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Es grande el contraste entre la gloria de Cristo en el Tabor y el anonadamiento de su Pasión. Pero, en sus designios redentores, quiere Dios que su Hijo soporte el castigo de nuestros pecados, que sufra y muera, para llevarnos con él a su Resurrección. Dios nos bendice en Jesús. Y en Jesús, una nueva humanidad, !a rescatada por él, se convierte en heredera de las bendiciones divinas prometidas a nuestros padres.
Continuando las lecturas de las grandes páginas de la Biblia, comenzadas en Septuagésima, nos presenta hoy el oficio de maitines la bendición del patriarca Isaac a su hijo Jacob. En Jacob, suplantador del primogénito Esaú, para ser, en su lugar, objeto de la predilección divina. Han visto los Padres una figura de Cristo, segundo Adán y nuevo jefe de la humanidad regenerada, «en quien hallarán bendición todas las naciones».
En el Evangelio de la Transfiguración han visto, igualmente, realizarse lo que prefiguraba la narración bíblica del Génesis: Dios bendice a su Hijo "revestido de nuestra carne», como Isaac bendijo a Jacob, revestido de las ropas de su hermano. Y porque Él se ha solidarizado con nosotros hasta llevar en la cruz. «una carne semejante a nuestra carne de pecado», como dice san Pablo, nosotros hemos llegado a ser, en su gloria, los coherederos de Cristo, único objeto de las complacencias del Padre.
Desde el Escritorio del Párroco
Los dolorosos acontecimientos en Jalisco la semana pasada nos sirven para reflexionar sobre el tema de la paz, que está íntimamente ligado a la conversión que esperamos lograr a través de nuestras prácticas cuaresmales. Todo el mundo anhela la paz, pero creo que muchos realmente no entienden qué es. Podemos pensar que la paz es simplemente la ausencia de guerra, pero para que sea verdadera necesita raíces más sólidas. La paz auténtica no es solamente una tregua de pleitos, sino una disposición del alma. Qué lástima que, a pesar de los deseos casi universales de las personas de disfrutar la verdadera paz, muchos sufrimos bajo la amenaza de violencias de todo tipo.
La violencia ocurre cuando hay conflictos entre personas. Puede haber violencia a nivel internacional cuando hay guerras entre naciones. Puede haber violencia entre familias u otros grupos. También puede haber violencia de varios tipos entre individuos porque sus intereses chocan y un grupo o individuo piensa que solo puede obtener lo que quiere forzando a la otra persona a ceder; luego, quien quiere forzar se defiende también con fuerza. Después el conflicto se perpetúa cuando el que se siente lastimado decide tomar venganza. Cuando este ciclo continúa, puede haber pleitos y odios históricos donde se sigue peleando sin siquiera saber por qué.
Lo que vemos especialmente en la violencia entre individuos y en el crimen que ha causado tanta violencia en México es que hay personas que ponen sus deseos por encima de los derechos de los demás. Hacen daño a otros porque piensan: “yo quiero hacerme rico, cómodo, poderoso, o lo que sea”, y ese deseo es tan importante de satisfacer que no les importa cómo afectan a los demás, a la sociedad o al bien común. En efecto, esa actitud es actuar más como animales, incapaces de pensar más allá de la circunstancia inmediata, mientras que nosotros, como seres racionales, debemos poder considerar todas las consecuencias de nuestras acciones y medir si el beneficio inmediato compensa las consecuencias futuras. Por ser seres que vivimos en varios círculos de comunidad, también debemos pensar en el bien ajeno y aprender una empatía que nos lleve no solamente a pensar en nuestros propios bienes, sino en el prójimo, incluso hasta preferir su bien. En resumen, podemos decir que el conflicto y, por ende, la violencia que causa, resultan de rehusar o no saber ordenar los deseos.
Santo Tomás cita a San Agustín diciendo que la paz es “tranquilidad en el orden”. Tranquilidad significa estabilidad, que no haya temor de cambio ni de perder el orden. Y orden significa que las cosas están en su lugar. Si pensamos en la paz entre naciones, ese orden implica que se observa la justicia y que los derechos y necesidades de todos son respetados. Si pensamos en la paz entre personas, entendemos que el orden requiere que nadie considere su riqueza o su placer por encima de la seguridad o los derechos básicos de otras personas.
Pero ese desorden entre personas o entre naciones no nace de la nada. El orden requiere virtud, porque la virtud es el orden en el alma de cada uno. No debemos esperar que las naciones logren verdadera paz si sus gobiernos están llenos de personas viciosas. Y no podemos tener gobernantes virtuosos si, a nivel de sociedad o de familia, no inculcamos y honramos la virtud. Es cierto que podemos llegar a treguas temporales. Santo Tomás dice que la virtud de la concordia, aunque también es importante, consiste en un pacto entre partes para no pelear porque reconocen que existe un beneficio mutuo. Pero la concordia es muy inestable, porque las circunstancias pueden cambiar de repente y no hay una base más profunda. Realmente no es paz. La paz nace de la caridad, porque la caridad ordena las cosas hacia el bien supremo, que es Dios. El orden solo es verdaderamente estable cuando se funda en la realidad, cuando se ordena según la ordenación de Dios.
Entonces, cada uno de nosotros, aunque no podamos eliminar toda violencia, sí podemos contribuir a que haya un avance hacia la paz verdadera si trabajamos para poner en nuestras almas la paz que viene de Dios. Debemos mortificar los deseos desordenados que nos impiden ver con claridad el bien que manda Dios. Hay muchas personas que viven con gran violencia interior porque siguen poniendo sus deseos malos por encima de su verdadero bien y felicidad. Una sociedad que promueve ante todo la satisfacción de cualquier deseo, por muy desordenado que sea, y desacredita el valor de la mortificación, la piedad y la renuncia, no puede tener esperanza de que se acabe la violencia. Cuando la deshonestidad, la pereza, la infidelidad y tantos otros vicios prevalecen en la sociedad, debemos dar por cierto que la violencia solo aumentará.
Pero Jesús nos ha dicho que debemos consolarnos con la certeza de que Él ya ha vencido al mundo. En su Reino solo puede haber paz perfecta, y todos los que no la buscan verdaderamente en esta vida no podrán disfrutarla después.
A que no sabías que…
El Veni Sanctificator
El segundo enigma es el significado de «este sacrificio». Los críticos del rito tradicional del Ofertorio piensan que su lenguaje sacrificial inventa falsamente un segundo sacrificio, distinto del que tiene lugar durante el Canon. DiPippo tiene razón al concluir que están equivocados. «El Ofertorio tal como se encuentra en el Misal de San Pío V», escribe, «… no constituye un acto separado de ofrenda distinto del Canon de la Misa, y mucho menos una ofrenda de algo diferente de lo que el propio Canon ofrece».
Por otra parte, el rito del Ofertorio parece ser más que una mera «Preparación de las Ofrendas», en la medida en que algo verdaderamente sacrificial parece estar teniendo lugar desde el momento en que se levanta el velo del cáliz.
Una pista hacia una posible tertia via es volver a la alusión bíblica en la versión ampliada del Veni Sanctificator del Misal de Monte Cassino, cuando el sacerdote pide que el Espíritu venga invisiblemente, así como una vez descendió visiblemente sobre las víctimas de los Padres. El ejemplo más claro de Dios descendiendo visiblemente sobre una víctima sacrificial es cuando Elías desafía a los falsos profetas de Baal a un certamen de holocaustos para ver cuál de las partes ora al verdadero Dios. Después de que los falsos profetas no logran que Baal encienda su sacrificio, Elías empapa su ofrenda con agua tres veces y luego pide a Dios que envíe el fuego.
Entonces cayó el fuego del Señor y consumió el holocausto, la leña, las piedras y el polvo, y lamió el agua que estaba en la zanja. Y cuando todo el pueblo lo vio, se postraron rostro en tierra y dijeron: «¡El Señor es Dios, el Señor es Dios!» (3 Reyes [1 Reyes] 18, 38-39).
Aquí, el sacrificio fue consumado o completado cuando el fuego del Señor cayó sobre la víctima del holocausto, pero el sacrificio comenzó cuando Elías, después de reparar las piedras del altar, preparó ritualmente la leña y la víctima. De manera semejante, el sacrificio de la Misa comienza cuando el sacerdote inicia el Ofertorio; así puede referirse a sus acciones como sacrificiales, aun sabiendo que el sacrificio no alcanzará su punto culminante hasta que se pronuncien las Palabras de la Institución.
Formación Espiritual
El sentido de la vida monástica - Louis Bouyer
Louis Bouyer fue uno de los teólogos más agudos y desconocidos del siglo XX. Una de sus obras más relevantes es la Introducción a la vida monástica, en la que se expone la espiritualidad cristiana con una fuerza y una claridad que se conjuga perfectamente con la síntesis que sólo un hombre sabio como el autor es capaz de realizar.
El libro echa luz a la espiritualidad del cristianismo que muchas veces fue opacada por los autores posteriores a la Contrareforma y por aquellos que son buenos representantes de los aspectos más decadentes de la devotio moderna.
Como el mismo autor afirma, se trata de un libro dirigido primariamente a los monjes, pero “pero hay que decir que se dirige, al mismo tiempo, a todo cristiano. Si es verdad que el llamado: “sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” apunta, de una u otra manera, a cualquiera que quiere ser hijo de Dios, se puede invertir lo que acabamos de decir. En toda vocación cristiana hay un germen de vocación monástica. Se puede desarrollar más o menos; su desarrollo mismo puede tomar muchas formas diferentes. Pero este germen no podría ser ahogado sin que sucumba con él el germen propio de la vida en Jesucristo. No se puede, en efecto, ser hijo de Dios sin escuchar en lo más profundo de su corazón la voz que nos grita: “Venid al Padre”, sin estar preparados a responder con un sacrificio total”.
Formación Intelectual
Cinco defensores de la fe y la razón - Richard Bastien
Ensayo que reúne el pensamiento de cinco autores de habla inglesa de gran influencia en la actualidad. A los cinco les une un denominador común: su oposición al dogma modernista que rechaza todo vínculo entre fe y razón, y su compromiso de ofrecer una explicación.
Literatura
Una familia de bandidos en 1793 - Marie de Sainte-Hermine
Resulta difícil no emocionarse varias veces al sumergirse en esta narración -a medio camino entre la novela de aventuras y el relato autobiográfico-, atribuida en un principio a Jean Chaurrau, el jesuita que la llevó a la imprenta. Sin embargo, en las últimas ediciones francesas es más común, y más justo, encontrar el nombre de María de Sainte-Hèrmine como autora. Ella misma explica en las primeras páginas el lente que le movió a escribirla: dar a conocer a sus descendientes los beneficios con los que Dios ha colmado a su familia "beneficios amargos, sin duda, pero preciosos a la vez". Es uno de sus nietos quien entrega el manuscrito a Chaurrau con la autorización para publicarlo. El conmovedor testimonio de Sainte-Hèrmine nos muestra el Terror de la revolución más allá de la conocida barbarie parisina, porque los cantores de La Marsellesa también perpetraron el primer genocidio moderno, masacrando a toda una región que se resistía a convertirse en esclava de las nuevas ideas. El episodio se llama la Guerra de Vandea (la Vendée) tomando el nombre de la región insurrecta, y "bandidos" llamaron a aquellos nobles y campesinos que se bordaron en las camisas el Sagrado Corazón con una divisa antigua, Dios y el Rey, es decir, lo más proscrito de la Francia revolucionaria. Este libro es la terrible historia de una familia de aquellos memorables bandidos.
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