«Así, pues, quien come el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada uno a sí mismo, y entonces coma del pan y beba del cáliz; porque el que come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación» (1 Cor 11, 27-29).
El jueves, en la fiesta de Corpus Christi, leemos estas fuertes palabras de la primera carta de San Pablo a los Corintios. Con este tipo de lenguaje es evidente que San Pablo no entendía la Eucaristía como algo meramente simbólico. Y, al escuchar estas palabras, seguramente vienen a nuestra mente toda clase de abusos que tristemente hemos tenido que presenciar.
Gracias a Dios, el Papa León comentó lo siguiente en una audiencia la semana pasada:
«Exhorto, por lo tanto, a todos aquellos que están llamados a preparar la celebración de los divinos misterios, en particular a los sacerdotes que ejercen el ministerio de la presidencia litúrgica, a custodiar siempre ese respeto de los textos y de los ordenamientos de la liturgia».
Y explicó, además, que la liturgia dignamente celebrada debe ser un motor de evangelización.
Creo que la verdad de esta observación es bastante clara para nosotros. La dignidad y la sublimidad de la liturgia atraen a las personas porque el corazón humano que busca a Dios busca algo sublime.
Es un fenómeno internacional que las misas tradicionales estén llenas de jóvenes. Y este año, en muchas partes del mundo, ha habido numerosas conversiones al catolicismo, especialmente dentro de comunidades vinculadas a la tradición.
Por eso la Iglesia siempre ha considerado su liturgia como un medio de evangelización más poderoso incluso que los mejores sermones. Como nos decía un profesor en el seminario: «Nunca arruinen una misa perfecta con un sermón inútil». Sin embargo, para muchos católicos sucede justamente lo contrario. Lo más atractivo de una misa es, tal vez, el sermón; y si el sermón es malo, concluyen que la misa fue una pérdida de tiempo.
Pero si realmente creemos que nada atrae más almas a Cristo que la liturgia, donde Él mismo hace presentes las realidades divinas, entonces todo lo que invertimos en la dignidad de la liturgia es un acto de evangelización y el servicio más importante que podemos prestar a Dios.
Esta idea es uno de los motivos de la fiesta de Corpus Christi y del hecho de que sea una fiesta de precepto. Todos necesitamos recordar el don que hemos recibido en la Eucaristía, y tenemos la obligación de rendir a Dios este culto públicamente, porque todavía son muchos los que lo ignoran.
Aunque existen interpretaciones modernistas acerca de lo que significa participar en la liturgia, también existe una manera tradicional de entender nuestra participación. Participamos asistiendo y preparándonos espiritualmente. Participamos mejor cuando procuramos alejarnos de las distracciones, cuando venimos con la conciencia limpia y cuando unimos nuestros sacrificios cotidianos al sacrificio del sacerdote.
Además, siempre ha sido una realidad que la liturgia no puede ser únicamente obra del sacerdote. El sacerdote tiene el papel más importante y visible, pero existen muchas otras contribuciones que ayudan a la dignidad de la liturgia. Tal vez el mínimo necesario sea un sacerdote y un acólito. Pero si no hay quien cante, si no hay quien limpie, si no hay quien mantenga el orden, si no hay quien cuide el mantenimiento del templo y tantas otras cosas, la liturgia pierde algo de su esplendor. Claro, sabemos que por ser misa y por ende la acción de Cristo a través de la Iglesia hay valor objetivo infinito. Sin embargo, esto no significa que no tenemos deber de hacer todo lo posible para darle a la misa una dignidad lo más esplendida posible en cuanto nos toque a nosotros. Quien ama siempre busca dar lo máximo, no lo mínimo y aunque no podemos aumentar la gloria intrínseca ni de Dios ni de la Santa Misa, si estamos llamados a difundir y aumentar su gloria extrínseca.
Y si uno es consciente de estas necesidades y no hace nada para ayudar, pensando que alguien más lo hará, o que uno solamente quiere disfrutar de la misa, o que le da pena servir, entonces tampoco está discerniendo plenamente el Cuerpo y la Sangre del Señor, aunque comulgue. Es decir, no discernimos adecuadamente el Cuerpo y la Sangre porque no apreciamos su verdadero valor.
Si realmente apreciáramos ese valor, sería siempre un honor acolitar, cantar, planchar un mantel o realizar cualquier tarea que contribuya a una celebración más digna. En cambio, cuando no nos movemos porque tenemos otras prioridades o porque consideramos que nuestro tiempo es demasiado valioso para dedicarlo a estas cosas, estamos diciendo, en la práctica, que el valor de Nuestro Señor es menor de lo que realmente es. Estamos diciendo que no vale la inversión de nuestro tiempo. Y si algo queda descuidado y el Señor es deshonrado, pensamos que no es tan importante.
Ojalá que todos podamos reflexionar sobre esto, especialmente cuando nos molesta muchísimo ver las muchas faltas de reverencia que prevalecen en la Iglesia. Antes de limitarnos a enojarnos, preguntémonos: «¿Qué he hecho yo para contribuir a la dignidad de los sagrados misterios?».
Y, al mismo tiempo, recordemos que existen muchas maneras —de gravedad muy diversa, ciertamente— en las que una persona puede dejar de apreciar plenamente el valor de la presencia de Nuestro Señor en la Eucaristía y en el culto que le debemos. Por eso conviene meditar siempre las palabras de San Pablo:
«Examínese, pues, el hombre a sí mismo, y entonces coma del pan y beba del cáliz; porque el que come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación» (1 Cor 11, 28-29).