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XII Domingo después de Pentecostés

El Inmaculado Corazón de María - San Bernardo Tolomeo

El Inmaculado Corazón de María - San Bernardo Tolomeo

Dom Guéranger: XII Domingo después de Pentecostés

La Colecta de este domingo expresa con gran sencillez una verdad fundamental de la vida cristiana: todo bien sobrenatural procede de Dios. Incluso el hecho de que podamos servirle dignamente es ya fruto de su gracia. Por eso la Iglesia no presume de sus propias fuerzas, sino que pide al Señor que nos conceda amar lo que Él manda y alcanzar lo que promete. Para Dom Guéranger, esta oración nos coloca en la actitud propia del cristiano: reconocer nuestra debilidad, confiar en la ayuda divina y avanzar con perseverancia hacia los bienes eternos.

La Epístola, tomada de la segunda carta de San Pablo a los Corintios, desarrolla la grandeza de la Nueva Alianza: «nuestra suficiencia viene de Dios». La antigua Ley tuvo verdadera gloria, simbolizada en el resplandor del rostro de Moisés, pero era preparación para una gloria mucho mayor. En Cristo, la ley divina ya no permanece solamente escrita exteriormente, sino que el Espíritu Santo actúa en el interior del alma. La gracia transforma al cristiano y va formando en él la imagen de Cristo. Guéranger insiste, por tanto, en que la verdadera grandeza cristiana no está en nuestras propias capacidades, sino en lo que Dios realiza en nosotros. Cuanto más reconoce el hombre que todo lo ha recibido, más puede abrirse a la acción santificadora de la gracia.

El Evangelio del Buen Samaritano muestra cuál debe ser el fruto visible de esta vida interior: la caridad. A la pregunta «¿quién es mi prójimo?», Nuestro Señor responde con un ejemplo que rompe todas las limitaciones del amor humano. El sacerdote y el levita ven al hombre herido y pasan de largo; el samaritano, en cambio, se compadece, se acerca, cura sus heridas y se hace cargo de él. Precisamente aquel que era considerado extranjero se convierte en el verdadero prójimo.

Dom Guéranger subraya así que la ley de la caridad cristiana no admite las estrecheces del egoísmo, de la conveniencia o de las divisiones humanas. Hemos recibido en Cristo una gracia incomparablemente superior a la Antigua Ley; por eso nuestra vida debe manifestar también una caridad más perfecta. La transformación interior obrada por el Espíritu Santo se reconoce en sus frutos: quien vive verdaderamente de Cristo aprende a ver en todo hombre necesitado a un prójimo al que debe amar y servir.

Desde el Escritorio del Párroco

En 1954 el Papa Pio XII escribió estas palabras a los católicos de España que sirven también para nosotros en semana que celebramos la fiesta del Inmaculado Corazón de María para que pongamos toda nuestra confianza en ella en medio de las dificultades de la vida.

«Pero entre tantas advocaciones, Venerables Hermanos y amados hijos, acaso ninguna para vosotros tan entrañable, ni tan enraizada en vuestra carne misma, como esa Virgen Santísima del Pilar, que en estos instantes tenéis ante los ojos.

Y tu —oh Zaragoza— no serás ya insigne por tu privilegiada posición, por tu cielo purísimo o por tu rica vega, «loci amoenitate, deliciis praestantior civitatibus Hispaniae cunctis», como la llama el gran Isidoro de Sevilla; no lo serás por tus magníficos edificios, donde galanamente se salta sin desentonar de los primores mozárabes a las elegancias platerescas; no lo serás por haber oído el paso cadencioso de las legiones romanas o por el aliento indomable que te sostuvo «siempre heroica» en los heroicos sitios; lo serás por tu tradición cristiana, por tus Obispos, Félix, en pluma de S. Cipriano «fidei cultor ac defensor veritatis »[1], S. Valero y S. Braulio; por Sta.. Engracia y los Mártires innumerables, a los cuales podemos añadir el santo niño, embellecido también con la púrpura de su sangre, Dominguito del Val; lo serás, sobre todo, por esa columna contra la cual, rodando los siglos, como contra la roca inconmovible que, en el acantilado, desafía y doma las iras del mar, se romperán las oleadas de las herejías en el período gótico, las nuevas persecuciones de la dominación arábiga y la impiedad de los tiempos nuevos, resultando así cimiento inquebrantable, inexpugnable valladar e insuperable ornamento, no sólo de una nación grande, sino también de toda una dilatada y gloriosa estirpe! «Yo he elegido y santificado esta casa —parece decir Ella desde su pilar— para que en ella sea invocando mi nombre y para morar en ella por siempre»(cf. 2 Paral. 7, 16); y toda la Hispanidad, representada ante la Capilla. angélica por sus airosas banderas, parece que le responde: «Y nosotros te prometemos quedar de guardia aquí, para velar por tu honra, para serte siempre fieles y para incondicionalmente servirte».

Pero hoy vosotros, Venerables Hermanos y amados hijos, si habéis venido aquí, si os habéis reunido en todos los centros marianos de la nación, ha sido con una intención precisa: evocando aquella jornada inolvidable en el Cerro de los Ángeles, de 1919, donde España se consagró al Corazón Sacratísimo de Jesús, os habéis hoy querido consagrar al de María, en la confianza de que, en esta hora ardua de la humanidad, Dios querrá salvar al mundo por medio de aquel Corazón Inmaculado.

¡Bien merece sin duda ninguna, hijos amadísimos, esta manifestación de vuestra piedad al Corazón Purísimo de la Virgen, sede de aquel amor, de aquel dolor, de aquellos altísimos afectos, que tanta parte fueron en la redención nuestra, principalmente cuando Ella «stabat iuxta Crucem», velaba en pie junto a la Cruz (cf Jn 19, 25); bien lo merece aquel Corazón, símbolo de toda una vida interior, cuya perfección moral, cuyos méritos y virtudes escaparían a toda humana ponderación! Y bien justo es también que lo hagáis vosotros, si no fuera por otra razón, por ser la patria de San Antonio María Claret, apóstol infatigable de esta devoción, que Nos mismo hemos elevado al honor máximo de los altares.

Pero Nos creemos que hoy más que nunca, precisamente porque las nubes cargan sobre el horizonte, precisamente porque en algunos momentos se diría que las tinieblas van borrando aún más los caminos, precisamente porque la audacia de los ministros del averno parece que aumentan más y más; precisamente por eso, creemos que la humanidad entera debe correr a este puerto de salvación, que Nos le hemos indicado como finalidad principal de este Año Mariano, debe refugiarse en esta fortaleza, debe confiar en este Corazón dulcísimo que, para salvarnos, pide solamente oración y penitencia, pide solamente correspondencia.

¡Prometédsela vosotros, hijos amadísimos de toda España; prometedle vivir una vida de piedad cada día más intensa, más profunda, y más sincera; prometedle velar por la pureza de las costumbres, que fueron siempre honor de vuestra gente; prometedle no abrir jamás vuestras puertas a ideas y a principios, que por triste experiencia bien sabéis dónde conducen; prometedle no permitir que se resquebraje la solidez de vuestro alcázar familiar, puntal fundamental de toda sociedad; prometedle reprimir el deseo de gozos inmoderados, la codicia de los bienes de este mundo, ponzoña capaz de destruir el organismo más robusto y mejor constituido; prometedle amar a vuestros hermanos, a todos vuestros hermanos, pero principalmente al humilde y al menesteroso, tantas veces ofendido por la ostentación del lujo y del placer! Y Ella entonces seguirá siempre siendo vuestra especial protectora.

Ante vuestro trono, pues, oh Madre Santísima del Pilar, —diremos parafraseando las palabras por N0s mismo pronunciadas en ocasión solemnísima [2]— Nos, como Padre común de la familia cristiana, como Vicario de Aquel, a quien fue dado todo poder en el cielo y en la tierra, a Vos, a Vuestro Corazón Inmaculado confiamos, entregamos y consagramos no sólo toda esa inmensa multitud ahí presente, sino también toda la nación española, para que vuestro amor y patrocinio acelere la hora del triunfo en todo el mundo del Reino de Dios y todas las generaciones humanas, pacificadas entre sí y con Dios, Os proclamen bienaventurada, entonando con Vos, de un polo al otro de la tierra, el eterno «Magnificat» de gloria, amor y gratitud al Corazón de Jesús, único refugio donde pueden hallarse la Verdad, la Vida y la Paz.

Que la bendición del cielo, de la que quiere ser prenda la Bendición Nuestra, descienda sobre todos vosotros: sobre Nuestro dignísimo Cardenal Legado; sobre el Jefe del Estado; sobre todos Nuestros Hermanos en el Episcopado ahí presentes; sobre todas las Autoridades; sobre el clero, religiosos y fieles que están en estos momentos oyéndonos y sobre toda la nación española, a la cual continuamente deseamos toda clase de bienes y de prosperidades.»


(RADIOMENSAJE DE SU SANTIDAD PÍO XII AL CONGRESO MARIANO NACIONAL DE ESPAÑA, Martes 12 de octubre de 1954. From https://www.vatican.va/content/pius-xii/es/speeches/1954/documents/hf_p-xii_spe_19541012_mariano-spain.html?utm_source=chatgpt.com)


Podemos también meditar sobre los escritos de San Juan Eudes, uno de los primeros que promovía la devoción al Inmaculado Corazón de María junto con la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Sus libros son muy recomendables.

En tercer lugar, el Admirable Corazón de María es el Cielo de los Cielos, porque, como dice san Bernardo, contiene a toda la Iglesia, a la que la Sagrada Escritura llama el Reino de los Cielos, y porque todos los hijos de la Iglesia reciben a través de María la vida de la gracia. (4) Si san Pablo aseguró a los cristianos de su tiempo que estaban en su corazón (2 Cor 7, 3), ¿quién se atrevería a contradecir a san Bernardino de Siena (5), quien nos dice que la Santísima Virgen María, como una buena madre, lleva a todos sus hijos en su Corazón? ¿Quién me contradirá si añado que Nuestra Señora llevará para siempre a todos los habitantes del cielo en lo más íntimo de su Corazón, que se convierte en el Cielo de los Cielos y en un verdadero Paraíso de los Elegidos, en el que encuentran la plenitud del deleite y la alegría, gracias al amor inconcebible por cada alma que consume su Corazón maternal? Así cantarán para siempre los bienaventurados: «Sicut laetantium omnium nostrum habitatio est in corde tuo, sancta Dei Genetrix». ¡Oh, santa Madre de Dios!, tu caridad sin límites ha ensanchado tanto tu Corazón maternal que se ha convertido en una gran ciudad, o más bien en un cielo inmenso, lleno de consuelos inefables y alegrías indecibles para tus amados hijos, cuya morada feliz será por toda la eternidad.

El Corazón de nuestra Santa Madre es, pues, verdaderamente un cielo, un cielo empíreo, el Cielo de los Cielos. ¡Oh Cielo, más exaltado, más extenso y más vasto que todos los cielos! ¡Oh Cielo, que encierra a Aquel a quien ni el cielo de los cielos puede contener! ¡Oh Cielo, lleno de más alabanza, gloria y amor a Dios que el Cielo donde reside la bienaventuranza eterna! ¡Oh Cielo, en el que el Rey del Cielo reina más plenamente que en todos los demás cielos! ¡Oh Cielo, donde la Santísima Trinidad habita más dignamente y realiza maravillas mucho mayores que en el cielo empíreo! ¡Oh Cielo, en el que la misericordia divina ha establecido su trono y depositado sus tesoros, donde escucha el clamor de los desdichados y les ayuda en todas sus necesidades! «Oh Señor, tu misericordia está en el cielo» (Sal. 35, 6).

Acérquémonos a este trono de la gracia y, con gran confianza, presentemos nuestras peticiones a la Madre de la gracia y la misericordia. Por la intercesión de su Corazón, sumo en exaltación y, sin embargo, sumo en ternura, obtendremos las gracias que necesitamos para ser agradables a los ojos de la majestad celestial de Dios.

¡Alégrense, oh lectores, alégrense, vosotros cuya gran felicidad es ser contados entre los verdaderos hijos de la Madre del amor puro, pues vuestros nombres están escritos en su Corazón maternal! ¡Alzad vuestros ojos y vuestros corazones hacia ese hermoso cielo! Es allí donde vuestros corazones encontrarán luz, fuerza y poderosa ayuda en la batalla de la vida, guía y socorro, y sobre todo inspiración para amar a vuestro Creador y Redentor, el Señor del Cielo, con fuerza, con pureza y por encima de todas las cosas.

El fragmento anterior está extraído de San Juan Eudes, «El admirable corazón de María», segunda parte, capítulo II, y ha sido editado por la Orden de los Sagrados e Inmaculados Corazones de Jesús y María, en www.heartsofjesusandmary.org.

En 1954 el Papa Pio XII escribió estas palabras a los católicos de España que sirven también para nosotros en semana que celebramos la fiesta del Inmaculado Corazón de María para que pongamos toda nuestra confianza en ella en medio de las dificultades de la vida.

«Pero entre tantas advocaciones, Venerables Hermanos y amados hijos, acaso ninguna para vosotros tan entrañable, ni tan enraizada en vuestra carne misma, como esa Virgen Santísima del Pilar, que en estos instantes tenéis ante los ojos.

Y tu —oh Zaragoza— no serás ya insigne por tu privilegiada posición, por tu cielo purísimo o por tu rica vega, «loci amoenitate, deliciis praestantior civitatibus Hispaniae cunctis», como la llama el gran Isidoro de Sevilla; no lo serás por tus magníficos edificios, donde galanamente se salta sin desentonar de los primores mozárabes a las elegancias platerescas; no lo serás por haber oído el paso cadencioso de las legiones romanas o por el aliento indomable que te sostuvo «siempre heroica» en los heroicos sitios; lo serás por tu tradición cristiana, por tus Obispos, Félix, en pluma de S. Cipriano «fidei cultor ac defensor veritatis »[1], S. Valero y S. Braulio; por Sta.. Engracia y los Mártires innumerables, a los cuales podemos añadir el santo niño, embellecido también con la púrpura de su sangre, Dominguito del Val; lo serás, sobre todo, por esa columna contra la cual, rodando los siglos, como contra la roca inconmovible que, en el acantilado, desafía y doma las iras del mar, se romperán las oleadas de las herejías en el período gótico, las nuevas persecuciones de la dominación arábiga y la impiedad de los tiempos nuevos, resultando así cimiento inquebrantable, inexpugnable valladar e insuperable ornamento, no sólo de una nación grande, sino también de toda una dilatada y gloriosa estirpe! «Yo he elegido y santificado esta casa —parece decir Ella desde su pilar— para que en ella sea invocando mi nombre y para morar en ella por siempre»(cf. 2 Paral. 7, 16); y toda la Hispanidad, representada ante la Capilla. angélica por sus airosas banderas, parece que le responde: «Y nosotros te prometemos quedar de guardia aquí, para velar por tu honra, para serte siempre fieles y para incondicionalmente servirte».

Pero hoy vosotros, Venerables Hermanos y amados hijos, si habéis venido aquí, si os habéis reunido en todos los centros marianos de la nación, ha sido con una intención precisa: evocando aquella jornada inolvidable en el Cerro de los Ángeles, de 1919, donde España se consagró al Corazón Sacratísimo de Jesús, os habéis hoy querido consagrar al de María, en la confianza de que, en esta hora ardua de la humanidad, Dios querrá salvar al mundo por medio de aquel Corazón Inmaculado.

¡Bien merece sin duda ninguna, hijos amadísimos, esta manifestación de vuestra piedad al Corazón Purísimo de la Virgen, sede de aquel amor, de aquel dolor, de aquellos altísimos afectos, que tanta parte fueron en la redención nuestra, principalmente cuando Ella «stabat iuxta Crucem», velaba en pie junto a la Cruz (cf Jn 19, 25); bien lo merece aquel Corazón, símbolo de toda una vida interior, cuya perfección moral, cuyos méritos y virtudes escaparían a toda humana ponderación! Y bien justo es también que lo hagáis vosotros, si no fuera por otra razón, por ser la patria de San Antonio María Claret, apóstol infatigable de esta devoción, que Nos mismo hemos elevado al honor máximo de los altares.

Pero Nos creemos que hoy más que nunca, precisamente porque las nubes cargan sobre el horizonte, precisamente porque en algunos momentos se diría que las tinieblas van borrando aún más los caminos, precisamente porque la audacia de los ministros del averno parece que aumentan más y más; precisamente por eso, creemos que la humanidad entera debe correr a este puerto de salvación, que Nos le hemos indicado como finalidad principal de este Año Mariano, debe refugiarse en esta fortaleza, debe confiar en este Corazón dulcísimo que, para salvarnos, pide solamente oración y penitencia, pide solamente correspondencia.

¡Prometédsela vosotros, hijos amadísimos de toda España; prometedle vivir una vida de piedad cada día más intensa, más profunda, y más sincera; prometedle velar por la pureza de las costumbres, que fueron siempre honor de vuestra gente; prometedle no abrir jamás vuestras puertas a ideas y a principios, que por triste experiencia bien sabéis dónde conducen; prometedle no permitir que se resquebraje la solidez de vuestro alcázar familiar, puntal fundamental de toda sociedad; prometedle reprimir el deseo de gozos inmoderados, la codicia de los bienes de este mundo, ponzoña capaz de destruir el organismo más robusto y mejor constituido; prometedle amar a vuestros hermanos, a todos vuestros hermanos, pero principalmente al humilde y al menesteroso, tantas veces ofendido por la ostentación del lujo y del placer! Y Ella entonces seguirá siempre siendo vuestra especial protectora.

Ante vuestro trono, pues, oh Madre Santísima del Pilar, —diremos parafraseando las palabras por N0s mismo pronunciadas en ocasión solemnísima [2]— Nos, como Padre común de la familia cristiana, como Vicario de Aquel, a quien fue dado todo poder en el cielo y en la tierra, a Vos, a Vuestro Corazón Inmaculado confiamos, entregamos y consagramos no sólo toda esa inmensa multitud ahí presente, sino también toda la nación española, para que vuestro amor y patrocinio acelere la hora del triunfo en todo el mundo del Reino de Dios y todas las generaciones humanas, pacificadas entre sí y con Dios, Os proclamen bienaventurada, entonando con Vos, de un polo al otro de la tierra, el eterno «Magnificat» de gloria, amor y gratitud al Corazón de Jesús, único refugio donde pueden hallarse la Verdad, la Vida y la Paz.

Que la bendición del cielo, de la que quiere ser prenda la Bendición Nuestra, descienda sobre todos vosotros: sobre Nuestro dignísimo Cardenal Legado; sobre el Jefe del Estado; sobre todos Nuestros Hermanos en el Episcopado ahí presentes; sobre todas las Autoridades; sobre el clero, religiosos y fieles que están en estos momentos oyéndonos y sobre toda la nación española, a la cual continuamente deseamos toda clase de bienes y de prosperidades.»


(RADIOMENSAJE DE SU SANTIDAD PÍO XII AL CONGRESO MARIANO NACIONAL DE ESPAÑA, Martes 12 de octubre de 1954. From https://www.vatican.va/content/pius-xii/es/speeches/1954/documents/hf_p-xii_spe_19541012_mariano-spain.html?utm_source=chatgpt.com)


Podemos también meditar sobre los escritos de San Juan Eudes, uno de los primeros que promovía la devoción al Inmaculado Corazón de María junto con la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Sus libros son muy recomendables.

En tercer lugar, el Admirable Corazón de María es el Cielo de los Cielos, porque, como dice san Bernardo, contiene a toda la Iglesia, a la que la Sagrada Escritura llama el Reino de los Cielos, y porque todos los hijos de la Iglesia reciben a través de María la vida de la gracia. (4) Si san Pablo aseguró a los cristianos de su tiempo que estaban en su corazón (2 Cor 7, 3), ¿quién se atrevería a contradecir a san Bernardino de Siena (5), quien nos dice que la Santísima Virgen María, como una buena madre, lleva a todos sus hijos en su Corazón? ¿Quién me contradirá si añado que Nuestra Señora llevará para siempre a todos los habitantes del cielo en lo más íntimo de su Corazón, que se convierte en el Cielo de los Cielos y en un verdadero Paraíso de los Elegidos, en el que encuentran la plenitud del deleite y la alegría, gracias al amor inconcebible por cada alma que consume su Corazón maternal? Así cantarán para siempre los bienaventurados: «Sicut laetantium omnium nostrum habitatio est in corde tuo, sancta Dei Genetrix». ¡Oh, santa Madre de Dios!, tu caridad sin límites ha ensanchado tanto tu Corazón maternal que se ha convertido en una gran ciudad, o más bien en un cielo inmenso, lleno de consuelos inefables y alegrías indecibles para tus amados hijos, cuya morada feliz será por toda la eternidad.

El Corazón de nuestra Santa Madre es, pues, verdaderamente un cielo, un cielo empíreo, el Cielo de los Cielos. ¡Oh Cielo, más exaltado, más extenso y más vasto que todos los cielos! ¡Oh Cielo, que encierra a Aquel a quien ni el cielo de los cielos puede contener! ¡Oh Cielo, lleno de más alabanza, gloria y amor a Dios que el Cielo donde reside la bienaventuranza eterna! ¡Oh Cielo, en el que el Rey del Cielo reina más plenamente que en todos los demás cielos! ¡Oh Cielo, donde la Santísima Trinidad habita más dignamente y realiza maravillas mucho mayores que en el cielo empíreo! ¡Oh Cielo, en el que la misericordia divina ha establecido su trono y depositado sus tesoros, donde escucha el clamor de los desdichados y les ayuda en todas sus necesidades! «Oh Señor, tu misericordia está en el cielo» (Sal. 35, 6).

Acérquémonos a este trono de la gracia y, con gran confianza, presentemos nuestras peticiones a la Madre de la gracia y la misericordia. Por la intercesión de su Corazón, sumo en exaltación y, sin embargo, sumo en ternura, obtendremos las gracias que necesitamos para ser agradables a los ojos de la majestad celestial de Dios.

¡Alégrense, oh lectores, alégrense, vosotros cuya gran felicidad es ser contados entre los verdaderos hijos de la Madre del amor puro, pues vuestros nombres están escritos en su Corazón maternal! ¡Alzad vuestros ojos y vuestros corazones hacia ese hermoso cielo! Es allí donde vuestros corazones encontrarán luz, fuerza y poderosa ayuda en la batalla de la vida, guía y socorro, y sobre todo inspiración para amar a vuestro Creador y Redentor, el Señor del Cielo, con fuerza, con pureza y por encima de todas las cosas.

El fragmento anterior está extraído de San Juan Eudes, «El admirable corazón de María», segunda parte, capítulo II, y ha sido editado por la Orden de los Sagrados e Inmaculados Corazones de Jesús y María, en www.heartsofjesusandmary.org.

A que no sabías que…

Aquí conoceremos más sobre temas litúrgicos.

En la octava de Corpus Christi celebramos la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús; hoy, en la octava de la Asunción de María, celebramos la fiesta del Inmaculado Corazón de María (en el Novus Ordo, se celebra al día siguiente de la fiesta del Sagrado Corazón).

El centro de esta fiesta es el corazón de María —no solo su corazón corporal, sino también su memoria, su intelecto, su voluntad, su espíritu y otros aspectos de su vida interior y de su respuesta a Dios—, todo lo cual san Juan Eudes denominó «un vasto mar de gracia, un océano inconmensurable de perfecciones, un inmenso horno de amor». Mientras que nuestra devoción al Sagrado Corazón de Cristo es una devoción del ser humano hacia el Divino mismo, nuestra devoción al Inmaculado Corazón de María se basa en nuestro deseo de imitar sus perfecciones humanas, de llegar a ser tan virtuosos y tan cercanos a Dios como lo es ella, aquella cuyo latido arrulló al Jesús aún no nacido durante los meses que pasó en su vientre, aquella que sostuvo a su Creador en sus brazos cuando era un Niño, sabiendo desde entonces cuál sería el destino de su Pasión cuando fuera joven, aquella que permaneció valiente y llena de dolor mientras lo veía morir en la cruz.

Fragmento de «El admirable corazón de María» de San Juan Eudes, Capítulo VI: El corazón de María.


El admirable corazón de la Santísima Virgen María no es solo una fuente, como hemos visto, sino también un mar, del que el océano creado por Dios el tercer día es una hermosa imagen. Esta es la quinta imagen simbólica o representación del Inmaculado Corazón de Nuestra Señora. San Juan Crisóstomo dice que el corazón de san Pablo es un mar: Cor Pauli Mare Est (1), pero el propio Espíritu Santo da este nombre a la santísima Madre de Dios y, por tanto, a su Corazón, al que este título se aplica aún más que a su persona; o bien demostraremos que su Corazón es el principio de todas las cualidades santas que la adornan.

El Espíritu Santo declara que María, su Esposa más digna, es un mar. Un escritor humilde y erudito que, aunque revela sus brillantes dotes en su excelente comentario sobre los salmos, ha preferido que su nombre y su persona permanezcan en el anonimato,(2) nos transmite que el nombre de «mar» se le da en la Sagrada Escritura a la gloriosa Virgen porque ella es, en efecto, un mar de pureza, vasto en extensión y en utilidad. Consideraremos en breve que María es un mar tanto en pureza como en extensión. En cuanto a la utilidad, este santo Doctor nos dice que, así como el mar no permite que la tierra adyacente permanezca estéril, también las almas que se acercan a la Madre de Dios con verdadera devoción producen abundantes frutos de bendición, gracias a las gracias que ella les concede generosamente. Digamos de su Corazón que es un mar lleno de grandes y maravillosas riquezas.

En el orden de la naturaleza, el mar es una de las mayores maravillas de la omnipotencia de Dios. «Maravillosas son las olas del mar» (3). Dios, que es grande en todas partes, es especialmente admirable en el mar. «Maravilloso es el Señor en las profundidades». (4) El sagrado Corazón de María es un océano de maravillas y un abismo de milagros. Es la extraordinaria obra maestra del Amor esencial e increado, en la que los efectos del Poder, la sabiduría y la bondad infinitos resplandecen con más brillo que en todos los corazones de los ángeles y de los hombres.

¿Qué es el mar? Es la reunión de las aguas, dice la Sagrada Escritura, o, si se prefiere, es el lugar donde se reúnen todas las aguas. «Que las aguas que están bajo el cielo se reúnan en un solo lugar» (5). Y el texto sagrado añade: «Que la reunión de las aguas se llame mares» (6). Ahora bien, ¿qué es el augusto Corazón de María? Es el lugar donde se reúnen y se unen las aguas vivas de todas las gracias que brotan del Corazón de Dios, como de su primera fuente. San Jerónimo dice: «La gracia se reparte entre los demás santos, pero María posee la plenitud de la santidad» (7). Por la misma razón, san Pedro Crisólogo llama a María collegium sanctitatis (8), es decir, el lugar donde la gracia y la santidad se reúnen y se agrupan; y san Bernardo, mare admirabile gratiarum (9), un mar prodigioso de gracias.

«Todos los ríos desembocan en el mar, pero el mar no se desborda», dice el Espíritu Santo (10). Así también todos los arroyos, todos los torrentes y todos los ríos de la gracia celestial desembocan en el Corazón de la Madre de la Gracia, y allí se contienen sin dificultad. Todas las gracias del cielo y de la tierra unen sus aguas en el gran mar del Sagrado Corazón de la Madre del Santo de los Santos. «En mí está toda la gracia del camino y de la verdad» (11). En el Corazón de María están todas las gracias de los ángeles y de los hombres, todas las gracias de los serafines, querubines, Tronos, Dominaciones, Virtudes, Potestades, Principados, Arcángeles y Ángeles; todas las gracias de los santos Patriarcas, Profetas, Apóstoles, Evangelistas, discípulos de Jesús, mártires, sacerdotes y levitas, confesores, ermitaños, vírgenes y viudas, de los Santos Inocentes y de todos los bienaventurados del cielo. No hay desbordamiento de gracia en María; ella no se ve abrumada, pues su Corazón es digno de todos los dones y todas las generosidades de la infinita bondad de Dios, y es capaz de recibirlos y utilizarlos todos para la gloria de Su Divina Majestad.

Las palabras de San Bernardo sobre este tema son de una gran belleza. Nos dice que María desea serlo todo para todos. En su abundante caridad, no rechaza a nadie que recurra a su Corazón. Abre la puerta de su misericordia y las puertas de su generoso Corazón a todos, para que todos puedan recibir de su plenitud. Al cautivo le lleva la redención; al enfermo, la curación; al afligido, el consuelo; al pecador, el perdón; al justo, el aumento de la gracia. Aumenta la alegría de los ángeles; al Hijo de Dios le da la sustancia de la carne humana, y a la Santísima Trinidad, gloria y alabanza eterna. El amor y la caridad de su Corazón se hacen sentir por el propio Creador y por todas sus criaturas.(14)

Sí, el admirable Corazón de María es, en verdad, un mar, siendo, después del mismo Señor, el fundamento y el sustento del mundo cristiano, un mar de caridad y amor, un mar más sólido y firme que aquel que sostuvo los pies de San Pedro cuando caminaba sobre su superficie. Su Corazón es un medio más fuerte que el propio firmamento, ese mar del que habla San Juan en el Apocalipsis: «Y ante el trono había, como que, un mar de cristal semejante al cristal; un mar de cristal mezclado con fuego, y los que habían vencido a la bestia… de pie sobre el mar de cristal, con las arpas de Dios». (15)

Estudiemos el simbolismo de la visión del evangelista. El cristal es un producto que debe su claridad, forma y perfección al moldeado en el calor de un fuego intenso. Del mismo modo, el Corazón de María fue forjado en el fuego que todo lo consume de la Santísima Trinidad, el horno del Espíritu Santo, del cual es la obra más perfecta. Además, durante su vida en la tierra, el corazón de María fue templado, como el cristal, en el horno del sufrimiento.

San Juan habla de un cristal semejante al cristal, es decir, un cristal que es a la vez transparente y resplandeciente, que absorbe e irradia luz clara, el símbolo más vivo de la pureza. El mar semejante al cristal es la imagen del corazón de María resplandeciendo en su pureza impecable. El cristal fabricado por el hombre es oscuro en la oscuridad, necesita luz para ser luminoso, brilla con mayor intensidad bajo el resplandor directo del sol y refleja la cantidad de luz que recibe. De igual modo, el admirable Corazón de María absorbe y refleja de manera maravillosa todo el resplandor celestial del Sol Eterno. Ella es el mar de cristal «ante el Trono», es decir, directamente ante el rostro de la Divina Majestad, y toda su existencia consiste en recibir y reflejar la imagen de Dios, no solo como un mar, sino como un espejo resplandeciente.

San Juan habla también de la visión de un milagro, un mar mezclado con fuego, y así explica las palabras inspiradas del Cantar de los Cantares: «Las muchas aguas no pueden apagar el amor, ni los torrentes ahogarlo» (16). Estos torrentes representan el torrente de dolor que inundó el corazón de María, la Amada Esposa, especialmente durante la Pasión de su Divino Hijo. «. . . ¡Oh Virgen, hija de Sión, tan grande como el mar es tu profunda aflicción!» (17) Sin embargo, ni siquiera el torrente de dolor logró apagar el fuego del amor en el corazón de María, sino que, por el contrario, hizo que sus llamas resplandecieran con mayor intensidad.

El evangelista imagina a los santos de pie sobre el mar de cristal, porque su salvación se ha fundado en María y han elegido morar con su Amado Hijo. Gracias a ella, han obtenido la gracia de cantar para siempre el cántico del Cordero, el himno de alabanza, de alegría, de victoria sobre el mal; por eso se encuentran de pie sobre el mar de su corazón, escuchando las arpas.

Oh, adorable Jesús, concédenos que podamos cantar contigo, con tu Madre tan admirable y con toda la compañía de los santos, este cántico milagroso en alabanza al adorable Corazón de la Santísima Trinidad, que es la fuente de los innumerables prodigios y perfecciones que enriquecen el corazón de María, el océano de la gracia y la caridad.

¡Oh María, mar de amor que el dolor no apaga, contempla mi corazón, el más pequeño y humilde de todos los corazones, una simple gota de agua que busca unirse a tu vasto océano para perderse para siempre en tus profundidades! ¡Oh María, Reina de todos los corazones consagrados a Jesús, mira esta diminuta gota, mi corazón indigno, que te ofrezco para que se funda para siempre en el mar de tu amor resplandeciente! Madre de la Misericordia, tú nos ves aquí abajo, zarandeados en un mar tempestuoso de pruebas y tentaciones furiosas. En tu gran misericordia, dignate ser nuestra fuerza, nuestra estrella guía, nuestro sustento, para que, firmes sobre ese mar cristalino ante el Trono, tu Corazón Admirable, al que las tempestades no pueden asaltar, podamos cantar sin temor: «Tu corazón real es nuestra luz pura, nuestro refugio seguro. ¿Por qué habría de temer? Su bondad es el firme apoyo de nuestras vidas. Nada puede turbar nuestros corazones».

(1). En el cap. 28 de las Homilías sobre los Hechos de los Apóstoles.

(2). Incógnito, en el Salmo 71.

(3). Salmo 92, 4.

(4). Ibíd.

(5). Génesis 1, 9.

(6). Ibíd., ídem.

(7). Caeteris per partes: «A María, en cambio, se le infunde toda la plenitud de la gracia». Sermón sobre la Asunción de la Santísima Virgen María.

(8). Sermón 1, 46.

(9). Sermón sobre la Santísima Virgen.

(10). Eclesiástico 1, 7.

(11) Eclo. 24, 25

(12). Sermón 5 sobre la Natividad de la Santísima Virgen, cap. 12.

(13). Rom. 7, 4.

(14). Sermón sobre las palabras del Apocalipsis: «Signum magnum».

(15). Apoc. 4, 6 y 15, 2.

(16). Cantar de los Cantares 8, 7.

(17). Lamentaciones 2, 13

En la octava de Corpus Christi celebramos la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús; hoy, en la octava de la Asunción de María, celebramos la fiesta del Inmaculado Corazón de María (en el Novus Ordo, se celebra al día siguiente de la fiesta del Sagrado Corazón).

El centro de esta fiesta es el corazón de María —no solo su corazón corporal, sino también su memoria, su intelecto, su voluntad, su espíritu y otros aspectos de su vida interior y de su respuesta a Dios—, todo lo cual san Juan Eudes denominó «un vasto mar de gracia, un océano inconmensurable de perfecciones, un inmenso horno de amor». Mientras que nuestra devoción al Sagrado Corazón de Cristo es una devoción del ser humano hacia el Divino mismo, nuestra devoción al Inmaculado Corazón de María se basa en nuestro deseo de imitar sus perfecciones humanas, de llegar a ser tan virtuosos y tan cercanos a Dios como lo es ella, aquella cuyo latido arrulló al Jesús aún no nacido durante los meses que pasó en su vientre, aquella que sostuvo a su Creador en sus brazos cuando era un Niño, sabiendo desde entonces cuál sería el destino de su Pasión cuando fuera joven, aquella que permaneció valiente y llena de dolor mientras lo veía morir en la cruz.

Fragmento de «El admirable corazón de María» de San Juan Eudes, Capítulo VI: El corazón de María.


El admirable corazón de la Santísima Virgen María no es solo una fuente, como hemos visto, sino también un mar, del que el océano creado por Dios el tercer día es una hermosa imagen. Esta es la quinta imagen simbólica o representación del Inmaculado Corazón de Nuestra Señora. San Juan Crisóstomo dice que el corazón de san Pablo es un mar: Cor Pauli Mare Est (1), pero el propio Espíritu Santo da este nombre a la santísima Madre de Dios y, por tanto, a su Corazón, al que este título se aplica aún más que a su persona; o bien demostraremos que su Corazón es el principio de todas las cualidades santas que la adornan.

El Espíritu Santo declara que María, su Esposa más digna, es un mar. Un escritor humilde y erudito que, aunque revela sus brillantes dotes en su excelente comentario sobre los salmos, ha preferido que su nombre y su persona permanezcan en el anonimato,(2) nos transmite que el nombre de «mar» se le da en la Sagrada Escritura a la gloriosa Virgen porque ella es, en efecto, un mar de pureza, vasto en extensión y en utilidad. Consideraremos en breve que María es un mar tanto en pureza como en extensión. En cuanto a la utilidad, este santo Doctor nos dice que, así como el mar no permite que la tierra adyacente permanezca estéril, también las almas que se acercan a la Madre de Dios con verdadera devoción producen abundantes frutos de bendición, gracias a las gracias que ella les concede generosamente. Digamos de su Corazón que es un mar lleno de grandes y maravillosas riquezas.

En el orden de la naturaleza, el mar es una de las mayores maravillas de la omnipotencia de Dios. «Maravillosas son las olas del mar» (3). Dios, que es grande en todas partes, es especialmente admirable en el mar. «Maravilloso es el Señor en las profundidades». (4) El sagrado Corazón de María es un océano de maravillas y un abismo de milagros. Es la extraordinaria obra maestra del Amor esencial e increado, en la que los efectos del Poder, la sabiduría y la bondad infinitos resplandecen con más brillo que en todos los corazones de los ángeles y de los hombres.

¿Qué es el mar? Es la reunión de las aguas, dice la Sagrada Escritura, o, si se prefiere, es el lugar donde se reúnen todas las aguas. «Que las aguas que están bajo el cielo se reúnan en un solo lugar» (5). Y el texto sagrado añade: «Que la reunión de las aguas se llame mares» (6). Ahora bien, ¿qué es el augusto Corazón de María? Es el lugar donde se reúnen y se unen las aguas vivas de todas las gracias que brotan del Corazón de Dios, como de su primera fuente. San Jerónimo dice: «La gracia se reparte entre los demás santos, pero María posee la plenitud de la santidad» (7). Por la misma razón, san Pedro Crisólogo llama a María collegium sanctitatis (8), es decir, el lugar donde la gracia y la santidad se reúnen y se agrupan; y san Bernardo, mare admirabile gratiarum (9), un mar prodigioso de gracias.

«Todos los ríos desembocan en el mar, pero el mar no se desborda», dice el Espíritu Santo (10). Así también todos los arroyos, todos los torrentes y todos los ríos de la gracia celestial desembocan en el Corazón de la Madre de la Gracia, y allí se contienen sin dificultad. Todas las gracias del cielo y de la tierra unen sus aguas en el gran mar del Sagrado Corazón de la Madre del Santo de los Santos. «En mí está toda la gracia del camino y de la verdad» (11). En el Corazón de María están todas las gracias de los ángeles y de los hombres, todas las gracias de los serafines, querubines, Tronos, Dominaciones, Virtudes, Potestades, Principados, Arcángeles y Ángeles; todas las gracias de los santos Patriarcas, Profetas, Apóstoles, Evangelistas, discípulos de Jesús, mártires, sacerdotes y levitas, confesores, ermitaños, vírgenes y viudas, de los Santos Inocentes y de todos los bienaventurados del cielo. No hay desbordamiento de gracia en María; ella no se ve abrumada, pues su Corazón es digno de todos los dones y todas las generosidades de la infinita bondad de Dios, y es capaz de recibirlos y utilizarlos todos para la gloria de Su Divina Majestad.

Las palabras de San Bernardo sobre este tema son de una gran belleza. Nos dice que María desea serlo todo para todos. En su abundante caridad, no rechaza a nadie que recurra a su Corazón. Abre la puerta de su misericordia y las puertas de su generoso Corazón a todos, para que todos puedan recibir de su plenitud. Al cautivo le lleva la redención; al enfermo, la curación; al afligido, el consuelo; al pecador, el perdón; al justo, el aumento de la gracia. Aumenta la alegría de los ángeles; al Hijo de Dios le da la sustancia de la carne humana, y a la Santísima Trinidad, gloria y alabanza eterna. El amor y la caridad de su Corazón se hacen sentir por el propio Creador y por todas sus criaturas.(14)

Sí, el admirable Corazón de María es, en verdad, un mar, siendo, después del mismo Señor, el fundamento y el sustento del mundo cristiano, un mar de caridad y amor, un mar más sólido y firme que aquel que sostuvo los pies de San Pedro cuando caminaba sobre su superficie. Su Corazón es un medio más fuerte que el propio firmamento, ese mar del que habla San Juan en el Apocalipsis: «Y ante el trono había, como que, un mar de cristal semejante al cristal; un mar de cristal mezclado con fuego, y los que habían vencido a la bestia… de pie sobre el mar de cristal, con las arpas de Dios». (15)

Estudiemos el simbolismo de la visión del evangelista. El cristal es un producto que debe su claridad, forma y perfección al moldeado en el calor de un fuego intenso. Del mismo modo, el Corazón de María fue forjado en el fuego que todo lo consume de la Santísima Trinidad, el horno del Espíritu Santo, del cual es la obra más perfecta. Además, durante su vida en la tierra, el corazón de María fue templado, como el cristal, en el horno del sufrimiento.

San Juan habla de un cristal semejante al cristal, es decir, un cristal que es a la vez transparente y resplandeciente, que absorbe e irradia luz clara, el símbolo más vivo de la pureza. El mar semejante al cristal es la imagen del corazón de María resplandeciendo en su pureza impecable. El cristal fabricado por el hombre es oscuro en la oscuridad, necesita luz para ser luminoso, brilla con mayor intensidad bajo el resplandor directo del sol y refleja la cantidad de luz que recibe. De igual modo, el admirable Corazón de María absorbe y refleja de manera maravillosa todo el resplandor celestial del Sol Eterno. Ella es el mar de cristal «ante el Trono», es decir, directamente ante el rostro de la Divina Majestad, y toda su existencia consiste en recibir y reflejar la imagen de Dios, no solo como un mar, sino como un espejo resplandeciente.

San Juan habla también de la visión de un milagro, un mar mezclado con fuego, y así explica las palabras inspiradas del Cantar de los Cantares: «Las muchas aguas no pueden apagar el amor, ni los torrentes ahogarlo» (16). Estos torrentes representan el torrente de dolor que inundó el corazón de María, la Amada Esposa, especialmente durante la Pasión de su Divino Hijo. «. . . ¡Oh Virgen, hija de Sión, tan grande como el mar es tu profunda aflicción!» (17) Sin embargo, ni siquiera el torrente de dolor logró apagar el fuego del amor en el corazón de María, sino que, por el contrario, hizo que sus llamas resplandecieran con mayor intensidad.

El evangelista imagina a los santos de pie sobre el mar de cristal, porque su salvación se ha fundado en María y han elegido morar con su Amado Hijo. Gracias a ella, han obtenido la gracia de cantar para siempre el cántico del Cordero, el himno de alabanza, de alegría, de victoria sobre el mal; por eso se encuentran de pie sobre el mar de su corazón, escuchando las arpas.

Oh, adorable Jesús, concédenos que podamos cantar contigo, con tu Madre tan admirable y con toda la compañía de los santos, este cántico milagroso en alabanza al adorable Corazón de la Santísima Trinidad, que es la fuente de los innumerables prodigios y perfecciones que enriquecen el corazón de María, el océano de la gracia y la caridad.

¡Oh María, mar de amor que el dolor no apaga, contempla mi corazón, el más pequeño y humilde de todos los corazones, una simple gota de agua que busca unirse a tu vasto océano para perderse para siempre en tus profundidades! ¡Oh María, Reina de todos los corazones consagrados a Jesús, mira esta diminuta gota, mi corazón indigno, que te ofrezco para que se funda para siempre en el mar de tu amor resplandeciente! Madre de la Misericordia, tú nos ves aquí abajo, zarandeados en un mar tempestuoso de pruebas y tentaciones furiosas. En tu gran misericordia, dignate ser nuestra fuerza, nuestra estrella guía, nuestro sustento, para que, firmes sobre ese mar cristalino ante el Trono, tu Corazón Admirable, al que las tempestades no pueden asaltar, podamos cantar sin temor: «Tu corazón real es nuestra luz pura, nuestro refugio seguro. ¿Por qué habría de temer? Su bondad es el firme apoyo de nuestras vidas. Nada puede turbar nuestros corazones».

(1). En el cap. 28 de las Homilías sobre los Hechos de los Apóstoles.

(2). Incógnito, en el Salmo 71.

(3). Salmo 92, 4.

(4). Ibíd.

(5). Génesis 1, 9.

(6). Ibíd., ídem.

(7). Caeteris per partes: «A María, en cambio, se le infunde toda la plenitud de la gracia». Sermón sobre la Asunción de la Santísima Virgen María.

(8). Sermón 1, 46.

(9). Sermón sobre la Santísima Virgen.

(10). Eclesiástico 1, 7.

(11) Eclo. 24, 25

(12). Sermón 5 sobre la Natividad de la Santísima Virgen, cap. 12.

(13). Rom. 7, 4.

(14). Sermón sobre las palabras del Apocalipsis: «Signum magnum».

(15). Apoc. 4, 6 y 15, 2.

(16). Cantar de los Cantares 8, 7.

(17). Lamentaciones 2, 13

Recomendaciones de lectura mensual

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Formación Espiritual

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Dios te salve, Reina y Madre — Scott Hahn 

Scott Hahn presenta en este libro una explicación clara y accesible del lugar de la Virgen María en la Sagrada Escritura. A través de figuras como la Nueva Eva, la Reina Madre y la Mujer del Apocalipsis, muestra cómo la doctrina mariana está profundamente arraigada en la Biblia. Es una excelente introducción para comprender mejor la misión de María en la historia de la salvación y para responder a muchas objeciones comunes contra la devoción católica a la Virgen. 

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Formación Intelectual

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La vida intelectual — A.-D. Sertillanges, O.P. 

Un clásico sobre la vocación al estudio y la búsqueda de la verdad. Sertillanges muestra que la vida intelectual exige disciplina, silencio, buenos hábitos, lectura seria y una profunda unidad entre estudio y vida espiritual. Más que un manual para académicos, es una invitación a ordenar la inteligencia hacia lo verdaderamente importante y a comprender el estudio como una tarea noble que también puede dar gloria a Dios. 

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Literatura

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La utilidad de leer. Ensayos escogidos — G. K. Chesterton 

Esta breve antología reúne algunos de los ensayos más agudos y entretenidos de Chesterton sobre la lectura, la literatura, la educación y la cultura. Con su característico ingenio, paradojas y sentido común, Chesterton defiende el valor de los buenos libros y muestra cómo la lectura puede ensanchar la inteligencia y ayudarnos a mirar la realidad con mayor profundidad. Una excelente introducción para quienes todavía no conocen a este gran autor católico. 

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Santos que seguro no conocías

San Bernardo Tolomeo, Abad – 21 de agosto

Nació en Siena el 10 de mayo de 1272. En el bautismo recibió el nombre de Giovanni. Fue educado en el colegio de Santo Domingo de Camporeggio, en Siena, por los frailes predicadores (dominicos). Estudió derecho en su ciudad de origen, donde también formó parte de la Cofradía de los Disciplinados de Santa María de la Noche, que asistían a los enfermos en el hospital del lugar. Una ceguera progresiva, casi total, le obligó a renunciar a una carrera pública.

En una época de luchas entre facciones ciudadanas, para realizar su ideal cristiano y ascético, en el año 1313, casi a los cuarenta años, se retiró, junto con otros dos nobles de Siena, a la soledad, en Accona, a cerca de 30 km de la ciudad. Allí, llevó una vida eremítica en grutas. Tomó el nombre de Bernardo, por veneración al santo abad cisterciense. La vida penitente de estos laicos eremitas se caracterizaba por la oración, la lectio divina, el trabajo manual y el silencio. Poco a poco se les fueron uniendo otros compañeros de Siena, Florencia y las regiones vecinas.

Para consolidar la posición jurídica del nuevo grupo, Bernardo acudió al obispo de Arezzo, en cuya jurisdicción se encontraba Accona, y el 26 de marzo de 1319 obtuvo un decreto de erección para el futuro monasterio de Santa María de Monte Oliveto, que debía ponerse "sub regula sancti Benedicti", con algunos privilegios y exenciones. El obispo, a través de un legado, recibió su profesión monástica. Al elegir la Regla de san Benito, Bernardo tuvo que mitigar el rigor eremítico primitivo adoptando el cenobitismo benedictino. Por el deseo de honrar a la Virgen, los fundadores vistieron un hábito blanco.

Así, el 1 de abril de 1319 nació el monasterio de santa María de Monte Oliveto Maggiore, con la bendición y colocación de la primera piedra de la iglesia. Desde entonces, el desierto de Accona cambió su nombre por el de "Monte Oliveto" en recuerdo del Monte de los Olivos, a donde el Señor Jesús solía retirarse con sus discípulos y donde oró antes de su pasión.

El 1 de septiembre de 1319, en el momento de la elección de abad —cargo que por decisión del capítulo general debía durar un año solamente—, Bernardo no quiso aceptar, aduciendo su creciente ceguera, y fue elegido Patrizio Patrizi. Sin embargo, después de un segundo abad, Simone di Tura, Bernardo no logró oponerse al deseo de sus monjes y el 1 de septiembre de 1322 fue elegido abad del monasterio que él mismo había fundado, cargo que ocupó hasta su muerte, pues era tal su prestigio y santidad que los monjes lo volvieron a elegir durante veintiséis años consecutivos.

Con el paso del tiempo el cenobio de Santa María de Monte Oliveto se fue convirtiendo en el centro de una congregación monástica. El número cada vez mayor de personas que acudían desde varias ciudades al nuevo monasterio permitió a Bernardo acoger las peticiones de obispos que querían que sus monjes se establecieran también en sus ciudades y aldeas. Por eso, pudo fundar otros diez monasterios, íntimamente unidos a la abadía principal, todos con el mismo nombre; la congregación era dirigida por un solo abad, mientras que los monasterios estaban sólo bajo la autoridad de un prior. El 21 de enero de 1344, desde Aviñón, el Papa Clemente vi aprobó la congregación, ya formada entonces por esos diez monasterios.

Bernardo dejó a sus monjes un ejemplo de vida santa, de práctica de las virtudes en grado heroico y de una vida entregada al servicio de los demás y a la contemplación. Durante la gran peste del año 1348, el santo abad abandonó la soledad de Monte Oliveto para acudir al monasterio de San Benito en Porta Tufi, en Siena. Allí, a los 76 años, asistiendo a sus conciudadanos y a sus monjes afectados por la infección fuertemente contagiosa, murió víctima él mismo de la peste, junto con 82 monjes, en una fecha que la tradición fijó el 20 de agosto de 1348.

Fuente: https://www.vatican.va/news_services/liturgy/saints/2009/ns_lit_doc_20090426_tolomei_sp.html

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