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Domingo de Sexagésima

Las grandes páginas de la Biblia, leídas en maitines, anuncian, una tras otra, el misterio pascual. Noé simboliza la renovación de la humanidad:

“Vea el mundo el levantarse de lo caído, el renovarse de lo envejecido, el retorno de todo a su prístina integridad por obra del mismo que lo creara (Oficio del Sábado Santo)”.

En adelante, la salvación se obrará en el seno de la iglesia, cuya figura es el arca, y en ella serán regeneradas, no sólo ocho personas, sino toda la multitud de los bautizados que salen de las aguas.

Los cantos de la misa tienen el mismo acento que los del domingo anterior: llamamiento confiado a Dios desdeel seno de nuestra miseria. La epístola se ha escogido por tener lugar la estación en San Pablo Extramuros: es una de las páginas más bellas del Apóstol.



Desde el Escritorio del Párroco

La Presentación del Señor y la Purificación

Una preparación para la Cuaresma

La semana pasada celebramos la fiesta de la Purificación, el 2 de febrero. Esta fiesta muchas veces no recibe toda la atención que merece. Es también la fiesta de la Presentación de Nuestro Señor en el Templo y es conocida popularmente como la Candelaria. Consideremos algunos de los misterios que encierra esta celebración y cómo nos ayudan a comprender mejor nuestra transición hacia la Cuaresma.

La Sagrada Familia acude al Templo en obediencia a la Ley de Moisés:

«El Señor habló a Moisés diciendo:
“Conságrame todo primogénito. Todo lo que abre el seno materno entre los hijos de Israel, tanto de hombres como de animales, es mío.”»
(Éxodo 13, 1–2)

«Cuando una mujer conciba y dé a luz un varón, quedará impura siete días…
Luego permanecerá treinta y tres días purificándose de su sangre.
No tocará cosa santa ni entrará en el santuario hasta que se cumplan los días de su purificación.»
(Levítico 12, 2–4)

En este rito se cumplen dos aspectos de la Ley. En primer lugar, se recuerda la liberación de Israel de la esclavitud en Egipto y la décima plaga: todos los primogénitos debían ser redimidos. Esto recordaba al pueblo que Dios es soberano sobre toda vida. El primogénito, signo de la continuidad de la familia, pertenece en primer lugar a Dios. Además, la mujer debía ofrecer un sacrificio por su purificación, ya que el derramamiento de sangre implicaba una impureza ritual.

Sin embargo, lo que sobresale en este acontecimiento es que todo se realiza por pura obediencia. Jesús, verdadero Dios y sin pecado, no necesitaba ser redimido. María, que permaneció virgen antes, durante y después del parto, no tenía necesidad de purificación, pues dio a luz al Hijo perfectamente puro.

Y, sin embargo, vienen al Templo para ofrecer el sacrificio de la obediencia, el sacrificio que más agrada a Dios. Es esta obediencia la que da valor al sacrificio que el mismo Cristo ofrecerá más tarde en el Calvario.

Pero aún hay más. La liturgia nos presenta la profecía de Malaquías:

«Y de repente vendrá al Templo el Señor a quien ustedes buscan…
Pero ¿quién podrá soportar el día de su venida?
Porque Él es como el fuego del fundidor…»
(Malaquías 3, 1–3)

El Templo de Jerusalén construido por Salomón era considerado una de las maravillas del mundo. Era tan espléndido que personas venían de muy lejos para contemplarlo. Sin embargo, fue destruido por los babilonios en el año 587 a.C.

El segundo Templo, terminado unos setenta años después, nunca alcanzó la misma gloria, no solo en su belleza material, sino también en su realidad espiritual: no contenía el Arca de la Alianza ni la presencia visible de la Shekhiná, la nube de la gloria de Dios. Más tarde Herodes intentó embellecerlo, pero seguía existiendo el anhelo de la gloria perdida. Sin embargo, otro profeta anuncia:

«Porque así dice el Señor de los ejércitos:
Dentro de poco haré temblar el cielo y la tierra, el mar y la tierra firme;
haré temblar a todas las naciones,
y vendrá el Deseado de todas las naciones,
y llenaré de gloria esta Casa —dice el Señor de los ejércitos—.»
(Ageo 2, 6–9)

¿Cómo podía ser esto?

El primer Templo tuvo la nube de la presencia de Dios; el segundo recibe la realidad misma: Dios entra en su Templo, llevado como un Niño en brazos de su Madre, ofreciendo el sacrificio de los pobres, y siendo reconocido únicamente por dos ancianos profetas.

Más adelante Jesús se identificará a sí mismo como el verdadero Templo cuando diga: «Destruyan este templo y en tres días lo reedificaré». Con su entrada en el Templo comienza a abrirnos el acceso al verdadero Santo de los Santos.

Cristo viene en el contexto del rito de redención y purificación para enseñarnos que su deseo de admitirnos en la presencia de Dios exige primero un proceso de verdadera purificación y conversión. Viene al Templo para ofrecer un sacrificio y para ocupar el lugar de todos los sacrificios que lo precedían.

Por ello, el Dr. Brant Pitre señala que la purificación que se realiza en este día no es principalmente la de María, sino la de todo Israel, en preparación para el sacrificio verdadero que quita los pecados del mundo.

Podemos ver en este misterio una anticipación del ofertorio de la Misa de Cristo. Así como en la Santa Misa las ofrendas quedan consagradas al uso sagrado y ya no pueden volver al uso común, María, en cierto sentido, desempeña el papel del sacerdote, presentando la verdadera ofrenda que será sacrificada. Todo se realiza en un espíritu de obediencia perfecta.

Finalmente, celebramos esta fiesta como la Candelaria y bendecimos las velas, porque Malaquías anuncia que el Señor será como el fuego del fundidor, y el profeta Simeón proclama que el Niño será luz para las naciones. La luz del fuego simbolizaba la presencia de Dios en el Templo, pero el pecado la oscureció. Ahora viene la verdadera Luz, que permite a todos entrar en la presencia de Dios.

Como resume Brant Pitre:

«El día de la Presentación no es simplemente el cumplimiento de una ley ritual: es el momento en que el Dios de Israel regresa a su Templo, llevando consigo una gloria mayor que la de Salomón, porque esa gloria es Él mismo.»

Que este misterio nos ayude en nuestra preparación para la Cuaresma. Acojamos humildemente, en un espíritu de obediencia, el sacrificio de Cristo, no solo para el perdón de nuestros pecados, sino para ser introducidos en el verdadero Templo de Dios y morar eternamente en su presencia. Que nuestra mortificación y humildad nos conviertan en luz para iluminar un mundo envuelto en tinieblas con la presencia de Dios.

A que no sabías que…

El Lavabo

Seguimos comentando la oración del “lavabo”.

El tema clave de estos versículos del salmo es la inocencia, que aparece dos veces explícitamente: el sacerdote se lava las manos entre los inocentes y declara que ha caminado en inocencia. Esta última afirmación, unida al gesto de lavarse las manos, evoca el acto dramático de Poncio Pilato al lavarse las manos de la sangre del inocente Jesucristo (cf. Mt 27,24). El salmista, en cambio, desea verse libre no de sangre inocente, sino de hombres sanguinarios, o más literalmente, de hombres de sangre (viri sanguinum). Pilato intentó en vano purificarse de la culpa de haber entregado a Jesús a la muerte, mientras que el salmista y el sacerdote buscan ser librados de los hombres malvados.

Resulta curioso que, aunque el salmista pide redención y misericordia (v. 11), no pida explícitamente perdón, aun cuando el lavado ritual está históricamente ligado a la purificación del pecado. Tal vez el gesto mismo constituya una súplica implícita de absolución.

Finalmente, se hace referencia a la belleza de la casa de Dios y a la bendición que el orante dirige a Dios en las iglesias (el griego ekklesía y el latín ecclesia, equivalente a nuestra palabra “iglesia”, designan una asamblea o congregación; pero dado que dicha congregación se encuentra actualmente reunida cerca del sacerdote en la nave, es legítimo entender aquí “iglesias” como el espacio cristiano de culto). El sacerdote lleva ya algún tiempo en la iglesia, pero cuando está a punto de entrar mística y espiritualmente en el Santo de los Santos, su pensamiento se dirige a su entorno espacial y a la maravillosa belleza de la casa de Dios. Está a punto de nacer una belleza terrible.

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