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VII Domingo después de Pentecostés

La pureza de la doctrina y sus frutos - La Fiesta de Nuestra Señora de Monte Carmelo - ¿Se pueden dispersar las cenizas en el mar? - San Enodio de Pavia

La pureza de la doctrina y sus frutos - La Fiesta de Nuestra Señora de Monte Carmelo - ¿Se pueden dispersar las cenizas en el mar? - San Enodio de Pavia

LOS DISCÍPULOS DE LA SABIDURÍA. — “Los conoceréis por sus frutos”, dice el Evangelio; y la historia confirma la palabra del Señor. Bajo la piel de oveja con que quieren engañar a los sencillos, los apóstoles del error exhalaban siempre un hedor letal. Sus palabras habilidosas, sus lisonjas interesadas no pueden disimular el vacío de sus obras. No tengáis nada común con ellos. Los frutos podridos e impuros de las tinieblas y los árboles de otoño y dos veces muertos que los sostienen en sus ramas secas, tendrán el fuego por herencia. Si habéis sido también vosotros anteriormente tinieblas, ahora que habéis llegado a ser luz en el Señor por el bautismo, o por el retorno de una conversión sincera, mostraos como tales: producid los frutos de la luz, en toda bondad, justicia y verdad. Sólo con esta condición podéis esperar el reino de los cielos y llamaros ya en este mundo los discípulos de esa Sabiduría del Padre que reclama para sí hoy nuestro amor. En efecto, dice el Apóstol Santiago, como comentando el Evangelio de hoy, “¿acaso la higuera puede dar uvas, o la vid producir higos? ¿acaso la fuente pueda dar agua amarga y dulce a la vez? y ahora, ¿quién de nosotros pretende pasar por sabio? Pruébelo que lo es, mostrando en todas sus obras y en toda su vida la dulzura de la Sabiduría. Porque hay una sabiduría amarga y engañosa, que no es de lo alto, sino terrena e infernal. La Sabiduría que viene de arriba, es primeramente casta y pura y además amiga de la paz, modesta, sin apegarse a su parecer, siempre concorde con los buenos, llena de misericordia y de frutos de buenas obras, que no juzga a los demás, ni tiene segundas intenciones. Los frutos de la justicia que produce, se siembran en la paz, en el seno de los pacíficos'”. La Antífona del Ofertorio está escogida, según Honorio d’Autun, para recordarnos el sacrificio de mil víctimas ofrecido en Gabaón por Salomón, los primeros días de su reinado; después de este sacrificio, habiendo de pedir al Señor lo que deseaba, anheló y obtuvo la Sabiduría, con las riquezas y la gloria que no había buscado. Ahora, de nosotros depende que el Sacrificio que se prepara, sea igual y aún más acepto todavía. Porque la Sabiduría encarnada es quien aquí se ofrece en persona al Dios Altísimo, deseando merecernos todos los dones del Padre y dársenos ella misma.

De Dom Propser Gueranger.

Desde el Escritorio del Párroco

El evangelio de este domingo nos habla de la importancia de producir buenos frutos. También la epístola nos habla de manera similar, señalando que el pecado nos esclaviza, haciendo que produzcamos frutos malos. Solo estando libres del pecado empezamos a producir verdaderamente los frutos buenos de la santificación y de la vida eterna, dice San Pablo a los Romanos.

Entonces, la misa de hoy quiere que meditemos dos verdades muy importantes: la importancia de conservar la pureza de la doctrina y la necesidad de producir buenos frutos.

Dice San Jerónimo:

Así como había dicho antes que aun los que llevan el vestido de la buena vida no deben ser recibidos si hay maldad en sus enseñanzas, así ahora dice, por el contrario, que no debe oírse a los que, enseñando buena doctrina, la destruyen con sus malas obras. Una y otra cosa es necesaria a los que sirven al Señor: que las obras se prueben con las palabras y las palabras con las obras. Y por ello añade: “No todo el que me dice: Señor, Señor”.

Debemos tener cuidado de los errores de ambos lados. Es muy común hoy en día que muchos se enfoquen en obras de caridad, que por cierto no son solamente importantes, sino indispensables. Pero reducir nuestra religión solamente a una cuestión de filantropía es negar su carácter sobrenatural. Nuestra religión es principalmente para ligarnos con Dios, y el amor al prójimo es un medio para demostrar nuestro amor a Dios. Dice San Juan que no podemos decir que amamos al Dios que no vemos si odiamos al hermano que sí vemos. Y explica Santo Tomás de Aquino que la caridad es una: amamos al prójimo por Dios y en Dios, pero siempre con el mismo amor, porque si amamos a Dios tenemos que amar también todo lo que Él ama. Pero es una tendencia perniciosa reducir la religión solamente a lo que socorre al prójimo, quedándose indiferente a la manera en que nos relacionamos con Dios. Sin embargo, los Padres de la Iglesia insisten tanto en dar prioridad a nuestra relación con Dios que explican que las buenas obras que aparentemente hacen los herejes carecen de valor y, más aún, son peligrosas porque tienen la apariencia del bien, que puede engañar a mucha gente. Esta realidad la vemos con varias sectas que aparentan servir a Dios, pero, por el hecho de estar propagando una religión falsa, sus buenas obras solamente son engaños.

Debemos decir lo mismo en cuestiones litúrgicas. En muchas partes de las Escrituras vemos qué tan exigente es Dios con el culto que le ofrecemos. Una pequeña desviación muchas veces merece castigos muy severos. Entonces no debemos engañarnos pensando que, si hacemos obras de caridad, podemos poner a un lado el digno culto de Dios. Al contrario, si queremos amar bien al prójimo, debemos querer encaminarlo sobre todo hacia la correcta relación con Dios, la cual se realiza por medio de la liturgia.

Tampoco podemos separar las buenas obras —tanto interiores como exteriores— de una relación con la Iglesia, que es el Cuerpo Místico de Cristo. No faltan los que piensan que pueden amar a Dios, pero hacer caso omiso de la Iglesia y sus preceptos, como si nuestra religión fuera algo completamente individual. No son buenos frutos si vas en contra de la Iglesia. No son buenas obras si no te mueven a cumplir con los preceptos. Como dijo el Señor: “Quien me ama, guardará mis mandamientos”.

Por otro lado, también hay mucha posibilidad de caer en errores, especialmente entre nosotros, que nos pensamos amantes de la tradición. Podemos concentrarnos tanto en todos los errores de los demás y en las fallas que notamos en la Iglesia y sus líderes, que podemos engañarnos pensando que identificar todo lo malo basta para salvarnos. A veces esta actitud toma la forma de los que piensan que ir a la misa tradicional el domingo les garantiza estar bien con Dios, y no hacen casi nada para vencer sus pecados o practicar una verdadera vida espiritual. También podemos concentrarnos tanto en la lucha contra la corriente, que nos pensamos exentos de la obligación de preocuparnos por el prójimo, especialmente por el prójimo que, sin ninguna culpa suya, no sabe absolutamente nada de la polémica en la Iglesia. Vale la pena recordar que hay muchísima gente así, y tal vez muchos de ellos, por su ignorancia, entrarán más fácilmente en el reino de Dios que nosotros, que por saber más, nos distraemos con cosas que al final de cuentas no importan.

En el evangelio de San Mateo, Cristo describe el juicio al fin del mundo, cuando todos van a ser juzgados según sus obras. Muchos se sorprenden —tanto buenos como malos— porque no se dan cuenta de cuándo encontraron al Señor hambriento o necesitado y no lo atendieron. El Juez contesta diciendo que cada vez que no dieron de comer al prójimo, tampoco dieron de comer a Jesús en su necesidad. Fíjense que, entre los ejemplos que da el Juez, ninguno es acerca de su habilidad de señalar todos los errores de sus autoridades o compañeros.

Entonces, meditemos este evangelio dándonos cuenta del imperativo de mantener siempre la doctrina pura y el culto divino correcto como algo primordial. Al mismo tiempo, sepamos que preocuparnos por eso no nos exime del precepto de producir buenos frutos exteriores por medio de la caridad fraterna y buenos frutos interiores a través de una vida espiritual sincera y comprometida. Al contrario, si hemos recibido más porque hemos conocido la riqueza de la tradición, Dios nos va a exigir más, porque todo conocimiento de Él y toda la vida litúrgica tienen un solo fin: la gloria de Dios y nuestra transformación en Cristo, que nos hace también dispuestos a morir como Él murió, amando a Dios y al prójimo.

El evangelio de este domingo nos habla de la importancia de producir buenos frutos. También la epístola nos habla de manera similar, señalando que el pecado nos esclaviza, haciendo que produzcamos frutos malos. Solo estando libres del pecado empezamos a producir verdaderamente los frutos buenos de la santificación y de la vida eterna, dice San Pablo a los Romanos.

Entonces, la misa de hoy quiere que meditemos dos verdades muy importantes: la importancia de conservar la pureza de la doctrina y la necesidad de producir buenos frutos.

Dice San Jerónimo:

Así como había dicho antes que aun los que llevan el vestido de la buena vida no deben ser recibidos si hay maldad en sus enseñanzas, así ahora dice, por el contrario, que no debe oírse a los que, enseñando buena doctrina, la destruyen con sus malas obras. Una y otra cosa es necesaria a los que sirven al Señor: que las obras se prueben con las palabras y las palabras con las obras. Y por ello añade: “No todo el que me dice: Señor, Señor”.

Debemos tener cuidado de los errores de ambos lados. Es muy común hoy en día que muchos se enfoquen en obras de caridad, que por cierto no son solamente importantes, sino indispensables. Pero reducir nuestra religión solamente a una cuestión de filantropía es negar su carácter sobrenatural. Nuestra religión es principalmente para ligarnos con Dios, y el amor al prójimo es un medio para demostrar nuestro amor a Dios. Dice San Juan que no podemos decir que amamos al Dios que no vemos si odiamos al hermano que sí vemos. Y explica Santo Tomás de Aquino que la caridad es una: amamos al prójimo por Dios y en Dios, pero siempre con el mismo amor, porque si amamos a Dios tenemos que amar también todo lo que Él ama. Pero es una tendencia perniciosa reducir la religión solamente a lo que socorre al prójimo, quedándose indiferente a la manera en que nos relacionamos con Dios. Sin embargo, los Padres de la Iglesia insisten tanto en dar prioridad a nuestra relación con Dios que explican que las buenas obras que aparentemente hacen los herejes carecen de valor y, más aún, son peligrosas porque tienen la apariencia del bien, que puede engañar a mucha gente. Esta realidad la vemos con varias sectas que aparentan servir a Dios, pero, por el hecho de estar propagando una religión falsa, sus buenas obras solamente son engaños.

Debemos decir lo mismo en cuestiones litúrgicas. En muchas partes de las Escrituras vemos qué tan exigente es Dios con el culto que le ofrecemos. Una pequeña desviación muchas veces merece castigos muy severos. Entonces no debemos engañarnos pensando que, si hacemos obras de caridad, podemos poner a un lado el digno culto de Dios. Al contrario, si queremos amar bien al prójimo, debemos querer encaminarlo sobre todo hacia la correcta relación con Dios, la cual se realiza por medio de la liturgia.

Tampoco podemos separar las buenas obras —tanto interiores como exteriores— de una relación con la Iglesia, que es el Cuerpo Místico de Cristo. No faltan los que piensan que pueden amar a Dios, pero hacer caso omiso de la Iglesia y sus preceptos, como si nuestra religión fuera algo completamente individual. No son buenos frutos si vas en contra de la Iglesia. No son buenas obras si no te mueven a cumplir con los preceptos. Como dijo el Señor: “Quien me ama, guardará mis mandamientos”.

Por otro lado, también hay mucha posibilidad de caer en errores, especialmente entre nosotros, que nos pensamos amantes de la tradición. Podemos concentrarnos tanto en todos los errores de los demás y en las fallas que notamos en la Iglesia y sus líderes, que podemos engañarnos pensando que identificar todo lo malo basta para salvarnos. A veces esta actitud toma la forma de los que piensan que ir a la misa tradicional el domingo les garantiza estar bien con Dios, y no hacen casi nada para vencer sus pecados o practicar una verdadera vida espiritual. También podemos concentrarnos tanto en la lucha contra la corriente, que nos pensamos exentos de la obligación de preocuparnos por el prójimo, especialmente por el prójimo que, sin ninguna culpa suya, no sabe absolutamente nada de la polémica en la Iglesia. Vale la pena recordar que hay muchísima gente así, y tal vez muchos de ellos, por su ignorancia, entrarán más fácilmente en el reino de Dios que nosotros, que por saber más, nos distraemos con cosas que al final de cuentas no importan.

En el evangelio de San Mateo, Cristo describe el juicio al fin del mundo, cuando todos van a ser juzgados según sus obras. Muchos se sorprenden —tanto buenos como malos— porque no se dan cuenta de cuándo encontraron al Señor hambriento o necesitado y no lo atendieron. El Juez contesta diciendo que cada vez que no dieron de comer al prójimo, tampoco dieron de comer a Jesús en su necesidad. Fíjense que, entre los ejemplos que da el Juez, ninguno es acerca de su habilidad de señalar todos los errores de sus autoridades o compañeros.

Entonces, meditemos este evangelio dándonos cuenta del imperativo de mantener siempre la doctrina pura y el culto divino correcto como algo primordial. Al mismo tiempo, sepamos que preocuparnos por eso no nos exime del precepto de producir buenos frutos exteriores por medio de la caridad fraterna y buenos frutos interiores a través de una vida espiritual sincera y comprometida. Al contrario, si hemos recibido más porque hemos conocido la riqueza de la tradición, Dios nos va a exigir más, porque todo conocimiento de Él y toda la vida litúrgica tienen un solo fin: la gloria de Dios y nuestra transformación en Cristo, que nos hace también dispuestos a morir como Él murió, amando a Dios y al prójimo.

A que no sabías que…

Aquí conoceremos más sobre temas litúrgicos.

El monte Carmelo, situado cerca del mar en Haifa, en el actual Israel, es el escenario de una historia muy dramática del Antiguo Testamento que podemos leer en III Reyes 18,1. Ocurrió en el siglo IX antes del nacimiento de Nuestro Señor, en una época en la que Israel, que había estado unido bajo el reinado del rey Salomón, se había dividido de nuevo en dos, con Israel al norte y Judá al sur.

El Reino del Norte de aquella época estaba gobernado por el rey Acab (Ahab), esposo de Jezabel (Jezebel), adoradora de Baal, una mujer tan malvada que su nombre se ha convertido en sinónimo de mujer malvada. Acab continuó con la política de su padre, quien hizo todo lo posible por diluir las enseñanzas de Dios. Promovió sacrilegios como la ofrenda de sacrificios fuera del Templo de Jerusalén, de modo que incluso aquellos que se consideraban fieles no lo eran en absoluto a la tradición que debían haber preservado.

Entonces Jezabel construyó un templo dedicado a Baal, trajo al país a cientos de sacerdotes adoradores de Baal y comenzó a purgar a los relativamente pocos profetas de Dios verdaderamente fieles.

Uno de esos profetas fue el gran Elías, quien advirtió al rey Acab:

«Vive el Señor, Dios de Israel, ante cuya presencia estoy: no habrá rocío ni lluvia en estos años, sino según las palabras de mi boca».

Pero sus palabras fueron ignoradas y las persecuciones continuaron. Elías hizo lo que Dios le ordenó: huyó al «torrente de Carit» 2 —un arroyo que desemboca en el río Jordán—. Allí se mantuvo con vida gracias a los cuervos, que dos veces al día le traían «pan y carne», y a una viuda a quien recompensó permitiendo que Dios lo utilizara para devolverle la vida a su hijo. Durante ese tiempo, también escondió en las cuevas del monte Carmelo a cien fieles de Dios.

Tras tres años más de sequía y la consiguiente hambruna, Dios le ordenó entonces que volviera junto al rey Acab para que Él pudiera enviar lluvia y aliviar el sufrimiento del pueblo. Elías así lo hizo, lanzando un desafío a Acab:

...«Reúne ante mí a todo Israel en el monte Carmelo, y a los cuatrocientos cincuenta profetas de Baal, y a los cuatrocientos profetas de los bosques, que comen de la mesa de Jezabel.

Que nos den dos novillos; que ellos elijan uno para sí, lo trocecen en pedazos y lo coloquen sobre la leña, pero sin encender el fuego; y yo prepararé el otro novillo, lo pondré sobre la leña y tampoco encenderé el fuego. Invocad vosotros los nombres de vuestros dioses, y yo invocaré el nombre de mi Señor; y el Dios que responda con fuego, ese sea Dios.

Y todo el pueblo respondió diciendo: «Una propuesta muy buena».

Los sacerdotes de Baal prepararon su novillo y rezaron a su falso dios durante horas. Al no ocurrir nada, Elías se burló de ellos:

«Gritad con más fuerza, pues es un dios, y tal vez esté hablando, o esté en una posada, o de viaje, o tal vez esté dormido y haya que despertarlo».

Rezaron un poco más, e incluso se cortaron con cuchillos y lancetas hasta quedar cubiertos de sangre. Pero, aun así, no pasó nada, y al final se rindieron.

Entonces Elías preparó su toro como ellos habían hecho. Pero fue un paso más allá: lo empapó a él y a la leña que había debajo con doce cubos de agua. Entonces ocurrió esto:

El fuego del Señor descendió y consumió el holocausto, la leña, las piedras y el polvo, y lamió el agua que había en la zanja. Y cuando todo el pueblo vio esto, se postraron con el rostro en tierra y dijeron: «El Señor es Dios, el Señor es Dios».

El Monte Carmelo es, pues, una montaña sagrada, un lugar de encuentro con Dios. Y es un lugar de belleza natural, tal y como se describe en el Cantar de los Cantares 7:

Tu cuello es como una torre de marfil. Tus ojos son como los estanques de Hesebón, que están a la puerta de la hija de la multitud. Tu nariz es como la torre del Líbano, que mira hacia Damasco. Tu cabeza es como el Carmelo, y los cabellos de tu cabeza como la púrpura del rey atada en mechones. ¡Cuán hermosa eres, y cuán hermosa, amada mía, en tus delicias!

El monte Carmelo es un símbolo del Edén, del Paraíso. Es el jardín mismo de Dios, y el pueblo de Dios ha vivido allí como ermitaños en las cuevas desde antes de la época de Cristo. La Orden de los Carmelitas se fundó oficialmente allí en 1185, y en 1209 se les entregó una regla redactada para ellos por el patriarca latino de Jerusalén. Pero los carmelitas atribuyen su verdadera fundación espiritual a Elías y a su discípulo Elishu (Eliseo), quienes, por supuesto, son considerados santos en nuestra Iglesia: se honra a San Elías el 20 de julio, y San Elishu tiene su festividad el 14 de junio.

El monasterio que los carmelitas construyeron allí, en el Monte Carmelo, fue tomado por los musulmanes y convertido en mezquita, y los religiosos se vieron obligados a abandonar por completo Tierra Santa. Pero regresaron en 1631 y, en 1831, construyeron el monasterio que se encuentra allí actualmente, así como una iglesia justo sobre la gruta en la que vivió San Elías. El monasterio se llama Stella Maris —Estrella del Mar—, en honor a Nuestra Señora, y la Santísima Virgen es la patrona de la Orden del Carmelo. En su calidad de patrona de la Orden del Carmelo, se la conoce como «Nuestra Señora del Monte Carmelo».

Ahora bien, para comprender la fecha de esta festividad y su propósito inmediato, hay que retroceder en el tiempo y trasladarse a otro lugar: el 16 de julio de 1251, en Aylesford, Kent (Inglaterra) —en la zona más al sureste del país—, Nuestra Señora del Monte Carmelo se apareció a San Simón Stock, un monje carmelita, y le entregó el escapulario marrón. Ella le dijo: «Este será el privilegio para ti y para todos los carmelitas: que cualquiera que muera con este hábito se salvará». La entrega del escapulario es el motivo de la fiesta de hoy, a la que a veces se hace referencia como «la fiesta del escapulario».

Cabe destacar que San Simón Stock es el autor de Flos Carmeli (Flor del Carmelo), que alaba a María como la flor más hermosa del propio jardín de Dios (el Monte Carmelo), y de Ave Stella Matutina (Salve, Estrella de la Mañana), dos antífonas carmelitas muy queridas que podéis encontrar al final de esta página. San Simón acabó falleciendo en Burdeos, Francia, y su priorato de Aylesfield —conocido como «los Frailes»— se perdió cuando el rey Enrique VIII se convirtió al protestantismo y saqueó las riquezas de los católicos. Pero tras cambiar de manos muchas veces a lo largo de los años, los carmelitas pudieron volver a comprarlo en 1949. Restauraron el lugar y las reliquias de San Simón fueron trasladadas allí en 1951. Desde entonces, el lugar se ha convertido en un destino popular para peregrinaciones y retiros.

Nuestra Señora del Monte Carmelo casi siempre se representa coronada, a veces con una estrella en el hombro, y sosteniendo a su Hijo y/o un escapulario (o se muestra a Cristo en sus brazos sosteniendo un escapulario, o ambos lo sostienen). También se la representa a menudo con santos carmelitas, especialmente con San Simón Stock, o ayudando a las almas del Purgatorio. Fue como Nuestra Señora del Monte Carmelo que la Virgen se apareció a la vidente Lucía en Fátima el 13 de octubre de 1917, mientras tenía lugar el milagro del Sol.

Escapulario marrón

Orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo (Carmelitas)

1251 d. C.

«El escapulario marrón de Nuestra Señora del Monte Carmelo», asociado a la Orden de los Carmelitas, es el más conocido. El 16 de julio de 1251 d. C., Nuestra Señora se le apareció a San Simón Stock en Cambridge, Inglaterra, después de que él rezara pidiendo ayuda para su Orden. Se le apareció con el escapulario y le dijo: «Toma, hijo amado, este escapulario de tu orden como insignia de mi cofradía y, para ti y para todos los carmelitas, como signo especial de gracia; quien muera con esta vestimenta no sufrirá el fuego eterno. Es el signo de la salvación, un refugio ante los peligros, una garantía de paz y de la alianza».

Independientemente de si esto ocurrió exactamente así o no (las descripciones originales de San Simón sobre la visión no se conservan y es posible que la redacción no sea exacta), el escapulario fue entregado a San Simón Stock, y la devoción se extendió y era ya muy conocida en el siglo XVI. Lo que se puede creer con certeza, gracias a un decreto papal, es la promesa conocida como el «Privilegio sabatino». El Privilegio Sabatino es la promesa de que Nuestra Señora intercederá y rezará por aquellos que se encuentran en el Purgatorio y que, durante su vida terrenal:

Llevaron el escapulario de buena fe en todo momento (se puede quitar para bañarse);

Fueron castos según su estado de vida;

Recitaron diariamente el Oficio Divino o, con permiso de su confesor, el Pequeño Oficio de Nuestra Señora [una forma más breve del Oficio Divino en honor a la Santísima Virgen María, utilizada por ciertas órdenes religiosas y laicos. Es similar al Común de la Santísima Virgen María del Breviario Romano] o el Rosario;

Y dejaron la vida terrenal en caridad.


Cualquier sacerdote puede inscribirte en la Cofradía de Nuestra Señora del Monte Carmelo. Solo tienes que conseguir un escapulario, llevárselo para que lo bendiga y expresar tu deseo de inscribirte.

Advertencia: Hay quienes creen erróneamente que llevar el escapulario marrón ofrece algún tipo de garantía de salvación debido a las palabras que Nuestra Señora le dijo a San Simón. Esto va en contra de la doctrina de la Iglesia, es supersticioso y constituye un grave error. Los sacramentales no son medios mágicos para manipular a Dios; son rituales u objetos instituidos por la Iglesia que nos recuerdan lo que debemos hacer o en qué debemos pensar, que dependen de la fe, la esperanza y el amor de quien los utiliza, y que nos ayudan a prepararnos para recibir la gracia salvadora de Dios. No basta con «llevar el escapulario»; hay que llevarlo dignamente.

El monte Carmelo, situado cerca del mar en Haifa, en el actual Israel, es el escenario de una historia muy dramática del Antiguo Testamento que podemos leer en III Reyes 18,1. Ocurrió en el siglo IX antes del nacimiento de Nuestro Señor, en una época en la que Israel, que había estado unido bajo el reinado del rey Salomón, se había dividido de nuevo en dos, con Israel al norte y Judá al sur.

El Reino del Norte de aquella época estaba gobernado por el rey Acab (Ahab), esposo de Jezabel (Jezebel), adoradora de Baal, una mujer tan malvada que su nombre se ha convertido en sinónimo de mujer malvada. Acab continuó con la política de su padre, quien hizo todo lo posible por diluir las enseñanzas de Dios. Promovió sacrilegios como la ofrenda de sacrificios fuera del Templo de Jerusalén, de modo que incluso aquellos que se consideraban fieles no lo eran en absoluto a la tradición que debían haber preservado.

Entonces Jezabel construyó un templo dedicado a Baal, trajo al país a cientos de sacerdotes adoradores de Baal y comenzó a purgar a los relativamente pocos profetas de Dios verdaderamente fieles.

Uno de esos profetas fue el gran Elías, quien advirtió al rey Acab:

«Vive el Señor, Dios de Israel, ante cuya presencia estoy: no habrá rocío ni lluvia en estos años, sino según las palabras de mi boca».

Pero sus palabras fueron ignoradas y las persecuciones continuaron. Elías hizo lo que Dios le ordenó: huyó al «torrente de Carit» 2 —un arroyo que desemboca en el río Jordán—. Allí se mantuvo con vida gracias a los cuervos, que dos veces al día le traían «pan y carne», y a una viuda a quien recompensó permitiendo que Dios lo utilizara para devolverle la vida a su hijo. Durante ese tiempo, también escondió en las cuevas del monte Carmelo a cien fieles de Dios.

Tras tres años más de sequía y la consiguiente hambruna, Dios le ordenó entonces que volviera junto al rey Acab para que Él pudiera enviar lluvia y aliviar el sufrimiento del pueblo. Elías así lo hizo, lanzando un desafío a Acab:

...«Reúne ante mí a todo Israel en el monte Carmelo, y a los cuatrocientos cincuenta profetas de Baal, y a los cuatrocientos profetas de los bosques, que comen de la mesa de Jezabel.

Que nos den dos novillos; que ellos elijan uno para sí, lo trocecen en pedazos y lo coloquen sobre la leña, pero sin encender el fuego; y yo prepararé el otro novillo, lo pondré sobre la leña y tampoco encenderé el fuego. Invocad vosotros los nombres de vuestros dioses, y yo invocaré el nombre de mi Señor; y el Dios que responda con fuego, ese sea Dios.

Y todo el pueblo respondió diciendo: «Una propuesta muy buena».

Los sacerdotes de Baal prepararon su novillo y rezaron a su falso dios durante horas. Al no ocurrir nada, Elías se burló de ellos:

«Gritad con más fuerza, pues es un dios, y tal vez esté hablando, o esté en una posada, o de viaje, o tal vez esté dormido y haya que despertarlo».

Rezaron un poco más, e incluso se cortaron con cuchillos y lancetas hasta quedar cubiertos de sangre. Pero, aun así, no pasó nada, y al final se rindieron.

Entonces Elías preparó su toro como ellos habían hecho. Pero fue un paso más allá: lo empapó a él y a la leña que había debajo con doce cubos de agua. Entonces ocurrió esto:

El fuego del Señor descendió y consumió el holocausto, la leña, las piedras y el polvo, y lamió el agua que había en la zanja. Y cuando todo el pueblo vio esto, se postraron con el rostro en tierra y dijeron: «El Señor es Dios, el Señor es Dios».

El Monte Carmelo es, pues, una montaña sagrada, un lugar de encuentro con Dios. Y es un lugar de belleza natural, tal y como se describe en el Cantar de los Cantares 7:

Tu cuello es como una torre de marfil. Tus ojos son como los estanques de Hesebón, que están a la puerta de la hija de la multitud. Tu nariz es como la torre del Líbano, que mira hacia Damasco. Tu cabeza es como el Carmelo, y los cabellos de tu cabeza como la púrpura del rey atada en mechones. ¡Cuán hermosa eres, y cuán hermosa, amada mía, en tus delicias!

El monte Carmelo es un símbolo del Edén, del Paraíso. Es el jardín mismo de Dios, y el pueblo de Dios ha vivido allí como ermitaños en las cuevas desde antes de la época de Cristo. La Orden de los Carmelitas se fundó oficialmente allí en 1185, y en 1209 se les entregó una regla redactada para ellos por el patriarca latino de Jerusalén. Pero los carmelitas atribuyen su verdadera fundación espiritual a Elías y a su discípulo Elishu (Eliseo), quienes, por supuesto, son considerados santos en nuestra Iglesia: se honra a San Elías el 20 de julio, y San Elishu tiene su festividad el 14 de junio.

El monasterio que los carmelitas construyeron allí, en el Monte Carmelo, fue tomado por los musulmanes y convertido en mezquita, y los religiosos se vieron obligados a abandonar por completo Tierra Santa. Pero regresaron en 1631 y, en 1831, construyeron el monasterio que se encuentra allí actualmente, así como una iglesia justo sobre la gruta en la que vivió San Elías. El monasterio se llama Stella Maris —Estrella del Mar—, en honor a Nuestra Señora, y la Santísima Virgen es la patrona de la Orden del Carmelo. En su calidad de patrona de la Orden del Carmelo, se la conoce como «Nuestra Señora del Monte Carmelo».

Ahora bien, para comprender la fecha de esta festividad y su propósito inmediato, hay que retroceder en el tiempo y trasladarse a otro lugar: el 16 de julio de 1251, en Aylesford, Kent (Inglaterra) —en la zona más al sureste del país—, Nuestra Señora del Monte Carmelo se apareció a San Simón Stock, un monje carmelita, y le entregó el escapulario marrón. Ella le dijo: «Este será el privilegio para ti y para todos los carmelitas: que cualquiera que muera con este hábito se salvará». La entrega del escapulario es el motivo de la fiesta de hoy, a la que a veces se hace referencia como «la fiesta del escapulario».

Cabe destacar que San Simón Stock es el autor de Flos Carmeli (Flor del Carmelo), que alaba a María como la flor más hermosa del propio jardín de Dios (el Monte Carmelo), y de Ave Stella Matutina (Salve, Estrella de la Mañana), dos antífonas carmelitas muy queridas que podéis encontrar al final de esta página. San Simón acabó falleciendo en Burdeos, Francia, y su priorato de Aylesfield —conocido como «los Frailes»— se perdió cuando el rey Enrique VIII se convirtió al protestantismo y saqueó las riquezas de los católicos. Pero tras cambiar de manos muchas veces a lo largo de los años, los carmelitas pudieron volver a comprarlo en 1949. Restauraron el lugar y las reliquias de San Simón fueron trasladadas allí en 1951. Desde entonces, el lugar se ha convertido en un destino popular para peregrinaciones y retiros.

Nuestra Señora del Monte Carmelo casi siempre se representa coronada, a veces con una estrella en el hombro, y sosteniendo a su Hijo y/o un escapulario (o se muestra a Cristo en sus brazos sosteniendo un escapulario, o ambos lo sostienen). También se la representa a menudo con santos carmelitas, especialmente con San Simón Stock, o ayudando a las almas del Purgatorio. Fue como Nuestra Señora del Monte Carmelo que la Virgen se apareció a la vidente Lucía en Fátima el 13 de octubre de 1917, mientras tenía lugar el milagro del Sol.

Escapulario marrón

Orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo (Carmelitas)

1251 d. C.

«El escapulario marrón de Nuestra Señora del Monte Carmelo», asociado a la Orden de los Carmelitas, es el más conocido. El 16 de julio de 1251 d. C., Nuestra Señora se le apareció a San Simón Stock en Cambridge, Inglaterra, después de que él rezara pidiendo ayuda para su Orden. Se le apareció con el escapulario y le dijo: «Toma, hijo amado, este escapulario de tu orden como insignia de mi cofradía y, para ti y para todos los carmelitas, como signo especial de gracia; quien muera con esta vestimenta no sufrirá el fuego eterno. Es el signo de la salvación, un refugio ante los peligros, una garantía de paz y de la alianza».

Independientemente de si esto ocurrió exactamente así o no (las descripciones originales de San Simón sobre la visión no se conservan y es posible que la redacción no sea exacta), el escapulario fue entregado a San Simón Stock, y la devoción se extendió y era ya muy conocida en el siglo XVI. Lo que se puede creer con certeza, gracias a un decreto papal, es la promesa conocida como el «Privilegio sabatino». El Privilegio Sabatino es la promesa de que Nuestra Señora intercederá y rezará por aquellos que se encuentran en el Purgatorio y que, durante su vida terrenal:

Llevaron el escapulario de buena fe en todo momento (se puede quitar para bañarse);

Fueron castos según su estado de vida;

Recitaron diariamente el Oficio Divino o, con permiso de su confesor, el Pequeño Oficio de Nuestra Señora [una forma más breve del Oficio Divino en honor a la Santísima Virgen María, utilizada por ciertas órdenes religiosas y laicos. Es similar al Común de la Santísima Virgen María del Breviario Romano] o el Rosario;

Y dejaron la vida terrenal en caridad.


Cualquier sacerdote puede inscribirte en la Cofradía de Nuestra Señora del Monte Carmelo. Solo tienes que conseguir un escapulario, llevárselo para que lo bendiga y expresar tu deseo de inscribirte.

Advertencia: Hay quienes creen erróneamente que llevar el escapulario marrón ofrece algún tipo de garantía de salvación debido a las palabras que Nuestra Señora le dijo a San Simón. Esto va en contra de la doctrina de la Iglesia, es supersticioso y constituye un grave error. Los sacramentales no son medios mágicos para manipular a Dios; son rituales u objetos instituidos por la Iglesia que nos recuerdan lo que debemos hacer o en qué debemos pensar, que dependen de la fe, la esperanza y el amor de quien los utiliza, y que nos ayudan a prepararnos para recibir la gracia salvadora de Dios. No basta con «llevar el escapulario»; hay que llevarlo dignamente.

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quierosaber@fssp.mx

¿Cómo deberíamos actuar como familiares en forma cristiana cuando un familiar pidió que echaran sus cenizas al mar?

¿Cómo deberíamos actuar como familiares en forma cristiana cuando un familiar pidió que echaran sus cenizas al mar?

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La enseñanza de la iglesia es clara que cuando se justifica la cremación de todos modos estamos obligados a enterrar las cenizas. La sepultura de los cadáveres no es solamente respeto para la persona fallecida, sino también signo de nuestra esperanza en la resurrección de la carne. Nunca es permitido tirarlas en el mar o guardarlas en el amario o incluso otras cosas mas raras que han vuelto de moda.

Ad resurgendum cum Christo, de la Congregación para la Doctrina de la Fe, aprobada por el papa Francisco y publicada el 15 de agosto de 2016 explica:

«Para evitar cualquier malentendido panteísta, naturalista o nihilista…No sea permitida la dispersión de las cenizas en el aire, en la tierra o en el agua o en cualquier otra forma». (num. 7)

La enseñanza de la iglesia es clara que cuando se justifica la cremación de todos modos estamos obligados a enterrar las cenizas. La sepultura de los cadáveres no es solamente respeto para la persona fallecida, sino también signo de nuestra esperanza en la resurrección de la carne. Nunca es permitido tirarlas en el mar o guardarlas en el amario o incluso otras cosas mas raras que han vuelto de moda.

Ad resurgendum cum Christo, de la Congregación para la Doctrina de la Fe, aprobada por el papa Francisco y publicada el 15 de agosto de 2016 explica:

«Para evitar cualquier malentendido panteísta, naturalista o nihilista…No sea permitida la dispersión de las cenizas en el aire, en la tierra o en el agua o en cualquier otra forma». (num. 7)

Recomendaciones de lectura mensual

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Formación Espiritual

Formación Espiritual

La preciosa sangre o El precio de nuestra salvación - Frederick William Faber

La Preciosa Sangre o El precio de nuestra salvación, del P. Federico Guillermo Faber, es una profunda meditación sobre el misterio de la Sangre de Cristo, derramada por nuestra redención. El autor muestra que la Sangre del Salvador no es solamente un recuerdo piadoso de la Pasión, sino el precio real de nuestra salvación: por ella somos perdonados, purificados y reconciliados con Dios.

Faber contempla la Preciosa Sangre en relación con el pecado, la Pasión, la Santa Misa, los sacramentos, la Iglesia, el purgatorio y la gloria del cielo. Todo bien sobrenatural que recibimos —la gracia, el perdón, la conversión, la perseverancia y la vida eterna— nos llega por los méritos de Cristo crucificado.

Es un libro especialmente útil para crecer en gratitud, espíritu de reparación, amor a la Santa Misa y celo por la salvación de las almas. Su mensaje principal es claro: nuestra salvación tuvo un precio infinito, y ese precio fue la Sangre adorable de Nuestro Señor Jesucristo.

La preciosa sangre o El precio de nuestra salvación - Frederick William Faber

La Preciosa Sangre o El precio de nuestra salvación, del P. Federico Guillermo Faber, es una profunda meditación sobre el misterio de la Sangre de Cristo, derramada por nuestra redención. El autor muestra que la Sangre del Salvador no es solamente un recuerdo piadoso de la Pasión, sino el precio real de nuestra salvación: por ella somos perdonados, purificados y reconciliados con Dios.

Faber contempla la Preciosa Sangre en relación con el pecado, la Pasión, la Santa Misa, los sacramentos, la Iglesia, el purgatorio y la gloria del cielo. Todo bien sobrenatural que recibimos —la gracia, el perdón, la conversión, la perseverancia y la vida eterna— nos llega por los méritos de Cristo crucificado.

Es un libro especialmente útil para crecer en gratitud, espíritu de reparación, amor a la Santa Misa y celo por la salvación de las almas. Su mensaje principal es claro: nuestra salvación tuvo un precio infinito, y ese precio fue la Sangre adorable de Nuestro Señor Jesucristo.

Formación Intelectual

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El pueblo de Dios, de Dom Anscar Vonier

Es una obra sobre el misterio de la Iglesia considerada como el pueblo que Dios ha formado para sí. El autor muestra que la Iglesia no es una simple asociación humana ni una organización religiosa más, sino la continuación y plenitud del pueblo elegido en el Antiguo Testamento. 

Vonier explica cómo Dios preparó a su pueblo a lo largo de la historia de Israel y cómo esa preparación alcanza su cumplimiento en Cristo y en la Iglesia. La Iglesia aparece así como un pueblo visible, unido por la fe, los sacramentos, la jerarquía y el culto divino. 

El libro ayuda a comprender mejor el amor que debemos tener a la Iglesia: no como una institución meramente externa, sino como la obra de Dios en la historia, el lugar donde Cristo reúne, santifica y conduce a las almas hacia la salvación. 

El pueblo de Dios, de Dom Anscar Vonier

Es una obra sobre el misterio de la Iglesia considerada como el pueblo que Dios ha formado para sí. El autor muestra que la Iglesia no es una simple asociación humana ni una organización religiosa más, sino la continuación y plenitud del pueblo elegido en el Antiguo Testamento. 

Vonier explica cómo Dios preparó a su pueblo a lo largo de la historia de Israel y cómo esa preparación alcanza su cumplimiento en Cristo y en la Iglesia. La Iglesia aparece así como un pueblo visible, unido por la fe, los sacramentos, la jerarquía y el culto divino. 

El libro ayuda a comprender mejor el amor que debemos tener a la Iglesia: no como una institución meramente externa, sino como la obra de Dios en la historia, el lugar donde Cristo reúne, santifica y conduce a las almas hacia la salvación. 

Literatura

Literatura

La Abolición del Hombre, C.S. Lewis 

La Abolición del Hombre, de C. S. Lewis, es una defensa lúcida de la ley natural y de la formación moral del hombre. Lewis advierte contra una educación que pretende ser “neutral”, pero que termina destruyendo en los jóvenes la capacidad de reconocer la verdad, el bien y la belleza. 

El autor sostiene que existen valores objetivos inscritos en la realidad y reconocidos por las grandes tradiciones humanas. Cuando se enseña que todos los juicios morales son meras emociones o preferencias personales, el hombre queda reducido a sus impulsos, manipulable por la técnica, la propaganda y el poder. 

La tesis central del libro es clara: si se elimina la formación de la conciencia y del corazón, no se produce un hombre más libre, sino un hombre más débil. Sin una verdadera educación moral, la civilización no progresa: se deshumaniza.

La Abolición del Hombre, C.S. Lewis 

La Abolición del Hombre, de C. S. Lewis, es una defensa lúcida de la ley natural y de la formación moral del hombre. Lewis advierte contra una educación que pretende ser “neutral”, pero que termina destruyendo en los jóvenes la capacidad de reconocer la verdad, el bien y la belleza. 

El autor sostiene que existen valores objetivos inscritos en la realidad y reconocidos por las grandes tradiciones humanas. Cuando se enseña que todos los juicios morales son meras emociones o preferencias personales, el hombre queda reducido a sus impulsos, manipulable por la técnica, la propaganda y el poder. 

La tesis central del libro es clara: si se elimina la formación de la conciencia y del corazón, no se produce un hombre más libre, sino un hombre más débil. Sin una verdadera educación moral, la civilización no progresa: se deshumaniza.

Santos que seguro no conocías

San Enodio de Pavia – 16 de julio

Magno Félix Enodio pertenecía a una ilustre familia establecida en la Galia. Se educó en Milán, bajo la tutela de una tía.

Enodio recibió la ordenación de diácono por parte de san Epifanio de Pavia y, desde entonces, se consagró al estudio de las ciencias sagradas y a la enseñanza.

Escribió por aquel tiempo una apología del papa san Símaco y del sínodo que había condenado el cisma de los partidarios de Lorenzo. «Dios -dice San Enodio- quiere ciertamente que los hombres juzguen a los hombres; pero se ha reservado para sí mismo el juicio del Pontífice de la Sede Suprema».

San Enodio escribió la vida de san Epifanio de Pavia, quien murió el año 496, y la de san Antonio de Lérins; dejó, además, otras obras en prosa y en verso.

Según cuenta el propio autor, durante una violenta fiebre de la que los médicos le desahuciaron, recurrió al Médico Celestial, por la intercesión de su patrono, san Víctor de Milán y recobró la salud. Para perpetuar su testimonio de gratitud, escribió una obra titulada «Eucharisticón» («Acción de gracias»), en la que, imitando las Confesiones de san Agustín, cuenta brevemente su vida y, sobre todo, su propia conversión.

Hacia el año 514, san Enodio fue elegido obispo de Pavia y gobernó su diócesis con un celo y una autoridad dignos de un discípulo de san Epifanio.

El papa san Hormisdas le envió dos veces a Constantinopla, donde el emperador Anastasio II estaba favoreciendo a los monofisitas. Ambas misiones fracasaron. La gloria de haber sufrido por la fe con celo y constancia, le espoleó aún más en el camino de la perfección. Así pues, se consagró a la conversión de las almas, al socorro de los pobres, a la construcción y ornamentación de las iglesias y a la composición de poemas religiosos sobre Nuestra Señora y los santos.

Su muerte ocurrió el año 521, cuando tenía apenas cuarenta y ocho años de edad.


Fuente: https://es.catholic.net/op/articulos/36834/ennodio-de-pavia-santo.html#google_vignette

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