Volver a todos los Boletines

14to Domingo después de Pentecostés

Misión en Ecuador - ¡Jesús resucitado sigue siendo víctima! - San Petronio, Obispo y Confesor

Misión en Ecuador - ¡Jesús resucitado sigue siendo víctima! - San Petronio, Obispo y Confesor

LAS TRES CONCUPISCENCIAS. — La vida sobrenatural, para llegar a su pleno desarrollo en las almas, tiene que triunfar de tres enemigos que San Juan ha llamado concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y orgullo de vida Acabamos de ver, en la Epístola del día, el obstáculo que opone el primero de estos enemigos al Espíritu Santo y la manera de vencerle; la humildad (y sobre ella la Iglesia ha llamado más de una vez la atención en los Domingos precedentes) es la destrucción del orgullo de la vida. El Evangelio que acabamos de este Domingo tiene por objeto la concupiscencia de los ojos, o sea, el apego a los bienes de este mundo, que no tienen de bienes más que la falsa apariencia. “Nadie, dice el Hombre-Dios, puede servir a dos señores”; y estos dos señores de quien habla son Dios y Mammón, o sea, la riqueza. Y no es que la riqueza sea mala en sí misma. Adquirida legítimamente y empleada según la voluntad del supremo Señor, sirve para ganar los verdaderos bienes, y amontonar por adelantado en la patria eterna los tesoros que no temen a los ladrones ni a la polilla Aunque la pobreza sea la hidalguía de los cielos desde que el Verbo divino se desposó con ella, incumbe una gran función al rico, puesto en nombre del Altísimo para hacer útiles las diversas porciones de la creación material.

(EL AÑO LITÚRGICO – Dom Prospero Gueranger, DECIMOCUARTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS)

Desde el Escritorio del Párroco

Aquí en Ecuador nos invitaron a visitar la escuela pública del pueblo. Fuimos para invitar a los alumnos a participar en la catequesis y en algunas otras actividades que estamos organizando, como talleres de coro y acolitado. ¡Qué interesante poder entrar en una escuela del gobierno y hablar sin miedo de Cristo!

También fue muy interesante —y triste— constatar la pobre situación espiritual de muchos de los jóvenes. Tal vez no sea tan diferente de la realidad que encontramos en México y en tantas otras partes del mundo. Sin embargo, la experiencia me hizo pensar en una conocida frase del santo Cura de Ars:

“Sin el sacerdote, la muerte y la Pasión de Nuestro Señor no servirían de nada… El sacerdote continúa la obra de la Redención sobre la tierra… Dejad una parroquia veinte años sin sacerdote, y allí adorarán a las bestias.”

Cuando entramos en las aulas de los jóvenes de preparatoria, nos impactó darnos cuenta de cuántos ni siquiera habían hecho su Primera Comunión. La mayoría se mostraba bastante apática. En un momento les preguntamos: si no hay Dios, ¿para qué existimos? Un muchacho respondió sencillamente: “Para trabajar.”

La respuesta provocó la risa de muchos de sus compañeros. Ojalá se hayan reído porque les pareció una respuesta absurda. Sin embargo, aquel momento nos hizo percibir con mayor claridad la realidad de la batalla espiritual.

Otro encuentro durante la misma visita me impresionó todavía más. Mientras platicábamos con un grupo de muchachos durante el recreo, surgió el tema de las mujeres. Uno de ellos me dio a entender que buena parte de su vida consiste simplemente en buscar mujeres y la manera de estar con ellas, casi dejándose llevar por el instinto como los animales.

A propósito de esto le expliqué que nosotros, los sacerdotes, vivimos el celibato: renunciamos al matrimonio y a formar nuestra propia familia. Su respuesta fue inmediata: “Bueno, pero aunque no se casen, de todos modos pueden tener unas mujeres.”

Le expliqué que no. Precisamente porque amamos a Jesucristo y creemos que su Reino vale más que cualquier cosa de este mundo, renunciamos voluntariamente incluso a cosas que son buenas: al matrimonio, a una esposa y a una familia propia. Le expliqué también que por eso llevamos la sotana negra: como signo de que queremos estar muertos al mundo para entregarnos enteramente al servicio de Dios y de las almas.

El muchacho me miró sorprendido y respondió: “Ay, ¿cómo puede vivir uno así?”

Su reacción decía mucho. Qué triste es que una persona llegue a concebir la vida de tal manera que no pueda imaginar una felicidad que vaya más allá de los placeres de la carne. Para quien solamente conoce el placer, el sacrificio parece una desgracia; pero para quien conoce el verdadero amor, el sacrificio es precisamente una de sus expresiones más grandes. El problema no es amar demasiado las cosas buenas de este mundo, sino no haber descubierto todavía un Bien tan grande que valga la pena dejarlo todo por Él.

Sabemos que el hombre puede llegar al conocimiento de la existencia de Dios por medio de la razón. Sabemos también que el corazón humano tiene un vacío que solamente Dios puede llenar. Pero ¿qué sucede cuando el hombre deja incluso de buscar una vida conforme a la virtud natural? ¿Qué sucede cuando pierde la esperanza de algo superior y se limita a sobrevivir, trabajar y buscar los placeres de la carne?

Es muy triste ver al hombre perder todo sentido de lo sobrenatural.

El Padre Proust tendrá mucho trabajo por hacer aquí en Guale, Ecuador. Pero, en realidad, el reto no es tan diferente del que encontramos en cualquier otra parte del mundo. Tal vez aquí sea simplemente más evidente porque muchas personas han vivido durante mucho tiempo sin una formación sólida en la fe.

Curiosamente, el Evangelio de la Misa nos habla precisamente de esta situación. Nuestro Señor insiste en que no debemos preocuparnos excesivamente por las cosas de este mundo, porque Dios sabe perfectamente lo que necesitamos. Basta observar cómo Dios cuida de las demás criaturas.
Y, sin embargo, nosotros, que somos las criaturas racionales, creadas a imagen de Dios y llamadas a ser sus hijos, somos precisamente quienes más fácilmente nos afanamos por las cosas de esta vida y olvidamos las de arriba.

Cuando comenzamos a dedicar demasiada atención a las cosas de este mundo, poco a poco terminan ocupando cada vez más espacio en nuestra mente y en nuestro corazón. Por eso la tradición espiritual identifica al mundo como uno de los tres grandes enemigos del alma, junto con el demonio y la carne.

Por una parte, en este pequeño pueblo de Guale, tan alejado de todo, existe una oportunidad especial para vivir con menos distracciones. Desgraciadamente, los teléfonos celulares, que hoy están en las manos de casi todos, incluso de los más pobres, permiten que lo peor del mundo llegue hasta los lugares más apartados.

Si no procuramos recordar constantemente las cosas de Dios por medio de la liturgia, la oración, los sacramentos, la lectura espiritual y una vida verdaderamente cristiana, es muy fácil caer en las trampas del mundo y olvidar para qué hemos sido creados: para conocer, amar y servir a Dios en esta vida y gozar de Él eternamente en la otra.

Tanto en Guadalajara como en Guale necesitamos recordar las palabras de Nuestro Señor: “Nadie puede servir a dos señores.” No podemos hacer una tregua con el espíritu del mundo. No basta una fe cómoda, superficial o a medias. Tenemos que estar verdaderamente convencidos de que solamente una vida ordenada completamente hacia Dios tiene sentido.

Durante aquella visita a la escuela me impresionó tanto escuchar a un joven decir, como si fuera la cosa más natural del mundo, que existimos simplemente “para trabajar”, que le respondí: “Si fuera así, ¡qué lástima! Si estamos aquí solamente para trabajar, sufrir unos años y finalmente convertirnos en comida de gusanos, ¿qué sentido tendría soportar todas las dificultades de la vida?”

Precisamente ahí aparece la tragedia del hombre moderno. No es que haya dejado de tener un destino eterno. Ha dejado de pensar en él. Puede olvidar a Dios, pero no por eso deja de haber sido creado por Dios. Puede vivir como si solamente existiera este mundo, pero no por eso desaparecen el cielo, el infierno, el juicio ni la eternidad.

Nuestro cuerpo ciertamente morirá y volverá al polvo. Nuestra alma, en cambio, no muere. Hemos sido creados para una eternidad con Dios y corremos el peligro real de perderla eternamente por el pecado.

Por eso nuestra presencia aquí no consiste simplemente en organizar actividades, reparar una iglesia o enseñar algunas oraciones. Estamos aquí para trabajar por la salvación de las almas.

Y la visita a aquella escuela nos recordó cuánto trabajo queda por hacer.

Aquí en Ecuador nos invitaron a visitar la escuela pública del pueblo. Fuimos para invitar a los alumnos a participar en la catequesis y en algunas otras actividades que estamos organizando, como talleres de coro y acolitado. ¡Qué interesante poder entrar en una escuela del gobierno y hablar sin miedo de Cristo!

También fue muy interesante —y triste— constatar la pobre situación espiritual de muchos de los jóvenes. Tal vez no sea tan diferente de la realidad que encontramos en México y en tantas otras partes del mundo. Sin embargo, la experiencia me hizo pensar en una conocida frase del santo Cura de Ars:

“Sin el sacerdote, la muerte y la Pasión de Nuestro Señor no servirían de nada… El sacerdote continúa la obra de la Redención sobre la tierra… Dejad una parroquia veinte años sin sacerdote, y allí adorarán a las bestias.”

Cuando entramos en las aulas de los jóvenes de preparatoria, nos impactó darnos cuenta de cuántos ni siquiera habían hecho su Primera Comunión. La mayoría se mostraba bastante apática. En un momento les preguntamos: si no hay Dios, ¿para qué existimos? Un muchacho respondió sencillamente: “Para trabajar.”

La respuesta provocó la risa de muchos de sus compañeros. Ojalá se hayan reído porque les pareció una respuesta absurda. Sin embargo, aquel momento nos hizo percibir con mayor claridad la realidad de la batalla espiritual.

Otro encuentro durante la misma visita me impresionó todavía más. Mientras platicábamos con un grupo de muchachos durante el recreo, surgió el tema de las mujeres. Uno de ellos me dio a entender que buena parte de su vida consiste simplemente en buscar mujeres y la manera de estar con ellas, casi dejándose llevar por el instinto como los animales.

A propósito de esto le expliqué que nosotros, los sacerdotes, vivimos el celibato: renunciamos al matrimonio y a formar nuestra propia familia. Su respuesta fue inmediata: “Bueno, pero aunque no se casen, de todos modos pueden tener unas mujeres.”

Le expliqué que no. Precisamente porque amamos a Jesucristo y creemos que su Reino vale más que cualquier cosa de este mundo, renunciamos voluntariamente incluso a cosas que son buenas: al matrimonio, a una esposa y a una familia propia. Le expliqué también que por eso llevamos la sotana negra: como signo de que queremos estar muertos al mundo para entregarnos enteramente al servicio de Dios y de las almas.

El muchacho me miró sorprendido y respondió: “Ay, ¿cómo puede vivir uno así?”

Su reacción decía mucho. Qué triste es que una persona llegue a concebir la vida de tal manera que no pueda imaginar una felicidad que vaya más allá de los placeres de la carne. Para quien solamente conoce el placer, el sacrificio parece una desgracia; pero para quien conoce el verdadero amor, el sacrificio es precisamente una de sus expresiones más grandes. El problema no es amar demasiado las cosas buenas de este mundo, sino no haber descubierto todavía un Bien tan grande que valga la pena dejarlo todo por Él.

Sabemos que el hombre puede llegar al conocimiento de la existencia de Dios por medio de la razón. Sabemos también que el corazón humano tiene un vacío que solamente Dios puede llenar. Pero ¿qué sucede cuando el hombre deja incluso de buscar una vida conforme a la virtud natural? ¿Qué sucede cuando pierde la esperanza de algo superior y se limita a sobrevivir, trabajar y buscar los placeres de la carne?

Es muy triste ver al hombre perder todo sentido de lo sobrenatural.

El Padre Proust tendrá mucho trabajo por hacer aquí en Guale, Ecuador. Pero, en realidad, el reto no es tan diferente del que encontramos en cualquier otra parte del mundo. Tal vez aquí sea simplemente más evidente porque muchas personas han vivido durante mucho tiempo sin una formación sólida en la fe.

Curiosamente, el Evangelio de la Misa nos habla precisamente de esta situación. Nuestro Señor insiste en que no debemos preocuparnos excesivamente por las cosas de este mundo, porque Dios sabe perfectamente lo que necesitamos. Basta observar cómo Dios cuida de las demás criaturas.
Y, sin embargo, nosotros, que somos las criaturas racionales, creadas a imagen de Dios y llamadas a ser sus hijos, somos precisamente quienes más fácilmente nos afanamos por las cosas de esta vida y olvidamos las de arriba.

Cuando comenzamos a dedicar demasiada atención a las cosas de este mundo, poco a poco terminan ocupando cada vez más espacio en nuestra mente y en nuestro corazón. Por eso la tradición espiritual identifica al mundo como uno de los tres grandes enemigos del alma, junto con el demonio y la carne.

Por una parte, en este pequeño pueblo de Guale, tan alejado de todo, existe una oportunidad especial para vivir con menos distracciones. Desgraciadamente, los teléfonos celulares, que hoy están en las manos de casi todos, incluso de los más pobres, permiten que lo peor del mundo llegue hasta los lugares más apartados.

Si no procuramos recordar constantemente las cosas de Dios por medio de la liturgia, la oración, los sacramentos, la lectura espiritual y una vida verdaderamente cristiana, es muy fácil caer en las trampas del mundo y olvidar para qué hemos sido creados: para conocer, amar y servir a Dios en esta vida y gozar de Él eternamente en la otra.

Tanto en Guadalajara como en Guale necesitamos recordar las palabras de Nuestro Señor: “Nadie puede servir a dos señores.” No podemos hacer una tregua con el espíritu del mundo. No basta una fe cómoda, superficial o a medias. Tenemos que estar verdaderamente convencidos de que solamente una vida ordenada completamente hacia Dios tiene sentido.

Durante aquella visita a la escuela me impresionó tanto escuchar a un joven decir, como si fuera la cosa más natural del mundo, que existimos simplemente “para trabajar”, que le respondí: “Si fuera así, ¡qué lástima! Si estamos aquí solamente para trabajar, sufrir unos años y finalmente convertirnos en comida de gusanos, ¿qué sentido tendría soportar todas las dificultades de la vida?”

Precisamente ahí aparece la tragedia del hombre moderno. No es que haya dejado de tener un destino eterno. Ha dejado de pensar en él. Puede olvidar a Dios, pero no por eso deja de haber sido creado por Dios. Puede vivir como si solamente existiera este mundo, pero no por eso desaparecen el cielo, el infierno, el juicio ni la eternidad.

Nuestro cuerpo ciertamente morirá y volverá al polvo. Nuestra alma, en cambio, no muere. Hemos sido creados para una eternidad con Dios y corremos el peligro real de perderla eternamente por el pecado.

Por eso nuestra presencia aquí no consiste simplemente en organizar actividades, reparar una iglesia o enseñar algunas oraciones. Estamos aquí para trabajar por la salvación de las almas.

Y la visita a aquella escuela nos recordó cuánto trabajo queda por hacer.

A que no sabías que…

Aquí conoceremos más sobre temas litúrgicos.

Después de la Resurrección, Jesús ya no puede sufrir ni morir. Está glorificado a la derecha del Padre, con su Cuerpo, su Alma y su Divinidad.

Entonces, ¿cómo podemos decir que Cristo sigue siendo víctima?

Porque, aunque Jesús ya no muere, su sacerdocio permanece eternamente. Como dice la Carta a los Hebreos (7,24-25):

“Él posee un sacerdocio perpetuo, porque permanece para siempre. De ahí que pueda también salvar perfectamente a los que por él se acercan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor.”

Jesús resucitado ya no ofrece nuevamente su vida en un nuevo sacrificio cruento. El sacrificio de la Cruz ocurrió una sola vez y es definitivo. Pero Cristo glorioso permanece eternamente ante el Padre como Sacerdote y Víctima, intercediendo por nosotros.

Esto aparece de manera impresionante en el Apocalipsis (5,6). San Juan contempla en el cielo a Cristo bajo la figura de un Cordero Inmolado:

“Vi un Cordero, de pie, como degollado.”

¡Qué misterio tan grande! El Cordero está de pie: está vivo, ha resucitado y está glorioso. Pero aparece “como degollado”: lleva para siempre las marcas de su inmolación.

La visión del Apocalipsis nos revela así que el sacrificio de Cristo permanece eternamente ante el Padre.

Por eso, después de la Resurrección, quiso conservar en su Cuerpo las cinco llagas de la Pasión. Cuando Tomás dudó de que fuera realmente Jesús, el Señor le mostró sus manos y su costado:

“Trae tu dedo: aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado.”

(Juan 20,27)

Las llagas gloriosas de Cristo nos recuerdan que el sacrificio de Jesús no ha sido borrado por la Resurrección: ha sido llevado a la gloria. Cristo ya no sufre ni vuelve a morir, pero permanece eternamente como el Cordero inmolado, ofreciendo al Padre, de manera perpetua, el único sacrificio de su amor por nosotros.

Y esta verdad de nuestra fe se manifiesta de una manera muy bella en la liturgia de la Santa Misa, particularmente en el momento del ofertorio.

Cuando el sacerdote ofrece el pan y el vino a Dios, que serán consagrados y se convertirán en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, realiza unos gestos cargados de significado.

El sacerdote, después de pronunciar las oraciones respectivas, hace la señal de la cruz con el pan y después con el cáliz, justo antes de colocarlos sobre el corporal. Este gesto nos recuerda el carácter sacrificial de la Santa Misa: Cristo se hará presente en el altar como víctima, ofreciéndose por nosotros.

De hecho, la palabra “hostia” viene del latín hostia, que significa “víctima” u “ofrenda sacrificial”. Por eso, en la Hostia consagrada, Jesús se nos presenta como Cordero inmolado.

Y hay todavía otro detalle precioso: el paño litúrgico sobre el que se colocan el pan y el cáliz se llama corporal. Su nombre hace referencia al cuerpo de Cristo y evoca también la sábana que cubre el cuerpo de una persona fallecida.

Así, hasta los pequeños gestos y objetos de la liturgia nos ayudan a contemplar una verdad inmensa: el Cristo que murió en la Cruz es el Cristo que ha resucitado; y el Cristo resucitado es el Cordero inmolado que vive para siempre e intercede por nosotros ante el Padre, como Sacerdote y Víctima.

Después de la Resurrección, Jesús ya no puede sufrir ni morir. Está glorificado a la derecha del Padre, con su Cuerpo, su Alma y su Divinidad.

Entonces, ¿cómo podemos decir que Cristo sigue siendo víctima?

Porque, aunque Jesús ya no muere, su sacerdocio permanece eternamente. Como dice la Carta a los Hebreos (7,24-25):

“Él posee un sacerdocio perpetuo, porque permanece para siempre. De ahí que pueda también salvar perfectamente a los que por él se acercan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor.”

Jesús resucitado ya no ofrece nuevamente su vida en un nuevo sacrificio cruento. El sacrificio de la Cruz ocurrió una sola vez y es definitivo. Pero Cristo glorioso permanece eternamente ante el Padre como Sacerdote y Víctima, intercediendo por nosotros.

Esto aparece de manera impresionante en el Apocalipsis (5,6). San Juan contempla en el cielo a Cristo bajo la figura de un Cordero Inmolado:

“Vi un Cordero, de pie, como degollado.”

¡Qué misterio tan grande! El Cordero está de pie: está vivo, ha resucitado y está glorioso. Pero aparece “como degollado”: lleva para siempre las marcas de su inmolación.

La visión del Apocalipsis nos revela así que el sacrificio de Cristo permanece eternamente ante el Padre.

Por eso, después de la Resurrección, quiso conservar en su Cuerpo las cinco llagas de la Pasión. Cuando Tomás dudó de que fuera realmente Jesús, el Señor le mostró sus manos y su costado:

“Trae tu dedo: aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado.”

(Juan 20,27)

Las llagas gloriosas de Cristo nos recuerdan que el sacrificio de Jesús no ha sido borrado por la Resurrección: ha sido llevado a la gloria. Cristo ya no sufre ni vuelve a morir, pero permanece eternamente como el Cordero inmolado, ofreciendo al Padre, de manera perpetua, el único sacrificio de su amor por nosotros.

Y esta verdad de nuestra fe se manifiesta de una manera muy bella en la liturgia de la Santa Misa, particularmente en el momento del ofertorio.

Cuando el sacerdote ofrece el pan y el vino a Dios, que serán consagrados y se convertirán en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, realiza unos gestos cargados de significado.

El sacerdote, después de pronunciar las oraciones respectivas, hace la señal de la cruz con el pan y después con el cáliz, justo antes de colocarlos sobre el corporal. Este gesto nos recuerda el carácter sacrificial de la Santa Misa: Cristo se hará presente en el altar como víctima, ofreciéndose por nosotros.

De hecho, la palabra “hostia” viene del latín hostia, que significa “víctima” u “ofrenda sacrificial”. Por eso, en la Hostia consagrada, Jesús se nos presenta como Cordero inmolado.

Y hay todavía otro detalle precioso: el paño litúrgico sobre el que se colocan el pan y el cáliz se llama corporal. Su nombre hace referencia al cuerpo de Cristo y evoca también la sábana que cubre el cuerpo de una persona fallecida.

Así, hasta los pequeños gestos y objetos de la liturgia nos ayudan a contemplar una verdad inmensa: el Cristo que murió en la Cruz es el Cristo que ha resucitado; y el Cristo resucitado es el Cordero inmolado que vive para siempre e intercede por nosotros ante el Padre, como Sacerdote y Víctima.

Recomendaciones de lectura mensual

Recomendaciones de lectura mensual

Formación Espiritual

Formación Espiritual

Dios te salve, Reina y Madre — Scott Hahn 

Scott Hahn presenta en este libro una explicación clara y accesible del lugar de la Virgen María en la Sagrada Escritura. A través de figuras como la Nueva Eva, la Reina Madre y la Mujer del Apocalipsis, muestra cómo la doctrina mariana está profundamente arraigada en la Biblia. Es una excelente introducción para comprender mejor la misión de María en la historia de la salvación y para responder a muchas objeciones comunes contra la devoción católica a la Virgen. 

Dios te salve, Reina y Madre — Scott Hahn 

Scott Hahn presenta en este libro una explicación clara y accesible del lugar de la Virgen María en la Sagrada Escritura. A través de figuras como la Nueva Eva, la Reina Madre y la Mujer del Apocalipsis, muestra cómo la doctrina mariana está profundamente arraigada en la Biblia. Es una excelente introducción para comprender mejor la misión de María en la historia de la salvación y para responder a muchas objeciones comunes contra la devoción católica a la Virgen. 

Formación Intelectual

Formación Intelectual

La vida intelectual — A.-D. Sertillanges, O.P. 

Un clásico sobre la vocación al estudio y la búsqueda de la verdad. Sertillanges muestra que la vida intelectual exige disciplina, silencio, buenos hábitos, lectura seria y una profunda unidad entre estudio y vida espiritual. Más que un manual para académicos, es una invitación a ordenar la inteligencia hacia lo verdaderamente importante y a comprender el estudio como una tarea noble que también puede dar gloria a Dios. 

La vida intelectual — A.-D. Sertillanges, O.P. 

Un clásico sobre la vocación al estudio y la búsqueda de la verdad. Sertillanges muestra que la vida intelectual exige disciplina, silencio, buenos hábitos, lectura seria y una profunda unidad entre estudio y vida espiritual. Más que un manual para académicos, es una invitación a ordenar la inteligencia hacia lo verdaderamente importante y a comprender el estudio como una tarea noble que también puede dar gloria a Dios. 

Literatura

Literatura

La utilidad de leer. Ensayos escogidos — G. K. Chesterton 

Esta breve antología reúne algunos de los ensayos más agudos y entretenidos de Chesterton sobre la lectura, la literatura, la educación y la cultura. Con su característico ingenio, paradojas y sentido común, Chesterton defiende el valor de los buenos libros y muestra cómo la lectura puede ensanchar la inteligencia y ayudarnos a mirar la realidad con mayor profundidad. Una excelente introducción para quienes todavía no conocen a este gran autor católico. 

La utilidad de leer. Ensayos escogidos — G. K. Chesterton 

Esta breve antología reúne algunos de los ensayos más agudos y entretenidos de Chesterton sobre la lectura, la literatura, la educación y la cultura. Con su característico ingenio, paradojas y sentido común, Chesterton defiende el valor de los buenos libros y muestra cómo la lectura puede ensanchar la inteligencia y ayudarnos a mirar la realidad con mayor profundidad. Una excelente introducción para quienes todavía no conocen a este gran autor católico. 

Santos que seguro no conocías

San Petronio, Obispo y Confesor – 6 de septiembre

Desde muy antiguo, se une el recuerdo de San Petronio a los fieles de Bolonia, quienes comúnmente se denominan "Petronianos", con lo que demuestran eficazmente el afecto que los une a su Santo.

Petronio fue el octavo Obispo de Bolonia y vivió alrededor de la mitad del siglo V. Un siglo doloroso en la historia de Italia, a causa de las guerras, luchas y revueltas ocasionadas por la invasión bárbara.

Justamente en ese tiempo se desarrolla la obra providencial y benéfica del Santo, como la de muchísimos otros Obispos, que en las ciudades, privadas de todo apoyo y presa de todos los depredadores, representaban la única autoridad aceptable y aceptada, en defensa de los bienes tanto espirituales como materiales de sus fieles.

También Petronio, como muchos otros Obispos de aquel tiempo, provenía de la administración pública, ya que fue funcionario e hijo de funcionario. Si dice que nació en España, de padre romano, y También en España fue Prefecto del pretorio. Luego decidió encaminarse hacia el sacerdocio y se radicó en la ciudad de Bolonia hacia el año 430; el Papa Celestino I lo convenció para que ocupara la Cátedra boloñesa.

Bolonia era era entonces diócesis sufragánea de Milán, y los Obispos milaneses eran de gran peso. Uno fue el gran San Ambrosio, que consagró varias iglesias entre las cuales estaba la de los Mártires Vital y Agrícola.

Siguiendo esa línea, el Obispo Petronio costruyó otros edificios sacros, dando nacimiento a ese sugestivo complejo de monumentos que en Bolonia se denomina "las siete iglesias". También hizo construir, alrededor de las "siete iglesias", un barrio entero a imagen de Jerusalén y de sus santuarios, para mejor incentivar en el pueblo el culto a los Santos y la devoción a los sagrados misterios.

Antes de empezar con las iglesias, San Petronio había reconstruido las casas de los boloñeses. Alrededor de las casas, alargó y reforzó los muros de la ciudad. Fue un típico ejemplo de sabiduría, solícito tanto de los bienes espirituales como de los materiales de los fieles, y de la seguridad militar.

Su vida fue espiritualmente intensa, cerca de una comunidad de monjes contemplativos.

Una fuente no comprobada, le adjudica la fundación de la famosa universidad de Bolonia, la primera de Occidente. En el año 1388 se decidió edificar la basílica que lleva su nombre, que se convirtió en una de las más grandes y más bellas de la cristiandad.

San Petronio es el Patrono de la ciudad de Bolonia y de la región de la Emilia. Es invocado por los arquitectos y constructores de los templos y edificios eclesiásticos. Es muy venerado en toda la región italiana de la Emilia-Romana y su basílica es muy visitada.

El nombre: Petronio significa: "Que proviene de la ciudad romana de Pietrosa".

A San Petronio se lo identifica teniendo en sus manos o cerca de él a la ciudad de Bolonia que, como hemos dicho, embelleció con magníficos templos. El Niño Jesús bendice la ciudad italiana, sostenida por los ángeles, desde los brazos de la Santísima Virgen en el Cielo abierto. Lleva los ornamentos propios de los obispos (capa pluvial, mitra y báculo).

Fuente: https://www.es.catholic.net/op/articulos/34779/petronio-de-bolonia-santo.html#modal

Fraternidad Sacerdotal San Pedro Guadalajara

Contacto del Apostolado de Guadalajara

|

Enrique Díaz de León Sur 933, Col. Moderna

Donativos

Agradecemos su apoyo.

No podríamos realizar nuestra misión sin su ayuda.

Fieles a la Tradición de la Iglesia. "Ad Maiorem Dei Gloriam"

Copyright © 2026 FSSP en México A. C.