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Arrojado del paraíso terrestre en que Dios le había colocado, siente el hombre su profunda miseria e implora la misericordia divina.
El sufrimiento y la muerte, consecuencia del pecado, pesan sobre nosotros. Y bajo la carga de estas miserias, todos, con la Iglesia, nuestra madre, al frente, elevamos al Señor nuestros gritos de socorro.
Grande es la desolación del hombre y persistiría sin remedio si tan pronto como cayeron nuestros primeros padres no nos hubiese Dios prometido un Salvador; a este Salvador guía la Iglesia nuestras miradas. Con ella caminamos hacia Pascua.
Al mismo tiempo que nos hace tomar conciencia de nuestro infortunio, infunde en nuestras almas toda la fuerza de la esperanza cristiana, fundada sobre la fe en Cristo Redentor. Nosotros debemos aceptar las leyes de nuestra Redención. La salvación es un don gratuito que adquiere para nosotros el
Salvador; pero a condición, sin embargo, de que, respondiendo a la invitación divina, acudamos a trabajar en la viña del padre de familias.
Desde el Escritorio del Párroco
La confesión devocional
Al comenzar esta temporada penitencial y considerar los sacrificios que deseamos ofrecer, es importante recordar que el verdadero fin de este esfuerzo es la conversión del corazón. No se trata solo de preguntarnos qué puedo ofrecer, sino qué virtudes deseo adquirir y qué vicios estoy dispuesto a abandonar.
La conversión comienza con el conocimiento de uno mismo, que conduce al arrepentimiento verdadero. Una práctica esencial en este proceso es el sacramento de la confesión.
Ante todo, es necesario confesarse cuando se ha cometido un pecado mortal, para recuperar la gracia santificante perdida. En este caso, la confesión es una verdadera resurrección. Como afirman varios santos, el milagro que acontece en el confesionario es más grande que la creación del mundo de la nada.
Sin embargo, después de una conversión inicial seria y al avanzar en la vida espiritual, lo normal es que los pecados mortales se vuelvan menos frecuentes. Si, tras mucho tiempo intentando vivir una vida de fe y confesándose con regularidad, una persona sigue encontrando casi siempre pecados mortales para confesar, es probable que exista algún defecto en su manera de confesarse. Puede tratarse de falta de verdadero propósito de enmienda o de una contrición insuficiente.
Por otro lado, hay almas piadosas que se inquietan cuando no encuentran pecados mortales, y otras que piensan que no es importante confesarse si no hay pecados graves. Ambos extremos son incorrectos. El camino de la vida espiritual consiste en odiar cada vez más el pecado y hacer todo lo posible por evitarlo. Aun así, la confesión tiene valor incluso cuando solo hay pecados veniales, si se comprende y se practica correctamente.
Existe una obligación grave de confesarse cuando hay pecado mortal. No debemos permanecer pasivos cuando sabemos que el pecado nos ha privado de la gracia de Dios, pues morir sin ella conduce a la condenación eterna. Fuera de estos casos, el alma devota debe procurar confesarse con regularidad. Como enseña el papa Pío XII, la confesión frecuente de los pecados veniales produce frutos espirituales concretos: mayor conocimiento de uno mismo, crecimiento en la humildad, corrección de los malos hábitos, resistencia a la tibieza, purificación de la conciencia, fortalecimiento de la voluntad y aumento de la gracia «en virtud del sacramento mismo».
En la mayoría de los casos, es recomendable confesarse una vez al mes o, en algunos casos, cada quince días.
No obstante, debemos evitar el riesgo de confesarnos de manera mecánica. Para obtener verdadero fruto, son necesarias las disposiciones adecuadas. Cada confesión requiere preparación. Casi nunca es recomendable confesarse simplemente porque el sacerdote está disponible, porque el sermón no nos interesó o por hacerlo con prisa al llegar tarde a misa. Es necesario examinar bien la conciencia y confesarse con sincero deseo de mejorar.
Cuando no hay pecado mortal, no existe obligación de confesar nada en particular. La materia ordinaria de la confesión devocional son los pecados veniales, o incluso pecados ya confesados, cuando se renueva la contrición. Nunca es necesario confesar todos los pecados veniales. Además, conviene recordar que estos también se perdonan por otros medios, como el uso del agua bendita o el rezo del acto de contrición.
En la confesión devocional se debe confesar un número limitado de pecados veniales, centrándose en aquellos que se desean combatir seriamente. El propósito de enmienda debe ser concreto: saber qué se va a hacer y proponérselo con determinación.
Es necesario advertir que muchos practican la confesión frecuente sin las disposiciones adecuadas. Como señala el padre Antonio Royo Marín, los santos no se confesaban con frecuencia “por escrúpulos ni por ansiedades de conciencia, sino porque tenían sed de Dios”.
Algunos omiten la preparación y el propósito de enmienda y buscan confesarse cada domingo únicamente como un requisito previo para comulgar, sin el esfuerzo necesario para aprovechar verdaderamente el sacramento. Esta es una de las razones para fomentar la confesión entre semana, cuando puede prepararse mejor.
Al distinguir entre la confesión de necesidad y la confesión de devoción, se comprende que existe un orden que debe respetarse. El pecado se vence por el amor de Dios. Cuando ya se está libre de pecado mortal, lo que más conviene para el progreso espiritual es entrar plenamente en el culto divino, especialmente cuando se trata del cumplimiento del precepto, sin distraerse excesivamente con la propia condición interior. Ver más a Dios y menos a uno mismo es la esencia de la santidad.
Finalmente, para que la confesión frecuente sea provechosa, es necesario evitar ciertos malos hábitos que pueden ser signo o causa de una actitud escrupulosa. Convertir el sacramento en un ritual de tranquilización —“no me siento perdonado, así que debo confesarme una y otra vez”— desplaza el centro de la conversión y del crecimiento espiritual. Los directores espirituales advierten que esta dinámica alimenta conductas compulsivas más que un verdadero progreso interior.
La misericordia de Dios no está condicionada ni limitada por nuestros sentimientos. A veces, Dios permite que permanezca cierta pena para que sigamos creciendo en humildad.
La confesión devocional debe iluminar debilidades reales, no convertirse en un inventario interminable de faltas triviales o hipotéticas. Sin un examen de conciencia bien fundado, la confesión puede transformarse en una acumulación de distracciones en lugar de un medio para una conversión auténtica. Esta actitud puede derivar fácilmente en una mentalidad supersticiosa o servir de pretexto para evitar el trabajo exigente de la verdadera conversión.
Que esta Cuaresma sea para todos una auténtica experiencia de conversión.
A que no sabías que…
El Lavabo
La semana pasada hablábamos de la primer razón por la que el “lavabo" se hace después de la incensación y no al principio de la Misa. La segunda explicación es que el sacerdote se lava las manos en anticipación a la oración del Canon, que es análoga a la entrada en el Santo de los Santos. Aarón, el hermano de Moisés, recibió el mandato de lavarse antes de entrar en el Santo de los Santos (cf. Lev 16; Ex 30, 17-21).
Como ocurre con las demás alusiones y citas bíblicas de la Misa romana, este fragmento del salmo está cuidadosamente elegido para la ocasión. El sacerdote acaba de “rodear” el altar con el incienso, y ahora lava sus manos entre los inocentes, es decir, en comunión con los santos, por quienes rezará en la oración siguiente, el Suscipe, Sancta Trinitas. Que la expresión «rodearé tu altar, Señor» esté en tiempo futuro no plantea una dificultad, pues el verbo en el hebreo bíblico no expresa primariamente las etapas del tiempo, sino el estado de la acción, es decir, si es perfecta o imperfecta. Aquí el verbo está en imperfecto, lo cual designa una acción en curso, incompleta o habitual. El sacerdote podría estar diciendo: «he estado (justo ahora) rodeando el altar», o bien que lo hace de modo habitual. En cualquiera de los dos casos, el sentido es suficientemente claro y adecuado al momento litúrgico.
Formación Espiritual
365 días con el Padre Pío - Gianluigi Pasquale
365 días con el Padre Pío ofrece un pensamiento para cada día del año del Padre capuchino, uno de los santos más conocidos y queridos del siglo XX.
Formación Intelectual
Mero Cristianismo - C.S. Lewis
Mero cristianismo es un libro de C. S. Lewis, adaptado de una serie de charlas realizadas en 1943 y transmitidas por la BBC mientras Lewis se encontraba en Oxford durante la Segunda Guerra Mundial. Es considerado como un clásico sobre apologética cristiana.
Literatura
El Oriente en Llamas: Biografía novelada de San Francisco Xavier - Louis de Wohl
Sobre el trasfondo de París, Lisboa, Roma, India y Japón, esta novela desarrolla el drama de la vida de san Francisco Xavier. Siendo estudiante en París, comparte habitación con otros compañeros, entre los cuales está Ignacio de Loyola, y allí se enciende con el fuego que quiso llevar consigo para prender Oriente en llamas.
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