvo una visión de Nuestro Señor Jesucristo que le mostraba sus heridas y le pedía que lo amase solo a Él. Lutgarda aquel día descubrió el amor de Jesús y lo aceptó al instante como su Prometido, ingresando a la orden del convento en que vivía.
Pidió ciertos dones especiales a Nuestro Señor, quien se los concedió. Sin embargo, Lutgarda se sentía frustrada, ya que encontraba en estos dones un obstáculo para su devoción. Un día se lo hizo saber a Nuestro Señor, quien le dijo:
—Entonces, ¿qué quieres?
—Señor, quiero tu Corazón. —le contestó ella.
—¿Quieres mi Corazón? —le dijo el Señor—. Soy yo el que quiere el tuyo.
A lo que Lutgarda le respondió:
—Tómalo, mi amado Señor; pero tómalo de tal manera que por amor de tu Corazón, estrechamente unido al mío, sólo posea mi corazón en ti, a fin de que permanezca para siempre seguro, bajo tu protección.
Lutgarda, entonces, recibió de Cristo una nueva vida. Él le mostró su propio Corazón atravesado, fuente de toda gracia, de todo amor y de todas las delicias y la unió a Él, dándole su propio Corazón, a cambio del de ella. Se produjo ahí, entre Cristo y ella, el místico intercambio que, más tarde, sucedería también en la vida de algunas santas devotas del Sagrado Corazón de Jesús, como Santa Gertrudis, Santa Matilde de Hackeborn y Santa Margarita María Alacoque.
Después de doce años en el convento de Santa Catalina, sintió la inspiración de abrazar la regla cisterciense que es más estricta.
Tenía gran humildad y solo se quejaba de su propia impotencia para responder como era debido a las gracias de Dios. En una ocasión oraba ofreciendo vehemente su vida al Señor, cuando se le reventó una vena que le causó una fuerte hemorragia. Le fue revelado que, en el cielo, su efusión se aceptaba como un martirio.
Predijo su muerte que ocurrió en la noche del sábado posterior a la Santísima Trinidad, precisamente cuando comenzaba el oficio nocturno del domingo. Era el 16 de junio del 1246.
Fuentes: https://revistacatolica.org/santa-lutgarda-de-aywieres-desde-nina-conquistada-por-el-amor-divino/
https://es.catholic.net/op/articulos/53133/lutgarda-santa.html#modal

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