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XI Domingo después de Pentecostés

Importancia de la buena lectura - Sobre la Fiesta de la Asunción de la Virgen - Nuevas recomendaciones de lectura - San Gaugerico

Importancia de la buena lectura - Sobre la Fiesta de la Asunción de la Virgen - Nuevas recomendaciones de lectura - San Gaugerico

Los milagros del Salvador son algo más que un signo de su poder y de su bondad. Simbolizan también lo que obran, por medio de la gracia, en lo íntimo de las almas. El «Éfeta = Abríos» que ha curado al sordomudo, lo repite la Iglesia en el bautismo de cada uno de nosotros. La obra de la Iglesia, lo mismo que la de Cristo, es la de abrirnos a las cosas de Dios.

La catequesis cristiana, transmitida fielmente hasta hoy desde los apóstoles, nos enseña lo que debemos creer y, en primer lugar, la muerte redentora de Nuestro Señor Jesucristo y su resurrección, que son la base de la verdadera fe. La buena nueva de la salvación, que no cesa de predicar la Iglesia siempre y por doquier, consiste en el acceso de los hombres a la comunión con Dios por la expulsión de Satanás y la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte.

La misa de hoy nos hace cantar a la omnipotente e infinita bondad de Dios, que, después de salvar a su pueblo, lo convoca en su Iglesia y lo regocija con su protección.

Desde el Escritorio del Párroco

Muchos santos nos hablan de la importancia de la buena lectura. Tener el hábito de leer cosas santas y enriquecedoras es importantísimo para nuestra vida espiritual y para nuestra formación cristiana. Y lo es aún más en nuestros tiempos, cuando tanta gente ha perdido la costumbre de leer y se limita a consumir videos, publicaciones y redes sociales. El alma que quiere llegar al cielo encontrará una gran ayuda si se propone cultivar el hábito de la buena lectura y procura escoger solamente aquello que realmente la enriquezca.

Por eso queremos seguir desarrollando en nuestra comunidad el apostolado de la librería parroquial, y estamos buscando nuevos colaboradores. Queremos aprovechar también para agradecer muy especialmente a Marcela Carretero Vázquez, quien desde septiembre de 2024 ha llevado la coordinación de la librería, dedicando generosamente su tiempo y esfuerzo a este apostolado. Después de casi dos años de servicio, Marcela necesita ahora pasar la batuta, y por eso estamos buscando a la persona que pueda sucederla en esta responsabilidad y dar continuidad al trabajo que ella ha realizado.

Decía san Antonio María Claret:

«Son los libros la comida del alma… si la gente no tiene libros buenos, leerá malos».

En su Autobiografía, n.º 311, desarrolla esta comparación: así como la comida sana nutre y la venenosa perjudica, los buenos libros forman el entendimiento y el corazón, mientras que los malos corrompen las creencias y las costumbres.

También explica que el libro prolonga la predicación: puede entrar en una casa donde no llega el sacerdote, permanece allí disponible y nunca se cansa de repetir la verdad (Autobiografía, n.º 310). Por eso este santo obispo y gran evangelizador se dedicó incansablemente a promover y difundir buenos libros.

San Juan Bosco, en su apostolado entre los jóvenes, entendía la misma necesidad:

«¡Cuántas almas se salvaron por los buenos libros; a cuántas preservaron de la corrupción y espolearon al bien!»

Podríamos multiplicar las citas de los santos.

San Josemaría Escrivá decía sencillamente:

«La lectura ha hecho muchos santos».

Y san Pío X:

«Debemos contar los libros piadosos entre nuestros verdaderos amigos».

San Benito ordena en su Regla:

«La ociosidad es enemiga del alma. Por eso, los hermanos deben ocuparse en determinados tiempos en el trabajo manual y, en otros, en la lectura divina».

La Regla de san Benito reserva cada día un tiempo determinado para la lectura precisamente porque ésta es un medio tan eficaz para alimentar la vida interior.

Es verdad que hoy podemos encontrar buen material también en audio o en video. Son medios útiles, y no hay que despreciarlos. Pero no sustituyen del todo a la lectura. Leer exige una atención distinta. Nos obliga a detenernos, a pensar, a volver sobre una frase, a relacionar ideas y a meditar con mayor profundidad.

De esta experiencia nace también la antigua práctica monástica de la lectio divina: una lectura en la que la persona no se limita a recibir información, sino que lee, medita, ora y procura asimilar interiormente lo leído.

Por eso, quien toma en serio su santificación debería procurar dedicar regularmente tiempo a dos clases de lectura: la lectura espiritual y la lectura de estudio.

La lectura espiritual

La lectura espiritual se sirve de libros de devoción, tratados sobre la oración y la vida interior, la Sagrada Escritura, las vidas de los santos y otras obras que nos ayudan a conocer y amar más a Dios. Su finalidad no es simplemente enseñarnos cosas, sino dar alimento al alma y proporcionar materia para la oración.

San Josemaría Escrivá lo expresaba así:

«En la lectura formo el depósito de combustible… de allí saca muchas veces mi memoria material que llena de vida mi oración».

San Alfonso María de Ligorio añade:

«La lectura espiritual y la oración son las armas con las cuales se vence al infierno y se alcanza el paraíso».

Y san Francisco de Sales aconsejaba:

«Tened siempre a mano algún buen libro de devoción y leed cada día una pequeña porción atentamente, como si leyeseis cartas que los santos os envían desde el cielo para enseñaros el camino y animaros a seguirlo».

No hace falta leer mucho. Hace falta leer bien. Unas pocas páginas que realmente alimenten la oración pueden hacer más bien que horas de consumo indiscriminado de información.

El estudio de la fe

Pero existe también otra clase de lectura que el católico no debería descuidar: el estudio de la fe y de aquellas materias que nos ayudan a comprender la verdad.

Somos criaturas racionales. Dios nos ha dado inteligencia, y una de las actividades más nobles del hombre es conocer la verdad. Sería lamentable emplear esta facultad casi exclusivamente en noticias, entretenimiento, polémicas, curiosidades y cosas triviales, mientras dedicamos muy poco esfuerzo a conocer las verdades más importantes acerca de Dios, del hombre, de la Iglesia y del fin para el cual hemos sido creados.

Cuando una sociedad pierde el hábito de la buena lectura, no pierde solamente una costumbre cultural. Pierde poco a poco la capacidad de atención, de reflexión y de juicio. Nos hacemos intelectualmente más pobres, más superficiales y, por lo mismo, más fáciles de engañar.

La formación en la fe es especialmente necesaria en nuestros tiempos, cuando existe tanta confusión doctrinal. No basta con tener buenas intenciones ni con haber recibido una formación elemental en la infancia. El católico adulto tiene que seguir formando su inteligencia.

El P. François-Xavier Schouppe, S.J., lo resume magníficamente:

«Cuanto más conoce uno su religión, más la ama y mejor la practica».

San John Henry Newman expresaba el mismo deseo:

«Quiero un laicado inteligente y bien instruido».

Y quería católicos

«que conozcan su Credo tan bien que puedan dar razón de él».

Frank Sheed, en su libro Teología para todos —que, por cierto, tenemos en nuestra librería— formula de manera especialmente feliz esta necesidad:

«Nunca podremos alcanzar el máximo amor de Dios con sólo un mínimo conocimiento de Dios».

Y también:

«La ignorancia no es una virtud».

Porque:

«Cada verdad que aprendemos acerca de Dios es una nueva razón para amarlo».

Finalmente, el P. A.-D. Sertillanges, O.P., en su magnífico libro La vida intelectual, nos recuerda que el estudio, cuando está rectamente ordenado a la verdad, no es una actividad ajena a nuestra vida cristiana, sino que puede convertirse en una verdadera obra ofrecida a Dios:

«El estudio es en sí mismo un oficio divino, un oficio divino indirecto».

Estudiar la verdad puede ser, por tanto, también una forma de dar gloria a Dios.

Por todo esto, quisiera terminar con una invitación muy concreta: ayúdennos con el apostolado de nuestra librería parroquial.

Es una librería pequeña, ciertamente, pero precisamente por eso queremos que tenga una identidad muy clara. No pretendemos tener de todo. Queremos ofrecer libros cuidadosamente seleccionados, de cuyo valor doctrinal y espiritual podamos responder, y que estén especialmente pensados para las necesidades de nuestra comunidad.

La librería trabaja además en estrecha relación con nuestra editorial, Ianua Caeli, que poco a poco va desarrollando distintos proyectos, entre ellos la preparación de un misal para los fieles y otras publicaciones al servicio de la liturgia y de la formación católica.

Para que todo esto pueda seguir creciendo necesitamos colaboradores. Necesitamos personas que puedan atender la librería, ayudar con el inventario, organizar los libros y colaborar en otras tareas. Pero, de modo particular, buscamos ahora a alguien que pueda suceder a Marcela Carretero Vázquez en la coordinación de la librería, continuando el trabajo que ella ha realizado desde septiembre de 2024.

Estamos muy agradecidos por estos casi dos años de servicio generoso de Marcela. Precisamente porque queremos que este apostolado continúe y siga desarrollándose, necesitamos ahora que otra persona esté dispuesta a tomar la batuta.

Ojalá alguno se anime.

Como les he dicho muchas veces: la comunidad parroquial también es de ustedes. No es propiedad de los padres. Su vitalidad y sus posibilidades dependen en gran parte de la generosidad de los mismos fieles.

A veces pensamos: «Qué padre sería que tuviéramos esto», o «qué bueno sería que se hiciera aquello». Pero una comunidad no crece solamente con buenos deseos. Alguien tiene que estar dispuesto a convertirlos en realidad.

Tal vez Dios esté llamando precisamente a alguno de ustedes a colaborar en algo que, aunque parezca pequeño, puede tener un fruto inmenso. Un libro puesto en las manos correctas puede cambiar una inteligencia, sostener una vocación, esclarecer una duda, fortalecer una familia o acercar un alma a Dios.

Claro que implicará tiempo, sacrificios y dificultades. Pero ¿qué cosa verdaderamente buena en la vida no requiere esfuerzo?

No esperemos siempre que alguien más lo haga. Preguntémonos más bien: ¿qué puedo hacer yo?

Mostrémosle a Dios nuestra disponibilidad, y Él dará también la gracia para llevar la obra adelante.

Muchos santos nos hablan de la importancia de la buena lectura. Tener el hábito de leer cosas santas y enriquecedoras es importantísimo para nuestra vida espiritual y para nuestra formación cristiana. Y lo es aún más en nuestros tiempos, cuando tanta gente ha perdido la costumbre de leer y se limita a consumir videos, publicaciones y redes sociales. El alma que quiere llegar al cielo encontrará una gran ayuda si se propone cultivar el hábito de la buena lectura y procura escoger solamente aquello que realmente la enriquezca.

Por eso queremos seguir desarrollando en nuestra comunidad el apostolado de la librería parroquial, y estamos buscando nuevos colaboradores. Queremos aprovechar también para agradecer muy especialmente a Marcela Carretero Vázquez, quien desde septiembre de 2024 ha llevado la coordinación de la librería, dedicando generosamente su tiempo y esfuerzo a este apostolado. Después de casi dos años de servicio, Marcela necesita ahora pasar la batuta, y por eso estamos buscando a la persona que pueda sucederla en esta responsabilidad y dar continuidad al trabajo que ella ha realizado.

Decía san Antonio María Claret:

«Son los libros la comida del alma… si la gente no tiene libros buenos, leerá malos».

En su Autobiografía, n.º 311, desarrolla esta comparación: así como la comida sana nutre y la venenosa perjudica, los buenos libros forman el entendimiento y el corazón, mientras que los malos corrompen las creencias y las costumbres.

También explica que el libro prolonga la predicación: puede entrar en una casa donde no llega el sacerdote, permanece allí disponible y nunca se cansa de repetir la verdad (Autobiografía, n.º 310). Por eso este santo obispo y gran evangelizador se dedicó incansablemente a promover y difundir buenos libros.

San Juan Bosco, en su apostolado entre los jóvenes, entendía la misma necesidad:

«¡Cuántas almas se salvaron por los buenos libros; a cuántas preservaron de la corrupción y espolearon al bien!»

Podríamos multiplicar las citas de los santos.

San Josemaría Escrivá decía sencillamente:

«La lectura ha hecho muchos santos».

Y san Pío X:

«Debemos contar los libros piadosos entre nuestros verdaderos amigos».

San Benito ordena en su Regla:

«La ociosidad es enemiga del alma. Por eso, los hermanos deben ocuparse en determinados tiempos en el trabajo manual y, en otros, en la lectura divina».

La Regla de san Benito reserva cada día un tiempo determinado para la lectura precisamente porque ésta es un medio tan eficaz para alimentar la vida interior.

Es verdad que hoy podemos encontrar buen material también en audio o en video. Son medios útiles, y no hay que despreciarlos. Pero no sustituyen del todo a la lectura. Leer exige una atención distinta. Nos obliga a detenernos, a pensar, a volver sobre una frase, a relacionar ideas y a meditar con mayor profundidad.

De esta experiencia nace también la antigua práctica monástica de la lectio divina: una lectura en la que la persona no se limita a recibir información, sino que lee, medita, ora y procura asimilar interiormente lo leído.

Por eso, quien toma en serio su santificación debería procurar dedicar regularmente tiempo a dos clases de lectura: la lectura espiritual y la lectura de estudio.

La lectura espiritual

La lectura espiritual se sirve de libros de devoción, tratados sobre la oración y la vida interior, la Sagrada Escritura, las vidas de los santos y otras obras que nos ayudan a conocer y amar más a Dios. Su finalidad no es simplemente enseñarnos cosas, sino dar alimento al alma y proporcionar materia para la oración.

San Josemaría Escrivá lo expresaba así:

«En la lectura formo el depósito de combustible… de allí saca muchas veces mi memoria material que llena de vida mi oración».

San Alfonso María de Ligorio añade:

«La lectura espiritual y la oración son las armas con las cuales se vence al infierno y se alcanza el paraíso».

Y san Francisco de Sales aconsejaba:

«Tened siempre a mano algún buen libro de devoción y leed cada día una pequeña porción atentamente, como si leyeseis cartas que los santos os envían desde el cielo para enseñaros el camino y animaros a seguirlo».

No hace falta leer mucho. Hace falta leer bien. Unas pocas páginas que realmente alimenten la oración pueden hacer más bien que horas de consumo indiscriminado de información.

El estudio de la fe

Pero existe también otra clase de lectura que el católico no debería descuidar: el estudio de la fe y de aquellas materias que nos ayudan a comprender la verdad.

Somos criaturas racionales. Dios nos ha dado inteligencia, y una de las actividades más nobles del hombre es conocer la verdad. Sería lamentable emplear esta facultad casi exclusivamente en noticias, entretenimiento, polémicas, curiosidades y cosas triviales, mientras dedicamos muy poco esfuerzo a conocer las verdades más importantes acerca de Dios, del hombre, de la Iglesia y del fin para el cual hemos sido creados.

Cuando una sociedad pierde el hábito de la buena lectura, no pierde solamente una costumbre cultural. Pierde poco a poco la capacidad de atención, de reflexión y de juicio. Nos hacemos intelectualmente más pobres, más superficiales y, por lo mismo, más fáciles de engañar.

La formación en la fe es especialmente necesaria en nuestros tiempos, cuando existe tanta confusión doctrinal. No basta con tener buenas intenciones ni con haber recibido una formación elemental en la infancia. El católico adulto tiene que seguir formando su inteligencia.

El P. François-Xavier Schouppe, S.J., lo resume magníficamente:

«Cuanto más conoce uno su religión, más la ama y mejor la practica».

San John Henry Newman expresaba el mismo deseo:

«Quiero un laicado inteligente y bien instruido».

Y quería católicos

«que conozcan su Credo tan bien que puedan dar razón de él».

Frank Sheed, en su libro Teología para todos —que, por cierto, tenemos en nuestra librería— formula de manera especialmente feliz esta necesidad:

«Nunca podremos alcanzar el máximo amor de Dios con sólo un mínimo conocimiento de Dios».

Y también:

«La ignorancia no es una virtud».

Porque:

«Cada verdad que aprendemos acerca de Dios es una nueva razón para amarlo».

Finalmente, el P. A.-D. Sertillanges, O.P., en su magnífico libro La vida intelectual, nos recuerda que el estudio, cuando está rectamente ordenado a la verdad, no es una actividad ajena a nuestra vida cristiana, sino que puede convertirse en una verdadera obra ofrecida a Dios:

«El estudio es en sí mismo un oficio divino, un oficio divino indirecto».

Estudiar la verdad puede ser, por tanto, también una forma de dar gloria a Dios.

Por todo esto, quisiera terminar con una invitación muy concreta: ayúdennos con el apostolado de nuestra librería parroquial.

Es una librería pequeña, ciertamente, pero precisamente por eso queremos que tenga una identidad muy clara. No pretendemos tener de todo. Queremos ofrecer libros cuidadosamente seleccionados, de cuyo valor doctrinal y espiritual podamos responder, y que estén especialmente pensados para las necesidades de nuestra comunidad.

La librería trabaja además en estrecha relación con nuestra editorial, Ianua Caeli, que poco a poco va desarrollando distintos proyectos, entre ellos la preparación de un misal para los fieles y otras publicaciones al servicio de la liturgia y de la formación católica.

Para que todo esto pueda seguir creciendo necesitamos colaboradores. Necesitamos personas que puedan atender la librería, ayudar con el inventario, organizar los libros y colaborar en otras tareas. Pero, de modo particular, buscamos ahora a alguien que pueda suceder a Marcela Carretero Vázquez en la coordinación de la librería, continuando el trabajo que ella ha realizado desde septiembre de 2024.

Estamos muy agradecidos por estos casi dos años de servicio generoso de Marcela. Precisamente porque queremos que este apostolado continúe y siga desarrollándose, necesitamos ahora que otra persona esté dispuesta a tomar la batuta.

Ojalá alguno se anime.

Como les he dicho muchas veces: la comunidad parroquial también es de ustedes. No es propiedad de los padres. Su vitalidad y sus posibilidades dependen en gran parte de la generosidad de los mismos fieles.

A veces pensamos: «Qué padre sería que tuviéramos esto», o «qué bueno sería que se hiciera aquello». Pero una comunidad no crece solamente con buenos deseos. Alguien tiene que estar dispuesto a convertirlos en realidad.

Tal vez Dios esté llamando precisamente a alguno de ustedes a colaborar en algo que, aunque parezca pequeño, puede tener un fruto inmenso. Un libro puesto en las manos correctas puede cambiar una inteligencia, sostener una vocación, esclarecer una duda, fortalecer una familia o acercar un alma a Dios.

Claro que implicará tiempo, sacrificios y dificultades. Pero ¿qué cosa verdaderamente buena en la vida no requiere esfuerzo?

No esperemos siempre que alguien más lo haga. Preguntémonos más bien: ¿qué puedo hacer yo?

Mostrémosle a Dios nuestra disponibilidad, y Él dará también la gracia para llevar la obra adelante.

A que no sabías que…

Aquí conoceremos más sobre temas litúrgicos.

Oración para este día

Tomada de la Raccolta de 1910

Te reconozco y venero, Santísima Virgen, Reina del Cielo, Señora y Soberana del universo, como Hija del Padre Eterno, Madre de su amadísimo Hijo y Esposa amantísima del Espíritu Santo.

Postrado a los pies de tu excelsa majestad, con toda humildad te suplico, por aquella divina caridad con que fuiste tan abundantemente enriquecida en tu Asunción a los cielos, que te dignes favorecerme y compadecerte de mí, poniéndome bajo tu segurísima y fidelísima protección, y recibiéndome en el número de aquellos siervos tuyos felices y singularmente favorecidos, cuyos nombres llevas grabados en tu pecho virginal.

Dígnate, Madre y Señora tiernísima, aceptar este pobre corazón, mi memoria, mi voluntad y todas mis demás potencias y sentidos, interiores y exteriores. Acepta mis ojos, mis oídos, mi boca, mis manos y mis pies; gobiérnalos todos conforme al beneplácito de tu Hijo, pues deseo darte gloria infinita con cada uno de sus movimientos.

Y por aquella sabiduría con que tu amadísimo Hijo te glorificó, te ruego y suplico que me obtengas luz y conocimiento para conocer claramente quién soy y cuál es mi propia nada, y especialmente para conocer mis pecados, a fin de que llegue a odiarlos y aborrecerlos. Te ruego también que me alcances luz para descubrir las asechanzas del enemigo infernal y todos sus modos de atacarme, ya sean manifiestos u ocultos.

Sobre todo, Madre tiernísima, te suplico que me obtengas la gracia de [mencione aquí su intención].

En este día —fiesta de precepto en diversos lugares— conmemoramos la Asunción de Nuestra Señora a los cielos. Aunque la Iglesia siempre ha creído en la Asunción de María, el dogma no fue definido solemnemente hasta que el papa Pío XII promulgó, en 1950, la bula Munificentissimus Deus.

Debe notarse que María fue asunta al cielo, es decir, llevada por el poder de Dios, como Elías y Henoc; mientras que Cristo ascendió al cielo por su propio poder. Él la llevó consigo porque es su Madre y porque la ama; y ella pudo ser llevada porque Él la hizo santa, «llena de gracia», desde el primer instante de su concepción, misterio que honramos el 8 de diciembre.

El salmo 131, 8 anuncia proféticamente su elevación:

Levántate, Señor, al lugar de tu reposo:

tú y el arca que has santificado.

También la visión que san Juan recibió en Patmos y consignó en el Apocalipsis nos presenta a Nuestra Señora en el cielo, coronada:

Y fue abierto el templo de Dios en el cielo, y fue vista el arca de su testamento en su templo; y hubo relámpagos, voces, un terremoto y granizo muy grande. Y apareció en el cielo una gran señal: una mujer vestida del sol, con la luna debajo de sus pies y sobre su cabeza una corona de doce estrellas…

(Apocalipsis 11, 19–12, 1)

Según la Enciclopedia Católica, la dormición de María —su «quedarse dormida» en la muerte— es situada entre tres y quince años después de la Ascensión de Nuestro Señor, cuando habría llegado a la edad de setenta y dos años.

De manera muy hermosa, la tradición enseña que la causa de su muerte no fue una enfermedad, ni la violencia, ni la debilidad de la vejez, sino el amor: su ardiente deseo de reunirse con su Hijo.

Después de tres días en el sepulcro, su cuerpo y su alma fueron nuevamente unidos, y María fue asunta por el poder de Dios. Entonces, según las palabras del Apocalipsis 8, 1, «se hizo silencio en el cielo como por espacio de media hora».

El lugar de estos acontecimientos es situado, según las distintas tradiciones, en Jerusalén —donde se venera su sepulcro por lo menos desde el siglo VI— o en Éfeso.

San Juan Damasceno —san Juan de Damasco, nacido hacia el año 676 y muerto entre 754 y 787— escribe:

San Juvenal, obispo de Jerusalén, durante el Concilio de Calcedonia, celebrado en el año 451, hizo saber al emperador Marciano y a Pulqueria, quienes deseaban poseer el cuerpo de la Madre de Dios, que María había muerto en presencia de todos los Apóstoles; pero que, cuando su sepulcro fue abierto a petición de santo Tomás, fue hallado vacío. De ello concluyeron los Apóstoles que su cuerpo había sido llevado al cielo.

Según la tradición, sin embargo, el sepulcro de Nuestra Señora no fue encontrado completamente vacío: en el lugar donde debería haber estado su cuerpo se encontraron lirios y rosas.

María von Trapp relata esta historia en su libro Around the Year with the Trapp Family y, al hacerlo, recoge una antigua leyenda que explica por qué las hierbas y las flores quedaron asociadas con esta fiesta:

La relación entre la fiesta de la Asunción y la bendición de las hierbas se explica por medio de una antigua leyenda. Cuando María, Madre de Jesús, sintió que se acercaba el fin de su vida, envió a su ángel custodio para que convocara a los Apóstoles, quienes habían partido por el mundo para predicar el Evangelio de su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo.

Al recibir el aviso, acudieron con gran prisa y llegaron a tiempo para presenciar la dichosa muerte de su querida Madre. Todos habían llegado, excepto Tomás, quien se presentó con tres días de retraso.

Cuando supo que la Santísima Virgen llevaba ya varios días descansando en el sepulcro, lloró amargamente y suplicó a los Apóstoles que abrieran nuevamente la tumba, para que pudiera contemplar una vez más sus amados rasgos.

Los demás Apóstoles accedieron a su petición; pero, al abrir el sepulcro, lo encontraron lleno de flores que exhalaban una fragancia celestial. En el lugar donde habían depositado el cuerpo solamente permanecía el sudario: el cuerpo había sido llevado al cielo por los ángeles, donde se había reunido con el alma santa de la Madre de Dios.

Según la leyenda, todas las flores y hierbas de la tierra habían perdido su fragancia después de que Adán y Eva cometieran el primer pecado en el jardín del Edén. Sin embargo, el día de la Asunción de la Santísima Virgen, las flores recuperaron su perfume y las hierbas recibieron nuevamente su poder curativo.

El Ritual Romano contiene una bendición para estas hierbas y flores, elevándolas así a la condición de sacramentales. En muchas parroquias y capillas, los fieles llevan flores frescas para adornar la iglesia en honor de María, así como frutos y hierbas —especialmente hierbas medicinales— para que sean bendecidos y llevados después a sus hogares.

Las hierbas bendecidas se utilizan durante el año, especialmente en los alimentos preparados para los enfermos. La parte principal de la bendición dice:

Dios todopoderoso y eterno, que por tu Palabra creaste de la nada el cielo, la tierra, el mar y todas las cosas visibles e invisibles; que mandaste a la tierra producir hierbas y árboles para el uso de los hombres y de los animales, y que estos diesen fruto cada uno según su especie; y que por tu inefable misericordia concediste que sirvieran no solamente de alimento para los vivientes, sino también de medicina para los cuerpos enfermos:

Te suplicamos humildemente, con el pensamiento y con los labios, que por tu clemencia bendigas estas hierbas y frutos de diversas clases, y que derrames sobre la virtud natural que ya les concediste la gracia de tu nueva bendición; para que, al ser utilizados por los hombres y los animales que los apliquen en tu nombre, les proporcionen protección contra toda enfermedad y adversidad.

Por Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos.

Oremos.

Oh Dios, que por medio de Moisés, tu siervo, mandaste a los hijos de Israel que llevaran a los sacerdotes, para que fueran bendecidas, las gavillas de los frutos nuevos; que tomaran los mejores frutos de sus huertos y se alegraran en tu presencia, Señor Dios suyo:

Escucha benignamente nuestras súplicas y derrama la abundancia de tu bendición sobre nosotros y sobre estas gavillas de grano nuevo, estas hierbas nuevas y esta variedad de frutos, que te presentamos agradecidos y bendecimos en tu nombre en esta festividad.

Concede que los hombres, el ganado, las ovejas y las bestias de carga encuentren en ellos remedio contra las enfermedades, las pestes, las llagas, las heridas, los maleficios, el veneno de las serpientes y las mordeduras de otros animales, venenosos o no.

Que proporcionen también protección contra las ilusiones, maquinaciones y engaños diabólicos, dondequiera que sean guardados o llevados, o cualquiera que sea el uso que se haga de ellos; para que, llevando gavillas de buenas obras y por los méritos de la Santísima Virgen María, cuya fiesta de la Asunción celebramos, merezcamos ser elevados al cielo.

Por Nuestro Señor Jesucristo.

Oremos.

Oh Dios, que en este día elevaste a las alturas del cielo a la vara de Jesé, Madre de tu Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, para que por medio de sus oraciones y de su patrocinio comunicaras a nuestra mortalidad el Fruto de su seno, tu Hijo:

Te suplicamos humildemente que, por el poder de tu Hijo y el glorioso patrocinio de su Madre, seamos auxiliados por estos frutos de la tierra, de manera que, desde los bienes temporales, avancemos hacia los eternos.

Por el mismo Jesucristo, Nuestro Señor.

Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre estas criaturas y permanezca para siempre.

Amén.

La entrega de estas hierbas bendecidas y de canastas de frutos —y, como siempre en las fiestas marianas, de flores— constituye una hermosa costumbre propia de este día. Nuestra oración es que imitemos a María, sirviéndonos de las hierbas bendecidas para llevar sanación al mundo.

En algunos lugares, especialmente en ciertas regiones de Francia, la fiesta de la Asunción es uno de los días preferidos para pedir la mano en matrimonio.

Como en todas las fiestas marianas, resulta muy apropiado rezar la Coronilla de la Santísima Virgen, los Misterios Gloriosos del Rosario, las Letanías Lauretanas, el Himno Akáthistos a la Madre de Dios, entre otras devociones. Algunos católicos comienzan en este día una Novena del Rosario de cincuenta y cuatro días, que concluye en la fiesta del Santísimo Rosario, el 7 de octubre.

Finalmente, la fiesta de la Asunción señala el comienzo de un período de sacrificio enteramente opcional llamado «Cuaresma de San Miguel». Dura cuarenta días, desde hoy hasta el 29 de septiembre, fiesta de San Miguel Arcángel. Como sucede en otras devociones penitenciales semejantes, no se cuentan los domingos ni los demás días festivos.

La «Cuaresma de San Miguel» se practica a imitación de san Francisco de Asís, quien observaba este período como una especie de cuaresma personal en honor de Nuestra Señora y de san Miguel. Esta costumbre se difundió después entre sus hermanos franciscanos. Concluye con una consagración a san Miguel Arcángel.



Lectura

Segundo sermón sobre la Dormición de María

Por san Juan Damasceno —san Juan de Damasco—

(c. 676-754/787)

No existe nadie que sea capaz de alabar dignamente la santa muerte de la Madre de Dios, aunque tuviera mil lenguas y mil bocas. Ni siquiera si se reunieran todas las lenguas más elocuentes serían suficientes sus alabanzas. Ella es superior a toda alabanza.

Sin embargo, puesto que Dios se complace en los esfuerzos del celo amoroso, y la Madre de Dios en todo cuanto se refiere al servicio de su Hijo, permitidme volver una vez más a sus alabanzas. Lo hago obedeciendo vuestras órdenes, excelentísimos pastores, tan amados de Dios, e invocamos al Verbo, que de ella se hizo carne, para que venga en nuestra ayuda. Él da la palabra a toda boca que se abre para alabarlo. Él es su único gozo y su único ornamento.

Sabemos que, al celebrar sus alabanzas, pagamos nuestra deuda; pero, al hacerlo, nos hacemos de nuevo deudores, de tal manera que la deuda comienza siempre nuevamente. Es justo que exaltemos a aquella que está por encima de todas las cosas creadas y las gobierna como Madre del Dios que es su Creador, Señor y Dueño.

Tened paciencia conmigo, vosotros que estáis pendientes de las palabras divinas, y recibid mi buena voluntad. Fortaleced mi deseo y soportad la debilidad de mis palabras.

Es como si un hombre ofreciera a un poderoso soberano, establecido providencialmente para gobernar a los hombres, una violeta de púrpura regia fuera de estación, una rosa fragante cuyos capullos ostentasen diversos colores, o algún fruto exquisito del otoño. Aquel soberano se sienta cada día a una mesa colmada de todos los manjares imaginables, en los perfumados salones de su palacio. Sin embargo, no atiende tanto a la pequeñez o novedad del presente cuanto a la buena intención de quien lo ofrece; y, con razón, recompensa esa intención con abundancia de dones y favores.

Así también nosotros, en el invierno de nuestra pobreza, ofrecemos guirnaldas a nuestra Reina y preparamos para esta fiesta de alabanza una flor de elocuencia. Golpeamos con hierro el pétreo deseo de nuestra mente, exprimiendo, por así decirlo, uvas aún no maduras. Recibid, pues, con creciente benevolencia las palabras que caen sobre vuestros oídos atentos y deseosos.

¿Qué ofreceremos a la Madre del Verbo sino nuestras palabras? Lo semejante se alegra en lo semejante y en aquello que ama.

Comenzando, pues, y soltando las riendas de mi discurso, lo enviaré como un corcel dispuesto para la carrera. Pero Tú, Verbo de Dios, sé mi ayuda y mi auxilio; habla sabiduría a mi ignorancia. Por tu palabra, despeja mi camino y dirige mi carrera según tu beneplácito, que es el término de toda sabiduría y discernimiento.

Hoy, la santa Virgen de las vírgenes es presentada en el templo celestial. En ella la virginidad fue tan fuerte como un fuego abrasador. En cualquier otra mujer, la virginidad se pierde por el parto; pero ella permanece siempre Virgen: antes del parto, en el parto mismo y después del parto.

Hoy, el arca sagrada y viviente del Dios vivo, la que concibió en su seno a su propio Creador, establece su morada en el templo de Dios no construido por manos humanas. David, su antepasado, se regocija. Los Ángeles y los Arcángeles jubilan; las Potestades se alegran; los Principados y las Dominaciones, las Virtudes y los Tronos se llenan de gozo; los Querubines y los Serafines glorifican a Dios. No es pequeña parte de su alabanza dirigirla a la Madre de la gloria.

Hoy, la paloma santa, el alma pura y sin engaño, santificada por el Espíritu Santo, despojándose del arca de su cuerpo —el receptáculo vivificante de Nuestro Señor—, encontró reposo para las plantas de sus pies. Alzó el vuelo hacia el mundo espiritual y habita con seguridad en la región superior, libre de todo pecado.

Hoy, el Edén del nuevo Adán recibe al verdadero paraíso, en el cual el pecado es perdonado, crece el árbol de la vida y queda cubierta nuestra desnudez. Ya no estamos desnudos ni descubiertos, ni somos incapaces de soportar el resplandor de la semejanza divina. Fortalecidos por la abundante gracia del Espíritu, ya no denunciaremos nuestra desnudez diciendo: «Me he quitado la túnica, ¿cómo volveré a ponérmela?».

La serpiente, por cuya promesa engañosa fuimos rebajados hasta la semejanza de los animales irracionales, no entró en este paraíso.

El Hijo unigénito de Dios, Dios verdadero y consustancial al Padre, tomó su naturaleza humana de la Virgen purísima. Haciéndose hombre, convirtió lo mortal en inmortal y se revistió de nuestra humanidad. Dejando a un lado la corrupción, quedó revestido de la incorruptibilidad de la divinidad.

Hoy, la Virgen inmaculada, no tocada por afectos terrenos y enteramente celestial en sus pensamientos, no se disuelve en la tierra, sino que, entrando verdaderamente en el cielo, habita en los tabernáculos celestiales.

¿Quién se equivocaría al llamarla cielo, a menos que dijera con mayor verdad que ella es superior al cielo por la excelencia de su dignidad?

El Señor y Creador del cielo, el Artífice de todas las cosas que están debajo de la tierra y sobre ella, de toda la creación visible e invisible, Aquel que no está contenido en ningún lugar —si es que se llama propiamente lugar a aquello que contiene las cosas—, se hizo a Sí mismo, sin cooperación humana, un Niño en ella.

La convirtió en rico tesoro de su divinidad, que todo lo llena y que es la única que no puede ser circunscrita. Él subsistió enteramente en ella, sin padecer cambio alguno, permaneciendo íntegro en su universalidad y sin quedar contenido por límite alguno.

Hoy, el tesoro vivificante y el abismo de la caridad —apenas me atrevo a confiar a mis labios semejantes palabras— queda oculto en una muerte inmortal. Ella sale al encuentro de la muerte sin temor, pues concibió al Destructor de la muerte, si es que podemos llamar muerte a su santa y vivificante partida.

¿Cómo podría aquella que dio a luz a la Vida de todos quedar bajo el dominio de la muerte?

Sin embargo, obedece la ley de su propio Hijo y, como hija del primer Adán, hereda esta pena, pues su Hijo, que es la Vida misma, no rehusó someterse a ella. Como Madre del Dios vivo, atraviesa la muerte para llegar hasta Él.

Porque, si Dios dijo acerca del primer hombre: «No sea que alargue su mano, tome también del árbol de la vida, coma y viva para siempre», ¿cómo no habría de vivir eternamente aquella que recibió en sí a la Vida misma, sin principio ni fin y sin las vicisitudes de las cosas temporales?

Antiguamente, el Señor Dios expulsó del jardín del Edén a nuestros primeros padres después de su desobediencia, cuando habían oscurecido los ojos de su corazón por el pecado, debilitado el discernimiento de su mente y caído en una insensibilidad semejante a la muerte.

Pero ahora, ¿no recibirá el paraíso a aquella que rompió la esclavitud de todas las pasiones, sembró la semilla de la obediencia a Dios Padre y fue para toda la humanidad el comienzo de la vida?

¿No abrirá el cielo sus puertas para recibirla con júbilo? Ciertamente que sí.

Eva escuchó a la serpiente, aceptó su consejo, se dejó atrapar por el engaño de un placer falso y seductor, y fue condenada al dolor y a la tristeza y a dar a luz con sufrimiento. Junto con Adán recibió la sentencia de muerte y fue puesta en las regiones del limbo.

¿Cómo podría la muerte reclamar como presa suya a esta mujer verdaderamente bienaventurada, que escuchó con humildad la palabra de Dios, fue colmada del Espíritu y, por medio del Arcángel, concibió el don del Padre; que llevó en su seno, sin concupiscencia ni cooperación de varón, a la Persona del Verbo divino que todo lo llena; que lo dio a luz sin dolores de parto y permaneció enteramente unida a Dios?

¿Cómo podría el limbo abrir sus puertas ante ella? ¿Cómo podría la corrupción tocar el cuerpo que dio la Vida? Todas estas cosas son completamente ajenas al alma y al cuerpo de la Madre de Dios.

La muerte temblaba ante ella. Al acercarse a su Hijo, la muerte había aprendido por experiencia mediante los padecimientos de Él y se había vuelto más prudente.

Para ella no hubo un descenso tenebroso a los infiernos, sino un paso alegre, fácil y dulce hacia el cielo.

Si Cristo, la Vida y la Verdad, dice: «Donde Yo estoy, allí estará también mi servidor», ¡cuánto más no estará con Él su propia Madre!

Ella lo dio a luz sin dolor y también su muerte estuvo libre de dolor.

La muerte de los pecadores es terrible, porque en ella es sacrificado el pecado, que es la causa de la muerte. Pero de ella, ¿qué podremos decir sino que es el comienzo de la vida perpetua?

Preciosa es a los ojos del Señor Dios de los ejércitos la muerte de sus santos. Más que preciosa es la partida de la Madre de Dios.

Alégrense ahora los cielos y los ángeles; llénense de júbilo la tierra y los hombres. Resuene el aire con cantos y cánticos; despójese la noche oscura de su tristeza e imite, por medio de las estrellas centelleantes, el resplandor del día.

La ciudad viviente del Señor Dios es llevada desde el templo de Dios, el Sion visible; y los reyes conducen hacia la Jerusalén celestial el don más precioso de Dios, su propia Madre. Es decir: los Apóstoles, constituidos por Cristo como príncipes sobre toda la tierra, acompañan a la siempre Virgen Madre de Dios.

No me parece inútil traer a la memoria e insistir en las antiguas figuras de esta santa, la Madre de Dios. Estas figuras anunciaron de manera concisa al divino Niño que hemos recibido.

Contemplo a su Madre como la Santa de los santos, la más santa de todas, la urna fragante del maná; o, para hablar con mayor exactitud, como la fuente que brota en la divina y célebre ciudad de David, en el glorioso Sion.

En Sion se cumple la ley y se representa la ley espiritual. En Sion, Cristo Legislador consumó la Pascua figurativa, y Dios, Autor de la antigua y de la nueva alianza, nos dio la verdadera Pascua.

En Sion, el Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo, inició a sus discípulos en su banquete místico, se les entregó a Sí mismo sacrificado como víctima y les dio a beber el racimo exprimido de la verdadera vid.

En Sion, Cristo resucitado de entre los muertos fue visto por sus Apóstoles; y a Tomás —y por medio de Tomás al mundo entero— le fue revelado que Él es Señor y Dios, y que conserva después de su resurrección dos naturalezas y, en consecuencia, dos operaciones y dos voluntades distintas, que permanecen por todos los siglos.

Sion es la corona de las iglesias y el lugar de reposo de los discípulos. En él, el estruendo del Espíritu Santo, el don de lenguas y su descenso en forma de fuego fueron comunicados a los Apóstoles.

En Sion, san Juan recibió a la Madre de Dios y atendió sus necesidades.

Sion es la madre de las iglesias de todo el mundo, porque ofreció morada a la Madre de Dios después de la resurrección de su Hijo.

Finalmente, en Sion la Santísima Virgen fue tendida sobre un pequeño lecho.

Al llegar a este punto de mi discurso, me vi obligado a dar libre curso a mis sentimientos y, encendido por un deseo amoroso, derramé lágrimas reverentes y alegres, abrazando, por así decirlo, aquel lecho dichoso, bendito y admirable que recibió el tabernáculo vivificante y se alegró por el contacto con su santidad.

Me parecía tomar entre mis brazos aquel cuerpo santo y sagrado, digno de Dios; y, acercando mis ojos, mis labios, mi frente, mi cabeza y mis mejillas a los suyos, sentía como si verdaderamente estuviera allí, aunque mis ojos no pudieran contemplar aquello que deseaban.

¿Cómo, pues, fue asunta a las moradas celestiales? De esta manera.

¿Qué honores le concedió entonces Dios, que nos manda honrar a nuestros padres?

La nube que envolvió Jerusalén como una red, obedeciendo las órdenes divinas, reunió desde los confines de la tierra a las águilas, es decir, a aquellos que estaban dispersos por el mundo pescando hombres mediante las numerosas y diversas lenguas del Espíritu.

Con la red de la palabra salvaban a los hombres del abismo de la duda y los conducían a la mesa espiritual y celestial del banquete sagrado y místico, al perfecto festín nupcial del Esposo divino, que el Padre celebra con su Hijo, igual a Él y de la misma naturaleza.

«Donde estuviere el cuerpo —dice Cristo, la Verdad—, allí se reunirán las águilas».

Aunque ya hayamos aplicado estas palabras a la segunda, grande y gloriosa venida de Aquel que las pronunció, no estará fuera de lugar aplicarlas también aquí, como un condimento.

Estaban presentes, pues, los testigos oculares y ministros de la Palabra, sirviendo dignamente a su Madre y recibiendo de ella, como rica herencia, una medida colmada de alabanza. Porque ¿puede alguien dudar de que ella es la fuente de la bendición y el manantial de todos los bienes?

También se encontraban allí sus discípulos y sucesores, unidos a su ministerio y a sus alabanzas. Un trabajo común produce frutos comunes.

Estaba allí una asamblea escogida de Jerusalén. Era conveniente que los principales varones y profetas de la antigua ley, quienes habían anunciado que Dios Verbo nacería de ella en el tiempo para nuestra salvación, formasen su guardia de honor.

Tampoco faltaron los coros angélicos.

Aquellos que habían obedecido de corazón al Rey y, por ello, habían recibido el honor de permanecer cerca de Él, tenían derecho a formar la escolta de su Madre según la carne, la verdaderamente bendita y bienaventurada, superior a todas las generaciones y a toda la creación.

Estaban con ella todos aquellos que son resplandor y brillo del Espíritu, con los ojos espirituales fijos en ella, llenos de reverencia, temor y deseo puro.

Escuchamos palabras divinas e inspiradas y cánticos espirituales apropiados para la hora de su partida.

Era conveniente alabar entonces la bondad infinita de Dios, su inmensa grandeza, su omnipotencia, la generosidad que supera toda medida en su trato con nosotros, las riquezas desbordantes de su misericordia y el abismo de su ternura.

Era necesario cantar cómo, dejando a un lado su grandeza, descendió hasta nuestra pequeñez con la cooperación del Padre y del Espíritu Santo.

Aquel que está por encima de toda sustancia es creado, de manera superior a toda sustancia, en el seno virginal. Siendo Dios, se hizo hombre y permanece, según esta unión, perfecto Dios y perfecto hombre, sin abandonar la sustancia de su divinidad ni dejar de ser de la misma carne y sangre que nosotros.

Aquel que llena todas las cosas y gobierna el universo con una sola palabra habitó en un lugar estrecho; y el cuerpo material de esta mujer bienaventurada recibió el fuego ardiente de la divinidad, permaneciendo intacto como oro auténtico.

Todo esto sucedió porque Dios lo quiso, pues su beneplácito hace posibles las cosas que sin Él no podrían suceder.

Después tuvo lugar una contienda de alabanzas, no como si cada uno intentara superar a los demás —pues eso sería vanagloria y algo muy desagradable a Dios—, sino como si todos quisieran no dejar nada sin hacer para gloria de Dios y honor de la Madre de Dios.

Entonces Adán y Eva, nuestros primeros padres, abrieron sus labios y exclamaron:

«¡Hija nuestra bendita, que has borrado la pena de nuestra desobediencia! Tú, que heredaste de nosotros un cuerpo mortal, nos has conquistado la inmortalidad. Tú, que recibiste de nosotros el ser natural, nos has devuelto el ser de la gracia. Tú venciste el dolor y desataste las cadenas de la muerte. Tú nos devolviste a nuestro antiguo estado.

Nosotros cerramos las puertas del paraíso; tú encontraste entrada al árbol de la vida. Por nosotros, del bien surgió la tristeza; por ti, de la tristeza brotó el bien.

¿Cómo podrías tú, toda hermosa, gustar la muerte? Tú eres la puerta de la vida y la escala del cielo. La muerte se ha convertido para ti en paso hacia la inmortalidad.

¡Oh verdaderamente bienaventurada! ¿Quién, fuera del Verbo, habría podido soportar lo que tú soportaste?».

Toda la compañía de los santos exclamó:

«Tú has cumplido nuestras predicciones. Tú has adquirido para nosotros la alegría que ahora poseemos. Por medio de ti hemos roto las cadenas de la muerte. Ven a nosotros, receptáculo divino y vivificante. Ven, deseo nuestro, tú que nos has alcanzado aquello que deseábamos».

Y los santos que estaban presentes añadieron palabras no menos ardientes:

«Permanece con nosotros, consuelo nuestro, única alegría nuestra en este mundo. Oh Madre, no nos dejes huérfanos a quienes hemos padecido por causa de tu Hijo. Seas tú nuestro refugio y alivio en nuestros trabajos y fatigas.

Puedes permanecer aquí, si así lo deseas, del mismo modo que puedes partir. Si te marchas, oh morada de Dios, déjanos ir también contigo, si es que somos tuyos por medio de tu Hijo.

Tú eres nuestro único consuelo sobre la tierra. Vivimos mientras tú vives, y morir contigo sería felicidad.

¿Por qué hablamos de muerte? Para ti la muerte es vida, y una vida mejor que esta, incomparablemente superior a la vida presente. ¿Cómo puede nuestra vida llamarse vida si quedamos privados de ti?».

Bien pudieron los Apóstoles y toda la asamblea de la Iglesia dirigir estas o semejantes palabras a la Santísima Virgen.

Cuando vieron que la Madre de Dios se acercaba a su fin y lo deseaba, fueron movidos por la gracia divina a entonar himnos de despedida. Como arrebatados fuera de la carne, suspiraban por acompañar a la Madre de Dios en su muerte y, mediante la intensidad de su deseo, se anticipaban a la propia muerte.

Después de cumplir todos sus deberes de reverencia amorosa y tejerle una rica corona de himnos, pronunciaron sobre ella una bendición de despedida, como sobre un tesoro dado por Dios, y dijeron sus últimas palabras.

Pienso que aquellas palabras debieron de hablar de la fugacidad de esta vida y de cómo esta conduce hacia los misterios ocultos de los bienes futuros.

Esto, me parece, fue lo que hicieron inmediata y unánimemente.

El Rey se hallaba allí para recibir con abrazo divino el alma santa, pura e inmaculada de su Madre cuando regresara a su morada.

Y ella, según podemos piadosamente conjeturar, dijo:

«En tus manos, Hijo mío, encomiendo mi espíritu. Recibe mi alma, amada por Ti, que Tú conservaste inmaculada. Te entrego mi cuerpo, no a la tierra. Guarda aquello en lo que quisiste habitar y que preservaste en la virginidad.

Llévame contigo, para que donde estés Tú, fruto de mi seno, allí esté yo también. Me siento impulsada hacia Ti, que descendiste hasta mí.

Sé Tú el consuelo de mis hijos amadísimos, a quienes te dignaste llamar hermanos tuyos, cuando mi muerte los deje en soledad. Bendícelos una vez más por medio de mis manos».

Entonces, extendiendo sus manos, como piadosamente podemos creer, bendijo a todos los presentes.

Después oyó estas palabras:

«Ven, Madre mía amada, a tu descanso. Levántate y ven, la más amada entre las mujeres. El invierno ha pasado y se ha ido; ha llegado el tiempo de la cosecha. Eres hermosa, amada mía, y no hay mancha en ti. Tu fragancia es más dulce que todos los perfumes».

Al escuchar estas palabras, aquella santa entregó su espíritu en las manos de su Hijo.

¿Qué sucedió entonces?

La naturaleza, según imagino, se estremeció en sus profundidades. Se escucharon sonidos y voces extraordinarios, y crecieron los himnos de los ángeles que iban delante de ella, la acompañaban y la seguían.

Algunos formaban la guardia de honor de aquella alma pura e inmaculada en su camino hacia el cielo, hasta que la Reina llegó al trono divino.

Otros rodeaban el cuerpo sagrado y divino, proclamando con armonías angélicas las alabanzas de la Madre de Dios.

¿Y qué hicieron aquellos que velaban junto al cuerpo santísimo e inmaculado?

Con reverencia amorosa y lágrimas de alegría se reunieron alrededor del bendito y divino tabernáculo, abrazando cada uno de sus miembros, y quedaron llenos de santidad y acción de gracias.

Entonces las enfermedades eran curadas y los demonios huían, expulsados hacia las regiones de las tinieblas.

El aire, la atmósfera y los cielos quedaron santificados por su paso a través de ellos; y la tierra, por la sepultura de su cuerpo.

Tampoco quedó el agua privada de bendición. Fue lavada con agua pura; pero el agua no la purificó a ella, sino que ella santificó el agua.

Entonces los sordos recobraron el oído, los cojos recuperaron sus pies y los ciegos recibieron la vista. Los pecadores que se acercaban con fe veían borrada la sentencia escrita contra ellos.

Después, el santo cuerpo fue envuelto en un sudario blanco como la nieve y la Reina fue puesta nuevamente sobre su lecho.

Siguieron las luces, el incienso y los himnos; los ángeles cantaban como convenía a aquella solemnidad, mientras los Apóstoles y los patriarcas la aclamaban con cánticos inspirados.

Cuando el Arca de Dios, partiendo del monte Sion hacia la patria celestial, era llevada sobre los hombros de los Apóstoles, fue depositada durante el camino en el sepulcro.

Primero fue conducida a través de la ciudad, como esposa resplandeciente de fulgor espiritual; después fue llevada al sagrado lugar de Getsemaní, mientras los ángeles la cubrían con sus alas, caminaban delante de ella, la acompañaban y la seguían, junto con toda la asamblea de la Iglesia.

El rey Salomón reunió en Sion a todos los ancianos de Israel para transportar el arca de la alianza del Señor desde la ciudad de David —es decir, Sion— hasta el templo del Señor que había edificado.

Los sacerdotes tomaron el arca y el tabernáculo del testimonio, y los sacerdotes y levitas los levantaron. El rey y todo el pueblo sacrificaron delante del arca innumerables bueyes y ovejas.

Los sacerdotes introdujeron el arca del testimonio de Dios en el lugar destinado para ella, en el Santo de los Santos, debajo de las alas de los querubines.

Así sucede ahora con la morada de la verdadera Arca, no ya la del testimonio, sino la de la misma sustancia de Dios Verbo.

El nuevo Salomón, Príncipe de la paz y Creador de todas las cosas del cielo y de la tierra, reunió hoy a los servidores de la nueva alianza, es decir, a los Apóstoles, junto con todo el pueblo de los santos en Jerusalén.

Por medio de los ángeles introdujo el alma de su Madre en el verdadero Santo de los Santos, bajo las alas de los cuatro seres vivientes, y la colocó sobre su trono, detrás del velo, donde Cristo mismo la había precedido.

Mientras tanto, su cuerpo era llevado por las manos de los Apóstoles; el Rey de reyes lo cubría con el resplandor de su divinidad invisible; y toda la asamblea de los santos marchaba delante de ella con cantos sagrados y sacrificios de alabanza, hasta que, pasando por el sepulcro, fue introducida en las delicias del Edén, en los tabernáculos celestiales.

Tal vez también se hallaban allí algunos judíos, si es que todavía podía encontrarse entre ellos alguno no enteramente réprobo.

No estará fuera de propósito mencionar aquí un hecho que muchos afirman.

Se dice que, cuando aquellos que llevaban el cuerpo bendito de la Madre de Dios llegaron a la bajada de las montañas opuestas, cierto judío, esclavo del pecado y encadenado por su propia necedad, imitó al siervo de Caifás que había golpeado el rostro divino de Cristo, Nuestro Señor y Maestro, y se convirtió en instrumento del demonio.

Lleno de malicia y de pasión perversa, se abalanzó sobre aquel divinísimo tabernáculo, al cual los ángeles se acercaban con temor, y agarró impíamente con ambas manos el féretro, intentando arrojarlo al suelo.

Fue impulsado por la envidia del antiguo enemigo; pero sus esfuerzos resultaron inútiles y recibió un castigo severo y apropiado por su acción.

Se dice que perdió el uso de las manos con las que había cometido su crimen, hasta que la fe lo movió al arrepentimiento.

Los que transportaban el cuerpo permanecieron cerca. El desdichado colocó entonces sus manos sobre el admirable y vivificante tabernáculo, y estas quedaron nuevamente sanas.

Las circunstancias lo hicieron prudente, como tantas veces sucede.

Pero volvamos a nuestro asunto.

Llegaron finalmente al santísimo Getsemaní, y nuevamente hubo abrazos, oraciones y alabanzas, himnos y lágrimas derramadas por corazones entristecidos y amorosos. Mezclaron torrentes de llanto y sudor.

De este modo, el cuerpo inmaculado fue depositado en el sepulcro.

Después de tres días fue asumido a las moradas celestiales.

El seno de la tierra no era receptáculo apropiado para la morada del Señor, para la fuente viva del agua purificadora, para el grano del pan celestial, para la sagrada vid del vino divino ni para el ramo siempre verde y fructífero de la misericordia de Dios.

Y así como el santísimo cuerpo del Hijo de Dios, tomado de ella, resucitó de entre los muertos al tercer día, convenía que ella fuera arrebatada del sepulcro y que la Madre quedara unida al Hijo.

Así como Él había descendido hasta ella, así ella debía ser elevada hasta Él, a la morada más perfecta, al cielo mismo.

Era conveniente que aquella que había albergado en su seno a Dios Verbo habitara en los tabernáculos de su Hijo.

Y así como Nuestro Señor dijo que debía ocuparse de las cosas de su Padre, del mismo modo convenía que su Madre habitara en los atrios de su Hijo, en la casa del Señor y en los atrios de la casa de nuestro Dios.

Si todos los que se alegran habitan en Él, ¿dónde había de morar la causa misma de la alegría?

Era conveniente que el cuerpo de aquella que conservó sin mancha su virginidad en la maternidad fuese preservado de la corrupción aun después de la muerte.

Aquella que amamantó a su Creador cuando era Niño tenía derecho a habitar en los tabernáculos divinos.

El lugar de la Esposa, a quien el Padre había desposado, estaba en las moradas celestiales.

Era conveniente que aquella que vio a su Hijo morir en la cruz y recibió en su corazón la espada del dolor que no había sentido en el parto, lo contemplara sentado junto al Padre.

La Madre de Dios tenía derecho a poseer a su Hijo y, como sierva y Madre de Dios, a recibir la veneración de toda la creación.

La herencia de los padres pasa siempre a los hijos. Ahora bien, como ha dicho un sabio, las fuentes de las aguas sagradas están en lo alto. El Hijo hizo que toda la creación sirviera a su Madre.

Celebremos, pues, hoy una fiesta solemne en honor de la alegre partida de la Madre de Dios.

No lo hagamos con flautas, címbalos, danzas frenéticas ni con las orgías de Cibeles, madre de los falsos dioses, como la llaman aquellos insensatos que presentan a una madre fecunda como si fuese divina y a la verdad misma como si no tuviera madre.

Aquellos son demonios e imaginaciones falsas. Se atribuyen lo que no poseen por naturaleza para engañar la necedad humana.

¿Cómo podría aquello que carece de cuerpo llevar una vida conyugal? ¿Cómo podría ser dios aquello que antes no existía y que solamente comienza a existir después de su nacimiento?

Que los demonios son incorpóreos es evidente para todos, incluso para aquellos intelectualmente ciegos. En cierto lugar, Homero da testimonio de la condición de los dioses que venera:

No comen cebada ni beben rojo vino;

por eso carecen de sangre y son llamados inmortales.

No comen pan —dice— ni beben vino ardiente. Por esta razón son anémicos, es decir, carecen de sangre, y son llamados inmortales.

Dice con verdad y propiedad: «son llamados». Son llamados inmortales, pero no son lo que se les llama. Murieron la muerte de la maldad.

Nosotros adoramos a Dios, no a un dios que comenzó a existir, sino a Aquel que siempre fue y siempre es, y que está por encima de toda causa, de todo razonamiento y de toda mente o naturaleza creada.

Honramos y veneramos a la Madre de Dios, sin atribuirle la generación eterna de su divinidad, porque la generación de Dios Verbo no tuvo lugar en el tiempo, sino que es coeterna con el Padre.

Reconocemos una segunda generación, cuando voluntariamente asumió la carne, y conocemos la causa de esta generación.

Aquel que no tiene principio ni cuerpo tomó carne por nosotros y se hizo uno de nosotros.

Tomando carne de esta Virgen sagrada, nació sin intervención de varón, permaneciendo perfecto Dios y haciéndose perfecto hombre: perfecto Dios en su carne y perfecto hombre en su divinidad.

Así pues, reconociendo en esta Virgen a la Madre de Dios, celebramos su dormición, sin proclamarla diosa —lejos de nosotros semejantes fábulas paganas—, pues anunciamos su muerte, pero reconociéndola como Madre de Dios encarnado.

Pueblo de Cristo, aclamémosla hoy con cánticos sagrados, reconozcamos nuestra buena fortuna y proclamémosla.

Honrémosla con vigilias nocturnas. Alegrémonos en la pureza de su alma y de su cuerpo, pues ella, después de Dios, supera a todos en pureza.

Es natural que las cosas semejantes se gloríen unas en otras.

Mostremos nuestro amor por ella mediante la compasión y la bondad hacia los pobres. Porque, si la misericordia es el mejor culto que podemos ofrecer a Dios, ¿quién se negará a manifestar de la misma manera su devoción a la Madre de Dios?

Ella abrió para nosotros el abismo inefable del amor de Dios.

Por medio de ella fue destruida la antigua enemistad contra el Creador. Por medio de ella quedó fortalecida nuestra reconciliación con Él; nos fueron concedidas la paz y la gracia; los hombres se convirtieron en compañeros de los ángeles y nosotros, que habíamos caído en deshonra, fuimos hechos hijos de Dios.

De ella hemos arrancado el fruto de la vida. De ella hemos recibido la semilla de la inmortalidad.

Ella es el canal de todos nuestros bienes.

En ella, Dios se hizo hombre y el hombre fue unido a Dios.

¿Qué puede haber más admirable o más bendito?

Me acerco a este misterio con temor y temblor.

Con María, la profetisa, jóvenes almas, hagamos resonar nuestros instrumentos musicales, mortificando nuestros miembros terrenos, pues esta es la verdadera música espiritual.

Alégrense nuestras almas en el Arca de Dios, y caerán las murallas de Jericó, es decir, las fortalezas del enemigo.

Bailemos espiritualmente con David: hoy el Arca de Dios ha encontrado su descanso.

Con Gabriel, el gran Arcángel, exclamemos:

«Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo. Salve, océano inagotable de gracia. Salve, único refugio en la aflicción. Salve, medicina de los corazones. Salve, tú por quien la muerte ha sido expulsada y la vida establecida».

Y a ti me dirigiré como si estuvieras vivo, oh sepulcro santísimo, después del sepulcro vivificante de Nuestro Señor, fuente de la resurrección.

¿Dónde está el oro puro que las manos apostólicas te confiaron? ¿Dónde está el tesoro inagotable? ¿Dónde está el precioso receptáculo de Dios? ¿Dónde está la mesa viviente? ¿Dónde está el libro nuevo, en el cual fue escrito sin manos el incomprensible Verbo de Dios?

¿Dónde está el abismo de la gracia y el océano de sanación? ¿Dónde está la fuente vivificante? ¿Dónde está el dulce y amado cuerpo de la Madre de Dios?

¿Por qué buscas en el sepulcro a aquella que ha sido asunta a las moradas celestiales?

¿Por qué me haces responsable de no haberla conservado?

Yo no tuve poder para resistir las órdenes divinas.

Aquel cuerpo sagrado y santo dejó atrás el sudario, me llenó de dulce fragancia, me santificó con su contacto, cumplió el designio divino y después fue asumido, acompañado por los Ángeles, los Arcángeles y todas las potestades celestiales.

Ahora los ángeles me rodean y la gracia divina abunda en mí.

Yo soy médico de los enfermos. Soy fuente perpetua de salud y terror de los demonios. Soy ciudad de refugio para los fugitivos.

Acércate con fe y recibirás un mar de gracias.

Venid, vosotros cuya fe es débil.

Todos los que tenéis sed, venid a las aguas, según el mandato de Isaías; y vosotros que no tenéis dinero, venid y comprad sin pagar.

A todos dirijo la invitación del Evangelio.

Quien desee la curación del cuerpo o del alma, el perdón de sus pecados, la liberación de la desgracia o la posesión del cielo, acérquese a mí con fe y extraiga de aquí una corriente abundante y poderosa de gracia.

Así como una misma agua produce efectos distintos en la tierra, en el aire y bajo el sol, según la naturaleza de cada cosa, dando vino en la vid y aceite en el olivo, del mismo modo una misma gracia beneficia a cada persona según sus necesidades.

Yo no poseo esta gracia por mí mismo.

Siendo un sepulcro destinado a la corrupción, un objeto de tristeza y abatimiento, recibí un ungüento precioso, quedé impregnado de él y su dulce fragancia transformó mi condición mientras permaneció en mí.

Verdaderamente, las gracias divinas fluyen donde quieren.

Yo albergué la fuente de la alegría y me he enriquecido con su manantial perpetuo.

¿Qué responderemos al sepulcro?

Verdaderamente posees una gracia rica y permanente; pero el poder divino no está limitado a un lugar, ni tampoco la acción de la Madre de Dios.

Si estuviera confinada únicamente al sepulcro, pocos se enriquecerían con ella. Ahora se distribuye libremente por todas las regiones del mundo.

Hagamos, pues, de nuestra memoria un santuario de la Madre de Dios.

¿Cómo podremos hacerlo?

Ella es Virgen y ama la virginidad. Es pura y ama la pureza.

Si purificamos nuestra mente junto con nuestro cuerpo, poseeremos su gracia.

Ella rehúye toda impureza y todas las pasiones impuras. Aborrece la intemperancia y tiene un odio especial hacia la fornicación. Se aparta de sus seducciones como de una cría de serpientes.

Considera todo pecado como algo que produce la muerte y se alegra en toda obra buena.

Los contrarios son curados por sus contrarios.

Ella se complace en el ayuno, en la continencia, en los cánticos espirituales, en la pureza, en la virginidad y en la sabiduría. Con estas cosas vive siempre en paz y las estrecha contra su corazón.

Abraza como hijos suyos la paz, la mansedumbre, el amor, la misericordia y la humildad.

En una palabra, se entristece por todo pecado y se alegra de todo bien como si fuera suyo.

Si nos apartamos sinceramente de nuestros antiguos pecados, amamos el bien con todo nuestro corazón y lo hacemos compañero constante de nuestra vida, ella visitará frecuentemente a sus servidores, trayendo consigo todas las bendiciones y, con ellas, a Cristo, su Hijo, Rey y Señor, que reinará en nuestros corazones.

A Él sea la gloria, la alabanza, el honor, el poder y la magnificencia, juntamente con el Padre eterno y el Espíritu Santo, ahora y siempre y por todos los siglos.

Amén.



Del sitio fisheaters.com 

Oración para este día

Tomada de la Raccolta de 1910

Te reconozco y venero, Santísima Virgen, Reina del Cielo, Señora y Soberana del universo, como Hija del Padre Eterno, Madre de su amadísimo Hijo y Esposa amantísima del Espíritu Santo.

Postrado a los pies de tu excelsa majestad, con toda humildad te suplico, por aquella divina caridad con que fuiste tan abundantemente enriquecida en tu Asunción a los cielos, que te dignes favorecerme y compadecerte de mí, poniéndome bajo tu segurísima y fidelísima protección, y recibiéndome en el número de aquellos siervos tuyos felices y singularmente favorecidos, cuyos nombres llevas grabados en tu pecho virginal.

Dígnate, Madre y Señora tiernísima, aceptar este pobre corazón, mi memoria, mi voluntad y todas mis demás potencias y sentidos, interiores y exteriores. Acepta mis ojos, mis oídos, mi boca, mis manos y mis pies; gobiérnalos todos conforme al beneplácito de tu Hijo, pues deseo darte gloria infinita con cada uno de sus movimientos.

Y por aquella sabiduría con que tu amadísimo Hijo te glorificó, te ruego y suplico que me obtengas luz y conocimiento para conocer claramente quién soy y cuál es mi propia nada, y especialmente para conocer mis pecados, a fin de que llegue a odiarlos y aborrecerlos. Te ruego también que me alcances luz para descubrir las asechanzas del enemigo infernal y todos sus modos de atacarme, ya sean manifiestos u ocultos.

Sobre todo, Madre tiernísima, te suplico que me obtengas la gracia de [mencione aquí su intención].

En este día —fiesta de precepto en diversos lugares— conmemoramos la Asunción de Nuestra Señora a los cielos. Aunque la Iglesia siempre ha creído en la Asunción de María, el dogma no fue definido solemnemente hasta que el papa Pío XII promulgó, en 1950, la bula Munificentissimus Deus.

Debe notarse que María fue asunta al cielo, es decir, llevada por el poder de Dios, como Elías y Henoc; mientras que Cristo ascendió al cielo por su propio poder. Él la llevó consigo porque es su Madre y porque la ama; y ella pudo ser llevada porque Él la hizo santa, «llena de gracia», desde el primer instante de su concepción, misterio que honramos el 8 de diciembre.

El salmo 131, 8 anuncia proféticamente su elevación:

Levántate, Señor, al lugar de tu reposo:

tú y el arca que has santificado.

También la visión que san Juan recibió en Patmos y consignó en el Apocalipsis nos presenta a Nuestra Señora en el cielo, coronada:

Y fue abierto el templo de Dios en el cielo, y fue vista el arca de su testamento en su templo; y hubo relámpagos, voces, un terremoto y granizo muy grande. Y apareció en el cielo una gran señal: una mujer vestida del sol, con la luna debajo de sus pies y sobre su cabeza una corona de doce estrellas…

(Apocalipsis 11, 19–12, 1)

Según la Enciclopedia Católica, la dormición de María —su «quedarse dormida» en la muerte— es situada entre tres y quince años después de la Ascensión de Nuestro Señor, cuando habría llegado a la edad de setenta y dos años.

De manera muy hermosa, la tradición enseña que la causa de su muerte no fue una enfermedad, ni la violencia, ni la debilidad de la vejez, sino el amor: su ardiente deseo de reunirse con su Hijo.

Después de tres días en el sepulcro, su cuerpo y su alma fueron nuevamente unidos, y María fue asunta por el poder de Dios. Entonces, según las palabras del Apocalipsis 8, 1, «se hizo silencio en el cielo como por espacio de media hora».

El lugar de estos acontecimientos es situado, según las distintas tradiciones, en Jerusalén —donde se venera su sepulcro por lo menos desde el siglo VI— o en Éfeso.

San Juan Damasceno —san Juan de Damasco, nacido hacia el año 676 y muerto entre 754 y 787— escribe:

San Juvenal, obispo de Jerusalén, durante el Concilio de Calcedonia, celebrado en el año 451, hizo saber al emperador Marciano y a Pulqueria, quienes deseaban poseer el cuerpo de la Madre de Dios, que María había muerto en presencia de todos los Apóstoles; pero que, cuando su sepulcro fue abierto a petición de santo Tomás, fue hallado vacío. De ello concluyeron los Apóstoles que su cuerpo había sido llevado al cielo.

Según la tradición, sin embargo, el sepulcro de Nuestra Señora no fue encontrado completamente vacío: en el lugar donde debería haber estado su cuerpo se encontraron lirios y rosas.

María von Trapp relata esta historia en su libro Around the Year with the Trapp Family y, al hacerlo, recoge una antigua leyenda que explica por qué las hierbas y las flores quedaron asociadas con esta fiesta:

La relación entre la fiesta de la Asunción y la bendición de las hierbas se explica por medio de una antigua leyenda. Cuando María, Madre de Jesús, sintió que se acercaba el fin de su vida, envió a su ángel custodio para que convocara a los Apóstoles, quienes habían partido por el mundo para predicar el Evangelio de su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo.

Al recibir el aviso, acudieron con gran prisa y llegaron a tiempo para presenciar la dichosa muerte de su querida Madre. Todos habían llegado, excepto Tomás, quien se presentó con tres días de retraso.

Cuando supo que la Santísima Virgen llevaba ya varios días descansando en el sepulcro, lloró amargamente y suplicó a los Apóstoles que abrieran nuevamente la tumba, para que pudiera contemplar una vez más sus amados rasgos.

Los demás Apóstoles accedieron a su petición; pero, al abrir el sepulcro, lo encontraron lleno de flores que exhalaban una fragancia celestial. En el lugar donde habían depositado el cuerpo solamente permanecía el sudario: el cuerpo había sido llevado al cielo por los ángeles, donde se había reunido con el alma santa de la Madre de Dios.

Según la leyenda, todas las flores y hierbas de la tierra habían perdido su fragancia después de que Adán y Eva cometieran el primer pecado en el jardín del Edén. Sin embargo, el día de la Asunción de la Santísima Virgen, las flores recuperaron su perfume y las hierbas recibieron nuevamente su poder curativo.

El Ritual Romano contiene una bendición para estas hierbas y flores, elevándolas así a la condición de sacramentales. En muchas parroquias y capillas, los fieles llevan flores frescas para adornar la iglesia en honor de María, así como frutos y hierbas —especialmente hierbas medicinales— para que sean bendecidos y llevados después a sus hogares.

Las hierbas bendecidas se utilizan durante el año, especialmente en los alimentos preparados para los enfermos. La parte principal de la bendición dice:

Dios todopoderoso y eterno, que por tu Palabra creaste de la nada el cielo, la tierra, el mar y todas las cosas visibles e invisibles; que mandaste a la tierra producir hierbas y árboles para el uso de los hombres y de los animales, y que estos diesen fruto cada uno según su especie; y que por tu inefable misericordia concediste que sirvieran no solamente de alimento para los vivientes, sino también de medicina para los cuerpos enfermos:

Te suplicamos humildemente, con el pensamiento y con los labios, que por tu clemencia bendigas estas hierbas y frutos de diversas clases, y que derrames sobre la virtud natural que ya les concediste la gracia de tu nueva bendición; para que, al ser utilizados por los hombres y los animales que los apliquen en tu nombre, les proporcionen protección contra toda enfermedad y adversidad.

Por Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos.

Oremos.

Oh Dios, que por medio de Moisés, tu siervo, mandaste a los hijos de Israel que llevaran a los sacerdotes, para que fueran bendecidas, las gavillas de los frutos nuevos; que tomaran los mejores frutos de sus huertos y se alegraran en tu presencia, Señor Dios suyo:

Escucha benignamente nuestras súplicas y derrama la abundancia de tu bendición sobre nosotros y sobre estas gavillas de grano nuevo, estas hierbas nuevas y esta variedad de frutos, que te presentamos agradecidos y bendecimos en tu nombre en esta festividad.

Concede que los hombres, el ganado, las ovejas y las bestias de carga encuentren en ellos remedio contra las enfermedades, las pestes, las llagas, las heridas, los maleficios, el veneno de las serpientes y las mordeduras de otros animales, venenosos o no.

Que proporcionen también protección contra las ilusiones, maquinaciones y engaños diabólicos, dondequiera que sean guardados o llevados, o cualquiera que sea el uso que se haga de ellos; para que, llevando gavillas de buenas obras y por los méritos de la Santísima Virgen María, cuya fiesta de la Asunción celebramos, merezcamos ser elevados al cielo.

Por Nuestro Señor Jesucristo.

Oremos.

Oh Dios, que en este día elevaste a las alturas del cielo a la vara de Jesé, Madre de tu Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, para que por medio de sus oraciones y de su patrocinio comunicaras a nuestra mortalidad el Fruto de su seno, tu Hijo:

Te suplicamos humildemente que, por el poder de tu Hijo y el glorioso patrocinio de su Madre, seamos auxiliados por estos frutos de la tierra, de manera que, desde los bienes temporales, avancemos hacia los eternos.

Por el mismo Jesucristo, Nuestro Señor.

Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre estas criaturas y permanezca para siempre.

Amén.

La entrega de estas hierbas bendecidas y de canastas de frutos —y, como siempre en las fiestas marianas, de flores— constituye una hermosa costumbre propia de este día. Nuestra oración es que imitemos a María, sirviéndonos de las hierbas bendecidas para llevar sanación al mundo.

En algunos lugares, especialmente en ciertas regiones de Francia, la fiesta de la Asunción es uno de los días preferidos para pedir la mano en matrimonio.

Como en todas las fiestas marianas, resulta muy apropiado rezar la Coronilla de la Santísima Virgen, los Misterios Gloriosos del Rosario, las Letanías Lauretanas, el Himno Akáthistos a la Madre de Dios, entre otras devociones. Algunos católicos comienzan en este día una Novena del Rosario de cincuenta y cuatro días, que concluye en la fiesta del Santísimo Rosario, el 7 de octubre.

Finalmente, la fiesta de la Asunción señala el comienzo de un período de sacrificio enteramente opcional llamado «Cuaresma de San Miguel». Dura cuarenta días, desde hoy hasta el 29 de septiembre, fiesta de San Miguel Arcángel. Como sucede en otras devociones penitenciales semejantes, no se cuentan los domingos ni los demás días festivos.

La «Cuaresma de San Miguel» se practica a imitación de san Francisco de Asís, quien observaba este período como una especie de cuaresma personal en honor de Nuestra Señora y de san Miguel. Esta costumbre se difundió después entre sus hermanos franciscanos. Concluye con una consagración a san Miguel Arcángel.



Lectura

Segundo sermón sobre la Dormición de María

Por san Juan Damasceno —san Juan de Damasco—

(c. 676-754/787)

No existe nadie que sea capaz de alabar dignamente la santa muerte de la Madre de Dios, aunque tuviera mil lenguas y mil bocas. Ni siquiera si se reunieran todas las lenguas más elocuentes serían suficientes sus alabanzas. Ella es superior a toda alabanza.

Sin embargo, puesto que Dios se complace en los esfuerzos del celo amoroso, y la Madre de Dios en todo cuanto se refiere al servicio de su Hijo, permitidme volver una vez más a sus alabanzas. Lo hago obedeciendo vuestras órdenes, excelentísimos pastores, tan amados de Dios, e invocamos al Verbo, que de ella se hizo carne, para que venga en nuestra ayuda. Él da la palabra a toda boca que se abre para alabarlo. Él es su único gozo y su único ornamento.

Sabemos que, al celebrar sus alabanzas, pagamos nuestra deuda; pero, al hacerlo, nos hacemos de nuevo deudores, de tal manera que la deuda comienza siempre nuevamente. Es justo que exaltemos a aquella que está por encima de todas las cosas creadas y las gobierna como Madre del Dios que es su Creador, Señor y Dueño.

Tened paciencia conmigo, vosotros que estáis pendientes de las palabras divinas, y recibid mi buena voluntad. Fortaleced mi deseo y soportad la debilidad de mis palabras.

Es como si un hombre ofreciera a un poderoso soberano, establecido providencialmente para gobernar a los hombres, una violeta de púrpura regia fuera de estación, una rosa fragante cuyos capullos ostentasen diversos colores, o algún fruto exquisito del otoño. Aquel soberano se sienta cada día a una mesa colmada de todos los manjares imaginables, en los perfumados salones de su palacio. Sin embargo, no atiende tanto a la pequeñez o novedad del presente cuanto a la buena intención de quien lo ofrece; y, con razón, recompensa esa intención con abundancia de dones y favores.

Así también nosotros, en el invierno de nuestra pobreza, ofrecemos guirnaldas a nuestra Reina y preparamos para esta fiesta de alabanza una flor de elocuencia. Golpeamos con hierro el pétreo deseo de nuestra mente, exprimiendo, por así decirlo, uvas aún no maduras. Recibid, pues, con creciente benevolencia las palabras que caen sobre vuestros oídos atentos y deseosos.

¿Qué ofreceremos a la Madre del Verbo sino nuestras palabras? Lo semejante se alegra en lo semejante y en aquello que ama.

Comenzando, pues, y soltando las riendas de mi discurso, lo enviaré como un corcel dispuesto para la carrera. Pero Tú, Verbo de Dios, sé mi ayuda y mi auxilio; habla sabiduría a mi ignorancia. Por tu palabra, despeja mi camino y dirige mi carrera según tu beneplácito, que es el término de toda sabiduría y discernimiento.

Hoy, la santa Virgen de las vírgenes es presentada en el templo celestial. En ella la virginidad fue tan fuerte como un fuego abrasador. En cualquier otra mujer, la virginidad se pierde por el parto; pero ella permanece siempre Virgen: antes del parto, en el parto mismo y después del parto.

Hoy, el arca sagrada y viviente del Dios vivo, la que concibió en su seno a su propio Creador, establece su morada en el templo de Dios no construido por manos humanas. David, su antepasado, se regocija. Los Ángeles y los Arcángeles jubilan; las Potestades se alegran; los Principados y las Dominaciones, las Virtudes y los Tronos se llenan de gozo; los Querubines y los Serafines glorifican a Dios. No es pequeña parte de su alabanza dirigirla a la Madre de la gloria.

Hoy, la paloma santa, el alma pura y sin engaño, santificada por el Espíritu Santo, despojándose del arca de su cuerpo —el receptáculo vivificante de Nuestro Señor—, encontró reposo para las plantas de sus pies. Alzó el vuelo hacia el mundo espiritual y habita con seguridad en la región superior, libre de todo pecado.

Hoy, el Edén del nuevo Adán recibe al verdadero paraíso, en el cual el pecado es perdonado, crece el árbol de la vida y queda cubierta nuestra desnudez. Ya no estamos desnudos ni descubiertos, ni somos incapaces de soportar el resplandor de la semejanza divina. Fortalecidos por la abundante gracia del Espíritu, ya no denunciaremos nuestra desnudez diciendo: «Me he quitado la túnica, ¿cómo volveré a ponérmela?».

La serpiente, por cuya promesa engañosa fuimos rebajados hasta la semejanza de los animales irracionales, no entró en este paraíso.

El Hijo unigénito de Dios, Dios verdadero y consustancial al Padre, tomó su naturaleza humana de la Virgen purísima. Haciéndose hombre, convirtió lo mortal en inmortal y se revistió de nuestra humanidad. Dejando a un lado la corrupción, quedó revestido de la incorruptibilidad de la divinidad.

Hoy, la Virgen inmaculada, no tocada por afectos terrenos y enteramente celestial en sus pensamientos, no se disuelve en la tierra, sino que, entrando verdaderamente en el cielo, habita en los tabernáculos celestiales.

¿Quién se equivocaría al llamarla cielo, a menos que dijera con mayor verdad que ella es superior al cielo por la excelencia de su dignidad?

El Señor y Creador del cielo, el Artífice de todas las cosas que están debajo de la tierra y sobre ella, de toda la creación visible e invisible, Aquel que no está contenido en ningún lugar —si es que se llama propiamente lugar a aquello que contiene las cosas—, se hizo a Sí mismo, sin cooperación humana, un Niño en ella.

La convirtió en rico tesoro de su divinidad, que todo lo llena y que es la única que no puede ser circunscrita. Él subsistió enteramente en ella, sin padecer cambio alguno, permaneciendo íntegro en su universalidad y sin quedar contenido por límite alguno.

Hoy, el tesoro vivificante y el abismo de la caridad —apenas me atrevo a confiar a mis labios semejantes palabras— queda oculto en una muerte inmortal. Ella sale al encuentro de la muerte sin temor, pues concibió al Destructor de la muerte, si es que podemos llamar muerte a su santa y vivificante partida.

¿Cómo podría aquella que dio a luz a la Vida de todos quedar bajo el dominio de la muerte?

Sin embargo, obedece la ley de su propio Hijo y, como hija del primer Adán, hereda esta pena, pues su Hijo, que es la Vida misma, no rehusó someterse a ella. Como Madre del Dios vivo, atraviesa la muerte para llegar hasta Él.

Porque, si Dios dijo acerca del primer hombre: «No sea que alargue su mano, tome también del árbol de la vida, coma y viva para siempre», ¿cómo no habría de vivir eternamente aquella que recibió en sí a la Vida misma, sin principio ni fin y sin las vicisitudes de las cosas temporales?

Antiguamente, el Señor Dios expulsó del jardín del Edén a nuestros primeros padres después de su desobediencia, cuando habían oscurecido los ojos de su corazón por el pecado, debilitado el discernimiento de su mente y caído en una insensibilidad semejante a la muerte.

Pero ahora, ¿no recibirá el paraíso a aquella que rompió la esclavitud de todas las pasiones, sembró la semilla de la obediencia a Dios Padre y fue para toda la humanidad el comienzo de la vida?

¿No abrirá el cielo sus puertas para recibirla con júbilo? Ciertamente que sí.

Eva escuchó a la serpiente, aceptó su consejo, se dejó atrapar por el engaño de un placer falso y seductor, y fue condenada al dolor y a la tristeza y a dar a luz con sufrimiento. Junto con Adán recibió la sentencia de muerte y fue puesta en las regiones del limbo.

¿Cómo podría la muerte reclamar como presa suya a esta mujer verdaderamente bienaventurada, que escuchó con humildad la palabra de Dios, fue colmada del Espíritu y, por medio del Arcángel, concibió el don del Padre; que llevó en su seno, sin concupiscencia ni cooperación de varón, a la Persona del Verbo divino que todo lo llena; que lo dio a luz sin dolores de parto y permaneció enteramente unida a Dios?

¿Cómo podría el limbo abrir sus puertas ante ella? ¿Cómo podría la corrupción tocar el cuerpo que dio la Vida? Todas estas cosas son completamente ajenas al alma y al cuerpo de la Madre de Dios.

La muerte temblaba ante ella. Al acercarse a su Hijo, la muerte había aprendido por experiencia mediante los padecimientos de Él y se había vuelto más prudente.

Para ella no hubo un descenso tenebroso a los infiernos, sino un paso alegre, fácil y dulce hacia el cielo.

Si Cristo, la Vida y la Verdad, dice: «Donde Yo estoy, allí estará también mi servidor», ¡cuánto más no estará con Él su propia Madre!

Ella lo dio a luz sin dolor y también su muerte estuvo libre de dolor.

La muerte de los pecadores es terrible, porque en ella es sacrificado el pecado, que es la causa de la muerte. Pero de ella, ¿qué podremos decir sino que es el comienzo de la vida perpetua?

Preciosa es a los ojos del Señor Dios de los ejércitos la muerte de sus santos. Más que preciosa es la partida de la Madre de Dios.

Alégrense ahora los cielos y los ángeles; llénense de júbilo la tierra y los hombres. Resuene el aire con cantos y cánticos; despójese la noche oscura de su tristeza e imite, por medio de las estrellas centelleantes, el resplandor del día.

La ciudad viviente del Señor Dios es llevada desde el templo de Dios, el Sion visible; y los reyes conducen hacia la Jerusalén celestial el don más precioso de Dios, su propia Madre. Es decir: los Apóstoles, constituidos por Cristo como príncipes sobre toda la tierra, acompañan a la siempre Virgen Madre de Dios.

No me parece inútil traer a la memoria e insistir en las antiguas figuras de esta santa, la Madre de Dios. Estas figuras anunciaron de manera concisa al divino Niño que hemos recibido.

Contemplo a su Madre como la Santa de los santos, la más santa de todas, la urna fragante del maná; o, para hablar con mayor exactitud, como la fuente que brota en la divina y célebre ciudad de David, en el glorioso Sion.

En Sion se cumple la ley y se representa la ley espiritual. En Sion, Cristo Legislador consumó la Pascua figurativa, y Dios, Autor de la antigua y de la nueva alianza, nos dio la verdadera Pascua.

En Sion, el Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo, inició a sus discípulos en su banquete místico, se les entregó a Sí mismo sacrificado como víctima y les dio a beber el racimo exprimido de la verdadera vid.

En Sion, Cristo resucitado de entre los muertos fue visto por sus Apóstoles; y a Tomás —y por medio de Tomás al mundo entero— le fue revelado que Él es Señor y Dios, y que conserva después de su resurrección dos naturalezas y, en consecuencia, dos operaciones y dos voluntades distintas, que permanecen por todos los siglos.

Sion es la corona de las iglesias y el lugar de reposo de los discípulos. En él, el estruendo del Espíritu Santo, el don de lenguas y su descenso en forma de fuego fueron comunicados a los Apóstoles.

En Sion, san Juan recibió a la Madre de Dios y atendió sus necesidades.

Sion es la madre de las iglesias de todo el mundo, porque ofreció morada a la Madre de Dios después de la resurrección de su Hijo.

Finalmente, en Sion la Santísima Virgen fue tendida sobre un pequeño lecho.

Al llegar a este punto de mi discurso, me vi obligado a dar libre curso a mis sentimientos y, encendido por un deseo amoroso, derramé lágrimas reverentes y alegres, abrazando, por así decirlo, aquel lecho dichoso, bendito y admirable que recibió el tabernáculo vivificante y se alegró por el contacto con su santidad.

Me parecía tomar entre mis brazos aquel cuerpo santo y sagrado, digno de Dios; y, acercando mis ojos, mis labios, mi frente, mi cabeza y mis mejillas a los suyos, sentía como si verdaderamente estuviera allí, aunque mis ojos no pudieran contemplar aquello que deseaban.

¿Cómo, pues, fue asunta a las moradas celestiales? De esta manera.

¿Qué honores le concedió entonces Dios, que nos manda honrar a nuestros padres?

La nube que envolvió Jerusalén como una red, obedeciendo las órdenes divinas, reunió desde los confines de la tierra a las águilas, es decir, a aquellos que estaban dispersos por el mundo pescando hombres mediante las numerosas y diversas lenguas del Espíritu.

Con la red de la palabra salvaban a los hombres del abismo de la duda y los conducían a la mesa espiritual y celestial del banquete sagrado y místico, al perfecto festín nupcial del Esposo divino, que el Padre celebra con su Hijo, igual a Él y de la misma naturaleza.

«Donde estuviere el cuerpo —dice Cristo, la Verdad—, allí se reunirán las águilas».

Aunque ya hayamos aplicado estas palabras a la segunda, grande y gloriosa venida de Aquel que las pronunció, no estará fuera de lugar aplicarlas también aquí, como un condimento.

Estaban presentes, pues, los testigos oculares y ministros de la Palabra, sirviendo dignamente a su Madre y recibiendo de ella, como rica herencia, una medida colmada de alabanza. Porque ¿puede alguien dudar de que ella es la fuente de la bendición y el manantial de todos los bienes?

También se encontraban allí sus discípulos y sucesores, unidos a su ministerio y a sus alabanzas. Un trabajo común produce frutos comunes.

Estaba allí una asamblea escogida de Jerusalén. Era conveniente que los principales varones y profetas de la antigua ley, quienes habían anunciado que Dios Verbo nacería de ella en el tiempo para nuestra salvación, formasen su guardia de honor.

Tampoco faltaron los coros angélicos.

Aquellos que habían obedecido de corazón al Rey y, por ello, habían recibido el honor de permanecer cerca de Él, tenían derecho a formar la escolta de su Madre según la carne, la verdaderamente bendita y bienaventurada, superior a todas las generaciones y a toda la creación.

Estaban con ella todos aquellos que son resplandor y brillo del Espíritu, con los ojos espirituales fijos en ella, llenos de reverencia, temor y deseo puro.

Escuchamos palabras divinas e inspiradas y cánticos espirituales apropiados para la hora de su partida.

Era conveniente alabar entonces la bondad infinita de Dios, su inmensa grandeza, su omnipotencia, la generosidad que supera toda medida en su trato con nosotros, las riquezas desbordantes de su misericordia y el abismo de su ternura.

Era necesario cantar cómo, dejando a un lado su grandeza, descendió hasta nuestra pequeñez con la cooperación del Padre y del Espíritu Santo.

Aquel que está por encima de toda sustancia es creado, de manera superior a toda sustancia, en el seno virginal. Siendo Dios, se hizo hombre y permanece, según esta unión, perfecto Dios y perfecto hombre, sin abandonar la sustancia de su divinidad ni dejar de ser de la misma carne y sangre que nosotros.

Aquel que llena todas las cosas y gobierna el universo con una sola palabra habitó en un lugar estrecho; y el cuerpo material de esta mujer bienaventurada recibió el fuego ardiente de la divinidad, permaneciendo intacto como oro auténtico.

Todo esto sucedió porque Dios lo quiso, pues su beneplácito hace posibles las cosas que sin Él no podrían suceder.

Después tuvo lugar una contienda de alabanzas, no como si cada uno intentara superar a los demás —pues eso sería vanagloria y algo muy desagradable a Dios—, sino como si todos quisieran no dejar nada sin hacer para gloria de Dios y honor de la Madre de Dios.

Entonces Adán y Eva, nuestros primeros padres, abrieron sus labios y exclamaron:

«¡Hija nuestra bendita, que has borrado la pena de nuestra desobediencia! Tú, que heredaste de nosotros un cuerpo mortal, nos has conquistado la inmortalidad. Tú, que recibiste de nosotros el ser natural, nos has devuelto el ser de la gracia. Tú venciste el dolor y desataste las cadenas de la muerte. Tú nos devolviste a nuestro antiguo estado.

Nosotros cerramos las puertas del paraíso; tú encontraste entrada al árbol de la vida. Por nosotros, del bien surgió la tristeza; por ti, de la tristeza brotó el bien.

¿Cómo podrías tú, toda hermosa, gustar la muerte? Tú eres la puerta de la vida y la escala del cielo. La muerte se ha convertido para ti en paso hacia la inmortalidad.

¡Oh verdaderamente bienaventurada! ¿Quién, fuera del Verbo, habría podido soportar lo que tú soportaste?».

Toda la compañía de los santos exclamó:

«Tú has cumplido nuestras predicciones. Tú has adquirido para nosotros la alegría que ahora poseemos. Por medio de ti hemos roto las cadenas de la muerte. Ven a nosotros, receptáculo divino y vivificante. Ven, deseo nuestro, tú que nos has alcanzado aquello que deseábamos».

Y los santos que estaban presentes añadieron palabras no menos ardientes:

«Permanece con nosotros, consuelo nuestro, única alegría nuestra en este mundo. Oh Madre, no nos dejes huérfanos a quienes hemos padecido por causa de tu Hijo. Seas tú nuestro refugio y alivio en nuestros trabajos y fatigas.

Puedes permanecer aquí, si así lo deseas, del mismo modo que puedes partir. Si te marchas, oh morada de Dios, déjanos ir también contigo, si es que somos tuyos por medio de tu Hijo.

Tú eres nuestro único consuelo sobre la tierra. Vivimos mientras tú vives, y morir contigo sería felicidad.

¿Por qué hablamos de muerte? Para ti la muerte es vida, y una vida mejor que esta, incomparablemente superior a la vida presente. ¿Cómo puede nuestra vida llamarse vida si quedamos privados de ti?».

Bien pudieron los Apóstoles y toda la asamblea de la Iglesia dirigir estas o semejantes palabras a la Santísima Virgen.

Cuando vieron que la Madre de Dios se acercaba a su fin y lo deseaba, fueron movidos por la gracia divina a entonar himnos de despedida. Como arrebatados fuera de la carne, suspiraban por acompañar a la Madre de Dios en su muerte y, mediante la intensidad de su deseo, se anticipaban a la propia muerte.

Después de cumplir todos sus deberes de reverencia amorosa y tejerle una rica corona de himnos, pronunciaron sobre ella una bendición de despedida, como sobre un tesoro dado por Dios, y dijeron sus últimas palabras.

Pienso que aquellas palabras debieron de hablar de la fugacidad de esta vida y de cómo esta conduce hacia los misterios ocultos de los bienes futuros.

Esto, me parece, fue lo que hicieron inmediata y unánimemente.

El Rey se hallaba allí para recibir con abrazo divino el alma santa, pura e inmaculada de su Madre cuando regresara a su morada.

Y ella, según podemos piadosamente conjeturar, dijo:

«En tus manos, Hijo mío, encomiendo mi espíritu. Recibe mi alma, amada por Ti, que Tú conservaste inmaculada. Te entrego mi cuerpo, no a la tierra. Guarda aquello en lo que quisiste habitar y que preservaste en la virginidad.

Llévame contigo, para que donde estés Tú, fruto de mi seno, allí esté yo también. Me siento impulsada hacia Ti, que descendiste hasta mí.

Sé Tú el consuelo de mis hijos amadísimos, a quienes te dignaste llamar hermanos tuyos, cuando mi muerte los deje en soledad. Bendícelos una vez más por medio de mis manos».

Entonces, extendiendo sus manos, como piadosamente podemos creer, bendijo a todos los presentes.

Después oyó estas palabras:

«Ven, Madre mía amada, a tu descanso. Levántate y ven, la más amada entre las mujeres. El invierno ha pasado y se ha ido; ha llegado el tiempo de la cosecha. Eres hermosa, amada mía, y no hay mancha en ti. Tu fragancia es más dulce que todos los perfumes».

Al escuchar estas palabras, aquella santa entregó su espíritu en las manos de su Hijo.

¿Qué sucedió entonces?

La naturaleza, según imagino, se estremeció en sus profundidades. Se escucharon sonidos y voces extraordinarios, y crecieron los himnos de los ángeles que iban delante de ella, la acompañaban y la seguían.

Algunos formaban la guardia de honor de aquella alma pura e inmaculada en su camino hacia el cielo, hasta que la Reina llegó al trono divino.

Otros rodeaban el cuerpo sagrado y divino, proclamando con armonías angélicas las alabanzas de la Madre de Dios.

¿Y qué hicieron aquellos que velaban junto al cuerpo santísimo e inmaculado?

Con reverencia amorosa y lágrimas de alegría se reunieron alrededor del bendito y divino tabernáculo, abrazando cada uno de sus miembros, y quedaron llenos de santidad y acción de gracias.

Entonces las enfermedades eran curadas y los demonios huían, expulsados hacia las regiones de las tinieblas.

El aire, la atmósfera y los cielos quedaron santificados por su paso a través de ellos; y la tierra, por la sepultura de su cuerpo.

Tampoco quedó el agua privada de bendición. Fue lavada con agua pura; pero el agua no la purificó a ella, sino que ella santificó el agua.

Entonces los sordos recobraron el oído, los cojos recuperaron sus pies y los ciegos recibieron la vista. Los pecadores que se acercaban con fe veían borrada la sentencia escrita contra ellos.

Después, el santo cuerpo fue envuelto en un sudario blanco como la nieve y la Reina fue puesta nuevamente sobre su lecho.

Siguieron las luces, el incienso y los himnos; los ángeles cantaban como convenía a aquella solemnidad, mientras los Apóstoles y los patriarcas la aclamaban con cánticos inspirados.

Cuando el Arca de Dios, partiendo del monte Sion hacia la patria celestial, era llevada sobre los hombros de los Apóstoles, fue depositada durante el camino en el sepulcro.

Primero fue conducida a través de la ciudad, como esposa resplandeciente de fulgor espiritual; después fue llevada al sagrado lugar de Getsemaní, mientras los ángeles la cubrían con sus alas, caminaban delante de ella, la acompañaban y la seguían, junto con toda la asamblea de la Iglesia.

El rey Salomón reunió en Sion a todos los ancianos de Israel para transportar el arca de la alianza del Señor desde la ciudad de David —es decir, Sion— hasta el templo del Señor que había edificado.

Los sacerdotes tomaron el arca y el tabernáculo del testimonio, y los sacerdotes y levitas los levantaron. El rey y todo el pueblo sacrificaron delante del arca innumerables bueyes y ovejas.

Los sacerdotes introdujeron el arca del testimonio de Dios en el lugar destinado para ella, en el Santo de los Santos, debajo de las alas de los querubines.

Así sucede ahora con la morada de la verdadera Arca, no ya la del testimonio, sino la de la misma sustancia de Dios Verbo.

El nuevo Salomón, Príncipe de la paz y Creador de todas las cosas del cielo y de la tierra, reunió hoy a los servidores de la nueva alianza, es decir, a los Apóstoles, junto con todo el pueblo de los santos en Jerusalén.

Por medio de los ángeles introdujo el alma de su Madre en el verdadero Santo de los Santos, bajo las alas de los cuatro seres vivientes, y la colocó sobre su trono, detrás del velo, donde Cristo mismo la había precedido.

Mientras tanto, su cuerpo era llevado por las manos de los Apóstoles; el Rey de reyes lo cubría con el resplandor de su divinidad invisible; y toda la asamblea de los santos marchaba delante de ella con cantos sagrados y sacrificios de alabanza, hasta que, pasando por el sepulcro, fue introducida en las delicias del Edén, en los tabernáculos celestiales.

Tal vez también se hallaban allí algunos judíos, si es que todavía podía encontrarse entre ellos alguno no enteramente réprobo.

No estará fuera de propósito mencionar aquí un hecho que muchos afirman.

Se dice que, cuando aquellos que llevaban el cuerpo bendito de la Madre de Dios llegaron a la bajada de las montañas opuestas, cierto judío, esclavo del pecado y encadenado por su propia necedad, imitó al siervo de Caifás que había golpeado el rostro divino de Cristo, Nuestro Señor y Maestro, y se convirtió en instrumento del demonio.

Lleno de malicia y de pasión perversa, se abalanzó sobre aquel divinísimo tabernáculo, al cual los ángeles se acercaban con temor, y agarró impíamente con ambas manos el féretro, intentando arrojarlo al suelo.

Fue impulsado por la envidia del antiguo enemigo; pero sus esfuerzos resultaron inútiles y recibió un castigo severo y apropiado por su acción.

Se dice que perdió el uso de las manos con las que había cometido su crimen, hasta que la fe lo movió al arrepentimiento.

Los que transportaban el cuerpo permanecieron cerca. El desdichado colocó entonces sus manos sobre el admirable y vivificante tabernáculo, y estas quedaron nuevamente sanas.

Las circunstancias lo hicieron prudente, como tantas veces sucede.

Pero volvamos a nuestro asunto.

Llegaron finalmente al santísimo Getsemaní, y nuevamente hubo abrazos, oraciones y alabanzas, himnos y lágrimas derramadas por corazones entristecidos y amorosos. Mezclaron torrentes de llanto y sudor.

De este modo, el cuerpo inmaculado fue depositado en el sepulcro.

Después de tres días fue asumido a las moradas celestiales.

El seno de la tierra no era receptáculo apropiado para la morada del Señor, para la fuente viva del agua purificadora, para el grano del pan celestial, para la sagrada vid del vino divino ni para el ramo siempre verde y fructífero de la misericordia de Dios.

Y así como el santísimo cuerpo del Hijo de Dios, tomado de ella, resucitó de entre los muertos al tercer día, convenía que ella fuera arrebatada del sepulcro y que la Madre quedara unida al Hijo.

Así como Él había descendido hasta ella, así ella debía ser elevada hasta Él, a la morada más perfecta, al cielo mismo.

Era conveniente que aquella que había albergado en su seno a Dios Verbo habitara en los tabernáculos de su Hijo.

Y así como Nuestro Señor dijo que debía ocuparse de las cosas de su Padre, del mismo modo convenía que su Madre habitara en los atrios de su Hijo, en la casa del Señor y en los atrios de la casa de nuestro Dios.

Si todos los que se alegran habitan en Él, ¿dónde había de morar la causa misma de la alegría?

Era conveniente que el cuerpo de aquella que conservó sin mancha su virginidad en la maternidad fuese preservado de la corrupción aun después de la muerte.

Aquella que amamantó a su Creador cuando era Niño tenía derecho a habitar en los tabernáculos divinos.

El lugar de la Esposa, a quien el Padre había desposado, estaba en las moradas celestiales.

Era conveniente que aquella que vio a su Hijo morir en la cruz y recibió en su corazón la espada del dolor que no había sentido en el parto, lo contemplara sentado junto al Padre.

La Madre de Dios tenía derecho a poseer a su Hijo y, como sierva y Madre de Dios, a recibir la veneración de toda la creación.

La herencia de los padres pasa siempre a los hijos. Ahora bien, como ha dicho un sabio, las fuentes de las aguas sagradas están en lo alto. El Hijo hizo que toda la creación sirviera a su Madre.

Celebremos, pues, hoy una fiesta solemne en honor de la alegre partida de la Madre de Dios.

No lo hagamos con flautas, címbalos, danzas frenéticas ni con las orgías de Cibeles, madre de los falsos dioses, como la llaman aquellos insensatos que presentan a una madre fecunda como si fuese divina y a la verdad misma como si no tuviera madre.

Aquellos son demonios e imaginaciones falsas. Se atribuyen lo que no poseen por naturaleza para engañar la necedad humana.

¿Cómo podría aquello que carece de cuerpo llevar una vida conyugal? ¿Cómo podría ser dios aquello que antes no existía y que solamente comienza a existir después de su nacimiento?

Que los demonios son incorpóreos es evidente para todos, incluso para aquellos intelectualmente ciegos. En cierto lugar, Homero da testimonio de la condición de los dioses que venera:

No comen cebada ni beben rojo vino;

por eso carecen de sangre y son llamados inmortales.

No comen pan —dice— ni beben vino ardiente. Por esta razón son anémicos, es decir, carecen de sangre, y son llamados inmortales.

Dice con verdad y propiedad: «son llamados». Son llamados inmortales, pero no son lo que se les llama. Murieron la muerte de la maldad.

Nosotros adoramos a Dios, no a un dios que comenzó a existir, sino a Aquel que siempre fue y siempre es, y que está por encima de toda causa, de todo razonamiento y de toda mente o naturaleza creada.

Honramos y veneramos a la Madre de Dios, sin atribuirle la generación eterna de su divinidad, porque la generación de Dios Verbo no tuvo lugar en el tiempo, sino que es coeterna con el Padre.

Reconocemos una segunda generación, cuando voluntariamente asumió la carne, y conocemos la causa de esta generación.

Aquel que no tiene principio ni cuerpo tomó carne por nosotros y se hizo uno de nosotros.

Tomando carne de esta Virgen sagrada, nació sin intervención de varón, permaneciendo perfecto Dios y haciéndose perfecto hombre: perfecto Dios en su carne y perfecto hombre en su divinidad.

Así pues, reconociendo en esta Virgen a la Madre de Dios, celebramos su dormición, sin proclamarla diosa —lejos de nosotros semejantes fábulas paganas—, pues anunciamos su muerte, pero reconociéndola como Madre de Dios encarnado.

Pueblo de Cristo, aclamémosla hoy con cánticos sagrados, reconozcamos nuestra buena fortuna y proclamémosla.

Honrémosla con vigilias nocturnas. Alegrémonos en la pureza de su alma y de su cuerpo, pues ella, después de Dios, supera a todos en pureza.

Es natural que las cosas semejantes se gloríen unas en otras.

Mostremos nuestro amor por ella mediante la compasión y la bondad hacia los pobres. Porque, si la misericordia es el mejor culto que podemos ofrecer a Dios, ¿quién se negará a manifestar de la misma manera su devoción a la Madre de Dios?

Ella abrió para nosotros el abismo inefable del amor de Dios.

Por medio de ella fue destruida la antigua enemistad contra el Creador. Por medio de ella quedó fortalecida nuestra reconciliación con Él; nos fueron concedidas la paz y la gracia; los hombres se convirtieron en compañeros de los ángeles y nosotros, que habíamos caído en deshonra, fuimos hechos hijos de Dios.

De ella hemos arrancado el fruto de la vida. De ella hemos recibido la semilla de la inmortalidad.

Ella es el canal de todos nuestros bienes.

En ella, Dios se hizo hombre y el hombre fue unido a Dios.

¿Qué puede haber más admirable o más bendito?

Me acerco a este misterio con temor y temblor.

Con María, la profetisa, jóvenes almas, hagamos resonar nuestros instrumentos musicales, mortificando nuestros miembros terrenos, pues esta es la verdadera música espiritual.

Alégrense nuestras almas en el Arca de Dios, y caerán las murallas de Jericó, es decir, las fortalezas del enemigo.

Bailemos espiritualmente con David: hoy el Arca de Dios ha encontrado su descanso.

Con Gabriel, el gran Arcángel, exclamemos:

«Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo. Salve, océano inagotable de gracia. Salve, único refugio en la aflicción. Salve, medicina de los corazones. Salve, tú por quien la muerte ha sido expulsada y la vida establecida».

Y a ti me dirigiré como si estuvieras vivo, oh sepulcro santísimo, después del sepulcro vivificante de Nuestro Señor, fuente de la resurrección.

¿Dónde está el oro puro que las manos apostólicas te confiaron? ¿Dónde está el tesoro inagotable? ¿Dónde está el precioso receptáculo de Dios? ¿Dónde está la mesa viviente? ¿Dónde está el libro nuevo, en el cual fue escrito sin manos el incomprensible Verbo de Dios?

¿Dónde está el abismo de la gracia y el océano de sanación? ¿Dónde está la fuente vivificante? ¿Dónde está el dulce y amado cuerpo de la Madre de Dios?

¿Por qué buscas en el sepulcro a aquella que ha sido asunta a las moradas celestiales?

¿Por qué me haces responsable de no haberla conservado?

Yo no tuve poder para resistir las órdenes divinas.

Aquel cuerpo sagrado y santo dejó atrás el sudario, me llenó de dulce fragancia, me santificó con su contacto, cumplió el designio divino y después fue asumido, acompañado por los Ángeles, los Arcángeles y todas las potestades celestiales.

Ahora los ángeles me rodean y la gracia divina abunda en mí.

Yo soy médico de los enfermos. Soy fuente perpetua de salud y terror de los demonios. Soy ciudad de refugio para los fugitivos.

Acércate con fe y recibirás un mar de gracias.

Venid, vosotros cuya fe es débil.

Todos los que tenéis sed, venid a las aguas, según el mandato de Isaías; y vosotros que no tenéis dinero, venid y comprad sin pagar.

A todos dirijo la invitación del Evangelio.

Quien desee la curación del cuerpo o del alma, el perdón de sus pecados, la liberación de la desgracia o la posesión del cielo, acérquese a mí con fe y extraiga de aquí una corriente abundante y poderosa de gracia.

Así como una misma agua produce efectos distintos en la tierra, en el aire y bajo el sol, según la naturaleza de cada cosa, dando vino en la vid y aceite en el olivo, del mismo modo una misma gracia beneficia a cada persona según sus necesidades.

Yo no poseo esta gracia por mí mismo.

Siendo un sepulcro destinado a la corrupción, un objeto de tristeza y abatimiento, recibí un ungüento precioso, quedé impregnado de él y su dulce fragancia transformó mi condición mientras permaneció en mí.

Verdaderamente, las gracias divinas fluyen donde quieren.

Yo albergué la fuente de la alegría y me he enriquecido con su manantial perpetuo.

¿Qué responderemos al sepulcro?

Verdaderamente posees una gracia rica y permanente; pero el poder divino no está limitado a un lugar, ni tampoco la acción de la Madre de Dios.

Si estuviera confinada únicamente al sepulcro, pocos se enriquecerían con ella. Ahora se distribuye libremente por todas las regiones del mundo.

Hagamos, pues, de nuestra memoria un santuario de la Madre de Dios.

¿Cómo podremos hacerlo?

Ella es Virgen y ama la virginidad. Es pura y ama la pureza.

Si purificamos nuestra mente junto con nuestro cuerpo, poseeremos su gracia.

Ella rehúye toda impureza y todas las pasiones impuras. Aborrece la intemperancia y tiene un odio especial hacia la fornicación. Se aparta de sus seducciones como de una cría de serpientes.

Considera todo pecado como algo que produce la muerte y se alegra en toda obra buena.

Los contrarios son curados por sus contrarios.

Ella se complace en el ayuno, en la continencia, en los cánticos espirituales, en la pureza, en la virginidad y en la sabiduría. Con estas cosas vive siempre en paz y las estrecha contra su corazón.

Abraza como hijos suyos la paz, la mansedumbre, el amor, la misericordia y la humildad.

En una palabra, se entristece por todo pecado y se alegra de todo bien como si fuera suyo.

Si nos apartamos sinceramente de nuestros antiguos pecados, amamos el bien con todo nuestro corazón y lo hacemos compañero constante de nuestra vida, ella visitará frecuentemente a sus servidores, trayendo consigo todas las bendiciones y, con ellas, a Cristo, su Hijo, Rey y Señor, que reinará en nuestros corazones.

A Él sea la gloria, la alabanza, el honor, el poder y la magnificencia, juntamente con el Padre eterno y el Espíritu Santo, ahora y siempre y por todos los siglos.

Amén.



Del sitio fisheaters.com 

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Dios te salve, Reina y Madre — Scott Hahn 

Scott Hahn presenta en este libro una explicación clara y accesible del lugar de la Virgen María en la Sagrada Escritura. A través de figuras como la Nueva Eva, la Reina Madre y la Mujer del Apocalipsis, muestra cómo la doctrina mariana está profundamente arraigada en la Biblia. Es una excelente introducción para comprender mejor la misión de María en la historia de la salvación y para responder a muchas objeciones comunes contra la devoción católica a la Virgen. 

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La vida intelectual — A.-D. Sertillanges, O.P. 

Un clásico sobre la vocación al estudio y la búsqueda de la verdad. Sertillanges muestra que la vida intelectual exige disciplina, silencio, buenos hábitos, lectura seria y una profunda unidad entre estudio y vida espiritual. Más que un manual para académicos, es una invitación a ordenar la inteligencia hacia lo verdaderamente importante y a comprender el estudio como una tarea noble que también puede dar gloria a Dios. 

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Literatura

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La utilidad de leer. Ensayos escogidos — G. K. Chesterton 

Esta breve antología reúne algunos de los ensayos más agudos y entretenidos de Chesterton sobre la lectura, la literatura, la educación y la cultura. Con su característico ingenio, paradojas y sentido común, Chesterton defiende el valor de los buenos libros y muestra cómo la lectura puede ensanchar la inteligencia y ayudarnos a mirar la realidad con mayor profundidad. Una excelente introducción para quienes todavía no conocen a este gran autor católico. 

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Santos que seguro no conocías

San Gaugerico, Obispo y Confesor – 11 de agosto

Desde su juventud, Gaugerico llevó una vida piadosa y devota; todo parecía combinarse para prepararlo para la carrera de celo y devoción que más tarde iba a abrazar.

Durante una de sus visitas episcopales, San Magnerico, Obispo de Trier, quedó admirado de la conducta ejemplar del joven y concibió la idea de reclutarlo para que integrara las líneas de sus clérigos. Gaugerico, dicen sus biógrafos, aún no había sido ordenado diácono y ya sabía todo el Salterio de memoria.

Fue ordenado por San Magnericus. En 586 la sede episcopal de Cambrai-Arras quedó vacante, y Gaugerico fue llamado para ocuparla. El Rey Childebert II dio su consentimiento e impartió instrucciones a Egidius, Metropolitano de Reims, para que consagrara al nuevo obispo.

Lleno de celo apostólico, Gaugerico dedicó su vida a exterminar el paganismo que contaminaba la vida del distrito sujeto a su autoridad. Erigió la iglesia de San Medardo en la principal ciudad de Cambrai. Con frecuencia visitaba las zonas rurales desplegando particular solicitud en el rescate de cautivos. Lo nombraron Obispo de Cambrai y Arras, Francia, y fundó el Monasterio de San Medardo, que se convirtió en el corazón de la ciudad de Bruselas, Bélgica. Fue obispo durante treinta y nueve años e implacable adversario del paganismo.

Pero sucesos políticos pronto introdujeron nuevas autoridades, cuando Clotario II (629) tomó posesión de Cambrai. El obispo fue a presentar sus respetos al conquistador en su villa de Chelles, probablemente en 613. En octubre de 614, Godardo asistió al Concilio de París.

Murió después de treinta y nueve años de episcopado, y fue enterrado en la iglesia de San Medardo, en Cambrai. Inmediatamente después de su muerte, se estableció su culto. En tiempos de su sucesor, Bertoald, su tumba ya era objeto de ferviente veneración y el monasterio de San Medardo que él había fundado, prosperó con las ofrendas que le fueron ofrecidas.

Fuente: https://es.catholic.net/op/articulos/36578/gaugerico-de-cambrai-santo.html#modal

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