Volver a todos los Boletines

III Domingo después de Pascua

La importancia del bautismo - El Prefacio - ¿Va a haber un cisma en la Iglesia? - San Leónidas

La importancia del bautismo - El Prefacio - ¿Va a haber un cisma en la Iglesia? - San Leónidas

Jubílate Deo, omnis terra. Saboreando la alegría de la Resurrección, canta la iglesia su gozo y proclama la gloria del Señor. Pero en la tierra las fiestas de Pascua no son más que una anticipación de la Pascua eterna. La perfecta alegría nos aguarda en el cielo. Allí tendrá lugar el coronamiento de una vida cristiana practicada con fidelidad.

El programa de esta vida nos lo traza San Pedro de una manera sencilla a la vez que sublime. El cristiano marcha hacia la patria del cielo por su camino en  la tierra, observando continuamente todo cuanto le impone su existencia humana. Sabe que de esta forma agrada a Dios. Las mismas tribulaciones cumplen su cometido: darnos a luz a la vida eterna. Orientada así plenamente la vida del cristiano hacia el triunfo final, se convierte en un pugilato que ha de instaurar progresivamente en cada uno de nosotros la victoria ya obtenida en la persona del Salvador.

Desde el Escritorio del Párroco

La semana pasada reflexionamos sobre el sacramento del bautismo y su importancia en la temporada de Pascua. Constantemente la liturgia nos está recordando el poder del bautismo tanto para los nuevos conversos como para nosotros, que recibimos el bautismo hace mucho tiempo. Es una gran ayuda para nuestra vida espiritual si podemos estar muy conscientes de los cambios efectuados por el bautismo y de las responsabilidades en que incurrimos por haber renacido por el agua y el Espíritu Santo. Es muy probable que no sea solamente un fenómeno reciente el hecho de que muchos cristianos no piensen mucho en su bautismo, pero también el problema puede ser más grave por la gran falta de formación acerca de los sacramentos en general y del bautismo en particular.

En el libro Iota Unum, de Romano Amerio, encontramos muchas consideraciones sobre cambios en la práctica de la Iglesia al final del siglo XX. Hablando de los sacramentos, dice:

"Sin abandonar realmente la definición clásica de sacramento, se hace hincapié en el valor del signo y se resta importancia al contenido ontológico, lo que convierte al sacramento en un símbolo de acontecimientos subjetivos en la vida de quien lo recibe... Los símbolos permanecen, las realidades ontológicas desaparecen. En ese caso, los sacramentos se deslizan hacia el ámbito de la mera psicología y se convierten en símbolos como los que se utilizaban en la Antigua Alianza, o simplemente en ocasiones para despertar y expresar la fe."

Luego explica cómo esta tendencia se ha expresado especialmente en nuevas prácticas y actitudes acerca del bautismo. Ha habido una tendencia a ya no considerarlo tan importante, y a no bautizar a los bebés muy pronto después de nacer, porque ya no damos tanta prioridad a los efectos objetivos de los sacramentos y pensamos mucho más en lo que simbolizan o representan. Esta misma actitud lleva a algunos incluso a inventar nuevas ceremonias para que tengan más valor personal o circunstancial. Todo esto forma parte de una falta de aprecio en general por las realidades invisibles. La Iglesia nos enseña que el bautizado recibe los dones del Espíritu Santo, y que las virtudes teologales actúan aunque no se perciban y aunque aún no podamos notar sus efectos. El hecho de desacreditar todo el ámbito espiritual resulta en una tendencia a dar más importancia a lo que sí podemos percibir, cómo los sentimientos de los familiares, la calidad de la grabación y las fotos, o incluso a querer posponer el bautismo —siguiendo un pensamiento protestante— a una edad en la que el niño lo pueda entender.

Los sacramentos funcionan ex opere operato, lo que significa “por la obra realizada”, y cuando, en obediencia a Cristo que estableció todos los sacramentos y a la Iglesia a quien Cristo confió su administración y regulación, los recibimos, obtenemos sus efectos normalmente sin necesidad siquiera de saber cuáles son.

Es importante meditar sobre esta realidad, no solamente para apreciar más el bautismo, que funciona no sólo a través del poder de los actos simbólicos —que, por el poder de Cristo, tienen una eficacia real para producir lo que significan—, sino también, en este caso, a través de una intención vicaria. En el caso del infante que no tiene uso de razón, es la fe de la Iglesia, expresada por el deseo de sus padres, la que basta para recibir el sacramento válidamente con todo su poder. Idealmente, la Iglesia celebra el bautismo con unas ceremonias muy hermosas que piden eficazmente ciertas bendiciones y que nos enseñan con mucha claridad todo lo que realiza este maravilloso sacramento. Pero aun cuando es imposible realizar todas las ceremonias, como en el caso de un bautismo de emergencia en un hospital, el efecto principal se produce con todo su poder, aunque no haya nadie más que quien administra el sacramento para apreciar su valor simbólico.

En otros aspectos de nuestra vida espiritual podemos caer en el mismo error de exagerar el valor psicológico o subjetivo. Tal vez lo más común es cuando alguien juzga el valor de su confesión por cómo se siente o por la elocuencia de las palabras de consejo que da el confesor, o cuando juzgamos el valor de nuestra oración según los sentimientos que produce. Tengamos cuidado de evitar este error. También, si no has asistido a un bautismo tradicional, sería muy provechoso buscar una oportunidad; o, aun si lo has visto varias veces, ayudaría mucho a la vida espiritual meditar sus ceremonias y las palabras del rito para apreciar mejor los efectos que ha producido en nosotros y para entender más los frutos que debe estar produciendo.

La semana pasada reflexionamos sobre el sacramento del bautismo y su importancia en la temporada de Pascua. Constantemente la liturgia nos está recordando el poder del bautismo tanto para los nuevos conversos como para nosotros, que recibimos el bautismo hace mucho tiempo. Es una gran ayuda para nuestra vida espiritual si podemos estar muy conscientes de los cambios efectuados por el bautismo y de las responsabilidades en que incurrimos por haber renacido por el agua y el Espíritu Santo. Es muy probable que no sea solamente un fenómeno reciente el hecho de que muchos cristianos no piensen mucho en su bautismo, pero también el problema puede ser más grave por la gran falta de formación acerca de los sacramentos en general y del bautismo en particular.

En el libro Iota Unum, de Romano Amerio, encontramos muchas consideraciones sobre cambios en la práctica de la Iglesia al final del siglo XX. Hablando de los sacramentos, dice:

"Sin abandonar realmente la definición clásica de sacramento, se hace hincapié en el valor del signo y se resta importancia al contenido ontológico, lo que convierte al sacramento en un símbolo de acontecimientos subjetivos en la vida de quien lo recibe... Los símbolos permanecen, las realidades ontológicas desaparecen. En ese caso, los sacramentos se deslizan hacia el ámbito de la mera psicología y se convierten en símbolos como los que se utilizaban en la Antigua Alianza, o simplemente en ocasiones para despertar y expresar la fe."

Luego explica cómo esta tendencia se ha expresado especialmente en nuevas prácticas y actitudes acerca del bautismo. Ha habido una tendencia a ya no considerarlo tan importante, y a no bautizar a los bebés muy pronto después de nacer, porque ya no damos tanta prioridad a los efectos objetivos de los sacramentos y pensamos mucho más en lo que simbolizan o representan. Esta misma actitud lleva a algunos incluso a inventar nuevas ceremonias para que tengan más valor personal o circunstancial. Todo esto forma parte de una falta de aprecio en general por las realidades invisibles. La Iglesia nos enseña que el bautizado recibe los dones del Espíritu Santo, y que las virtudes teologales actúan aunque no se perciban y aunque aún no podamos notar sus efectos. El hecho de desacreditar todo el ámbito espiritual resulta en una tendencia a dar más importancia a lo que sí podemos percibir, cómo los sentimientos de los familiares, la calidad de la grabación y las fotos, o incluso a querer posponer el bautismo —siguiendo un pensamiento protestante— a una edad en la que el niño lo pueda entender.

Los sacramentos funcionan ex opere operato, lo que significa “por la obra realizada”, y cuando, en obediencia a Cristo que estableció todos los sacramentos y a la Iglesia a quien Cristo confió su administración y regulación, los recibimos, obtenemos sus efectos normalmente sin necesidad siquiera de saber cuáles son.

Es importante meditar sobre esta realidad, no solamente para apreciar más el bautismo, que funciona no sólo a través del poder de los actos simbólicos —que, por el poder de Cristo, tienen una eficacia real para producir lo que significan—, sino también, en este caso, a través de una intención vicaria. En el caso del infante que no tiene uso de razón, es la fe de la Iglesia, expresada por el deseo de sus padres, la que basta para recibir el sacramento válidamente con todo su poder. Idealmente, la Iglesia celebra el bautismo con unas ceremonias muy hermosas que piden eficazmente ciertas bendiciones y que nos enseñan con mucha claridad todo lo que realiza este maravilloso sacramento. Pero aun cuando es imposible realizar todas las ceremonias, como en el caso de un bautismo de emergencia en un hospital, el efecto principal se produce con todo su poder, aunque no haya nadie más que quien administra el sacramento para apreciar su valor simbólico.

En otros aspectos de nuestra vida espiritual podemos caer en el mismo error de exagerar el valor psicológico o subjetivo. Tal vez lo más común es cuando alguien juzga el valor de su confesión por cómo se siente o por la elocuencia de las palabras de consejo que da el confesor, o cuando juzgamos el valor de nuestra oración según los sentimientos que produce. Tengamos cuidado de evitar este error. También, si no has asistido a un bautismo tradicional, sería muy provechoso buscar una oportunidad; o, aun si lo has visto varias veces, ayudaría mucho a la vida espiritual meditar sus ceremonias y las palabras del rito para apreciar mejor los efectos que ha producido en nosotros y para entender más los frutos que debe estar produciendo.

A que no sabías que…

Aquí conoceremos más sobre temas litúrgicos.

El Misal de 1962 contiene veinte Prefacios (incluyendo los cinco llamados Prefacios galicanos añadidos por el Papa san Juan XXIII en noviembre de ese mismo año), pero puede ser más preciso decir, con el Abbé Claude Barthe, que el Rito Romano tiene un solo Prefacio con veinte opciones diferentes, así como hay un solo Canon Romano con distintas versiones del Communicantes y del Hanc Igitur.

La apertura

La apertura del Prefacio es casi siempre la misma:

Vere dignum et justum est, aequum et salutáre, nos tibi semper et ubíque gratias ágere, Dómine sancte, Pater omnípotens, ætérne Deus:

Lo cual se traduce como:

Verdaderamente es digno y justo, equitativo y saludable, que en todo tiempo y en todo lugar te demos gracias, Señor santo, Padre omnipotente, Dios eterno;

Las dos excepciones son el Prefacio de Pascua y el Prefacio de los Apóstoles o Evangelistas. El primero expresa la pura exuberancia del tiempo pascual:

Verdaderamente es digno y justo, equitativo y saludable, que en todo tiempo, pero más especialmente en este día [o en este tiempo], proclamemos tu gloria, Señor, cuando Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado:

El Prefacio de los Apóstoles es más inusual, ya que se dirige a Dios Hijo en lugar de Dios Padre:

Verdaderamente es digno y justo, equitativo y saludable, suplicarte humildemente a ti, Señor, Pastor eterno, que no abandones a tu grey, sino que la guardes bajo continua protección por medio de tus bienaventurados Apóstoles…

En conjunto, todos los Prefacios declaran que dar gracias a Dios en todo lugar y siempre, exaltar la gloria de Dios y suplicarle humildemente tienen en común cuatro cualidades: son dignum et justum, aequum et salutare. Por ahora comentaremos el aequum et salutare.

Aequus, que etimológicamente está relacionado con “igualdad” y “equidad”, originalmente se refería a una superficie que era llana o uniforme, y precisamente por ser llana o uniforme (a diferencia de empinada o irregular), se consideraba favorable o ventajosa. Aplicando esta noción al ámbito moral, ser aequus era ser equilibrado, justo, equitativo e imparcial. A partir de esta comprensión se desarrolló la fórmula aequum est más un verbo en infinitivo, cuyo significado es “es razonable, apropiado, correcto, etc.” 

Parece que la afirmación del Prefacio es que dar gracias a Dios es tanto moralmente correcto como altamente ventajoso para nosotros. Por supuesto, se puede argumentar que ambas cosas son lo mismo: ser justo es actuar en favor del propio bien verdadero y viceversa. Tal es la tesis del clásico De officiis de Cicerón, con la cual la teología moral católica está de acuerdo. Sin embargo, las dos ideas son distintas. 

Decir que dar gracias a Dios es dignum es afirmar que vale la pena; y decir que es salutare es afirmar, como hacen varios misales manuales anteriores al Concilio, que es “provechoso para nuestra salvación”. Estos conceptos de ventaja apelan, si se quiere, a nuestro interés propio bien entendido.

Justum, por otra parte, invoca claramente la justicia, y creo que aequum cumple un papel similar al afirmar la rectitud moral de la acción de gracias. Por ello, parece mejor seguir los misales manuales preconciliares cuando traducen aequum como “recto” o “justo”. Hay traducciones modernas que también reconocen la connotación moral de aequum en este contexto, pero posiblemente va demasiado lejos al traducirlo como “nuestro deber”, pues no todo lo que es recto constituye un deber (puede ser bueno que yo tome una copa de vino con la cena, pero no es un deber). De modo similar, se puede considerar que la nueva traducción de salutare como “nuestra salvación” también exagera, ya que nuestra salvación y aquello que contribuye a nuestra salvación no son exactamente lo mismo.

El Misal de 1962 contiene veinte Prefacios (incluyendo los cinco llamados Prefacios galicanos añadidos por el Papa san Juan XXIII en noviembre de ese mismo año), pero puede ser más preciso decir, con el Abbé Claude Barthe, que el Rito Romano tiene un solo Prefacio con veinte opciones diferentes, así como hay un solo Canon Romano con distintas versiones del Communicantes y del Hanc Igitur.

La apertura

La apertura del Prefacio es casi siempre la misma:

Vere dignum et justum est, aequum et salutáre, nos tibi semper et ubíque gratias ágere, Dómine sancte, Pater omnípotens, ætérne Deus:

Lo cual se traduce como:

Verdaderamente es digno y justo, equitativo y saludable, que en todo tiempo y en todo lugar te demos gracias, Señor santo, Padre omnipotente, Dios eterno;

Las dos excepciones son el Prefacio de Pascua y el Prefacio de los Apóstoles o Evangelistas. El primero expresa la pura exuberancia del tiempo pascual:

Verdaderamente es digno y justo, equitativo y saludable, que en todo tiempo, pero más especialmente en este día [o en este tiempo], proclamemos tu gloria, Señor, cuando Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado:

El Prefacio de los Apóstoles es más inusual, ya que se dirige a Dios Hijo en lugar de Dios Padre:

Verdaderamente es digno y justo, equitativo y saludable, suplicarte humildemente a ti, Señor, Pastor eterno, que no abandones a tu grey, sino que la guardes bajo continua protección por medio de tus bienaventurados Apóstoles…

En conjunto, todos los Prefacios declaran que dar gracias a Dios en todo lugar y siempre, exaltar la gloria de Dios y suplicarle humildemente tienen en común cuatro cualidades: son dignum et justum, aequum et salutare. Por ahora comentaremos el aequum et salutare.

Aequus, que etimológicamente está relacionado con “igualdad” y “equidad”, originalmente se refería a una superficie que era llana o uniforme, y precisamente por ser llana o uniforme (a diferencia de empinada o irregular), se consideraba favorable o ventajosa. Aplicando esta noción al ámbito moral, ser aequus era ser equilibrado, justo, equitativo e imparcial. A partir de esta comprensión se desarrolló la fórmula aequum est más un verbo en infinitivo, cuyo significado es “es razonable, apropiado, correcto, etc.” 

Parece que la afirmación del Prefacio es que dar gracias a Dios es tanto moralmente correcto como altamente ventajoso para nosotros. Por supuesto, se puede argumentar que ambas cosas son lo mismo: ser justo es actuar en favor del propio bien verdadero y viceversa. Tal es la tesis del clásico De officiis de Cicerón, con la cual la teología moral católica está de acuerdo. Sin embargo, las dos ideas son distintas. 

Decir que dar gracias a Dios es dignum es afirmar que vale la pena; y decir que es salutare es afirmar, como hacen varios misales manuales anteriores al Concilio, que es “provechoso para nuestra salvación”. Estos conceptos de ventaja apelan, si se quiere, a nuestro interés propio bien entendido.

Justum, por otra parte, invoca claramente la justicia, y creo que aequum cumple un papel similar al afirmar la rectitud moral de la acción de gracias. Por ello, parece mejor seguir los misales manuales preconciliares cuando traducen aequum como “recto” o “justo”. Hay traducciones modernas que también reconocen la connotación moral de aequum en este contexto, pero posiblemente va demasiado lejos al traducirlo como “nuestro deber”, pues no todo lo que es recto constituye un deber (puede ser bueno que yo tome una copa de vino con la cena, pero no es un deber). De modo similar, se puede considerar que la nueva traducción de salutare como “nuestra salvación” también exagera, ya que nuestra salvación y aquello que contribuye a nuestra salvación no son exactamente lo mismo.

¿Tienes dudas sobre la tradición o la Iglesia? ¡Envíanos tus preguntas!

quierosaber@fssp.mx

Con la situación que está sucediendo con la fraternidad de San Pío X, ¿puede hacerse un cisma como cuando se dividió la iglesia en católicos y ortodoxos?

Con la situación que está sucediendo con la fraternidad de San Pío X, ¿puede hacerse un cisma como cuando se dividió la iglesia en católicos y ortodoxos?

Con la situación que está sucediendo con la fraternidad de San Pío X, ¿puede hacerse un cisma como cuando se dividió la iglesia en católicos y ortodoxos?

Para contestar esta pregunta les refiero a mis artículos en boletines anteriores sobre esta situación. Siempre pedimos que no haya cisma porque Santo Tomás dice que el pecado de cisma es de los peores. De hecho es peor que la herejía porque la herejía es pecado contra la virtud de fe, mientras cisma es contra la virtud de caridad - que es la mayor de todas las virtudes - porque caridad es el vínculo de la iglesia. Sismo es definido por el código de derecho canónico así; “El cisma es el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos.”

Para contestar esta pregunta les refiero a mis artículos en boletines anteriores sobre esta situación. Siempre pedimos que no haya cisma porque Santo Tomás dice que el pecado de cisma es de los peores. De hecho es peor que la herejía porque la herejía es pecado contra la virtud de fe, mientras cisma es contra la virtud de caridad - que es la mayor de todas las virtudes - porque caridad es el vínculo de la iglesia. Sismo es definido por el código de derecho canónico así; “El cisma es el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos.”

Recomendaciones de lectura mensual

Recomendaciones de lectura mensual

Formación Espiritual

Formación Espiritual

Mirar a Cristo  - Joseph Ratzinger/ Benedicto XVI

El presente texto, en el que se recogen las lecciones impartidas por Joseph Ratzinger sobre las tres virtudes teologales en unos ejercicios espirituales constituye, en palabras del actual papa emérito Benedicto XVI, «una unión entre filosofía, teología y espiritualidad que puede ser fecunda y ofrecer nuevos puntos de vista».

Para la elaboración de sus contenidos, el entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe se apoyó en el trabajo de reflexión sobre la Fe, la Esperanza y la Caridad llevado a cabo por Joseph Pieper, ampliando con los planos teológico y espiritual la exposición filosófica realizada por el pensador alemán.

Mirar a Cristo  - Joseph Ratzinger/ Benedicto XVI

El presente texto, en el que se recogen las lecciones impartidas por Joseph Ratzinger sobre las tres virtudes teologales en unos ejercicios espirituales constituye, en palabras del actual papa emérito Benedicto XVI, «una unión entre filosofía, teología y espiritualidad que puede ser fecunda y ofrecer nuevos puntos de vista».

Para la elaboración de sus contenidos, el entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe se apoyó en el trabajo de reflexión sobre la Fe, la Esperanza y la Caridad llevado a cabo por Joseph Pieper, ampliando con los planos teológico y espiritual la exposición filosófica realizada por el pensador alemán.

Formación Intelectual

Formación Intelectual

La fe y la razón: sermones universitarios - San John Henry Newman

«¿Por qué motivo, en el juicio cotidiano de los hombres, la fe es contraria a la razón, o irracional?» Esta pregunta, formulada por el propio Newman en el prólogo de una de las primeras ediciones de estos Sermones Universitarios, indica cuál es el objetivo central de los textos recogidos en esta obra: exponer a sus lectores la relación profunda entre la fe y la razón en una sociedad en la que tal relación estaba ya abiertamente en entredicho.

Escritos entre 1826 y 1843, coincidiendo con los años en los que Newman ejerció como presbítero anglicano, estos Sermones permiten observar con claridad la evolución del pensamiento de su autor en este importante periodo de su vida. Posteriormente, en 1872, mucho tiempo después de su conversión al catolicismo, Newman hizo una revisión de los textos cotejándolos con la doctrina católica, y comprobó con alegría que no tenía que retractarse de nada de lo que en ellos había escrito: «Pienso que son en su conjunto lo mejor que he escrito, y no puedo creer que no sean católicos, ni que dejarán de ser útiles».

El último sermón, escrito dos años antes de su ingreso en la Iglesia católica, perfila ya su teoría sobre el desarrollo doctrinal, con la que resolvería sus dudas respecto a las «corrupciones» del catolicismo romano, haciendo posible su acercamiento definitivo a él.

La fe y la razón: sermones universitarios - San John Henry Newman

«¿Por qué motivo, en el juicio cotidiano de los hombres, la fe es contraria a la razón, o irracional?» Esta pregunta, formulada por el propio Newman en el prólogo de una de las primeras ediciones de estos Sermones Universitarios, indica cuál es el objetivo central de los textos recogidos en esta obra: exponer a sus lectores la relación profunda entre la fe y la razón en una sociedad en la que tal relación estaba ya abiertamente en entredicho.

Escritos entre 1826 y 1843, coincidiendo con los años en los que Newman ejerció como presbítero anglicano, estos Sermones permiten observar con claridad la evolución del pensamiento de su autor en este importante periodo de su vida. Posteriormente, en 1872, mucho tiempo después de su conversión al catolicismo, Newman hizo una revisión de los textos cotejándolos con la doctrina católica, y comprobó con alegría que no tenía que retractarse de nada de lo que en ellos había escrito: «Pienso que son en su conjunto lo mejor que he escrito, y no puedo creer que no sean católicos, ni que dejarán de ser útiles».

El último sermón, escrito dos años antes de su ingreso en la Iglesia católica, perfila ya su teoría sobre el desarrollo doctrinal, con la que resolvería sus dudas respecto a las «corrupciones» del catolicismo romano, haciendo posible su acercamiento definitivo a él.

Literatura

Literatura

Retorno a Brideshead - Evelyn Waugh

El retorno de Charles Ryder a Brideshead —la elegante mansión de lord Marchmain, convertida ahora en cuartel— devuelve a su memoria aquellos tiempos, anteriores a la guerra, en que paseaba embelesado por sus hermosos jardines y salones y se dejaba sucumbir al hechizo de sus singulares habitantes. En realidad, nunca pudo Charles librarse de su ambigua amistad con el inquieto Sebastian, ni de su obsesivo amor por la hermana de éste, lady Julia, ni de la oscura y contradictoria fatalidad que dejó marcada para siempre la atribulada vida de los Marchmain con su huella de drama y desvarío.

Retorno a Brideshead, una de las novelas más importantes de la aclamada obra del célebre escritor inglés.

Retorno a Brideshead - Evelyn Waugh

El retorno de Charles Ryder a Brideshead —la elegante mansión de lord Marchmain, convertida ahora en cuartel— devuelve a su memoria aquellos tiempos, anteriores a la guerra, en que paseaba embelesado por sus hermosos jardines y salones y se dejaba sucumbir al hechizo de sus singulares habitantes. En realidad, nunca pudo Charles librarse de su ambigua amistad con el inquieto Sebastian, ni de su obsesivo amor por la hermana de éste, lady Julia, ni de la oscura y contradictoria fatalidad que dejó marcada para siempre la atribulada vida de los Marchmain con su huella de drama y desvarío.

Retorno a Brideshead, una de las novelas más importantes de la aclamada obra del célebre escritor inglés.

Santos que seguro no conocías

San Leónidas, Mártir

(22 de abril, Martirologio)


Fue el padre del gran autor de la época patrística Orígenes.

Lo que se sabe de su vida se le debe a San Eusebio de Cesarea, quien le dedicó una parte en su IV libro “Historia Eclesiástica”.

Leónidas fue capturado durante la persecución del emperador Severo, siendo Orígenes todavía niño.

Orígenes deseaba ardientemente recibir la corona del martirio junto con su padre. Estaba dispuesto a ir hacia donde lo tenían retenido y proclamar su fé públicamente para ser también arrestado y sentenciado, pero su madre se lo impidió.

Orígenes escribía cartas a su padre Leónidas, animándolo a dar su vida por Cristo. En una de ellas escribía: “Ten cuidado, no sea que por causa nuestra cambies de parecer".

San Eusebio destaca que este gran celo y amor por Cristo y por la Iglesia que tenía Orígenes se debe a la educación que le dio su padre. Este le instruyó en las Sagradas Escrituras desde muy temprana edad.

Orígenes a veces desconcertaba a su padre con sus preguntas. Este aparentaba reprocharselo, exhortándolo a no indagar nada que excediera a su edad, pero en su fuero interno se regocijaba enormemente y proclamaba ante Dios, autor de todo bien, su mayor agradecimiento por haberle hecho digno de ser padre de tal hijo.

Se cuenta que Leónidas muchas veces, besaba con gran reverencia el pecho de su hijo cuando era pequeño, en veneración al Espíritu Santo que había recibido en el Bautismo.

Finalmente, San Eusebio describe de la siguiente manera el martirio de Leónidas y sus compañeros en Alejandría: 

“Los atletas de Dios fueron enviados allá, como al estadio más grande, desde Egipto y de toda la Tebaida, y por su firmísima paciencia en diversos tormentos y géneros de muerte, se ciñeron las coronas preparadas por Dios. Entre ellos se hallaba también Leónidas, llamado «el padre de Orígenes», que fue decapitado, y dejó a su hijo todavía muy joven.”

A San Leónidas se le venera como ejemplo de la educación a los hijos, poniendo siempre como prioridad la educación en la fe, antes de cualquier otra cosa.

Fuente: “Historia Eclesiástica”, San Eusebio, Libro IV, cap. I-II.

Fraternidad Sacerdotal San Pedro Guadalajara

Fieles a la Tradición de la Iglesia. "Ad Maiorem Dei Gloriam"

Copyright © 2026 FSSP en México A. C.