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II Domingo después de Pascua
El Bautismo - El Diálogo Introductorio del Prefacio - Cuando un esposo se opera para ya no tener hijos, ¿Qué debe hacer el matrimonio para no pecar? - Santa Liduvina de Schiedam
El Bautismo - El Diálogo Introductorio del Prefacio - Cuando un esposo se opera para ya no tener hijos, ¿Qué debe hacer el matrimonio para no pecar? - Santa Liduvina de Schiedam
Quince días después de los bautismos pascuales nos presenta la Iglesia a Cristo bajo la figura atrayente del Pastor de nuestras almas. Luego de recordarnos san Pedro, en la epístola, cuánto ha costado al Salvador traernos a su aprisco, a nosotros, ovejas errantes, nos cuenta el Evangelio la maravillosa parábola en que Jesús se presenta a sí mismo como el Buen Pastor que conoce a cada una de sus ovejas, da su vida por ellas y las defiende del lobo rapaz.
Él es el verdadero Pastor, que realiza la profecía de Ezequiel, en donde se anuncia al Israel de la plenitud de los tiempos un pastor que libertará a su pueblo.
El aprisco de Cristo es la Iglesia. En su seno nos prodiga su vida por medio de los sacramentos; su palabra, por las enseñanzas que ella nos da, y todas las riquezas de su gracia para iluminar nuestro camino y sostener nuestros pasos en nuestra marcha hacia el cielo. Por medio de ella ejerce el papel de único pastor.
Colocado Pedro a la cabeza del rebaño, dio su vida por los que le estaban confiados, y después de él continuarán los sacerdotes manteniendo en la Iglesia la presencia del verdadero Pastor de las almas.
Desde el Escritorio del Párroco
En la temporada de Pascua, el bautismo ocupa un lugar muy importante. En este tiempo, en lugar del Asperges antes de la Misa cantada los domingos, cantamos el Vidi Aquam, tomado del libro de Ezequiel, de su visión del agua que brota del lado derecho del templo y llena el valle.
Dice Dom Guéranger:
«El agua que el profeta vio salir del lado derecho del templo es figura del agua que brotó del costado de Jesucristo en la cruz. Esta agua es símbolo del Bautismo, que nos ha sido dado por los méritos de la Pasión del Salvador. Los fieles son rociados con esta agua bendita para recordarles la gracia que han recibido y la obligación de conservarla. Todo aquel a quien llega esta agua recibe la vida, porque representa la gracia que Jesucristo ha merecido para nosotros.»
La Iglesia tiene muy presentes en esta temporada a los recién bautizados y quiere también que todos los cristianos reflexionemos sobre nuestro bautismo para comprender mejor lo que significa para nuestras vidas.
Dice el cardenal Schuster en su comentario:
«El Vidi aquam es un canto esencialmente bautismal, propio del tiempo pascual, cuando la Iglesia celebra el triunfo de Cristo y la regeneración de los fieles. El templo del cual brota el agua es figura de Cristo; y también de la Iglesia, que de Él recibe la vida y la comunica a las almas. El rito de la aspersión dominical no es una simple ceremonia, sino un recuerdo vivo del Bautismo, que purifica y santifica continuamente a los fieles.»
Gracias a Dios, en la parroquia ha habido y habrá más bautismos de bebés. Cada uno de nosotros debe reflexionar también sobre la importancia de su propio bautismo, para vivir mejor las gracias que seguimos recibiendo por haber sido adoptados como hijos de Dios.
San Vicente Ferrer hacía cada año una peregrinación, en el aniversario de su bautismo, al lugar donde fue bautizado, para dar gracias a Dios por ese don tan singular.
Sin necesidad de viajar, también nosotros podemos cultivar una devoción semejante.
Dice san Gregorio Nacianceno:
«El Bautismo es el más bello y magnífico de los dones de Dios… lo llamamos don, gracia, unción, iluminación, vestidura de incorruptibilidad.»
Ante todo, debemos recordar que el bautismo nos salva de la culpa del pecado. La mayoría de nosotros lo hemos recibido siendo bebés, y por eso nos liberó del pecado original; pero conviene recordar que el bautismo es capaz de remitir todo pecado y toda culpa, de tal manera que quien es bautizado después de una larga vida de pecado no tiene que hacer penitencia por los pecados cometidos antes: toda la deuda queda borrada.
El pecado original privó a todo el linaje de Adán del privilegio de vivir en amistad con Dios. Cristo nos salvó de esa condena, y el poder de su sacrificio en la cruz se aplica a las almas cuando reciben el bautismo. Tan precioso es este don, que Dios lo ofrece a las almas a través de sus padres cuando aún son incapaces de elegirlo por sí mismas, así como los padres dan alimento y otros bienes a sus hijos antes de que puedan entender lo que les conviene.
Por eso, cuando un bebé muere después del bautismo y antes de alcanzar la edad de razón, tenemos certeza de que esa alma ha alcanzado el cielo. Al mismo tiempo, la Iglesia advierte que quien ha sido bautizado debe vigilar para conservar la pureza y la gracia recibidas. Mejor morir que perder la inocencia bautismal. Pero, ¿cuántas veces hemos pecado y despreciado este don?
Junto con el perdón de los pecados, recibimos en el bautismo las virtudes teologales y los dones del Espíritu Santo. Aunque requieren el uso de razón para ejercitarse plenamente, la capacidad está ya presente, porque estos dones acompañan siempre a la gracia santificante. El bautismo imprime además en el alma un carácter indeleble, una marca que la destina para el cielo. Aun en el caso de quien se condena, este carácter permanece para su mayor vergüenza y sufrimiento en el infierno, como testimonio de la gracia recibida pero luego rechazada.
La persona bautizada se convierte en hijo adoptivo de Dios: lo que Cristo es por naturaleza, nosotros lo somos por gracia. Antes éramos hijos de ira, pero por el bautismo todo cambia radicalmente. El bautismo es también la puerta a los demás sacramentos: nadie puede recibir la gracia si no renace del agua y del Espíritu Santo. Y después, como heredero del cielo, el cristiano es capacitado para crecer constantemente en el amor de Dios mediante la gracia santificante.
¡Qué grande es el bautismo, y qué poco apreciado! Es verdaderamente lamentable que haya padres que no se apresuren a procurar esta gracia para sus hijos, esperando semanas, meses o incluso años, dando más importancia a la fiesta que a la gracia de Dios. Que Dios les conceda misericordia.
Y también es doloroso reconocer que, aunque en el bautismo los padres y padrinos prometen delante de Dios formar cristianamente al niño, muchos —si es que lo bautizan— lo hacen más por compromiso y luego no procuran su formación ni dan ejemplo de vida cristiana.
Hagamos todos el propósito de vivir mejor nuestro bautismo, valorando su poder y aprovechando sus dones.
En la temporada de Pascua, el bautismo ocupa un lugar muy importante. En este tiempo, en lugar del Asperges antes de la Misa cantada los domingos, cantamos el Vidi Aquam, tomado del libro de Ezequiel, de su visión del agua que brota del lado derecho del templo y llena el valle.
Dice Dom Guéranger:
«El agua que el profeta vio salir del lado derecho del templo es figura del agua que brotó del costado de Jesucristo en la cruz. Esta agua es símbolo del Bautismo, que nos ha sido dado por los méritos de la Pasión del Salvador. Los fieles son rociados con esta agua bendita para recordarles la gracia que han recibido y la obligación de conservarla. Todo aquel a quien llega esta agua recibe la vida, porque representa la gracia que Jesucristo ha merecido para nosotros.»
La Iglesia tiene muy presentes en esta temporada a los recién bautizados y quiere también que todos los cristianos reflexionemos sobre nuestro bautismo para comprender mejor lo que significa para nuestras vidas.
Dice el cardenal Schuster en su comentario:
«El Vidi aquam es un canto esencialmente bautismal, propio del tiempo pascual, cuando la Iglesia celebra el triunfo de Cristo y la regeneración de los fieles. El templo del cual brota el agua es figura de Cristo; y también de la Iglesia, que de Él recibe la vida y la comunica a las almas. El rito de la aspersión dominical no es una simple ceremonia, sino un recuerdo vivo del Bautismo, que purifica y santifica continuamente a los fieles.»
Gracias a Dios, en la parroquia ha habido y habrá más bautismos de bebés. Cada uno de nosotros debe reflexionar también sobre la importancia de su propio bautismo, para vivir mejor las gracias que seguimos recibiendo por haber sido adoptados como hijos de Dios.
San Vicente Ferrer hacía cada año una peregrinación, en el aniversario de su bautismo, al lugar donde fue bautizado, para dar gracias a Dios por ese don tan singular.
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Dice san Gregorio Nacianceno:
«El Bautismo es el más bello y magnífico de los dones de Dios… lo llamamos don, gracia, unción, iluminación, vestidura de incorruptibilidad.»
Ante todo, debemos recordar que el bautismo nos salva de la culpa del pecado. La mayoría de nosotros lo hemos recibido siendo bebés, y por eso nos liberó del pecado original; pero conviene recordar que el bautismo es capaz de remitir todo pecado y toda culpa, de tal manera que quien es bautizado después de una larga vida de pecado no tiene que hacer penitencia por los pecados cometidos antes: toda la deuda queda borrada.
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¡Qué grande es el bautismo, y qué poco apreciado! Es verdaderamente lamentable que haya padres que no se apresuren a procurar esta gracia para sus hijos, esperando semanas, meses o incluso años, dando más importancia a la fiesta que a la gracia de Dios. Que Dios les conceda misericordia.
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Hagamos todos el propósito de vivir mejor nuestro bautismo, valorando su poder y aprovechando sus dones.
A que no sabías que…
Aquí conoceremos más sobre temas litúrgicos.

El Diálogo Introductorio del Prefacio
Después de que el sacerdote canta en voz alta el final de la Secreta, él y la congregación o el coro entonan tres diálogos. Lo último que el sacerdote había cantado era la palabra Oremus al inicio del Ofertorio; ahora lo oímos cantar el final de la Secreta: per omnia saecula saeculorum. Es como si el Ofertorio fuera una gran oratio, cuyo centro está envuelto en silencio.
En el primer diálogo, el sacerdote pronuncia el saludo habitual que invita a la oración: Dominus vobiscum, o “El Señor esté con vosotros”. La congregación responde: Et cum spiritu tuo, o “Y con tu espíritu”. Sin embargo, el sacerdote no se vuelve hacia el pueblo para dar este saludo, como hace en otras ocasiones: ya está intensamente comenzando su entrada en el Santo de los Santos, y no mira hacia atrás.
En lugar de decir Oremus (“Oremos”), el sacerdote dice Sursum corda. La traducción común es “Levantemos el corazón”, aunque no hay un verbo explícito. Sursum es un adverbio que significa “arriba” o “hacia lo alto”, y corda es el plural de “corazones”. Una traducción más literal sería: “¡los corazones en alto!” o “¡arriba los corazones!”. Mientras lo dice, eleva las manos desde el altar hasta la altura del pecho, con las palmas enfrentadas, como si sostuviera su propio corazón invisiblemente y lo elevará hacia el Señor.
La congregación responde: Habemus ad Dominum, comúnmente traducido como “Los tenemos levantados hacia el Señor”. Pero literalmente significa: “Los tenemos hacia el Señor”. No se trata de una acción pasada (“los hemos levantado”), sino de una afirmación presente: “los tenemos ahora dirigidos al Señor”. En este momento, debemos esforzarnos por vivir lo que acabamos de decir, buscando las cosas de arriba (Col 3, 1) y dejando de lado las preocupaciones terrenas. Estamos a punto de entrar en el momento más sagrado de la tierra.
Y la mejor manera de elevar el corazón es mediante la gratitud, pues no existe un hombre verdaderamente feliz que sea ingrato. El Canon —la oración que nos da la Eucaristía, es decir, la “acción de gracias”— está precedido por el Prefacio, que es una invitación prolongada a dar gracias, y este a su vez por una invitación breve: Gratias agamus Domino Deo nostro (“Demos gracias al Señor nuestro Dios”).
A esto se responde: Dignum et justum est. En traducciones antiguas se decía “Es digno y justo” o “Es justo y conveniente”. La palabra dignum no significa simplemente “justo”, sino “conveniente”, “apropiado”, “digno”. Así, la respuesta afirma que dar gracias a Dios es un acto de justicia —darle lo que se le debe— pero también que es algo digno de nosotros, acorde con nuestra propia dignidad, aunque reconozcamos que no somos dignos por nosotros mismos.
Finalmente, el hecho mismo de responder nos recuerda la esencia de la liturgia. En la antigüedad, una leitourgia era una acción pública realizada en nombre del pueblo, y era propio que el pueblo confirmara las acciones importantes con aclamaciones como dignum est, justum est. El uso de esta fórmula en la liturgia romana muestra cómo el cristianismo recoge y lleva a su plenitud las aspiraciones tanto de Jerusalén como de Atenas.
El Diálogo Introductorio del Prefacio
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La congregación responde: Habemus ad Dominum, comúnmente traducido como “Los tenemos levantados hacia el Señor”. Pero literalmente significa: “Los tenemos hacia el Señor”. No se trata de una acción pasada (“los hemos levantado”), sino de una afirmación presente: “los tenemos ahora dirigidos al Señor”. En este momento, debemos esforzarnos por vivir lo que acabamos de decir, buscando las cosas de arriba (Col 3, 1) y dejando de lado las preocupaciones terrenas. Estamos a punto de entrar en el momento más sagrado de la tierra.
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Cuando un esposo se opera para ya no tener hijos, ¿Qué debe hacer el matrimonio para no pecar?
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Aquí tenemos varias cuestiones morales que tienen que ver con la vida matrimonial y la participación en el pecado del otro. Hay varios puntos para distinguir. Primero es que la iglesia Católica prohíbe el “operarse” por motivos de no tener hijos. Puede haber operaciones necesarias para otros motivos de salud que resultan en la esterilidad de una persona, pero el poder reproducirse es un don de Dios y nunca en sí se considera una enfermedad. En el matrimonio los esposos se entregan uno al otro, entonces tomar una decisión así sin consultar al cónyuge es una ofensa grave contra la dignidad del matrimonio y contra la justicia porque afecta los derechos de la otra persona.
Después de una operación de esterilización voluntaria, el acto matrimonial se vuelve pecaminoso porque están excluyendo el fin principal del matrimonio que es la procreación de hijos. Por supuesto es posible arrepentirse y obtener el perdón de Dios e incluso volver a relaciones matrimoniales normales, aunque hay cierta discusión entre moralistas sobre este punto. En muchos casos es recomendable investigar la practicidad en una cirugía para revertir la esterilización. Si es imposible o no funciona, es lícito volver a relaciones normales después de un arrepentimiento sincero.
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Para la elaboración de sus contenidos, el entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe se apoyó en el trabajo de reflexión sobre la Fe, la Esperanza y la Caridad llevado a cabo por Joseph Pieper, ampliando con los planos teológico y espiritual la exposición filosófica realizada por el pensador alemán.
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Escritos entre 1826 y 1843, coincidiendo con los años en los que Newman ejerció como presbítero anglicano, estos Sermones permiten observar con claridad la evolución del pensamiento de su autor en este importante periodo de su vida. Posteriormente, en 1872, mucho tiempo después de su conversión al catolicismo, Newman hizo una revisión de los textos cotejándolos con la doctrina católica, y comprobó con alegría que no tenía que retractarse de nada de lo que en ellos había escrito: «Pienso que son en su conjunto lo mejor que he escrito, y no puedo creer que no sean católicos, ni que dejarán de ser útiles».
El último sermón, escrito dos años antes de su ingreso en la Iglesia católica, perfila ya su teoría sobre el desarrollo doctrinal, con la que resolvería sus dudas respecto a las «corrupciones» del catolicismo romano, haciendo posible su acercamiento definitivo a él.
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El retorno de Charles Ryder a Brideshead —la elegante mansión de lord Marchmain, convertida ahora en cuartel— devuelve a su memoria aquellos tiempos, anteriores a la guerra, en que paseaba embelesado por sus hermosos jardines y salones y se dejaba sucumbir al hechizo de sus singulares habitantes. En realidad, nunca pudo Charles librarse de su ambigua amistad con el inquieto Sebastian, ni de su obsesivo amor por la hermana de éste, lady Julia, ni de la oscura y contradictoria fatalidad que dejó marcada para siempre la atribulada vida de los Marchmain con su huella de drama y desvarío.
Retorno a Brideshead, una de las novelas más importantes de la aclamada obra del célebre escritor inglés.
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Santos que seguro no conocías
Santa Liduvina de Schiedam
14 de Abril (Martirologio)
Nació en Schiedam, Holanda, en 1380. Un día, a los 15 años, fue a patinar con sus amigos, pero cayó al hielo partiéndose la columna vertebral.
La pobre muchacha empezó desde entonces un horroroso martirio. Continuos vómitos, jaquecas, fiebre intermitente y dolores por todo el cuerpo la martirizaban todo el día. En ninguna posición podía descansar. Los médicos declararon que su enfermedad no tenía remedio.
Liduvina se desesperaba en esa cama inmóvil, se ponía a llorar y a preguntar a Dios por qué le había permitido tan horrible martirio.
Pero un día, su párroco, el Padre Pott, le recordó: "Dios al árbol que más lo quiere más lo poda, para que produzca mayor fruto y a los hijos que más ama más los hace sufrir".
En adelante ya no volvió más a pedir a Dios que le quitara sus sufrimientos, sino que se dedicó a pedir a Nuestro Señor que le diera valor y amor para sufrir como Jesús por la conversión de los pecadores, y la salvación de las almas.
Santa Liduvina llegó a amar de tal manera sus sufrimientos que repetía: "Si bastara rezar una pequeña oración para que se me fueran mis dolores, no la rezaría".
La enfermedad fue invadiendo todo su cuerpo. Recibió de Dios los dones de anunciar el futuro a muchas personas y de curar a numerosos enfermos, orando por ellos. Numerosos testigos afirmaron que durante sus últimos años de vida, no comía ni bebía nada. Su único alimento era la Sagrada Eucaristía.
El 14 de abril de 1433, día de Pascua de Resurrección poco antes de las tres de la tarde, pasó santamente a la eternidad. Pocos días antes contempló en una visión que en el cielo le estaban tejiendo una hermosa corona de premios. En esos días llegaron unos soldados y la insultaron y la maltrataron. Ella ofreció todo a Dios con mucha paciencia y luego oyó una voz que le decía: "con esos sufrimientos ha quedado completa tu corona. Puedes morir en paz".
Es venerada como Patrona de quienes sufren enfermedades crónicas.
Fuente: https://www.aciprensa.com/recurso/4176/biografia-de-santa-liduvina

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