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V Domingo después de Pascua
La Ascención del Señor - El Sanctus - Cómo entender mejor la Misa Tradicional - Santa Dinfna
La Ascención del Señor - El Sanctus - Cómo entender mejor la Misa Tradicional - Santa Dinfna
En este domingo después de los cánticos de la misa continúan siendo, como en todo el Tiempo Pascual, cánticos de triunfo y de alegría. La Iglesia no se cansa de celebrar la Resurrección de Cristo y las gracias redentoras que han transformado nuestra vida.
La epístola a practicar con seriedad nuestros deberes de cristianos y pide la colecta, con la gracia de pensar rectamente, la de conformar nuestra conducta al ideal que se nos ha enseñado. Esta doble invitación a un constante esfuerzo personal, al mismo tiempo que a la oración, llevan a un justo equilibrio de la ascesis cristiana. Por su parte, también los Evangelios nos inculcan durante este Tiempo la oración frecuente, a la que ponen en relación con el envío del Espíritu Santo y la plegaria del mismo Cristo por los suyos. Los tres días de rogativas de esta semana insisten todavía más en esto.
Desde el Escritorio del Párroco
Esta semana celebramos la fiesta de la Ascensión de nuestro Señor. Aunque en muchos lugares (como en México) ya no obliga la misa este día, es interesante notar que figura entre los días de precepto en el calendario universal de la iglesia porque se trata de un misterio de la fe de suma importancia. Por ya no obligar la misa, muchos católicos no aprecian debidamente lo que significa que Jesús subió gloriosamente al cielo. Sin embargo nos conviene entender mejor, especialmente porque en cada misa cuando hacemos referencia a la muerte y resurrección de Nuestro Señor, también mencionamos su gloriosa ascensión a los cielos. ¿Qué significa la Ascensión del Señor para nosotros?
La ascensión es una parte esencial de los misterios pascuales y la victoria de Cristo por varias razones. Primero porque Cristo se anonadó y se humilló tan completamente, la justicia requiere que sea glorificado y exaltado. Ascendió en triunfo después de su aparente derrota. Adán fue expulsado del primero santuario que fue Edén. Ahora el nuevo Adán toma su lugar en el santuario definitivo para siempre. Cristo entró como cabeza de su cuerpo místico. Están a la diestra del Padre en su humanidad preparándonos un lugar como ha dicho. Este hecho es la causa de nuestra esperanza. La humanidad está en el cielo. Dice San León Magno: “La Ascensión de Cristo es nuestra elevación.” También comenta San Pablo; “Resucitándole de entre los muertos y sentándole a su diestra en los cielos, por encima de todo principado y potestad y virtud y dominación y de todo cuanto tiene nombre, no sólo en este siglo, sino también en el venidero.” (Efesios 1:20–23)
La Ascensión nos enseña la transformación y maduración que se tiene que efectuar en nuestra vida de fe. Le dijo a Santa María Magdalena que no la tocara porque aún no había ascendido, dándonos a entender que nuestra fe tiene que ver hacia el cielo donde está Cristo y no puede ser detenida por las cosas de este mundo ni por nuestra condición terrenal. Los apóstoles se llenan de tristeza por la partida del Señor y les asegura que les conviene que se vaya. Nosotros necesitamos entender que la vida del cristiano requiere también enfrentar la tristeza de dejar atrás las cosas aparentan darnos gusto en este mundo para poder orientarnos más completamente hacia el cielo.
Cristo también asciende al cielo para inaugurar la liturgia celestial en que participa la iglesia. Cristo es sacerdote eterno y, como el sumo sacerdote en el Antiguo Testamento entraba una vez al año al santo santorum para implorar misericordia, ahora Cristo entra en el santuario celestial una vez para siempre. Lo explica San Pablo en su carta a los Hebreos:
En cambio presentóse Cristo como sumo sacerdote de los bienes futuros, a través de una Tienda mayor y más perfecta, no fabricada por mano de hombre, es decir, no de este mundo. Y penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una liberación definitiva. Pues si la sangre de machos cabríos y de toros y la ceniza de una becerra santifican con su aspersión a los contaminados, en orden a la purificación de la carne, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto al Dios vivo!
Pues bien, Cristo no entró en un santuario hecho por mano humana, en una reproducción del verdadero, sino en el mismo cielo, para presentarse ahora ante el acatamiento de Dios en favor nuestro, y no para ofrecerse a sí mismo.
(Heb 9:11-14, 24-25)
Ahora está haciendo intercesión perpetua para nosotros y dando poder y eficacia a la liturgia de la iglesia en la tierra porque está vinculada con la adoración que Cristo ofrece al Padre perpetuamente en el cielo.
Finalmente la Ascensión nos prepara para su regreso glorioso al final de los tiempos. Volverá como se fue, nos prometió, entonces debemos de no solo esperarlos, sino trabajar para el avance de su reino como dio a entender a los apóstoles. Al final Cristo será todo en todo, entonces nosotros como miembros suyos somos comisionados para continuar su misión a través de la iglesia.
Explica un autor:
Y hay algo más que resulta sumamente espléndido en la Ascensión: Cristo la predijo, y lo hizo de tal manera que enseñara a los apóstoles la naturaleza milagrosa de la Eucaristía. En Juan 6:56-58, leemos:
"Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en él. Así como el Padre viviente me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así también el que me come, él también vivirá por mí.
Inmediatamente después de escuchar estas palabras, algunos de sus discípulos se escandalizan, algunos incluso hasta el punto de alejarse de Él. Jesús les dijo entonces que sabrían que sus palabras eran ciertas cuando vieran un milagro evidente con sus propios ojos: su Ascensión." Versículos 62-63:62.
Pero Jesús, sabiendo en su interior que sus discípulos murmuraban por esto, les dijo: «¿Esto os escandaliza? ¿Y si veis al Hijo del hombre ascender adonde estaba antes?
Que celebremos la fiesta de la Ascensión con la dignidad que merece. Santo Tomás nos dice que uno de los efectos principales de su Ascensión es elevar nuestros corazones al cielo.
Esta semana celebramos la fiesta de la Ascensión de nuestro Señor. Aunque en muchos lugares (como en México) ya no obliga la misa este día, es interesante notar que figura entre los días de precepto en el calendario universal de la iglesia porque se trata de un misterio de la fe de suma importancia. Por ya no obligar la misa, muchos católicos no aprecian debidamente lo que significa que Jesús subió gloriosamente al cielo. Sin embargo nos conviene entender mejor, especialmente porque en cada misa cuando hacemos referencia a la muerte y resurrección de Nuestro Señor, también mencionamos su gloriosa ascensión a los cielos. ¿Qué significa la Ascensión del Señor para nosotros?
La ascensión es una parte esencial de los misterios pascuales y la victoria de Cristo por varias razones. Primero porque Cristo se anonadó y se humilló tan completamente, la justicia requiere que sea glorificado y exaltado. Ascendió en triunfo después de su aparente derrota. Adán fue expulsado del primero santuario que fue Edén. Ahora el nuevo Adán toma su lugar en el santuario definitivo para siempre. Cristo entró como cabeza de su cuerpo místico. Están a la diestra del Padre en su humanidad preparándonos un lugar como ha dicho. Este hecho es la causa de nuestra esperanza. La humanidad está en el cielo. Dice San León Magno: “La Ascensión de Cristo es nuestra elevación.” También comenta San Pablo; “Resucitándole de entre los muertos y sentándole a su diestra en los cielos, por encima de todo principado y potestad y virtud y dominación y de todo cuanto tiene nombre, no sólo en este siglo, sino también en el venidero.” (Efesios 1:20–23)
La Ascensión nos enseña la transformación y maduración que se tiene que efectuar en nuestra vida de fe. Le dijo a Santa María Magdalena que no la tocara porque aún no había ascendido, dándonos a entender que nuestra fe tiene que ver hacia el cielo donde está Cristo y no puede ser detenida por las cosas de este mundo ni por nuestra condición terrenal. Los apóstoles se llenan de tristeza por la partida del Señor y les asegura que les conviene que se vaya. Nosotros necesitamos entender que la vida del cristiano requiere también enfrentar la tristeza de dejar atrás las cosas aparentan darnos gusto en este mundo para poder orientarnos más completamente hacia el cielo.
Cristo también asciende al cielo para inaugurar la liturgia celestial en que participa la iglesia. Cristo es sacerdote eterno y, como el sumo sacerdote en el Antiguo Testamento entraba una vez al año al santo santorum para implorar misericordia, ahora Cristo entra en el santuario celestial una vez para siempre. Lo explica San Pablo en su carta a los Hebreos:
En cambio presentóse Cristo como sumo sacerdote de los bienes futuros, a través de una Tienda mayor y más perfecta, no fabricada por mano de hombre, es decir, no de este mundo. Y penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una liberación definitiva. Pues si la sangre de machos cabríos y de toros y la ceniza de una becerra santifican con su aspersión a los contaminados, en orden a la purificación de la carne, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto al Dios vivo!
Pues bien, Cristo no entró en un santuario hecho por mano humana, en una reproducción del verdadero, sino en el mismo cielo, para presentarse ahora ante el acatamiento de Dios en favor nuestro, y no para ofrecerse a sí mismo.
(Heb 9:11-14, 24-25)
Ahora está haciendo intercesión perpetua para nosotros y dando poder y eficacia a la liturgia de la iglesia en la tierra porque está vinculada con la adoración que Cristo ofrece al Padre perpetuamente en el cielo.
Finalmente la Ascensión nos prepara para su regreso glorioso al final de los tiempos. Volverá como se fue, nos prometió, entonces debemos de no solo esperarlos, sino trabajar para el avance de su reino como dio a entender a los apóstoles. Al final Cristo será todo en todo, entonces nosotros como miembros suyos somos comisionados para continuar su misión a través de la iglesia.
Explica un autor:
Y hay algo más que resulta sumamente espléndido en la Ascensión: Cristo la predijo, y lo hizo de tal manera que enseñara a los apóstoles la naturaleza milagrosa de la Eucaristía. En Juan 6:56-58, leemos:
"Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en él. Así como el Padre viviente me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así también el que me come, él también vivirá por mí.
Inmediatamente después de escuchar estas palabras, algunos de sus discípulos se escandalizan, algunos incluso hasta el punto de alejarse de Él. Jesús les dijo entonces que sabrían que sus palabras eran ciertas cuando vieran un milagro evidente con sus propios ojos: su Ascensión." Versículos 62-63:62.
Pero Jesús, sabiendo en su interior que sus discípulos murmuraban por esto, les dijo: «¿Esto os escandaliza? ¿Y si veis al Hijo del hombre ascender adonde estaba antes?
Que celebremos la fiesta de la Ascensión con la dignidad que merece. Santo Tomás nos dice que uno de los efectos principales de su Ascensión es elevar nuestros corazones al cielo.
A que no sabías que…
Aquí conoceremos más sobre temas litúrgicos.

Por razones prácticas, el Sanctus es considerado una composición independiente, pero, como escribe Adrian Fortescue, “es, por supuesto, simplemente la continuación del Prefacio. Sería completamente lógico”, continúa,
“si el celebrante lo cantara él mismo sin interrupción. Pero el toque dramático de permitir que el pueblo complete el canto coral de los ángeles, al cual (como dice el Prefacio) también nosotros deseamos unirnos, es una idea evidente, muy antigua y completamente universal.”
Y ciertamente antigua. El Sanctus litúrgico está atestiguado por Clemente de Roma (m. ca. 100) y Tertuliano (155–220), y alguna versión de él se encuentra en todas las liturgias apostólicas. En los ritos antioqueno, romano, ambrosiano, galicano y mozárabe, el trisagion de Isaías 6,3 es seguido por la proclamación de la multitud en el Domingo de Ramos narrada en los Evangelios. En el Rito Romano, el resultado es el siguiente:
Sanctus, Sanctus, Sanctus, Dóminus Deus Sábaoth. Pleni sunt cæli et terra glória tua. Hosánna in excélsis. Benedíctus qui venit in nómine Dómini. Hosánna in excélsis.
Lo cual suele traducirse así:
Santo, Santo, Santo es el Señor Dios de los ejércitos. Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria. Hosanna en las alturas. Bendito el que viene en el nombre del Señor. Hosanna en las alturas.
En Isaías 6, el profeta ve al Señor sentado en un trono alto y elevado, mientras la orla de su manto llena el templo. Dos serafines de seis alas utilizan dos de sus alas para cubrir el rostro del Señor, dos para cubrir sus pies y dos para volar. Mientras hacen esto, se cantan mutuamente: “Santo, santo, santo, el Señor Dios de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria”.
En el Evangelio según San Mateo, cuando Jesús entra en Jerusalén el Domingo de Ramos montado sobre un asno, la multitud proclama: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!” (Mt 21,9). Los otros Evangelios ofrecen relatos similares (véase Mc 11,9; Lc 19,38; y Jn 12,13), aunque ningún evangelista utiliza exactamente la misma formulación que la fórmula litúrgica.
Aunque el triple Sanctus tiene evidentes implicaciones trinitarias, la unión de ambos textos conduce a una consideración de la Encarnación. Según Santo Tomás de Aquino, “el pueblo alaba devotamente la divinidad de Cristo junto con los ángeles, diciendo Sanctus, Sanctus, Sanctus, y su humanidad junto con los niños [hebreos], diciendo Benedictus qui venit.”
Esta interpretación se ve corroborada por los gestos del sacerdote. Durante el Sanctus permanece inclinado en adoración, y en el Benedictus se endereza y hace la señal de la cruz; y la cruz es la razón por la cual el Verbo se hizo carne. En este sentido, todo el himno del Sanctus es semejante a la señal de la cruz, que expresa los dos grandes misterios de la fe cristiana: la Trinidad y nuestra Redención.
Por razones prácticas, el Sanctus es considerado una composición independiente, pero, como escribe Adrian Fortescue, “es, por supuesto, simplemente la continuación del Prefacio. Sería completamente lógico”, continúa,
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Santo, Santo, Santo es el Señor Dios de los ejércitos. Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria. Hosanna en las alturas. Bendito el que viene en el nombre del Señor. Hosanna en las alturas.
En Isaías 6, el profeta ve al Señor sentado en un trono alto y elevado, mientras la orla de su manto llena el templo. Dos serafines de seis alas utilizan dos de sus alas para cubrir el rostro del Señor, dos para cubrir sus pies y dos para volar. Mientras hacen esto, se cantan mutuamente: “Santo, santo, santo, el Señor Dios de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria”.
En el Evangelio según San Mateo, cuando Jesús entra en Jerusalén el Domingo de Ramos montado sobre un asno, la multitud proclama: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!” (Mt 21,9). Los otros Evangelios ofrecen relatos similares (véase Mc 11,9; Lc 19,38; y Jn 12,13), aunque ningún evangelista utiliza exactamente la misma formulación que la fórmula litúrgica.
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El rey de Jerusalén - Jesus Alberto Reyes Cornejo
Esta es la historia de Balduino IV de Jerusalén, llamado el Leproso o el Santo (Jerusalén, 1.161 - 1.185), hijo del rey Amalarico que murió a los treinta y tres años de edad, un adalid de la cristiandad, un joven que luchó contra la adversidad dedicándose en cuerpo y alma a su reino. A la muerte de su padre, el niño Balduino fue coronado rey, Guillermo de Tiro tutor del joven monarca se percató de la grave enfermedad del infante. Balduino IV rex Ierusalem amaba la justicia y la paz, estuvo a la altura de los grandes profetas de Israel, luchó contra Saladino con honor y valor, fue muy querido por sus súbditos y admirado por sus enemigos. Su dolorosa vida ha sufrido un injusto olvido. En este libro se recogen sus hazañas y dificultades del más pequeño y más grande rey de la cristiandad.
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Santos que seguro no conocías
Santa Dinfna
15 de mayo, Martirologio Romano.
Según una leyenda que data del siglo XIII, Dinfna era la hija de un rey pagano irlandés, que perdió a su esposa cristiana y quiso reemplazarla con Dinfna. Ella había sido bautizada en secreto y tenía solo 14 años cuando su madre murió. Para alejarse de su padre, Dinfna, ayudada por el sacerdote Gerberno, su confesor, decidió huir por mar, encontrando refugio en el bosque de Geel, el territorio de la actual Bélgica. La leyenda dice, sin embargo, que el padre logró llegar a los fugitivos y que, cuando su hija se negó de nuevo, hizo decapitar primero a Gerberno y luego también a Dinfna.
Numerosos milagros ocurrieron en el lugar de su martirio, incluyendo la curación de personas que estaban mentalmente enfermas o poseídas, y las reliquias de Dinfna también fueron milagrosas. Además, según la leyenda, el desafortunado padre habría matado a la joven en un ataque de locura porque estaba poseído por el demonio. La Santa comenzó, por lo tanto, a ser invocada como el patrona de los enfermos mentales, los endemoniados, los epilépticos y los sonámbulos. Sus símbolos son la espada que la decapitó y el diablo encadenado a sus pies.
Además, santa Dinfna es venerada principalmente como patrona de quienes sufren depresión, junto con Santa Filomena, Santa Margarita de Cortina, el Arcángel San Rafael y San Luis Martín (el padre de Santa Teresita del niño Jesús).
Fuente: https://www.vaticannews.va/es/santos/05/30/s--dymphna.html

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